Boicot Elecciones Burguesas 26 J

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¡BOICOT A LAS ELECCIONES BURGUESAS DEL 26 J!

Después del intento fallido para formar gobierno a raíz de las elecciones generales del pasado 20 de Diciembre, se han convocado nuevos comicios para el 26 de Junio con el fin de poner remedio a la falta de un gobierno fuerte que represente los intereses generales de la burguesía. En estas nuevas elecciones se van a disputar el voto dos bloques aparentemente diferenciados, que se presentan opuestos para atraer las simpatías de los votantes hacia su particular granero electoral. Lo realmente novedoso en el aburrido circo electoral es el acuerdo a que han llegado Podemos e IU para presentarse en coalición, pensando, como así sucederá, que juntos van a cosechar un mejor resultado electoral a costa del PSOE que pasaría a ocupar el tercer puesto.

Progresismo versus conservadurismo, un falso dilema

El gancho electoral que está utilizando Unidos Podemos y PSOE para estimular la participación y la dirección del voto hacia sus listas electorales es que ha llegado el momento para que los “ciudadanos” decidan su voto entre un programa progresista u otro conservador o, lo que es lo mismo, entre un programa de izquierdas y otro de derechas. Por su parte, el PP garantiza a sus votantes que su apoyo servirá para que la recuperación económica siga consolidándose, repercutiendo en un aumento del empleo y la mejora de la economía familiar; mientras que C´s se centra en la regeneración democrática y en la unidad indivisible del Estado. Todo muy previsible, que no se sale un milímetro del guión que marca la doctrina burguesa sobre la “competencia” entre partidos del régimen. 

Con estos diferentes eslóganes cada lista electoral pretende atrapar el voto “ciudadano” para integrarlo en el sistema, haciendo desaparecer por arte de magia el antagonismo de clases como si ello se redujera a un simple reparto de votos de la bolsa electoral. Reducir el antagonismo entre el proletariado y la burguesía, como hace la izquierda, a decidir entre progresismo o conservadurismo es una falacia pues como se ha podido comprobar históricamente tanto el progresismo burgués como el conservadurismo reaccionario no son más que dos líneas de actuación de la burguesía que se complementan para gestionar el régimen capitalista de producción en cada situación particular.

No negamos que existan diferencias entre un programa progresista y otro conservador, pero ello es siempre de matiz y nunca de esencia, pues esas diferencias no ponen en cuestión el antagonismo de las dos clases fundamentales enfrentadas en el capitalismo, que es el meollo de la cuestión que se tiene que dirimir y que la ideología dominante  oculta mediante la concepción democrática de que la democracia consiste en la elección de los representantes populares (un ciudadano, un voto). Con el voto en cualquier elección burguesa, se eligen entre los que se presentan pero no deciden nada, pues la toma de decisiones durante el mandato para el que ha sido elegido pertenece enteramente a quién se elige, que no tiene mantiene ningún nexo de unión con quienes lo han elegido.

Podemos considerar que existen diferencias entre un programa progresista y otro conservador, más son poco significativas al no afectar al equilibrio de poder de las clases dominantes y su régimen social. Estas diferencias, que se concentran fundamentalmente en las políticas redistributivas, las presenta la izquierda como su seña de identidad frente a la derecha, convirtiéndola en un señuelo para ganarse el apoyo electoral de las clases populares, pues estas piensan que van a mejorar sus condiciones de vida y trabajo en el capitalismo, sin pensar que ello no tiene nada que ver con la elección de los candidatos, pues es sólo posible, desde el punto de vista económico, si aumenta la masa de plusvalía creado por el trabajo asalariado.

Las políticas redistributivas que impulsan los partidos de izquierdas están basadas en la política impositiva del Estado burgués, básicamente en los impuestos directos que se aplican a las rentas del trabajo (IRPF) y rentas del capital, e indirectos, siendo ambos cuantitativa y cualitativamente desfavorables para la clase obrera, como no podía ser de otra manera en el capitalismo. Ahora bien, las políticas redistributivas no tienen nada que ver con el núcleo económico que hace posible la existencia y reproducción del capital, por un lado, y el trabajo asalariado y el salario por otro. El objetivo de dichas políticas redistributivas no es otro que repartir los impuestos confiscados por el Estado.

El señuelo de la política de redistribución que airea a bombo y platillo la izquierda se convierte en una política claramente reaccionaria contra los intereses el proletariado pues acerca ideológicamente a la inmensa  mayoría de los obreros al reformismo y al revisionismo, debido a su bajo nivel de conciencia de clase, y los aleja de la influencia revolucionaria en que se resume el ideario comunista: la clase obrera debe independizarse ideológica y políticamente de la burguesía con el objeto de construir una alternativa que favorezca su proyecto de clase, la construcción del partido comunista como sujeto revolucionario para superar el capitalismo y eliminar la división en clases de la sociedad. Por ello es importante en las campañas electorales denunciar el carácter de clase y la posición de la izquierda y los que defienden las políticas redistributivas pues van en la dirección de legitimar el régimen capitalista por medio de medidas correctoras, actuando conscientemente contra una alternativa revolucionaria, tratando de hacer invisible la ideología comunista y la construcción de la sociedad sin clase.

Revisionismo versus reformismo, dos caras de la misma moneda

Frente a la opción reformista, que se le conoce en términos políticos como socialdemócrata, muy desgastada y desacreditada ideológicamente en los medios obreros con determinado nivel de compromiso político por considerarla cómplice con las políticas de la burguesía, se presenta el revisionismo como una alternativa más próxima y afín a los intereses de la clase obrera, pues aparece disfrazada de “revolucionaria” en sus formas, que llega a formas ideológicas obreristas (defensa de la esencia obrera como clase explotada por el capital).

