La multitud, los indignados y la falsa equidad burguesa

La multitud, los indignados 

y la falsa equidad burguesa


Estos días recorre las calles de las ciudades españolas una multitud indignada exigiendo más democracia, más participación ciudadana, ya que la realmente existe está contaminada por la acción del “mercado” que arrincona y sustituye el interés del “ciudadano”. La multitud reclama mayor transparencia en la gestión política de los partidos parlamentarios y mayor grado de participación “ciudadana” en los asuntos sociales, intentando sustituir el concepto formal de democracia (que se caracteriza por el sometimiento del interés colectivo de los “ciudadanos” al interés privado del “mercado”) por el de democracia real, en donde primaría el interés de aquellos por encima de cualquier otra consideración.

Nos llama la atención de esta multitud que en su reivindicación de más democracia no pone el acento en cuestionar el sistema social del cual emana dicha democracia, sino que evitándolo cuidadosamente se centra en las consecuencias políticas del funcionamiento del régimen de producción, es decir, en el déficit democrático y en la desnaturalización de los valores democráticos, fundamentalmente de la libertad individual, de las libertades colectivas y del ejercicio de la acción política.

Los portavoces de la citada multitud (amalgama interclasista que fundamenta su actividad social sobre el concepto de ciudadano, considerado como un ente abstracto sometido a su propio interés y al margen de su posición y función en la actividad económica y social) se ponen al frente de los “valores democráticos” para exigirle a los sustentadores de dichos valores, la clase dominante, es decir, la burguesía, y el aparato estatal, el conjunto de funcionarios a su servicio, para que sean coherentes con sus “ideales”, que no es otro que el ideal del sistema capitalista: libertad para explotar la fuerza de trabajo asalariada, libertad para la libre circulación de capitales y libertad para proteger y defender la propiedad privada capitalista, trinidad económica sobre la que descansa los ideales democráticos burgueses.

Veamos concretamente en qué consiste dichos “valores democráticos” en el contexto del régimen capitalista de producción:

La libertad

Es el valor por excelencia de la ideología burguesa, valor del que emanan los demás “valores democráticos” como el de la solidaridad, la justicia social, etc. La libertad del individuo burgués es el prototipo ideológico de la sociedad capitalista, en el cual queda representado la relación mercantil entre los distintos individuos sociales a través del mercado. Es la representación de la relación social entre personas y clases a través de las relaciones entre cosas que se refleja ante los ojos de estos individuos con vida propia. En este sentido, la libertad es concebida como la libre voluntad de los individuos que se mueven buscando el fin de la satisfacción de sus propios y exclusivos intereses. Esta relación social entre individuos y clases que adopta en la esfera ideológica como la libertad individual aparece como algo consustancial a los individuos, a la naturaleza humana, ajeno a las relaciones sociales de producción. En algunas ideologías es concebida como obra de la providencia que se otorga graciosamente a los individuos para que adopten un comportamiento humano a través del razonamiento, superándose así el instinto que caracteriza a los animales no racionales. Concebida de una u otra manera, como obra del desarrollo de la producción o como obra de un ente superior, sobre humano, la libertad es superior a la razón pues la conforma.

Como hemos repetido, la libertad desde el punto de vista burgués, es ajena a toda condición social (todos los “ciudadanos se comportan de la misma manera) y motor del progreso social. En realidad esta idea es totalmente falsa, pues, la libertad ha tenido y tiene un desarrollo histórico, adecuado a las condiciones materiales de la producción social, siendo diferente en cada época histórica: la libertad en la época del comunismo primitivo, de la esclavitud, del feudalismo, en la época del capitalismo y en la del socialismo tiene una raíz y un contenido distinto, determinado por las condiciones de la producción social de cada época del desarrollo histórico de la humanidad.

La teoría marxista concibe la libertad desde un punto de vista materialista y dialéctico, dependiendo de las condiciones de la producción y de los intereses y lucha de las clases que se enfrentan en la estructura social, ya que no puede ser lo mismo para el capitalista que para el proletario, por ejemplo. Desde el punto de vista filosófico es concebido como la voluntad del individuo colectivo actuando con conocimiento de causa por asimilar (conocer y transformar) el mundo exterior conformando su existencia a sus necesidades sociales, descartando el libre albedrio o la actuación de la providencia que expresa una representación ideológica deformada de la realidad social de acuerdo a los intereses económicos y políticos de la burguesía.

La libertad del burgués no consiste solamente en actuar sino además en decidir y dirigir lo que quiere hacer de acuerdo a sus intereses como individuo y clase, mientras que la del proletario le viene asignado por la función exclusiva de ejecutar la directriz que le viene impuesta por las relaciones sociales de producción. A lo máximo que puede aspirar es a “elegir” a los que van a decidir y dirigir los asuntos privados y públicos, pero no a decidir y dirigir el contenido de la norma y función social. La libertad burguesa es, en realidad, una imposición a la voluntad humana (el reflejo de las relaciones sociales), lo que ocurre es que a unos les viene bien, a los capitalistas, y a otros les viene mal, a los proletarios, pues tiene por misión hacer creer a los individuos de una y otra clase que la realidad es así, reproduciéndose desde el punto de vista ideológico que las relaciones sociales son inamovibles, pues son eternas.

