Otro 1º de Mayo

OTRO 1º DE MAYO

Nos encontramos un año más ante la celebración del 1º de Mayo. De nuevo ante la necesidad de expresar reivindicaciones económicas y políticas relacionadas con las condiciones de vida y trabajo de la Clase Obrera.

Un año más la actitud de muchas organizaciones de izquierda, con el PCE marcando el paso, de amoldarse a los límites y exigencias de la democracia burguesa, ha desdibujado el carácter político de la lucha de la clase obrera contra el capital, reduciéndose a meras reivindicaciones económicas o insignificantes reformas políticas, las cuales ni alteran lo más mínimo la estructura política de poder del capital, ni busca por supuesto romper con la hegemonía de la burguesía como clase dominante.

Una vez más, los actos convocados por los sindicatos CCOO y UGT, como piezas indispensables al servicio del dominio político, ideológico y económico del capital, repetirán nuevamente los desfiles con banderas, lemas y eslóganes paseados por sus cohortes de liberados y estómagos agradecidos. Sus pitos y tambores producirán el suficiente barullo para tapar y diluir los gritos de lucha y rabia contra la explotación y el deterioro de las condiciones de vida de los que sólo disponen de su fuerza de trabajo para subsistir. Ruido como metáfora de la estrategia que impulsa el gobierno del PSOE con su política de pacto social, compartida plenamente por CCOO y UGT, pese a sus puntuales y formales desacuerdos, que escenifican oportunamente como malos comediantes, ocultando la naturaleza real de la crisis económica del capital.

La crisis económica…

El capitalismo es un régimen social basado en la extracción de plusvalía, en la explotación de la fuerza de trabajo asalariada que el capital emplea en el proceso de producción. La existencia de la plusvalía tiene su origen en las condiciones de producción capitalista: la propiedad privada de los medios de producción (que condiciona a los obreros a vender su fuerza de trabajo a los capitalistas) y en la compra y venta de la fuerza de trabajo por un salario. La magnitud de la explotación se mide por la relación entre el capital invertido en la compra de fuerza de trabajo (Capital Variable, Cv) y el capital total desembolsado (Ct=Cc+Cv). La plusvalía originada durante el proceso de producción, aparece al final del proceso de circulación, representada como ganancia empresarial, es decir, la relación entre el capital total invertido y el capital embolsado. Así se oculta el origen de la explotación asalariada, pues se manifiesta la ganancia como un excedente del capital total en lugar del capital variable. Este excedente procede de la diferencia entre el salario –valor de los medios para producir la fuerza de trabajo- y el producto del trabajo, que expresa el valor del trabajo creado.

La finalidad del capitalismo nunca ha sido el satisfacer las necesidades humanas, sino la producción e intercambio de mercancías, que es donde reside el excedente creado por la fuerza de trabajo empleada en la producción. Las personas, para satisfacer sus necesidades sociales, han de comprar previamente los productos para luego ser consumidos. El capitalismo es un régimen de producción social con una forma de apropiación privada, tanto en cuanto al excedente como a la satisfacción de las necesidades.

La separación entre el proceso de producción y el proceso de cambio, expresión de la separación entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, es donde reside la posibilidad de la crisis de la producción capitalista. Posibilidad que se hace efectiva por la disminución de la cuota de ganancia, disminución debida a la necesidad creciente de invertir en más medios de producción, en detrimento de la compra de fuerza de trabajo.

La crisis económica capitalista se expresa simultáneamente como estancamiento y recesión en el consumo, y exceso en la producción (sobreproducción), consecuencia del desarrollo incesante de fuerzas productivas, cuyo motor es la competencia entre los distintos capitales por abaratar los precios de las mercancías. Y es aquí donde radica la verdadera naturaleza de la crisis económica capitalista: su incapacidad para resolver estructuralmente sus contradicciones, de las que la crisis forma parte. Por ello, para la clase obrera, superar la crisis debe consistir en superar la estructura económica y política en la que se sustenta la producción capitalista.