Esta concepción obrerista sitúa a la clase en un lugar secundario de las relaciones sociales, dependiente de las relaciones capitalistas de producción con la aspiración a mejorar sus condiciones de existencia por medio de un reparto más equitativo de la riqueza creada – subida del salario – o a ser “protagonista” de su liberación dejándose aconsejar y llevar por la dirección que le marca un partido comunista autoproclamado. La clase es, en este sentido para el revisionismo, una masa de obreros uniformes que tiene por misión seguir al partido – entendido como organismo separado de la clase –  en la aventura de construir una “nueva” sociedad.

Uno de estos consejos es que no se queda un sólo obrero sin participar en las elecciones burguesas ya que sus votos servirá para articular una alternativa anticapitalista, confundiendo realidad con ilusión, pues la mayoría de votos obreros en la actual situación de pasividad van a parar a las listas del reformismo o incluso del conservadurismo. Si esto es una realidad, que se puede comprobar comicios tras comicios, ¿para qué se insiste tanto a que los obreros participen, una y otra vez, en esta farsa y con la misma argumentación?

Esta pregunta nos lleva necesariamente a otra de mayor contenido ideológico y político ¿Por qué participa el revisionismo en las elecciones burguesas?  Según se recoge en los documentos de unos de sus representantes más genuinos (PCPE), es para poder llegar a aplicar un programa que actúe en contra de los intereses de los monopolios, al presuponer que son ellos los verdaderos responsables de la deriva actual del capitalismo depredador, como si los monopolios no fueran una consecuencia del desarrollo mismo de las relaciones capitalistas de producción. Afirman que la política antimonopolista es la única política correcta para luchar contra el capital, pues son los monopolios los que impiden el desarrollo de políticas necesarias para el paso hacia el “socialismo”, mediante una combinación de medidas económicas (nacionalización de los monopolios), legislativas (conquista del Parlamento) y jurídicas (cambio legales en la propiedad de los medios de producción).

Este es el argumento oficial pero no el real, dado que ello depende de su posición estratégica ante el capital, es decir,  la subordinación del revisionismo al régimen burgués es el reverso de su política contrarrevolucionaria, del abandono de los principios del marxismo leninismo y de la asunción de las bases argumentarias del democratismo burgués. Para el revisionismo el socialismo no es fruto del proceso de la revolución proletaria, es decir, la toma del poder mediante la guerra popular revolucionaria, por el proletariado para destruir el viejo Estado burgués y la nueva organización política del proletariado para proseguir su camino hacia el comunismo, sino un simple proceso de cambio de formas de propiedad por medio de una política de alianza de clases antimonopolistas que asegure el tránsito pacífico mediante necesarias medidas correctoras en la economía, garantizado por el desarrollo de las fuerzas productivas, capitalistas por supuesto.

El revisionismo ataca frontalmente la ideología m-l pues de lo que se trata es de justificar su carácter y posición de clase tergiversando el m-l, teoría universal del proletariado. Tergiversa los principios en los que se asienta el socialismo científico para adaptarlos a su posición política: Recurre a la verborrea seudo revolucionaria para sustituir la toma del poder del Estado por la concepción interclasista de la mayoría parlamentaria y el frente antimonopolista con la finalidad de asegurar la “justicia social” por medio de la aplicación de políticas redistributivas; La teoría del Estado como poder de clase la sustituye por la concepción interclasista de aparato funcional que tiene por misión intervenir en la economía y en la política como instrumento regulador y redistribuidor; La teoría de la dictadura del proletariado como edificación del nuevo Estado proletario la sustituye por la concepción interclasista del cambio jurídico de la propiedad de los medios de producción; y la teoría del comunismo como organización social sin clases sociales la sustituye por la concepción economicista de la eliminación de las clases por el desarrollo progresivo de las fuerzas productivas. Funciones que garantiza el “partido” convirtiéndose éste en Estado, que en manos de una nueva élite detentará el poder del Estado en nombre del proletariado. Presentándose esto como prueba de la “eliminación” de las clases, aunque persista por un lado esa nueva clase dirigente, que son los que mandan porque son los que saben y, por otro, el resto de los trabajadores, que son los que ejecutan las directrices centrales porque son los que producen ¿Para la sociedad o para la nueva clase dirigente?

Comunismo versus capitalismo, ese es el quid de la cuestión

El revisionismo, dada su posición de clase, no concibe que la aceptación y sumisión a la democracia burguesa doblegue al proletariado al desarmarlo ideológicamente, educándolo socialmente en el respeto a las leyes burguesas y la convivencia pacífica. En este sentido no entiende que la democracia burguesa sea un medio nocivo para la libertad y organización política independiente del proletariado y su liberación como clase, un instrumento político-ideológico para ejercer el dominio de la burguesía sobre el proletariado. Hay que entender que la democracia burguesa no es ni mejor ni peor que otras formas de dominio de clase, en todo caso diferente en cuanto a su forma, atendiendo unas como otras a la existencia y reproducción del capital según las condiciones políticas concretas.

El verdadero problema no es la táctica a emplear en la lucha política, sino la estrategia a determinar frente a las condiciones de existencia de la sociedad, estando meridianamente claro que el proletariado se tiene que enfrentar a las condiciones económicas y políticas en que vive con la perspectiva de eliminar esas condiciones para liberarse como clase dependiente, creando nuevas condiciones económicas y políticas para suprimir la división en clases de la sociedad. Esta es la única salida que le queda si quiere ser realmente protagonista del proceso hacia el comunismo.

El posicionamiento ante unas elecciones generales es importante, aunque no suficiente, pues de lo que se trata es de articular una alternativa revolucionaria que sea correcta para derrotar a la burguesía, es decir, crear las condiciones ideológicas y políticas para la revolución proletaria. Ello significa, en primer lugar, construir el sujeto revolucionario que lleve a cabo el proceso de construcción de la sociedad comunista, proceso que nos sitúa hoy en una doble etapa: la etapa de la reconstitución  ideológica y política del comunismo a través del Balance del Ciclo de Octubre y la formación de la vanguardia teórica mediante la lucha de dos líneas.

