29-S: Mascarada Para Un Engaño General

Para hacer un balance correcto del resultado de la huelga general del pasado 29 de septiembre es necesario que nos situemos en el escenario político que domina las relaciones en el Estado Español desde la transición. Nos referimos a la política de pacto social y colaboración de clase defendida e impulsada por los sindicatos CCOO y UGT junto con la patronal, los distintos gobiernos y apoyada por los partidos del arco parlamentario, incluyendo el PCE/IU.

Desde que se firmaron los Pactos de la Moncloa (1977), que con tanta vehemencia defendió el PCE entre los trabajadores, se consagró la política de pacto social como modelo a desarrollar en el marco de la democracia burguesa. Esa política de diálogo y colaboracionismo de clase tiene como finalidad establecer la paz social como norma de entendimiento entre la burguesía y el proletariado, que en la práctica se concreta en que los intereses inmediatos y estratégicos de la clase obrera se sometan forzosamente al funcionamiento de la economía capitalista y, por tanto, a la valorización del capital como ley fundamental.

El balance histórico de esta política arroja como resultado general el fortalecimiento económico y político de la burguesía como clase dominante a costa del debilitamiento de la lucha de la clase obrera. Es evidente el paulatino retroceso en sus condiciones laborales y el paso atrás en su posicionamiento de clase frente a su enemigo político, debido al pacto de no agresión que estos sindicatos y los partidos parlamentarios sellan con la patronal y el Estado.

Es claro que la práctica sindical y política situada en el diálogo y concertación social no persigue rearmar ideológica y políticamente a la clase obrera, sino que encajona su lucha en el terreno de conseguir más o menos del reparto de las migajas, de situarse dentro del contexto económico que le marca las relaciones capitalista de producción para limitarse a la pura reivindicación económica. A cambio reciben estos sindicatos y partidos el reconocimiento social burgués, el visto bueno que les permite sentarse en las mesas de negociaciones, donde se mercadea con los intereses de los trabajadores y se reparte el botín. Estos se convierten así en meros aparatos del estado burgués al realizar las funciones específicas de “agentes del orden” entre los trabajadores.

Esta línea de colaboración económica y política ha ido formando una casta de liberados y cuadros sindicales y políticos que constituyen un ejército donde se parapetan las cúpulas y los burócratas. Esta “aristocracia obrera” que traiciona al conjunto de su clase, se beneficia de las prebendas que le ofrece la patronal y el Estado, ya sea a través de horas sindicales, dietas, reducción de horas de trabajo, estar exento de sanciones o despidos, tener representación, percibir subvenciones, etc.

Por otro lado, la práctica política del PSOE ha logrado mostrar a muchos trabajadores lo que no conseguían infinidad de organizaciones de izquierdas: el poner de manifiesto con toda claridad su posición de clase burguesa. Por si quedaba alguna duda en algún sector de trabajadores, que aún no se creía que es un partido para defender el sistema capitalista, porque esconde su verdadera naturaleza tras una política de marketing, a base de guiños, gestos y talantes. Pero ahora, con la crisis en su apogeo, pueden comprobar cómo apoya sin fisuras los intereses de la burguesía nacional e internacional, cargando sobre la espalda de los trabajadores la posible salida de la misma.

En este contesto, los sindicatos escenifican una ruptura del diálogo social, al anunciar el gobierno la promulgación por decreto ley de una nueva Reforma Laboral. Consiguiendo posteriormente el apoyo de la mayoría de los grupos parlamentarios, lo que obliga a los sindicatos colaboracionistas, a su gran pesar, a la convocatoria de la huelga general. Pero este llamamiento no es un acto basado en el convencimiento de que la huelga obrera es un arma para luchar contra la burguesía (en algunos casos para derrotarla), sino producto de la política de colaboración que ha quedado al descubierto. De una parte entre sus propios socios de pacto (la patronal y el gobierno que los ningunean en esta coyuntura) y por otra, entre los trabajadores (que empiezan a desconfiar de ellos y a poner en cuestión su labor como organizaciones para la defensa de sus intereses).