El crack financiero, como desencadenante de la crisis, representa solo la punta del iceberg. A cada país le afecta la crisis de una manera particular, dependiendo en gran medida de la propia estructura crediticia y características singulares de su estructura económica. En el Estado español la crisis internacional ha afectado en primer lugar y fundamentalmente al capital ligado a los sectores de la construcción y de servicios (turismo), motores de la economía española, lo que ha contagiado al resto del capital social para su reproducción. En el mercado interno disminuyendo el consumo por la caída del empleo. En el mercado externo disminuyendo las exportaciones y aumentando las importaciones por la baja productividad del trabajo, debido a la debilidad del I+D y al escaso valor añadido con relación a otros capitales internacionales.

Si la crisis ha sido consecuencia de la superproducción y, simultáneamente con ello, la agudización en términos absolutos de la pobreza, ¿qué sentido tiene la perpetuación del capitalismo? Desde luego para los intereses de la clase obrera, que representa la mayoría de la población, ninguno, ya que es un régimen que por su propio desarrollo lo supera, siendo frenado por los intereses que están en juego: la producción de plusvalía y su conversión en capital. Sin embargo trata de desarrollar recursos para sortear su propia crisis de reproducción y no poner en cuestión su existencia. Históricamente así ha sido: la política colonial de las grandes potencias por la rapiña de recursos naturales de los países más atrasados económicamente, las políticas de exportación de mercancías y de capitales, la formación de monopolios por la fusión y concentración de capitales a nivel internacional. Provocando las consiguientes guerras, sean locales, regionales o bien mundiales.

La política económica y social del capital monopolista se manifiesta de dos maneras: en los países de capitalismo desarrollado aplicando el “guante de seda”, del colaboracionismo de clase, el pacto social y el  sabio manejo de la aristocracia obrera, dominio de los medios de comunicación y el formalismo del parlamentarismo burgués, con el objetivo de conseguir la paz social y estabilidad económica; en los países atrasados aplicando el “puño de hierro” con la explotación más descarnada y políticas represivas a través de sus regímenes déspotas o llegando a la guerra en casos necesarios (Irak, Libia). En las sociedades desarrolladas económicamente la explotación de la clase obrera se basa fundamentalmente en la plusvalía relativa, en una mayor productividad del trabajo por el desarrollo tecnológico de los medios de producción. No garantiza la prosperidad general sino una mayor explotación de la fuerza de trabajo asalariada y mayor diferencia entre la renta del capital y la renta del trabajo a favor de la burguesía. La alianza dominante en estas sociedades es la que se establece entre la burguesía, más concretamente su sector monopolista, con la aristocracia obrera (política y sindical) para la defensa de sus mutuos intereses a costa del resto de la clase obrera. En los países atrasados pero penetrados por el capital monopolista la explotación de la clase obrera se basa fundamentalmente en la plusvalía absoluta: bajos salarios y largas jornadas de trabajo, escaso desarrollo técnico. La alianza dominante en estas sociedades se establece entre la burguesía monopolista con las elites de los sectores burgueses nacionales a costa de la gran mayoría del  “pueblo”.

…y la lucha contra el capital

Las directrices que las instituciones burguesas internacionales y europeas “recomiendan” para lograr la tan anunciada  “recuperación económica” se centran fundamentalmente en la reducción del déficit público y la reducción de los impuestos, a las que se someten tanto PSOE como PP y las burguesías nacionalistas.

Las medidas económicas que el gobierno del PSOE está impulsando tienen dos objetivos: reducir el gasto público, para reducir el gasto de la intervención del Estado en la vida pública (ya de por sí baja), y aumentar la productividad, es decir, elevar la cuota de explotación con el fin de aumentar la masa total de plusvalía para compensar la caída de la cuota de ganancia y el aumento del paro. Las diferentes reformas que se han ido aprobando (Reforma del mercado laboral, Reforma de las pensiones, Reforma de la negociación colectiva,…) llevan esa dirección y golpean principalmente a la clase obrera, y como es lógico las están pactando con los sindicatos leales, UGT y CCOO y la patronal CEOE, para hacerlas efectivas.

Ante este panorama hay organizaciones que, no aceptando la colaboración de clases económica, elaboran programas y reivindicaciones de corte burgués al margen de la realidad concreta que vivimos. Proponen como alternativa al capitalismo depredador, eliminar sus aspectos más “nocivos”, es decir, constituir una amplia alianza con los sectores burgueses antimonopolistas para hacer frente al sector más reaccionario del desarrollo capitalista, representado por el imperialismo y los monopolios transnacionales. Centrando su alternativa en el fortalecimiento del sector público, nacionalización de la banca, apoyo a las PYMES, autónomos y la reforma agraria. Pero, ¡sin pretender poner en cuestión la estructura económica y jurídica del capital!