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Debatiendo con el MAI

Debatiendo con el MAI

 Respondiendo a la crítica, una autocrítica consecuente

Este documento es la segunda entrega de la aportación de nuestro colectivo al debate abierto con el MAI. El anterior, fue nuestro documento “La flor de Loto y la ‘vanguardia’ alicaída”, con los comentarios que hicimos al Plan de Reconstitución del Partido Comunista.

Nuestra intervención en el debate no la circunscribíamos a los puntos de vista de los  dos colectivos, sino que aspirábamos a ampliarlo, en la medida de lo posible, a otros colectivos que se posicionan en el campo del marxismo, de la revolución proletaria, que, además de autoproclamarse comunista, defienda la vía para acceder a la toma del poder e instaurar la dictadura del proletariado mediante la guerra popular revolucionaria. El debate por el cual apostamos es conseguir “sacar a flote” las distintas líneas que se manifiestan en solitario (cada colectivo expone y defiende su línea con mayor o menor profundidad, más o menos desarrollada, pero a fin de cuentas blindada ante las demás) para organizar y desarrollar la lucha de dos líneas en cuanto a la línea general y concreta de la construcción del partido comunista en el Estado español.

La respuesta del MAI en “Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria” a nuestro documento no se ha limitado a criticar las posiciones que allí exponíamos, lo cual agradecemos, sino que ha ido más allá. Ha provocado en nuestro colectivo una reacción positiva, ya que se propusieron estudiar nuestros documentos publicados para criticar globalmente nuestra línea con el ánimo de señalar las desviaciones que a su entender impiden nuestro desarrollo, no sin dejar de reconocer los aspectos positivos, lo cual nos estimula para reflexionar sobre nuestras bases ideológicas y políticas, divergentes de las del MAI, como ellos han manifestado reiteradamente.

Las reglas del debate deben quedar claras para los dos colectivos: defendemos, como así también lo ha expresado el MAI, que se conozcan públicamente las distintas posiciones y argumentos de cada cual por el conjunto de la vanguardia comunista. Así mismo, defendemos un debate sin cabida para las descalificaciones, pues éstas manifiestan un claro síntoma de incapacidad,  además de ser un recurso pueril para no aportar argumentos válidos en la lucha de ideas. El debate no tiene por qué ser lineal en el tiempo, sino que puede perfectamente ser discontinuo, dependiendo de las tareas y capacidades de los distintos colectivos, que es lo que mejor se adecua a la situación actual de la construcción de la vanguardia (cada destacamento se desarrolla dependiendo de sus capacidades y en lucha con las demás a través del método de unidad-lucha-unidad).

Antes de adentramos en el debate propiamente dicho queremos aclarar que nuestra tardanza en responder a la crítica se ha debido a que ésta ha supuesto poner en tela de juicio nuestras propias bases ideológicas, “sacudiéndolas”. No en cuanto a nuestras convicciones comunistas, sino en cuanto a la concepción de la que partíamos con respecto al marxismo; aspecto importante pues determina nuestra trayectoria política, es decir, la naturaleza como colectivo comunista y el futuro político como destacamento que pretende contribuir a la construcción del partido comunista en unión a otros colectivos.

Por el contenido, que no por la forma de la crítica, se podría llegar a pensar que no sería bien recibida en un principio, aunque descartada por nosotros ya que entendemos que la finalidad de toda crítica comunista es erradicar los posiciones y comportamientos erróneos mediante la argumentación y persuasión ideológicas. Hemos intentado en todo momento alejarnos del subjetivismo para situarnos adecuadamente en un proceso de reflexión pausado y ponderado, y así ahondar en los argumentos utilizados en la crítica a los errores ideológicos y desviaciones políticas que se manifiestan en el seno de nuestro colectivo, que no aspira por ahora a otra cosa que a aprender de otros colectivos que manifiesten tener las cosas más claras que nosotros y demuestren a través de la práctica lo acertado de su línea política, como es el caso de la Línea de Reconstitución. Pensamos que ello es un elemento importante en la lucha de dos líneas: criticar los errores para corregirlos superándolos mediante una dirección centralizada.

Nos hemos tomado el tiempo necesario para ajustar cuentas con nuestro pasado. Al menos esa era la intención, nos enfrentamos con unos esquemas asentados y una práctica a cuestionar y desterrar mediante el estudio profundo de la crítica que se nos hace.

La respuesta a la crítica no será muy amplia pues no se trata de establecer un debate político que ponga en cuestión las divergencias entre los dos colectivos, sino todo lo contrario, tratamos de reflexionar sobre nuestras posiciones con el ánimo de superarlas siguiendo el hilo conductor que marca la crítica. Se trata de expresar concisamente con lo que estamos de acuerdo y por qué, criticando los errores que arrastramos para superar el presente.

Un pequeño pero necesario balance

Primera autocrítica

Antes de entrar en el meollo de la cuestión que nos ocupa, queremos hacer un pequeño balance de nuestra trayectoria anterior con la finalidad de que se comprenda en la medida de lo posible nuestra posición actual.

Nuestro colectivo es producto de su tiempo, del periodo comprendido entre la lucha organizada socialmente contra la dictadura franquista y la consolidación del Estado democrático burgués. En aquella época dominaba entre la militancia comunista la creencia de que, con una voluntad de hierro y una fe ciega en el comunismo como alternativa al capitalismo y un titánico activismo, se podía cambiar la sociedad burguesa, siempre y cuando estuviera dirigida por el marxismo-leninismo, concepción que se circunscribía a un conjunto de principios que se tenían que aplicar necesariamente para acceder al socialismo. Dichos principios eran asumidos por los militantes, como asumen los cristianos practicantes los preceptos de la Iglesia, como dogma de fe, sin entender qué hay detrás de ellos. No se entendía ni comprendía que los principios por los que se debía regir la actividad comunista constituyen la forma en que se manifiesta una realidad estudiada y comprobada científicamente, bastaba con saber que la revolución era posible porque se había hecho realidad en la URSS y en China. La cosa funcionaba de la siguiente manera: si se asumían los principios del marxismo leninismo se pertenecía al movimiento comunista; mientras que los que no lo asumían se situaban automáticamente en el campo del revisionismo y del reformismo, actuando como agentes de la burguesía en el seno de la clase obrera.

