El Capital, Esquemas y Notas para su Estudio

 

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“En la ciencia no hay calzadas reales y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos.”

Carlos Marx, prólogo a la edición francesa, tomo 1 de El Capital, 1872

 

 

 

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¿Autodeterminación burguesa o internacionalismo proletario?

“Somos enemigos de acomodar el socialismo al nacionalismo”

VI Lenin, 1912

Este trabajo tiene el propósito de intervenir, desde la trinchera del proletariado, en la lucha que se está desarrollando entre las distintas fuerzas políticas burguesas (CIU, ERC) o reformistas (ICV, CUP) por alcanzar la autodeterminación de Cataluña, como consecuencia de la agudización de la crisis capitalista, lo que está provocando un aumento de las contradicciones entre los intereses de la burguesía y del proletariado como clases antagónicas, y entre las distintas fracciones de la burguesía que se disputan la plusvalía extraída a la fuerza de trabajo asalariada.

En este sentido, fracciones de la burguesía catalana apoyadas por parte de la pequeña burguesía intelectual y sectores de la aristocracia obrera, que ven como pierden determinados prerrogativas a manos de los tentáculos de la administración autonómica, se están radicalizando políticamente para recobrar el  “equilibrio” perdido frente al Estado central, reclamando una mayor aportación de los ingresos para financiar los servicios de la Comunidad Autónoma, argumentando que Cataluña contribuye con mayor riqueza social al conjunto del Estado de la que recibe por las transferencias, lo que perjudica notablemente los intereses de los catalanes en favor de otras comunidades autónomas menos laboriosas.

El derecho a la autodeterminación del pueblo catalán es considerado por los nacionalistas una reivindicación política a la que no se pueden anteponer consideraciones jurídicas, como son las trabas constitucionales, ya que coartan las legítimas aspiraciones democráticas del pueblo catalán. Los partidos constitucionalistas “españolistas” anteponen, por contra, las motivaciones jurídicas a las políticas como medio para frenar el empuje independentista. Como es natural, tanto unos como otros se sitúan desde posturas interesadas a sus posicionamientos, que nada tienen que ver con la realidad histórica y particular concreta. Si ésta fuera la discrepancia podrían simplemente resolverlo modificando la Constitución, y favoreciendo la celebración de un referéndum de autodeterminación, que la ley ahora no autoriza. Pero detrás de ese litigio se esconde la confrontación de intereses económicos de las distintas fracciones burguesas en lucha, lo cual encona la solución entre las partes dentro del carácter de la contradicción que, no olvidemos, no es antagónica.

Pero este asunto supera el marco de la simple reivindicación de autogobierno, pues toca de lleno otros temas de mayor calado que afectan a los intereses de la clase obrera: ya que en esta pugna se adjudica al proletariado un papel meramente subalterno, de comparsa, subordinado a los intereses de los distintos actores de reparto, ya sea avalando los intereses de las fracciones burguesas “catalanistas”, apoyando el derecho a la autodeterminación y su “derecho a decidir”, o bien los intereses de la burguesía “españolista”, representado por el gobierno central, pero ambos convergen mancomunados, a la hora de aplicar sobre las espaldas de la clase obrera las milagrosas recetas para salir de la crisis.

El derecho a la autodeterminación se da en el marco ideológico y político del nacionalismo, esto es, en el ámbito de las fuerzas políticas que consideran primordial el derecho a construir un Estado propio e independiente al margen del actual Estado. No es el carácter “opresor” del Estado lo que ponen en cuestión, sino que no lo consideran suyo en el sentido de ya no representar plenamente sus intereses económicos y políticos.