La huelga ha sido convocada como medio para exigirle a la patronal y al gobierno que tienen que seguir contando con ellos, así como para lavarse la cara y frenar el descrédito que sufren ante buena parte de los asalariados de este país, que sienten en sus propias carnes (aún con más virulencia los parados, jubilados y precarios) las consecuencias de la crisis económica y las políticas de concertación y diálogo social: negociación de cientos de ERE´S, despidos masivos, contratos basuras, congelación y moderación salarial, etc. Con estos mimbres, la huelga general no podía tener el éxito que supuestamente se perseguía, pues se ha hecho a espaldas de los propios trabajadores, dedicándose a movilizar a su ejército de delegados y liberados sindicales para que los trabajadores sigan legitimando de una manera general sus políticas antiobreras.

En la historia del movimiento obrero se ha entendido la huelga general como la culminación de todo un proceso de organización, movilización y lucha, de agitación y propaganda, con asambleas donde los trabajadores, y no únicamente los delegados, elaboren sus reivindicaciones económicas y políticas, teniendo claro cuáles son sus objetivos y las formas de lucha concreta a desarrollar en cada momento. No se puede consentir que estos sindicatos utilicen las huelgas como arma arrojadiza en manos de sus cúpulas, contribuyendo a desprestigiar el carácter obrero, el contenido de clase de las luchas más radicales y revolucionarias.

En este sentido merecen una mención especial, por el papel jugado en esta huelga, la llamada “izquierda alternativa”, ya sean políticas o sindicales (incluyendo determinadas organizaciones comunistas). Con su participación activa y seguidista de CCOO y UGT han entregado un cheque en blanco a la línea colaboracionista y a los burócratas que la dirigen, ya que no tienen la mínima capacidad para modificar la correlación de fuerzas (aspecto fundamental para una intervención con garantía de éxito) en su empeño de pensar que su intervención agudizaría el conflicto, convenciendo a los trabajadores para continuar más allá de ese día. Pues bien, ese día ha pasado ¿y ahora, qué? Ahora, como siempre, su falta de principios revolucionarios, de posiciones de clase, no les permitirá analizar desde un punto de vista materialista y dialéctico su participación y el resultado de la huelga. Lo único cierto es que les ha llevado a colaborar ciegamente con los amigos del capital, acrecentando así la desconfianza de los trabajadores en la lucha, allanando el camino para llegar a otras Reformas, como la prevista de las Pensiones, pero con una clase obrera aún más desmoralizada y engañada.

De nuestra crítica a la política de diálogo y concertación social no se puede deducir que no existan mil y una razones para convocar una huelga general. Es más, pensamos que dada la situación de agresividad y sobreexplotación, asumida y bendecida en las distintas Reformas Laborales que han firmado CCOO y UGT, los trabajadores tendríamos que estar en pie de guerra permanente contra el capital y sus lacayos. La solución a la situación creada no pasa por seguir ciegamente lo que estas organizaciones proponen, sino en organizarse al margen de ellas para construir una línea y una práctica sindical y política distinta, que sirva tanto a los intereses inmediatos como estratégicos de la clase obrera, que ponga en cuestión el régimen de producción capitalista que nos explota y oprime. Debemos ponernos en marcha para crear las condiciones sociales necesarias para la derrota política de la burguesía y la construcción de un nuevo régimen social basado en la libre asociación de los individuos, en la apropiación social y racional de la naturaleza, en el dominio social de sus condiciones de existencia: una sociedad sin clases.

NO AL APOYO A LA LÍNEA COLABORACIONISTA DE CCOO Y UGT

NO A LA COLABORACIÓN CON LAS INSTITUCIONES DE LA DEMOCRACIA BURGUESA

POR LA CONSTRUCCIÓN DE UNA LÍNEA SINDICAL DE CLASE

POR LA CONSTRUCCIÓN DEL PARTIDO QUE DIRIJA LA REVOLUCIÓN PROLETARIA

POR EL SOCIALISMO, POR EL COMUNISMO

Octubre 2010