Las organizaciones comunistas de la época estaban llenas de militantes que propagaban que la clase obrera estaba explotaba por la burguesía y que el proletariado era el sujeto revolucionario, aunque pocos entendían el concepto de plusvalía, es decir, cómo se produce materialmente la explotación capitalista, ni donde residía el carácter revolucionario de la clase obrera. Una época de activismo apremiante donde lo de menos era perderse en enredos teóricos, tiempos de un desprendido voluntarismo dirigido a luchar por una revolución socialista casi al alcance de la mano.

La mayoría de los comunistas actuábamos creyendo que la militancia, es decir, la actividad política práctica, dominada por la lucha economicista, y cuya tarea primordial de captar obreros a las filas de la influencia partidista, nos hacía más fuertes, aunque la realidad nos mostrara, cada vez con mayor claridad, que no crecíamos debido fundamentalmente a nuestro escaso conocimiento de la teoría marxista. Entendíamos que los obreros adquirían la conciencia de clase por la lucha que espontáneamente desplegaban por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, aprendiendo sobre la marcha cuales son los mecanismos de que se dota el sistema capitalista para explotar la fuerza de trabajo asalariada y reproducirse como sistema. Al tiempo que se armaba ideológicamente como clase independiente para desplegar una fuerza que hiciera temblar al sistema capitalista por la dirección que tomaba su lucha general: la construcción de una nueva sociedad en donde no tendría cabida las clases sociales. En resumidas cuentas, así lo podemos sintetizar: partido y clase eran considerados destacamentos metafísicamente separados, casi estancos, que se desarrollaban sin ninguna relación dialéctica: el partido era el destacamento llamado a dirigir las luchas que la clase obrera abordaba.

La ruptura ideológica con este mecanismo engañoso suponía retirarse de la escena de la lucha de clases, del terreno de la práctica política como siempre lo concebíamos. Y esa actitud era considerada por algunos como un abandono, una deserción para vegetar en el campo del intelectualismo, del teoricismo. Para ajustar las cuentas con todo ese pasado, había que retirarse a los cuarteles de invierno y reflexionar sobre toda una práctica comunista que se centraba en “elevar el nivel de conciencia de las masas” a través de la lucha espontánea, de la lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo de la clase y donde las distintas organizaciones actuaban al son de la música que las masas más avanzadas tocaban. El lema era “rescatemos a las masas (otra vez el dichoso concepto economicista de masa) de la influencia del revisionismo”, a la vez que se lograba aumentar la confianza de dichas masas en las acciones que los comunistas acometían por el arrojo que manifestaban en seguir los deseos de los obreros en lucha.

La idea que envolvía la ruptura ideológica con el pasado prendió en nuestras cabezas, lo que posibilitó el tránsito a una nueva fase de la militancia, donde el  futuro del comunismo se encontraba en que la teoría marxista debía ocupar su lugar en la formación de la vanguardia, usurpada por la concepción revisionista que dominaba la construcción del partido. A ello nos dedicamos por entero. Empezamos a estudiar los textos clásicos del marxismo, en donde se exponían tanto los conceptos de la teoría como la experiencia de los intentos revolucionarios por derrotar a la burguesía, con la intención de comprender qué es el marxismo: una ciencia que alumbra y dirige la lucha de clases desde los intereses y posición del proletariado. Una ciencia que da sentido a la lucha de clases del proletariado. En este sentido, la militancia no consistía, como creíamos, en luchar de una manera voluntarista según los principios del m-l, sino en organizar al proletariado a llevar a cabo su revolución según las leyes que determinan la lucha de clases bajo el dominio del régimen capitalista de producción. Para ello sería imprescindible el conocimiento de la estructura capitalista (donde reside el contenido que marca la marcha de la lucha de clases) y la formación del proletariado como clase que llevaría a cabo la revolución, el sujeto revolucionario en el capitalismo (su papel está determinado por la estructura social, por el desarrollo de la estructura capitalista y la elevación de su conciencia como clase, comprensión de su papel histórico, obra de la vanguardia comunista).

Aquí es donde entra en acción el pensamiento de Althusser, al dar sentido al vacío que provoca esa transición: el final de una etapa, en cierta manera “superada”, y el comienzo de otra que teníamos que construir con nuestros propios aunque escasos recursos. Hasta que llega el momento en que el MAI nos coloca ante una nueva tesitura sin haber superado enteramente la anterior, pues tenemos un déficit ideológico que marcará nuestra presente trayectoria de manera errática, movido por un vaivén que se desarrolla hacia lo correcto y lo erróneo, aunque siendo dominante el equívoco pues somos presa de una posición ideológica que nada tiene que ver con el m-l debido a una concepción cientifista (burguesa) del marxismo, el mismo error que comete Althusser en toda su trayectoria filosófica.

Segunda autocrítica

Estábamos acostumbrados durante mucho tiempo a concebir el marxismo como una teoría integral pero con una perspectiva más bien localista, contextualizado en lo que “dicen” los textos que escribieron sus fundadores y las aportaciones posteriores sobre algunos aspectos se incorporaron a la teoría general. Concepción de un marxismo que se centraba en el reducido espacio en que nos movíamos, limitado espacialmente al Estado español, impidiéndonos observar y analizar el mundo en su amplitud. Esta forma de concebir el marxismo ha dado alas a una concepción que podemos llamar “nacionalista” del marxismo, a costa de ir debilitando en la práctica la verdadera esencia que contiene la teoría de los fundadores es decir su carácter eminentemente internacionalista, puesto que el carácter nacional que adopta primeramente la revolución proletaria está supeditado al carácter internacionalista de su finalidad, la construcción de la sociedad comunista. Ello ha motivado, en gran medida, que tuviéramos poco en cuenta las distintas experiencias de los países en los que se desarrollaba la lucha de clases con el proletariado revolucionario a la cabeza.