 Históricamente el derecho a la autodeterminación ha sido una reivindicación política que ha representado los intereses de las nacientes burguesías nacionales frente a la opresión del capital internacional. Esta Revolución burguesa tiene su  razón de ser a que la floreciente burguesía al iniciar su lucha por la implantación del régimen capitalista de producción necesitaba desembarazarse del lastre que suponía el anquilosado régimen feudal, representado por las Monarquías absolutas que impedía el desarrollo de las fuerzas productivas y con ello la creación de unos modernos Estados que abordaran reformas económicas y políticas estructurales orientadas a la transformación de la propiedad territorial y, con ella, la liberación de ingente mano de obra del campo para ser ocupada en los nuevos talleres y fábricas de las ciudades, factores fundamentales para el progresivo proceso de industrialización.

 De este modo, el derecho a la autodeterminación tiene un contenido económico que determina su carácter de clase (concretado en la creación de un Estado propio para impulsar el desarrollo de mercados internos, inicialmente), y que es eminentemente burgués al ser la forma en que el régimen capitalista aborda sus contradicciones internas dentro de su marco económico. Es la salida política a una contradicción interburguesa del desarrollo capitalista (la contradicción entre el capital monopolista, propio de la fase imperialista del capitalismo, y el capital no monopolista, sometido y subordinado a dicho desarrollo) que se caracteriza por la inevitabilidad del proceso de concentración del capital y de las formas políticas dentro de unas fronteras nacionales y un estado.

 El derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas se da un contexto histórico determinado, que, separado del mismo, no tiene sentido para el proletariado: éste se encuentra en una fase histórica a la que ha de adecuar sus tareas a la realidad en que se desarrolla la lucha de clases, huyendo del colaboracionismo de clase al que nos lleva el nacionalismo. (de ahí el carácter materialista de la tarea histórica del proletariado).

 Un incipiente proletariado, como consecuencia del escaso desarrollo capitalista, puede estar interesado en establecer alianzas con su burguesía nacional para derrotar a las fuerzas reaccionarias que impiden el desarrollo capitalista en un país subordinado a los intereses del capital monopolista internacional. Lo que no se le puede pedir al proletariado de un país capitalista desarrollado es que se alíe a una de las fracciones burguesas  frente a otras. Su labor, como clase independiente debe estar en consonancia con el desarrollo capitalista, como ocurre en el Estado español, y en concreto en Cataluña: crear las condiciones para la destrucción del Estado capitalista que lo explota y oprime, a la vez que se une al proletariado de otros países con la finalidad de construir una sociedad de acuerdo a sus intereses históricos.

 ¿Cómo se oculta esta realidad? En la pugna entre las distintas fracciones burguesas por la defensa de sus intereses económicos cada una de ellas tienden a atraerse el apoyo del proletariado, el modo más adecuado para conseguir la legitimidad y apoyo sociales son las formas ideológicas con las que ocultan sus auténticos intereses. Diluyen, difuminan la percepción de las diferencias de clase, incluso las clases mismas hasta hacerlas “desaparecer” bajo el apelativo de “pueblo” unificando a los individuos de una comunidad con algo de lo que todos participan de alguna manera como es la cultura y el idioma en la dirección que les marca la clase que quiere defender sus exclusivos intereses económicos.

 La defensa de los mismos, el ejercicio de la hegemonía como clase necesita de un Estado propio, un instrumento político-militar que constituya el poder de esas fracciones de clase frente a las otras. Ese Estado por supuesto no es neutral, sino que se comporta de acuerdo a su carácter de clase. En Cataluña, CIU y ERC que son los que dirigen el proceso independentista, no lo hacen para que el proletariado se erija en clase dominante y construya un estado proletario una vez conseguida la ansiada independencia.

 En España, la formación del estado moderno al servicio del conjunto de la burguesía siempre ha contado con la participación activa de las burguesías vasca y catalana, por supuesto no ha estado exenta de contradicciones. Una de las principales que ha enfrentado a las burguesías de las regiones catalana y vasca con la burguesía “nacional” es el divorcio que se produce en la conformación de su Estado moderno, entre el desarrollo de la revolución industrial y la configuración del régimen democrático burgués que diera lugar a la creación de un Estado garante y defensor de los intereses de la burguesía en expansión y deseosa de superar las fronteras nacionales.