La alternativa al capitalismo no pasa por desarrollar con “honradez” y “decencia” las formas económicas burguesas, que están suficientemente desarrolladas en el Estado español, sino por lograr un cambio en las condiciones de la producción, en las relaciones capitalistas de producción. No se trata de desarrollar algunas de sus propias formas políticas burguesas, como es sustituir la monarquía por una república (burguesa) dejando intactas las condiciones económicas, jurídicas y sociales del régimen burgués. Sólo contribuiría a crear la ilusión de que un cambio, un maquillaje, en las formas del Estado es posible sin tocar su esencia, presentándolo como un avance en las relaciones de poder, como si el Estado fuese un ente neutral, por encima de las clases, y su función más sublime fuese simplemente la de redistribuir la riqueza creada.

Por todo lo expuesto no somos partidarios de asistir a los actos que convocan CCOO y UGT apoyados por sus comparsas de siempre. Se trata de recuperar el espíritu originario del 1º de Mayo: jornada de lucha contra el capital, contra sus condiciones de explotación y su sistema político. Proponemos más bien animar la reflexión ideológica, impulsar el debate político sobre la necesidad de la supresión del capitalismo en la perspectiva de construir la sociedad comunista. Fortalezcamos pues el compromiso individual y colectivo con la militancia política.

En la actual situación política la principal tarea es fortalecer el ala más consciente y revolucionaria de la clase obrera, sector que se sitúa en la realidad social con los criterios de la teoría marxista. En el actual desarrollo del capitalismo en el Estado español la única revolución pendiente es la socialista, no siendo posible otra alternativa que no contemple la derrota de la burguesía, con el objeto de ir construyendo una sociedad sin clases, el comunismo.

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El 1º de Mayo No es Una Fiesta

EL 1º de MAYO NO ES UNA FIESTA

Fue tal día del año 1886 cuando los obreros de Chicago (EE.UU.) decidieron movilizarse por la jornada de trabajo de ocho horas. La policía, siguiendo las órdenes de la burguesía cargó contra la manifestación para abortar la lucha de los trabajadores dejando un balance de seis muertos y un reguero de heridos sobre el asfalto de la calle. En los días siguientes, las autoridades en nombre de la “ley” y el “orden” decidieron desencadenar una brutal represión contra el movimiento obrero y sus familias, deteniendo, juzgando y finalmente condenando a la horca a cinco de sus dirigentes, conocidos desde entonces como los mártires de Chicago. Todo ello en nombre de la propiedad privada capitalista.

A partir del año 1889 el Congreso de la II Internacional acordó que el 1º de Mayo de cada año fuese una día de lucha obrera en defensa de la jornada de trabajo de ocho horas, dentro de un conjunto de reivindicaciones, según cada lugar del mundo dominado por el capital. En homenaje a los obreros de Chicago, se conmemora esta fecha como el día internacional de unidad y lucha de los trabajadores contra el capital.

Desde entonces, esta fecha ha simbolizado la lucha que iniciaron los obreros de Chicago, y pone a prueba el temple, la organización y la tensión de las fuerzas de la clase obrera en todo el mundo. El primero de Mayo es el mayor exponente de participación de la clase obrera, como así mismo representa el porvenir del objetivo final de su lucha por hacer realidad su emancipación del capital.

Que el primero de Mayo se haya convertido en un símbolo de la lucha y solidaridad de la clase obrera no significa que los demás días del año sea de quietud, aceptación y resignación, porque la lucha debe ser continua, como lo es la explotación y opresión del capital.

La explotación capitalista no es una fatalidad exclusiva de los países atrasados, donde no se disfruta del “Estado del bienestar” y de las libertades democráticas formales del llamado primer mundo, sino que sigue existiendo allí donde se imponen las leyes férreas del capital, y eso se cumple especialmente en los países más desarrollados económicamente, en las sociedades donde domina el capital monopolista, las multinacionales, las grandes corporaciones, y no sería posible sin la complicidad de los Estados “democráticos”, como en la Unión Europea, Estados Unidos, Japón, Canadá y Australia.