Al estar desvinculado de la lucha internacional del proletariado, nuestra comprensión teórica del marxismo ha tenido un carácter dogmático, nada dialéctico, pues se ha limitado exclusivamente a la comprensión de la lectura de los textos y a la síntesis de la experiencia “más cercana”, lo que limita y lastra de manera notable la producción del conocimiento como resultado de la síntesis de los principios y la actividad revolucionaria del proletariado (al que no se le puede poner trabas artificiales que no sean las propias que le cercan: la ignorancia y la inactividad) en su lucha contra la burguesía, y la actividad política por transformar la realidad en que se mueve el pensamiento crítico, la formación del sujeto revolucionario.

Debido a que aceptamos los principios del marxismo –que se fueron fortaleciendo con el estudio sistemático de los textos teóricos fundamentales, ocupando un lugar preferente El Capital– y el convencimiento de que el comunismo representa el fin de las clases sociales, no hemos caído en la charca del revisionismo, el oportunismo o el liquidacionismo, manteniéndonos a flote para continuar la labor de la construcción del partido como la tarea fundamental del proletariado que quiere abordar la destrucción del régimen burgués y la construcción del socialismo, aún a costa de desarrollar errores que tenemos que superar por nuestros propios medios y la crítica de otras organizaciones comunistas.

Por ello saludamos agradecidos, como una bocanada de aire fresco, la crítica que nos hicieron los camaradas del MAI, dado que nos ha obligado a reflexionar sobre nuestras concepciones más profundas y arraigadas. Reconocemos la labor de los camaradas, que para señalar nuestros errores y poder rectificarlos han tenido que emplearse a fondo en su crítica al pensamiento de Althusser, al que consideran poco menos que nuestro “guía espiritual”.

En torno a Althusser

Los camaradas del MAI se detienen en su documento en la obra de Althusser para criticar certeramente sus errores con el propósito de desenmascarar su pretendida posición marxista, y así de paso torpedear las bases ideológicas en las que nos apoyábamos para que arraigara con fuerza en nuestro colectivo la concepción cientifista del marxismo. Con respecto a Althusser nos situábamos en otro extremo, en el terreno político, criticándole su adscripción al revisionismo, embelleciéndole su “aportación” ideológica al marxismo en su “esfuerzo” por delimitar y desterrar las desviaciones ideológicas que contaminaba al aspecto científico del marxismo. Sin embargo nos vamos a situar, con respecto a Althusser, en lo que consideramos más interesante o “novedoso”.

Althusser propone en última instancia en el terreno político una cosa muy sencilla aunque perfectamente disimulado en un maremágnum teoricista: la conciliación del marxismo con el revisionismo. ¿En qué consiste dicha conciliación? En que los dos polos, en apariencia, antagónicos entre el marxismo teórico y el revisionismo político, pueden convivir en “armonía” en una misma estructura partidista, siempre y cuando se respeten mutuamente, una suerte de Coexistencia pacífica dentro del PCF. La dirección revisionista libertad de movimiento a los “marxistas” teóricos para realizar su labor de “investigación científica” y “limpieza ideológica”, siempre y cuando se reconozca a la estructura revisionista como el sujeto revolucionario, es decir al partido de vanguardia. A este respecto, Althusser no rechaza, como algunos defienden, entre ellos el MAI, el concepto de sujeto revolucionario (cuando plantea que el verdadero sujeto es el proceso), sino que el proceso social capitalista determina que la clase obrera delega su protagonismo como sujeto en la estructura revisionista. No niega que la clase obrera sea el sujeto revolucionario (ya que la lucha de clases es el motor de la historia), sino que lo que niega es su independencia y ruptura con la influencia de la burguesía (la construcción de un partido genuino en consonancia a la tarea política a realizar, la construcción de una nueva sociedad). La originalidad de su propuesta política es la de ganar “poder” dentro de la estructura partidista (dirección revisionista). Es la proyección del ideal revisionista consistente en ocupar cuotas de poder ganando espacio dentro del Estado burgués, sin tener que romper con él. Es decir, el Estado evoluciona por la simple acción de quien lo dirige.

La idea del planteamiento de la cientificidad del marxismo (la práctica teórica concebida como pura labor teoricista, como actividad “científica” del núcleo marxista, totalmente ajena a la construcción del partido  de nuevo tipo -comunista-) nace de la posición conciliadora con el revisionismo, en la medida que se va ganando espacio en el terreno “teórico”, se va ganando hegemonía en el terreno político en el seno de la estructura partidista (revisionista).

A modo de autocrítica

Esto lo teníamos claro, pero sin embargo ha ido calando entre nosotros su concepción sobre el marxismo al asumir la particularidad “científica” de su marxismo que nada tiene que ver con la teoría marxista-leninista. Y ello nos lo hicieron llegar los camaradas del MAI en forma de crítica fundamentada, lo cual agradecemos.

Nuestro error básico: el cientifismo

* Consecuencia lógica de nuestra inmadurez teórica marxista. Hemos llegado a comprender, después de la crítica, que padecemos de una desviación cientifista del marxismo, la cual tenemos que tratar si es que queremos superarla. No consideramos que esta desviación sea atribuible a una debilidad ideológica, una posible duda sobre los principios generales del marxismo, ya que los asumimos y defendemos, sino más bien a nuestra inmadurez teórica, es decir, a un déficit dialéctico sobre la concepción general del marxismo que nos impedía fusionar correctamente la teoría con la práctica sobre la base de la praxis revolucionaria.

Para abordar esa desviación cientifista, vamos a exponer lo que pensamos sobre el marxismo y qué entendemos por cientifismo. Cientifismo no es negar la cientificidad del marxismo, sino pensar y afirmar que el marxismo se desarrolla teóricamente a partir de su propio cuerpo teórico, esto es, de sus conexiones conceptuales, que se va haciendo más concreto por la labor teórica (práctica teórica) sin atender necesariamente a la praxis revolucionaria, la actividad revolucionaria transformando la realidad social. El punto de partida de la teoría marxista es conocer para transformar pero transformando el objeto (unidad en lucha entre el sujeto y el objeto).