 Mucho antes del final de la dictadura franquista, la burguesía catalana había apostando por un proyecto de Estado que únicamente era realizable dentro del territorio español, ya que su estructura industrial y comercial dependían fundamentalmente del mercado nacional, del que no podían prescindir por las interrelaciones de sus capitales y los muchos intereses económicos y políticos que le unían al conjunto de la burguesía española. Pese a las diferencias que manifestaba con el Estado, donde estaban representados sus intereses como clase, siempre escogían el camino de la negociación, del acuerdo, buscando:

·         Una salida política alternativa acorde a sus intereses empresariales que rompiera el aislamiento que separaba a España de los capitalistas y las instituciones de los países europeos de su entorno,

·         Un modelo democrático burgués acorde con los tiempos y las necesidades de la producción, frente al modelo franquista que se estaba convirtiendo en una rémora para los intereses de la oligarquía monopolista,

·         El reconocimiento cultural y lingüístico reprimido durante la dictadura franquista,

·         y una determinada autonomía administrativa y política.

En lo que es fundamental y determinante del régimen capitalista de producción, la explotación de la fuerza de trabajo asalariado,  no existía contradicción alguna si la fuerza de trabajo se expresaba en catalán o no: lo determinante era satisfacer la demanda de mano de obra barata que reclamaban las diversas empresas y las cadenas de montaje, como así puso de manifiesto la llegada del aluvión de emigrantes de todas las regiones españolas menos desarrolladas, contribuyendo al auge de la industria catalana y el enriquecimiento de su burguesía, obviando en las etiquetas de sus productos cualquier mención catalanista.

 Cataluña, al igual que el País Vasco, no ha dejado de estar integrada y representada a lo largo de su historia con y por el Estado, por más que éste no estuviera diseñado política y administrativamente a su gusto. No es por casualidad que, debido a su supremacía económica, a su mayor grado de desarrollo industrial y comercial, sus burguesías hayan extraído y acumulado más plusvalía de los obreros españoles que cualquier otra región.

 La profundidad de la crisis capitalista mundial, el envejecimiento de la constitución y las desavenencias con las políticas fiscales vuelven a poner encima de la mesa el dilema soberanista catalán, que desde la transacción democrática estaba aparcado, respondiendo así a los intereses de la pequeña y mediana burguesía catalana, asfixiada por la crisis para sacar tajada de los Presupuestos Generales del Estado, enarbolando la bandera del nacionalismo y la independencia como única salida política a los problemas económicos por los que atraviesa estas fracciones de la burguesía y como arma arrojadiza frente al actual gobierno del PP, representante de la fracción monopolista del capital (rivales históricos pero aliados condenados a entenderse hasta que la revolución proletaria los arroje al museo de la historia).

 Dado el grado de desarrollo del capitalismo en España, de su condición de estado integrado en el sistema imperialista mundial de dominación, del que participan las burguesías: catalana, vasca o Gallega. Plantear la consigna de autodeterminación, especialmente si proviene de colectivos y organizaciones que se proclaman comunistas, presupone no solo un freno y una traba a las luchas obreras, sino una sinrazón, al desviar el propósito principal de la lucha por la revolución proletaria mundial, la lucha por los objetivos estratégicos de la clase obrera: la derrota de la burguesía y la instauración de la dictadura del proletariado. Al tener la lucha de los proletarios un carácter internacional, deben romper con las ataduras tanto locales, regionales o nacionales, impulsando la unidad de todos los explotados dentro del propio estado, así como con los de cualquier parte del mundo, siendo nuestras tareas: la erradicación de la esclavitud asalariada y las condiciones de explotación del capital, encaminado a la construcción de un nuevo orden social, la sociedad comunista.

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Este artículo tiene una continuación que se publicará con el nombre de ¿Estado federal o Estado proletario?