La táctica política de la burguesía contra la lucha de la clase obrera siempre ha sido el divide y vencerás. En ello consiste su fortaleza y victoria; en ello se encierra parte del misterio de la pasividad y la desunión de la clase obrera. Reducir las reivindicaciones obreras a perseguir únicamente objetivos económicos, sin poner en cuestión la base sobre la que descansa el sistema que ampara esta explotación capitalista. Es tarea y objetivo de la burguesía encarrilar la lucha de la clase obrera para que las cosas no cambien de raíz. Cuando estas se ponen feas entonces ofrecen pequeñas migajas económicas y alguna que otra reforma política con tal de que su orden se mantenga y sus leyes se respeten, haciendo creer que el progreso social está asegurado con la buena marcha de las empresas (creando la ilusión de que son ellas las que producen las riquezas y nos dan de comer) y en un Estado fuerte (que es el que nos protege a todos por igual).

Cuando la lucha de la clase obrera rebasa ciertos límites, la burguesía busca neutralizarla con infinidad de métodos: La intervención de la policía o del ejército, y encarcelando a los más lanzados, como ocurrió en Chicago, y está pasando hoy en día en Oriente Medio, y como ha ocurrido en Europa o España a lo largo de la historia. También se intenta difundir ideas falsas sobre la lucha de los trabajadores, propagando la desinformación de los hechos y el desprestigio de los líderes obreros en un sinfín de luchas diarias, haciendo creer que los más luchadores son desalmados y violentos, que no respetan a nadie.

Para debilitar la unidad y organización de la clase obrera se recurre a financiar y apoyar a organizaciones y dirigentes “obreros” que les hacen el trabajo sucio a través de una política de colaboración y de pacto, limitando las reivindicaciones y los objetivos de la clase obrera a la valorización del capital y a la buena marcha de las empresas. En ello se han especializado los sindicatos CCOO y UGT, haciendo bien la tarea encomendada por sus amos.

Los primeros que se encargaron de adulterar el contenido del 1º de Mayo fueron los curas. La Iglesia, en connivencia con el Estado franquista, santificó ese día como festividad de San José Obrero, un pacífico y resignado carpintero de hace veinte siglos. El intento no tuvo mucho éxito pues las condiciones económicas y sociales que reinaban en el Estado Español no invitaban precisamente a la resignación.

Con la llegada de las libertades democráticas, la burguesía ha sustituido a los santos de la Iglesia por los Sindicatos colaboracionistas, en un intento de modernizar y adaptar sus objetivos a los tiempos, para que sean más eficaces en su empeño. El Parlamento se ha convertido en la nueva iglesia, pues, según dicen, ahí reside la soberanía popular, aunque en realidad es más bien una casa de empeño, todo el que entrega algo de valor para salir de un apuro, al sacarlo, lo tiene que pagar más caro. No hay una ley que salga de sus entrañas que no sea perjudicial para los intereses de la clase obrera. Desde los Pactos de la Moncloa del año 1977, hasta hoy, con la Reforma Laboral, la Reforma de las Pensiones y la de los Convenios Colectivos por llegar. Una tras otra son nuevas vueltas de tuerca apretando siempre el mismo tornillo.

Pasada la celebración del 1º de Mayo nos querrán invitar nuevamente a otra fiesta, esta, de las Elecciones Municipales, con el propósito de que seamos buenos ciudadanos y vayamos masivamente a votar por los que nos gobernarán desde los ayuntamientos.

Y mientras tanto, crece el paro, dejando en el desempleo a cinco millones de trabajadores, empeorando las condiciones de trabajo para el resto. Y mientras tanto, los precios se disparan, disminuyendo la capacidad de consumo de las familias obreras. Y mientras tanto, las viviendas son incautadas por los bancos al no poder pagarse las hipotecas, dejando en la calle a miles de familias. Y mientras tanto, nos meten en otra guerra, ahora contra Libia, para defender supuestamente los “derechos humanos” y de paso quedarse con el petróleo. Y mientras tanto, insisten en el uso de la energía nuclear, poniendo en grave peligro la salud y la vida en todo el planeta, con tal de que no pare el derroche y el consumismo del “modo de vida” capitalista, con su explotación masiva de la mano de obra asalariada y de recursos naturales…

Casualmente es cuando más engordan los bancos y las grandes empresas, repartiendo beneficios millonarios entre sus altos directivos y accionistas, mientras en pleno siglo XXI, siguen muriendo niños y mayores por hambre, enfermedades curables o guerras imperialistas.