El marxismo no es sólo una ideología entendida como una interpretación del mundo (cosmovisión), sino que es ante todo una ciencia que tiene por objeto conocer cómo se dan los procesos sociales y en transformar la realidad histórica en que vivimos, la sociedad capitalista, en la dirección del comunismo y mediante la eliminación de las clases sociales de la mano del proletariado como sujeto revolucionario.

Es una ciencia porque contiene en su ser las dos características que la conforman: las bases teóricas de la que emana su actividad, la concepción materialista y dialéctica sobre la realidad y su relación con la conciencia, y el criterio de la práctica social como comprobación de la veracidad de su producción teórica. De dicha conciencia se puede extraer tres aspectos esenciales, como son:

– El desarrollo histórico se mueve por las leyes de la dialéctica aplicada a las condiciones de la producción material, concluyendo que la lucha de clases es el motor de la historia; y en concreto, el proletariado el sujeto de la transformación de la sociedad capitalista y el hacedor de la construcción de la sociedad comunista como producto genuino de su labor histórica.

– La producción del concepto plusvalía expresa la relación básica y general entre el capital y el trabajo, lo que indica que es a esta relación a dónde hay que recurrir para entender tanto la producción capitalista como su transformación; como el núcleo económico esencial de la revolución proletaria, a partir de lo cual se puede abordar y comprender las transformaciones a realizar para conseguir dicha finalidad.

– El socialismo es una consecuencia necesaria del desarrollo de la producción capitalista, pues dicho régimen de producción no puede dar marcha atrás, ni tampoco superar sus contradicciones internas, lo que capacita al proletariado -por el lugar que ocupa y las funciones que realiza en la producción capitalista- para llevar a cabo la transformación social, siempre y cuando esté dotado con la teoría marxista y construya su organización como partido político.

Se puede decir que el marxismo es la ciencia de la revolución proletaria. Pero como toda ciencia necesita desarrollarse, sin lo cual se convertiría más en un dogma que en una guía para la acción. Su desarrollo no puede ser ajeno a la experiencia histórica y concreta del proletariado, a la lucha por transformar sus condiciones de existencia, pero tampoco sin contemplar la necesidad del proceso de teorización y sistematización que lleva aparejado esta transformación, sin lo cual la tarea es incompleta ya que no se extraen conocimientos verdaderos de la situación concreta, se corrigen los errores y se refuerzan los aciertos, a la vez que se producen nuevos conceptos, que sirven para encauzar la lucha revolucionaria del proletariado en su labor de construcción del comunismo.

Está claro que el cientifista no es el que considera al marxismo una ciencia, sino como veremos más adelante, el que lo reduce exclusivamente a una ciencia, tal cual la concibe la ideología burguesa. Por eso vamos a ahondar en esta concepción para ver si es correcta la crítica del MAI cuando sostiene que la UCCP tiene una posición cientifista del marxismo.

Lo característico de la concepción cientifista del marxismo es la consideración de que la actividad teórica y política de la lucha de clase revolucionaria constituyen compartimentos separados, los cuales actúan y se desarrollan al margen el uno del otro, en donde lo “teórico” subordina en todo momento a lo “político”, convirtiendo la acción política en un simple efecto de la actividad teórica. Es verdad, sin lugar a dudas, que la concepción cientifista del marxismo nos llevaría a esa conclusión, haciendo imposible cualquier acción revolucionaria del proletariado pues somete a éste a la actividad errante y errática de la “ciencia” en su propio devenir “teórico” como si ello fuera suficiente para producir el conocimiento de la realidad social como paso previo para su transformación a través de la lucha de clases revolucionaria. Esta concepción del marxismo tiene como condición  para reproducirse el aferramiento con todas sus fuerzas a la idea errónea de tratar el conocimiento como un producto del pensamiento desvinculado de la acción política por transformar la realidad social. Con ello pone de manifiesto que no entiende que cualquier conocimiento no puede estar separado de su transformación, que se realiza como unidad de la actividad reflexiva del pensamiento y la acción política para transformarla.

Esto es un principio general de la teoría marxista, una característica específica y esencial del marxismo en relación con otras teorías del conocimiento; por ejemplo la empirista, que considera sólo a los datos de las sensaciones como los elementos que conforman el conocimiento de la realidad, o la racionalista, que considera sólo las determinaciones del pensamiento como los arquetipos de la realidad social, que es expresión de los conceptos del pensamiento. Ahora bien, esto no quiere decir que no puede haber “conocimiento” o, mejor dicho, determinado conocimiento de la realidad social sin haber práctica revolucionaria, pues en el sentido fuerte del término, al ser el conocimiento relativo, va desarrollándose del conocimiento superficial al conocimiento racional que mediante la práctica social lo va confirmando o desmintiendo.

Pensar que no se pueda producir conocimiento de la realidad social hasta que no haya una práctica revolucionaria, una acción por transformarla, es someter el desarrollo del proceso de la producción teórica a un condicionamiento extremadamente absoluto, aunque ello no quiere decir que los conocimientos parciales que se van produciendo sean correctos por el simple hecho de ser un producto del pensamiento “científico”, pues hay que someterlo al criterio de la práctica, único “juez” de la verdad del conocimiento. En este sentido hay que distinguir entre lo científico y lo revolucionario de una teoría, pues una teoría puede ser científica y conservadora a la vez, lo que no ocurre con el marxismo puesto que es una teoría, que partiendo de una concepción del mundo, basa su origen y desarrollo del conocimiento de la realidad social según sus propias leyes, y en la concepción de que su desarrollo y desenlace es fruto de las contradicciones internas y el papel que realizan las clases sociales según la función que le determina la estructura social.