Por esta razón, la reivindicación de mayor democracia, es decir, mayor libertad sin modificar las relaciones sociales es una falacia, por ser falsa, y una quimera, por dar la ilusión de que a mayor participación en una elección se puede llegar a una mayor libertad, lo cual es incierto radicalmente porque la voluntad de los individuos está supeditada a las prácticas sociales que le viene impuesta por las relaciones sociales de producción determinada estructuralmente. La máxima política de la multitud y de los indignados para que se cumpla la reivindicación de más democracia, esto es, más participación, es la petición de reforma de la ley electoral con la finalidad de que los votos emitidos se repartan más “equitativamente”, más “democráticamente”. Pura falacia y pura ilusión pues la equidad no puede existir en las sociedades divididas en clases, ya que una vive a costa de la otra al reproducirse las condiciones de la desigualdad intrínseca que caracteriza al capitalismo.

Las libertades democráticas

Las “libertades democráticas” es el desarrollo concreto de la idea abstracta de la libertad burguesa que hemos analizado anteriormente. Estas libertades hacen referencia a los “derechos de los ciudadanos” en cuanto a las relaciones privadas (mutuas) y a las relaciones públicas (con el Estado). Su finalidad es regular y “armonizar” los distintos intereses individuales y de clases evitando que impere la ley de la jungla, el desorden y el enfrentamiento social entre los individuos de una misma clases y entre clases distintas y antagónicas. Las libertades democráticas son, entre otras, la libre expresión, información, asociación, reunión, manifestación, sufragio universal, etc. dentro del contexto del respeto a la propiedad privada capitalista, es decir, a la libre empresa y a la explotación asalariada.

* El derecho a la información y a la libre expresión es el básico en las sociedades democráticas burguesas, pues sin ello es muy difícil que la burguesía pueda conformar la ideología impositiva dominante, la que hace “vivir” a las prácticas sociales de los individuos como normales y eternas, cuando en realidad están reproduciendo las condiciones de producción sin saberlo, por un lado, las funciones de los obreros, y, por el otro, la de los capitalistas como clases antagónicas.

Los medios de propaganda públicos y privados tienen esta misión, envolviéndose en una parafernalia del derecho a la información y a la libre expresión de los individuos. La prensa escrita, la radio y la TV no solo cumplen la función de entretener, que lo hacen, sino fundamentalmente fomentan y “fijan” un sistema ideológico, invisible a simple vista, por medio del cual se viven y se reproducen las condiciones de producción a través de las prácticas sociales de los agentes económicos. La empresa capitalista es representativa en este sentido, pues siendo el lugar en donde se realiza la explotación de la fuerza de trabajo y la apropiación de la plusvalía aparece ante los ojos de los individuos y se interioriza en sus conciencias como el sitio en donde se crea la “riqueza social” para el país. La apariencia hace creer que el empresario y su equipo a través de la articulación del trabajo individual de los trabajadores realiza una función determinante en la creación de la riqueza, pues sin él no sería posible la producción. La empresa capitalista aparece como un ente neutral, un lugar donde se ejecutan las distintas tareas de los agente de la producción dando como resultado la creación de riqueza, obra del esfuerzo común de ellos, ocultándose detrás de esta fachada la explotación de la fuerza de trabajo asalariada por las relaciones que entablan los agentes, determinado por la propiedad priva capitalista y el trabajo asalariado que reina entre sus paredes. Dicha creencia es “vivida” por los agentes como algo natural y eterno, que se refuerza por las formas económicas que se establecen: el trabajador, recibiendo un salario por la aportación de su trabajo (forma económica en que se oculta el pago de la fuerza de trabajo, esto es, el valor de los medios de producción para su reproducción, creyendo que recibe el pago de su trabajo) y el empresario un beneficio, que es la suma de la aportación de su trabajo más un incremento por el riesgo económico que asume por la inversión de capital.

* El derecho de reunión y asociación está limitado a la previa aceptación de la ley socialmente dominante (que corresponde con los intereses de la clase dominante) a las normas jurídicas que se recoge en la Constitución. Toda organización (reunión y asociación) que no acepte la forma y contenido de la Constitución es declarada ilegal y perseguida llegado el momento por los jueces y la policía y ejército. Las organizaciones que no respeten o no se sometan a la normativa legal del sistema democrático burgués no pueden ejercer libremente dicho derecho pues atenta a las bases del sistema de producción capitalista que consagra la división en clases de la sociedad. Si ello es así ¿por qué reclamar el derecho a la legalidad burguesa? ¿No sería más lógico y acertado reclamar el derecho a la emancipación efectiva de la clase oprimida y explotada por el capital que se tiene que conquistar a través de las armas, de la organización armada de las masas bajo la dirección del partido comunista que la dirige.