Por todo esto el 1º de Mayo no puede ser un día de fiesta. Lo han convertido en un desfile procesional ondeando las históricas banderas de la clase obrera, pero sin ningún contenido obrero, sin ninguna consigna de lucha. Una cabalgata de pitos y tambores encabezada por líderes colaboracionistas y vendidos.

Para conmemorar el 1º de Mayo, en las actuales circunstancias, deberíamos dedicar ese día más bien a reflexionar individualmente y discutir colectivamente con los vecinos del barrio, con los compañeros del trabajo, de la asociación, del colectivo u organización en donde estemos integrados. Pensar sobre cuál es la situación real de la clase obrera, qué debemos hacer para cambiarla y cómo salir del corral donde nos tienen encerrados como mansos corderitos.

 CONTRA LAS GUERRAS IMPERIALISTAS

POR EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

VIVA LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA

VIVA EL 1º DE MAYO



Cuando Los Intereses Imperialistas Se Disfrazan De Derechos Humanos


Estados Unidos y la Unión Europea han conseguido del Consejo de Seguridad de la ONU aprobar la resolución nº 1973 (con la abstención de Brasil, Rusia, China, Alemania y la India) para intervenir militarmente contra el gobierno libio. Dicha intervención se apoya en el argumento principal de proteger las vidas y los derechos humanos de la población gravemente amenazada por el régimen de Gadafi .

El gobierno del PSOE, con Zapatero y su ministra de la Guerra Carmen Chacón a la cabeza, con el refrendo del Parlamento español, a excepción de IU y BNG, han conseguido darle respaldo y viso legal formal a esta agresión militar previamente decidida e iniciada, amparándose en la legitimidad internacional de la resolución de una ONU, ya muy desprestigiada, que hace tiempo perdió todo vestigio de credibilidad y de aparente neutralidad como garante de la paz en el mundo.

Las razones esgrimidas por la ONU y los distintos gobiernos agresores para justificar esta acción militar, son cuanto menos cuestionables. Como ya nos tienen acostumbrados desde la guerra de Yugoslavia, cuando se fraguó la doctrina llamada de Guerra humanitaria, los estados imperialistas confabulados con otros estados, bajo mando criminal de la OTAN, se erigen en jueces universales para impartir, según sus sacrosantos intereses, certificados de buena conducta por el mundo. En el caso de Libia se sigue, poco más o menos el mismo esquema: se empieza montando una tramoya mediática de demonización de sus líderes e instituciones, se entrena y arma a una fracción “rebelde” y con un guión trufado de razones humanitarias que le obliga “moralmente” a intervenir en defensa de la población indefensa, para posteriormente escenificar una parodia de salvamento que oculte los verdaderos motivos del irremediable ataque militar que impondrá el orden democrático y con ello el tan necesario control geoestratégico de la zona, garantizando en este caso el acceso, sin trabas, a las ansiadas fuentes de energía.

¿Qué criterios se han seguido para determinar la intervención en Libia y no en Arabia Saudí, Bahréin, Yemen, Jordania o Marruecos?. La respuesta a esta pregunta no es muy difícil de suponer, dado que los acontecimientos tienen más o menos el mismo carácter: acciones de masas para conseguir cambios democráticos en los regímenes autocráticos ante la represión y las muertes, como consecuencia de esas protestas populares. En el caso de Libia, con una revuelta de muy dudosa espontaneidad, y la acción de los “rebeldes”, no se asemeja a las que tienen lugar en otros países de la región. Como bien dice la organización africana A-APRP: Libia no es Egipto, ni toda revuelta es una revolución. La experiencia histórica nos indica que prevalece la política de doble vara de medir, un doble rasero para situaciones políticas similares pero en distintos escenarios sociales.