Es evidente que concebimos el marxismo como una ciencia, una ciencia como hemos detallado, y la práctica teórica o actividad teórica como elemento importante de la vanguardia comunista, tenga el nivel de desarrollo que tenga. Que la vanguardia comunista en el Estado español está en un proceso de constitución no quiere decir que no pueda tener una práctica teórica determinada, entendida como actividad por conocer la realidad en que se desarrolla, teniendo en cuenta que el nivel de conocimiento que va elaborando es relativo, es decir, tiene que estar sujeto al criterio de la práctica social.

Hay que comprender que ésta no es la única tarea que se tiene que abordar, sino que debe ir emparejada a preguntarse ¿qué es lo que se quiere conocer? y ¿cómo crear las condiciones  materiales para que la vanguardia se vaya construyendo? Entendiendo esto como lucha contra las distintas concepciones que existan como expresión de la realidad social (intereses de las distintas clases en lucha). En este terreno, la vanguardia va elaborando las condiciones ideológica-políticas en la situación concreta en que se tiene que ir desarrollando la lucha revolucionaria del proletariado para derrotar a la burguesía. Crear esas condiciones es sinónimo de ir creando la vanguardia bajo los principios marxistas leninistas, tarea previa a una segunda fase para crear las relaciones políticas con las amplias masas explotadas, y estas se vayan incorporando a las tareas de la revolución.

Para la formación de esta vanguardia es necesario no sólo tener claro los principios del m-l, principios en que se asienta la lucha revolucionaria del proletariado, sino sobre todo la comprensión científica de por qué esos principios son principios y no dogmas. Ello lo aporta la formación teórica, el aprendizaje de cómo se ha constituido el marxismo como teoría de la revolución proletaria y, lo que es más importante, el por qué esta teoría está vigente y no es obra de la voluntad ética de una vanguardia iluminada como pretenden reducirlo los “redentores” de la humanidad.

¿Dónde reside entonces nuestra desviación cientifista del marxismo? En que sustituimos la praxis revolucionaria por la práctica teórica en la producción del conocimiento de la realidad social en su transformación. Y efectivamente esto no tiene nada que ver con el materialismo histórico y dialéctico de la lucha por el comunismo, puesto que prescinde de la línea de masas revolucionaria, fusión de la vanguardia con el movimiento de masas, como base para la transformación de la realidad y prueba de la verdad (teoría marxista del conocimiento). Esta desviación es una concesión a la ideología burguesa por su influencia sobre nuestras cabezas que genera graves consecuencias para la formación ideológica de la vanguardia comunista, como se ha podido comprobar históricamente y sobre la cual debemos inmunizarnos mediante la formación teórica y la lucha de dos líneas. Debemos distinguir perfectamente la formación teórica, que es fruto del estudio y asimilación de las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución proletaria, aplicar la teoría marxista a la realidad concreta, de la producción teórica, que es fruto de la praxis revolucionaria, unidad de la teoría y la práctica en la transformación de la realidad social.

* El cientifismo desenfoca donde radica la crisis del marxismo. La concepción cientifista del marxismo impide concebir el desarrollo del marxismo a través de los Balances periódicos, como síntesis teórica de una práctica revolucionaria, es decir, orientándola como praxis revolucionaria. En lugar de concebir la praxis revolucionaria, la fusión de la teoría con la práctica del movimiento revolucionario por transformar la realidad social como fuente del conocimiento de dicha realidad en transformación, se sustituye por la práctica teórica como dicha fuente, separándose el conocimiento de lo real y de la actividad de su transformación, pues el marxismo no concibe el conocimiento aislado de su transformación, lo cual es lo que lo diferencia de otras teorías del conocimiento. ¿Cómo vamos a conocer la sociedad si no es transformándola?

Este error nos ha llevado a no entender correctamente, en toda su amplitud, la crisis del marxismo. No ha impedido que viéramos que el marxismo está en crisis, dado que no consideramos al marxismo una teoría cerrada y elaborada de una vez para siempre, pero sí que podamos profundizar en su crisis, al transitar por la senda del desarrollo interno de la teoría mediante la práctica teórica. Esta errónea concepción nos impedía comprender que la crisis del marxismo es fruto de la falta de una praxis revolucionaria (inexistencia del sujeto revolucionario), la cual persistirá mientras no esté presente en la lucha de clases. Los principios revolucionarios no son principios universales para el proletariado porque lo determine el marxismo como “ciencia”, sino porque se han ido demostrando en la práctica social como principios mediante la acción revolucionaria transformadora de la realidad social.

Pues bien, a partir de ahí, se hace comprensible que el Balance de los ciclos revolucionarios, en nuestro caso el Balance del Ciclo de Octubre, es el que nos aportará las claves, errores y aciertos de dicho periodo histórico que se podrán desechar o insertar como línea general al nuevo ciclo revolucionario, que tiene que empezar negando al anterior mediante su superación. Lo que ocurre es que el nuevo ciclo tiene dos hándicaps: De un lado la falta de una Internacional Comunista, que será la encargada de elaborar el paradigma del ciclo revolucionario a nivel general, orientadora ideológica de la reconstitución comunista, y de otro, la falta de partidos comunistas de nuevo tipo en los distintos estados, que, como en el nuestro, se hace necesaria la reconstitución de dicho partido, es decir, la formación de la vanguardia proletaria y su fusión con la parte más avanzada de la clase obrera como movimiento revolucionario hacia el comunismo.

Siguiendo este argumento, es completamente acertada la crítica que se nos hace sobre la idea que tenemos de la crisis del marxismo en el sentido de que la consideramos como ajena a dicho proceso señalado anteriormente. Nosotros la sacábamos del contexto de la derrota e inexistencia del movimiento revolucionario (praxis revolucionaria) para situarla erróneamente en el movimiento de las ideas (práctica teórica), es decir, en el estancamiento del lado “científico” del marxismo frente a su lado “ideológico”, en la fortaleza de la ideología revisionista en cuanto a que se tergiversan los principios y enseñanzas revolucionarias. Concebir la crisis del marxismo de esta manera no es sino reforzar la concepción cientifista y, por tanto, su alejamiento del aspecto determinante del marxismo: la transformación de la realidad social mediante el movimiento revolucionario. Situar la crisis del marxismo en el estancamiento de su lado teórico separado del movimiento revolucionario, esto es, de la creación del sujeto revolucionario (PC) es no posicionarse correctamente sobre dicho sujeto pues considera secundario en su proceso de reconstitución la reconstitución ideológica del comunismo, dirigiéndose hacia la construcción del partido como órgano de vanguardia separado de las masas.

* El cientifismo excluye la dialéctica marxista en el análisis de la realidad de las cosas. Concebir el materialismo separado de la dialéctica es, en definitiva, negar el materialismo dialéctico para caer en las garras del materialismo vulgar, y en el caso de la teoría del conocimiento en el cientifismo, esto es, en la concepción de que es el propio pensamiento el que produce los conceptos siguiendo la evolución pasiva de la materia sin ninguna relación con la transformación de la realidad social mediante la praxis revolucionaria. Sin embargo, la dialéctica marxista es la que concibe las cosas en su relación y, con ello, sus trasformaciones como producto de sus contradicciones internas. En este sentido, la materia existe independiente de que la conciencia la piense o no, aunque dicha conciencia no sólo es el reflejo de la materia sino el medio para transformarla; de lo contrario estaríamos considerando que el mundo sería inmutable o fruto de un evolucionismo impersonal, en donde las cosas cambian por sí mismas, sin intervención del ser humano, siendo éste un apéndice de la materia, un ser sujeto estrictamente a la evolución de la materia general, y no un sujeto social. Que se relaciona y transforma la realidad del mundo.

Del cientifismo teórico al organicismo político

El craso error de concebir el marxismo como una especie de cientifismo nos hace valedor de una concepción del partido comunista como una “organización de vanguardia” por encima de la clase. No es que nuestra noción organicista del partido haya nacido con nuestra desviación cientifista, ya la arrastrábamos de nuestra trayectoria anterior, de la época en que dominaba el economicismo deudor del Ciclo de Octubre, pero sí la ha potenciado, dado que el cientifismo mira preferentemente hacia la organización de cuadros intelectuales como el elemento “productor” de dicho partido. Para esta concepción la clase obrera es un cuerpo dividido en dos partes: por un lado está la cabeza, la estructura organizativa rectora, es decir, la organización del partido en vanguardia esclarecida que tiene por misión elaborar la línea de la revolución y dirigir al movimiento de masas; por otro lado está el tronco con sus extremidades, esto es, el movimiento de masas espontáneo que en un momento dado, determinado por las circunstancias sociales, y no como consecuencia de la elevación de su conciencia de clase en sí en conciencia para sí, sigue las directrices de la organización del partido convirtiéndose de facto en movimiento revolucionario.

Esta fórmula “tradicional” de concebir el proceso de elevación de conciencia -hasta alcanzar el salto cualitativo- es el origen de donde parte la concepción de la toma del poder político de clase mediante la insurrección. Este modo de concebir la formación del partido desprecia, o no tiene en cuenta, la intermediación en la elevación del nivel de conciencia de las masas obreras, empezando por su vanguardia teórica, como elemento determinante para transformar el movimiento espontáneo en movimiento revolucionario mediante la presencia de la teoría marxista en el ideario de la clase. En este sentido, el partido se va construyendo a medida que se va articulando la fusión entre el elemento consciente –la conciencia comunista– y las amplias masas explotadas por el capital a través de propuestas políticas, organizativas y militares que le va incorporando a su ideario a través de reivindicaciones parciales como movimiento revolucionario hasta construir una alternativa global como clase frente a la organización social de la burguesía.

Lo cualitativamente superior de la guerra popular revolucionaria frente a la concepción insurreccionista, como método para la toma del poder, es que va creando condiciones políticas a la vez que militares, organizando a las masas y adecuándose a las fases concretas de la lucha de clase. Con la GP se van abriendo espacios de poder local que van suponiendo un asentamiento de dicho poder en otras partes del país, un núcleo de influencia y apoyo sin necesidad de esperar a que actúe toda la clase a la misma vez.

Pese a lo dicho sobre la GP, aún no tenemos una opinión completa, por lo que seguimos profundizando.

A modo de conclusión

Tenemos conciencia de que siguiendo por la senda transitada hasta ahora, no podremos superar nuestro actual estado de desorientación y estancamiento en que nos encontramos, lo cual es fatal para sobrevivir políticamente. Este primer paso va en esa dirección, en lograr superar esta situación satisfactoriamente, convencidos de que lo grave no es equivocarse, sino perseverar en el error sin luchar por corregirlo de una manera abierta.

Para que ello ocurra no hay otro camino que la lucha de dos líneas, la crítica sincera y sin contemplaciones contra los errores y desviaciones, tanto en el seno de cada colectivo como en el seno de la clase, como contra los errores de otros colectivos que trabajan por  contribuir a aportar sus experiencias y quehacer. A la vez que se critican los errores, se tienen que señalar los aciertos para difundirlos en el empeño de generalizarlos; por ello aceptamos la crítica del MAI como una aportación necesaria y positiva en el camino de la Línea de Reconstitución.

Consideramos pues correcta la Línea de Reconstitución para la construcción del partido en el Estado español, ya que es necesario reconstituir la ideología comunista a través del Balance del Ciclo de Octubre como medio para desarrollar el marxismo leninismo, así como reconstituir el partido comunista a través de la hegemonía de la vanguardia m-l en lucha con otras vanguardias teóricas en el seno de la clase obrera, paso previo para iniciar el proceso de fusión de la vanguardia con las masas, es decir, crear movimiento revolucionario.

Para terminar no queremos dejar de apuntar que una tarea importante en este proceso es la formación teórica marxista como medio para detectar y corregir, en la medida de lo posible, las distintas desviaciones que puedan aflorar.