* El derecho burgués a la manifestación suprime la libertad para luchar contra la opresión y explotación de la clase, lógicamente de la clase obrera pues la burguesía la realiza de manera cotidiana y continuada. La manifestación que reconoce la burguesía es para reclamar reformas o mejoras del sistema, pero nunca para transformarlo en la dirección de sustituirlo por otro. Las manifestaciones tienen que pasar una criba, unos parámetros que marca la ley para ser aceptadas: solicitud, itinerario, responsables, motivos, respeto a la libre circulación de personas y cosas, etc. La libertad de huelga es reprimida desde el punto de vista legal, ya que tiene que estar sujeta a motivos estrictamente económicos y dentro de los cauces legales y de respeto a la propiedad privada capitalista. En ningún caso se pueden hacer manifestaciones contra el Congreso y el Senado, ni contra los parlamentos autonómicos, ni contra los parlamentarios de cualquier índole, siendo duramente reprimidos cuando se levante una acción contra la “soberanía popular”. Si ello es así ¿por qué reclamar el sistema parlamentario burgués? ¿No sería más lógico y acertado reclamar una organización social y política en donde tenga el pueblo una representación efectiva y un control real sobre sus representantes a través de la lucha de clases como método para la acción política?

La política

La acción política es el resultado de la concepción que se tenga de la “política”. Si la política es concebida como el instrumento de entendimiento y conjugación de los diferentes intereses de los individuos, la acción política está destinada a resolver de la mejor manera los “desajustes” que producen los intereses enfrentados. En esta concepción y práctica el Estado tiene por función la intervención para regular dicha acción de una manera “racional”, árbitro de los enfrentamiento de los intereses sociales. Por contra si la política es concebida como el instrumento de la lucha de clases, la acción política estará destinada a mantener el estatus social, por la clase que detenta el poder económico y político, o romper las barreras de dicho estatus, por las clases explotadas y oprimidas, y donde el Estado aparece en todo su esplendor,  desprovisto de toda máscara de ecuanimidad, como lo que es, juez y parte al servicio de la burguesía.

En la sociedad burguesa, la “política” está destinada a que la ejecuten una serie de “profesionales” que son los encargados de armonizar los distintos intereses sociales. Son los llamados cargos públicos, parlamentarios, concejales y sus equipos de asesores de toda índole. Para que ello sea asumido y aceptado por los individuos sociales se pone el acento en el sufragio universal como medio de participación de los ciudadanos, ya que se cree que se elige a los representantes por vía directa y secreta, sin “condicionamientos” de ningún tipo. Con ello se da la impresión de que todo el mundo, de una u otra manera, está implicado directa o indirectamente en los asuntos públicos haciendo política. En realidad, en el sistema parlamentario burgués, los únicos que hacen de verdad política son los capitalistas, pues son ellos o sus representantes, desde las empresas, medios de comunicación, asociaciones, organizaciones, parlamento, ejército, magistratura, etc. Los que deciden sobre los asuntos públicos. Hasta el ejército y el rey, que dicen ser “neutrales”, hacen política. ¿A quién no se le reconoce la posibilidad de hacer política? A la clase explotada, pues se le “concede” poder luchar sólo por reivindicaciones estrictamente económicas y cada cuatro años para depositar una papeleta.

Bajo la apariencia de que los trabajadores están representados en el Parlamento por sus partidos, la realidad es que sólo pueden estar los que de una u otra forma colaboran con el sistema, pues de lo contrario son ilegalizados y proscritos.   Hay un tipo de hacer “política” que lo considera como un oficio que necesita de un alto grado de conocimiento y especialización o para personas adiestrada en el arte de la negociación y el “diálogo” que justifican la política de colaboración. Hay, sin embargo, otra concepción de la “política” muy extendida entre la clase obrera, incluso en muchos partidos “comunistas” que consiste en la habilidad para buscar puntos de encuentros y afianzar pactos y alianzas que ignoran el sentido de clase de la política, centrándose en prescindir de los principios, en ignorar promesas, en escabullirse de la responsabilidad contraída con la clase para construir una sociedad en donde no exista la explotación.

Pero esta no es la concepción que deben tener los comunistas de la política. Para los comunistas la política, como expresión de la lucha de clases, debe tener las siguientes características: Ser clara y poner por delante los objetivos que se persiguen a corto, medio y largo plazo. Servir para educar a las masas en lo que debe ser su finalidad con el objetivo de romper su pasividad. Servir de ejemplo para hacer avanzar a las masas, para incorporarlas a la lucha por su emancipación. Someter la táctica a los principios teóricos y finalidad política, no sacrificando el objetivo del triunfo final a los intereses inmediatos de las masas, pensando que con ello se está más cerca de los estratégicos, el comunismo. En definitiva, ser consecuente con lo que la teoría marxista explicita a la vanguardia de la clase obrera y clases explotadas y oprimidas por el capital.