Según los datos que van apareciendo, se demuestra que los Estados agresores, especialmente los occidentales, manifiestan una indignación muy selectiva para intervenir, ya que lo hacen sobre la base de las relaciones que mantienen con los gobiernos de turno, sin importarles las condiciones de existencia de la mayoría de la población, de explotación económica y la miserable vida de los trabajadores, manteniendo intacta el carácter dictatorial de las relaciones políticas y la forma arcaica de las relaciones sociales. El criterio de intervención en un país lo determina sus relaciones con gobiernos colaboradores y sumisos o insuficientemente dóciles y claramente contrarios a los intereses del imperialismo.

Entre los humanitarios motivos esgrimidos como banderín de enganche para esta nueva cruzada contra el mal, sobresale machaconamente la Defensa de los Derechos Humanos. A tan pregonado concepto se quiere dar a entender que se lucha por el respeto a los aspectos más elementales de las personas, incluida la más básica de todas: la propia vida humana. A ello se acogen para determinar la intervención militar en Libia por la matanza de opositores por régimen del coronel Gadafi.

Si ello fuese cierto, y aplicásemos la misma vara de medir, se tendría que haber intervenido en los Estados Unidos de Norteamérica en numerosas ocasiones: cuando la guerra del Vietnam en los años 60. Por el apoyo a dictaduras militares o civiles en prácticamente todo el mundo, en los 70. La llamada guerra de baja intensidad en Centroamérica en los 80. Las guerras que mantiene actualmente, junto a sus aliados europeos, en Iraq y Afganistán y los miles de muertos que están provocando, sin olvidar el apoyo incondicional al Estado de Israel, que incumple toda resolución de la ONU que le perjudique, sin por ello sufrir la más mínima sanción. Cuando mantiene durante más de cincuenta años un bloqueo criminal contra Cuba, condenando a su pueblo a la escasez y la penuria, o la guerra encubierta contra Venezuela y el acoso a Bolivia y otros gobiernos progresistas. Y si hablamos de la Unión Europea, históricamente sus estados integrantes han participado en verdaderas carnicerías humanas, asesinando a millones de personas en todos los continentes, y hasta hoy, promoviendo políticas de rapiña y saqueo neocolonial de los recursos ajenos.

El concepto de Derechos Humanos que manejan estos paladines de la libertad, estas burguesías imperialistas, suele ser bastante limitado, presentándolos como unos derechos neutrales, inalterables e individuales, por encima de las condiciones históricas y sociales, pero sobre todo, sustraídos de los antagonismos de clases. Porque para la burguesía, proteger los derechos humanos significa fundamentalmente:

· Proteger la propiedad privada capitalista, el derecho a explotar la fuerza de trabajo asalariada con el propósito de una mayor valorización y acumulación de capital en beneficio de una minoría a costa del empeoramiento de las condiciones económicas y medioambientales de la inmensa mayoría de la población mundial.

· Preservar la economía de libre mercado, la empresa privada, proteger el derecho a la libertad de producción y comercio e imponer sus precios, según los intereses de esa misma minoría.

· Preservar el sistema político preferido en que se sustenta el imperialismo, la democracia burguesa, la representación formal parlamentaria, o bien bajo un régimen dictatorial, cuando no hay más remedio. En ambos casos se ejerce la dictadura del Capital, es decir, la imposición de la clase capitalista, en su conjunto, sobre las demás clases, para seguir explotando y oprimiendo.

Estamos contra la intervención militar en Libia, porque forma parte de la cadena de agresiones imperialistas. Para luchar contra el imperialismo, en los países desarrollados, hay que defender una política obrera consecuente, denunciando las políticas de alianza con los sectores burgueses antimonopolistas, ya que ese momento ya pasó a la historia, siendo la única revolución pendiente la socialista. Ello implica desechar la idea de situar la lucha exclusivamente en una sola parte de las relaciones económicas y políticas de la fase imperialista del capitalismo: la de los monopolios y sus tentáculos económicos que sojuzga la pretendida “soberanía nacional” de los estados. Debemos defender y desarrollar una lucha internacional contra el capital, contra sus condiciones de producción y de opresión en su conjunto.

FUERA LAS MANOS DE LIBIA

CONTRA LAS GUERRAS IMPERIALISTAS

POR LAS SOLIDARIDAD DE LOS PUEBLOS

POR EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

VIVA LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA