La Lucha por el Comunismo y La Necesidad del Marxismo-Leninismo

 

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La lucha por el comunismo

y la necesidad del marxismo-leninismo

La celebración del 1º de Mayo no puede ser un acto aislado de la lucha del proletariado contra la burguesía. A ello lo quieren convertir tanto la burguesía como sus adláteres el revisionismo y el oportunismo, en un mero trámite, como celebrar el día del padre, de la danza o de la cruz roja. Desde estas posiciones, el 1º de Mayo se centra en celebrar el “derecho” a reivindicar las demandas de los trabajadores y que el capitalismo no satisface: menos paro y corrupción, empleo de calidad, mejores salarios, mayor libertad y más democracia, etc.

Con dicho propósito el reformismo, el revisionismo y el oportunismo salen a la calle en perfecta comunión con sus “masas”, sacando pecho ante la muestra pública de su incuestionable poder de convocatoria, cada año más raquítica. Los participantes se sienten identificados y más “fuertes” porque se reúnen y escuchan “entusiasmados” el discurso, previamente cocinado entre bambalinas, del dirigente de turno, para exaltar a los trabajadores que le aplaude mientras están pensando dónde ir a tomar una cervecita cuando termine el acto.

Debemos luchar tanto contra esta interpretación de la celebración de un hecho histórico, como contra su contenido. Es, si se quiere, en estos momentos, la lucha puntual de las posiciones revolucionarias, marxista-leninista, contra las posiciones burguesas dentro del seno del proletariado: la lucha contra la celebración de un primero de mayo centrado en la particularidad económica del capital y en el nacionalismo político que quiere imprimir la burguesía al proletariado en la lucha democrática por “derechos sociales”, alejándolo del carácter político e internacional de su lucha revolucionaria por ligar la derrota política de la burguesía a la construcción de la sociedad comunista.

La lucha contra el capitalismo por la construcción de la sociedad comunista pasa irremediablemente por la lucha contra el revisionismo y el oportunismo. Esta lucha por la conquista de la hegemonía del marxismo-leninismo en la línea de masas del proletariado revolucionario en detrimento de las posiciones y prácticas que la burguesía trata de introducir en el seno de la clase obrera disfrazadas de “obrera, “popular” o “democrática”. Esta lucha de contrarios está presente en todo el proceso, desde el principio hasta el final, aunque adopta diferentes formas dependiendo de la etapa en que se encuentre la lucha de clases.

En la etapa de construcción del partido, en su fase de formación de la vanguardia comunista, es de suma importancia la lucha contra la manipulación y tergiversación de la teoría marxista, como si fuera un conjunto de principios elásticos y maleables dispuestos al antojo de la interpretación que se pueda hacer en cada momento para acomodarla a la realidad concreta según los fines que se persiguen. El ataque se centra en desvirtuar el comunismo, al tiempo que jura y perjura con no abandonarlo jamás, al desnaturalizar o desmaterializar la génesis y desarrollo dialéctico del proceso real (estructura contradictoria del régimen capitalista de producción) mediante la negación de un sujeto, fruto del desarrollo del proceso real y la aceptación de su papel consciente en dicho desarrollo, teoría marxista, que toma las riendas del proceso social bajo su mando y determinación hacia una nueva organización social sin clases.

El sujeto, el partido comunista, como fusión de la vanguardia y el movimiento revolucionario de las masas, que actúa como instrumento de dirección del proceso social por la conquista del comunismo es sustituido por el pacto social, que actúa como medio de intermediación del proceso social hacia la profundización de la democracia. Esa democracia que se representa como un luminoso escaparate en donde se exponen las maravillosas virtudes de la sociedad capitalista, sirviendo de decorado para ocultar sus podridas entrañas y el combustible vital que alimenta su maquinaria criminal: la producción de plusvalía y la acumulación de capital por medio del trabajo asalariado.

La burguesía trata de “centrar” la lucha del proletariado en el terreno económico, en el terreno que le es más favorable: en el precio que se acuerda mediante la negociación de la compra y venta de la fuerza de trabajo. Para ello, desvía el centro nodular y la resolución de la contradicción que le enfrenta al proletariado de la acción política, del terreno que menos le beneficia a sus intereses como clase explotadora y opresora: la propiedad privada capitalista, santificada por la religión del pueblo, la democracia constitucional, y el Estado burgués como su garante. Pero, por mucho que se quiera, lo económico y lo político no pueden separarse en la lucha de clases, aunque esa sea la intención de la burguesía, recurre a que la lucha política se desarrolle por los cauces que determina la legalidad democrática con la finalidad de dirigir y encorsetar la lucha del proletariado hacia reformas más o menos democráticas (burguesas), hacia la “conquista” de mayores cotas de democracia, al juego parlamentarista del mercadeo de los “derechos sociales” que tanto le gusta al revisionismo para conformar la base social que ofrece a la burguesía a cambio de seguir perpetuando la explotación capitalista del trabajo asalariado.

Para que el régimen capitalista pueda seguir reproduciéndose es necesario que se cumplan dos requisitos: el desarrollo continuado de las fuerzas productivas y la disponibilidad de una fuerza de trabajo asalariada que cubra las necesidades de la producción.

Debido al carácter capitalista de la producción, el desarrollo de las fuerzas productivas actúa tanto de palanca para aumentar la capacidad productiva del trabajo como de obstáculo para el normal desenvolvimiento de dichas fuerzas, tanto que en determinadas condiciones, como en periodos de crisis económica, empiezan a destruirse en proporción a la gravedad y profundización de la crisis.

En este sentido, la crisis económica es tanto consecuencia necesaria del desarrollo de las fuerzas productivas como la solución para el desenvolvimiento de la antítesis en que se realiza la producción capitalista. Esta es la “solución” momentánea que encuentra el régimen de producción a su contradicción intrínseca entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación, que se va agudizando en la medida que se desarrolla las relaciones capitalistas de producción. Este implica a su vez el desarrollo de las fuerzas productivas que al chocar con el carácter privado de la propiedad busca una salida para que se desenvuelva la contradicción sin resolverla, lo que tiende a agravar al exasperar los dos polos  en su relación antagónica creando las condiciones para su verdadera solución fuera de la estructura económica.

Profundicemos un poco más en este importante aspecto. Hemos dicho que, en el régimen capitalista de producción, el desarrollo de las fuerzas productivas o, su consecuencia, el aumento de la capacidad productiva del trabajo se debe, en primer término, a la composición orgánica de los distintos capitales, condenados a enfrentarse entre sí por la ley de la competencia capitalista (las distintas unidades de producción producen mercancías con el objeto de venderlas para realizar la plusvalía contenida en su interior antes de tomar la forma de capital). Este proceso se materializa en el aumento de la composición orgánica de los capitales más aptos en detrimento de los más débiles que se tienen que conforman viendo cómo sus competidores crecen aumentando la inversión en capital constante a costa del capital variable, lo que mejora sus perspectivas en la competencia capitalista por la vía de abaratar los costes de producción y aumentar la explotación de la fuerza de trabajo.

Pero el proceso del capital no se estanca. Lo que en un principio es competencia abierta y clásica, posteriormente adopta una nueva forma que le acompaña durante todo el proceso: el desarrollo de las fuerzas productivas es condición y consecuencia de otro fenómeno, la concentración y centralización de capitales, es decir, la concentración y centralización de medios de producción y fuerza de trabajo que actúan en una misma dirección: la explotación del rendimiento del trabajo y su conversión en capital vía plusvalía. Este proceso que es el que recorre el capital para adoptar su forma imperialista tiende a favorecer el carácter social de las fuerzas productivas agudizando la relación que mantiene con el otro aspecto de la contradicción, el carácter privado de las relaciones de producción que no altera dicha tendencia.

Este aspecto es de una importancia esencial, puesto que el proceso que recorre el capital engendra las condiciones materiales para que el proletariado como clase explotada por el capital adquiera la condición revolucionaria que le imprime el desarrollo de las relaciones capitalistas de producción, el atributo específico que le va a acompañar hasta su extinción como clase aunque no tengas conciencia de ello, que despliega su sentido cuando la vanguardia se lo revela mediante la ideología revolucionaria. Ello, como decimos, es de capital importancia, igual que el descubrimiento científico, producto del trabajo teórico del pensamiento marxista y de la experiencia histórica de la lucha de clases del proletariado, de la plusvalía, que una vez conceptuado alumbra hacia dónde tiene que dirigirse el proletariado para poder liberarse como clase explotada y dirigir la construcción de una nueva sociedad sin clases: las relaciones sociales de producción.

El revisionismo no llega a comprender esta importante cuestión, al igual que su hermano menor, el oportunismo, aunque desde distintos ángulos ideológicos y políticos. Al revisionismo se le nubla la vista al analizar la realidad debido a su posición ideológica de abandono de los principios marxistas, impidiéndole adoptar una posición de clase proletaria ante el enfrentamiento con la burguesía, sometiendo su estrategia hacia la evolución económica de un sistema capitalista más razonable, un estadio superior que elimine los inconvenientes del imperialismo por medio de la humanización (intervención del Estado) de las relaciones sociales y centra su acción política a la lucha por mejoras económicas para las masas, aunque participan de la tarta de la plusvalía social, tanto sus cuadros dirigentes (ocupando cargos en los aparatos del Estado, las administraciones y empresas públicas), como su base social (la aristocracia obrera). El oportunismo sin embargo parte de otra posición pues “comprende” hacia dónde se dirige la evolución del capitalismo y ve la “necesidad” del comunismo, a falta de una solidez en los principios revolucionarios somete el marxismo (teoría general) a la situación concreta (táctica), es decir, la acción política revolucionaria a la espontaneidad de las masas, como si ello fuera la brújula que marca por dónde debe transitar la vanguardia proletaria.

La concepción del desarrollo del capitalismo desde una posición materialista y dialéctica (revolucionaria) y, sobre todo, el papel del proletariado en dicho proceso es la que permite superar el utopismo que embargó, en un primer momento, las ideas socialistas de su época, que presuponían que las relaciones sociales tenían que ser fruto de las ideas de los individuos, según sus buenas o malas intenciones o conocimientos científicos, que entendían que siempre actuaría en favor del progreso de la sociedad, como si de un todo uniforme se tratase. La teoría marxista no solo construye una nueva concepción del mundo y de la sociedad basada en el conocimiento científico, en donde la materia y sus leyes determinaban la realidad mental y su desarrollo, sino que construye las condiciones sociales para superar el capitalismo, mediante su destrucción, y edificar  una nueva sociedad dirigida por la fuerza social que la tiene que erigir, por la posición que ocupa en la estructura social: el proletariado.

Desde que se elaboró la teoría marxista el pensamiento social perdió todo su halo místico, dominado hasta entonces por la concepción burguesa del conocimiento, para adquirir su carácter revolucionario mediante la fusión de la teoría científica con la práctica revolucionaria de las masas explotadas por el desarrollo de las relaciones de producción. En eso consiste lo que venimos en llamar la inevitabilidad del comunismo, como un proceso que tiene una base material que nace del propio desarrollo de las relaciones capitalistas de producción, y que hace suyo el proletariado como la tarea histórica que tiene que realizar y legar a la humanidad.

Pero la teoría marxista no sólo consiste en los principios inalterables que tiene que recorrer el proceso desde el capitalismo hacia el comunismo, sino además su aplicación práctica a la realidad histórica en que se tiene que realizar, distinto en cada país aunque tengan semejantes desarrollos. Ello implica también su desarrollo teórico, tanto el conocimiento de las contradicciones generales (a nivel internacional) y particulares (a nivel nacional) y líneas en que se desenvuelve la lucha de clases. La determinación de estas contradicciones, su estudio y sus formas de resolución constituye la tarea de los comunistas para abordar correctamente la dinámica del proceso de la revolución proletaria. En cuanto a la situación de los comunistas en el Estado español la tarea se sitúa en la formación de la vanguardia proletaria como condición necesaria para la construcción del partido comunista. En cómo hacerlo en concreto reside el reto y el debate abierto entre los comunistas que nos situamos en el camino de la revolución proletaria según los principios del marxismo-leninismo.

 

 

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