Boicot Elecciones Burguesas 26 J

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¡BOICOT A LAS ELECCIONES BURGUESAS DEL 26 J!

Después del intento fallido para formar gobierno a raíz de las elecciones generales del pasado 20 de Diciembre, se han convocado nuevos comicios para el 26 de Junio con el fin de poner remedio a la falta de un gobierno fuerte que represente los intereses generales de la burguesía. En estas nuevas elecciones se van a disputar el voto dos bloques aparentemente diferenciados, que se presentan opuestos para atraer las simpatías de los votantes hacia su particular granero electoral. Lo realmente novedoso en el aburrido circo electoral es el acuerdo a que han llegado Podemos e IU para presentarse en coalición, pensando, como así sucederá, que juntos van a cosechar un mejor resultado electoral a costa del PSOE que pasaría a ocupar el tercer puesto.

Progresismo versus conservadurismo, un falso dilema

El gancho electoral que está utilizando Unidos Podemos y PSOE para estimular la participación y la dirección del voto hacia sus listas electorales es que ha llegado el momento para que los “ciudadanos” decidan su voto entre un programa progresista u otro conservador o, lo que es lo mismo, entre un programa de izquierdas y otro de derechas. Por su parte, el PP garantiza a sus votantes que su apoyo servirá para que la recuperación económica siga consolidándose, repercutiendo en un aumento del empleo y la mejora de la economía familiar; mientras que C´s se centra en la regeneración democrática y en la unidad indivisible del Estado. Todo muy previsible, que no se sale un milímetro del guión que marca la doctrina burguesa sobre la “competencia” entre partidos del régimen. 

Con estos diferentes eslóganes cada lista electoral pretende atrapar el voto “ciudadano” para integrarlo en el sistema, haciendo desaparecer por arte de magia el antagonismo de clases como si ello se redujera a un simple reparto de votos de la bolsa electoral. Reducir el antagonismo entre el proletariado y la burguesía, como hace la izquierda, a decidir entre progresismo o conservadurismo es una falacia pues como se ha podido comprobar históricamente tanto el progresismo burgués como el conservadurismo reaccionario no son más que dos líneas de actuación de la burguesía que se complementan para gestionar el régimen capitalista de producción en cada situación particular.

No negamos que existan diferencias entre un programa progresista y otro conservador, pero ello es siempre de matiz y nunca de esencia, pues esas diferencias no ponen en cuestión el antagonismo de las dos clases fundamentales enfrentadas en el capitalismo, que es el meollo de la cuestión que se tiene que dirimir y que la ideología dominante  oculta mediante la concepción democrática de que la democracia consiste en la elección de los representantes populares (un ciudadano, un voto). Con el voto en cualquier elección burguesa, se eligen entre los que se presentan pero no deciden nada, pues la toma de decisiones durante el mandato para el que ha sido elegido pertenece enteramente a quién se elige, que no tiene mantiene ningún nexo de unión con quienes lo han elegido.

Podemos considerar que existen diferencias entre un programa progresista y otro conservador, más son poco significativas al no afectar al equilibrio de poder de las clases dominantes y su régimen social. Estas diferencias, que se concentran fundamentalmente en las políticas redistributivas, las presenta la izquierda como su seña de identidad frente a la derecha, convirtiéndola en un señuelo para ganarse el apoyo electoral de las clases populares, pues estas piensan que van a mejorar sus condiciones de vida y trabajo en el capitalismo, sin pensar que ello no tiene nada que ver con la elección de los candidatos, pues es sólo posible, desde el punto de vista económico, si aumenta la masa de plusvalía creado por el trabajo asalariado.

Las políticas redistributivas que impulsan los partidos de izquierdas están basadas en la política impositiva del Estado burgués, básicamente en los impuestos directos que se aplican a las rentas del trabajo (IRPF) y rentas del capital, e indirectos, siendo ambos cuantitativa y cualitativamente desfavorables para la clase obrera, como no podía ser de otra manera en el capitalismo. Ahora bien, las políticas redistributivas no tienen nada que ver con el núcleo económico que hace posible la existencia y reproducción del capital, por un lado, y el trabajo asalariado y el salario por otro. El objetivo de dichas políticas redistributivas no es otro que repartir los impuestos confiscados por el Estado.

El señuelo de la política de redistribución que airea a bombo y platillo la izquierda se convierte en una política claramente reaccionaria contra los intereses el proletariado pues acerca ideológicamente a la inmensa  mayoría de los obreros al reformismo y al revisionismo, debido a su bajo nivel de conciencia de clase, y los aleja de la influencia revolucionaria en que se resume el ideario comunista: la clase obrera debe independizarse ideológica y políticamente de la burguesía con el objeto de construir una alternativa que favorezca su proyecto de clase, la construcción del partido comunista como sujeto revolucionario para superar el capitalismo y eliminar la división en clases de la sociedad. Por ello es importante en las campañas electorales denunciar el carácter de clase y la posición de la izquierda y los que defienden las políticas redistributivas pues van en la dirección de legitimar el régimen capitalista por medio de medidas correctoras, actuando conscientemente contra una alternativa revolucionaria, tratando de hacer invisible la ideología comunista y la construcción de la sociedad sin clase.

Revisionismo versus reformismo, dos caras de la misma moneda

Frente a la opción reformista, que se le conoce en términos políticos como socialdemócrata, muy desgastada y desacreditada ideológicamente en los medios obreros con determinado nivel de compromiso político por considerarla cómplice con las políticas de la burguesía, se presenta el revisionismo como una alternativa más próxima y afín a los intereses de la clase obrera, pues aparece disfrazada de “revolucionaria” en sus formas, que llega a formas ideológicas obreristas (defensa de la esencia obrera como clase explotada por el capital).

Esta concepción obrerista sitúa a la clase en un lugar secundario de las relaciones sociales, dependiente de las relaciones capitalistas de producción con la aspiración a mejorar sus condiciones de existencia por medio de un reparto más equitativo de la riqueza creada – subida del salario – o a ser “protagonista” de su liberación dejándose aconsejar y llevar por la dirección que le marca un partido comunista autoproclamado. La clase es, en este sentido para el revisionismo, una masa de obreros uniformes que tiene por misión seguir al partido – entendido como organismo separado de la clase –  en la aventura de construir una “nueva” sociedad.

Uno de estos consejos es que no se queda un sólo obrero sin participar en las elecciones burguesas ya que sus votos servirá para articular una alternativa anticapitalista, confundiendo realidad con ilusión, pues la mayoría de votos obreros en la actual situación de pasividad van a parar a las listas del reformismo o incluso del conservadurismo. Si esto es una realidad, que se puede comprobar comicios tras comicios, ¿para qué se insiste tanto a que los obreros participen, una y otra vez, en esta farsa y con la misma argumentación?

Esta pregunta nos lleva necesariamente a otra de mayor contenido ideológico y político ¿Por qué participa el revisionismo en las elecciones burguesas?  Según se recoge en los documentos de unos de sus representantes más genuinos (PCPE), es para poder llegar a aplicar un programa que actúe en contra de los intereses de los monopolios, al presuponer que son ellos los verdaderos responsables de la deriva actual del capitalismo depredador, como si los monopolios no fueran una consecuencia del desarrollo mismo de las relaciones capitalistas de producción. Afirman que la política antimonopolista es la única política correcta para luchar contra el capital, pues son los monopolios los que impiden el desarrollo de políticas necesarias para el paso hacia el “socialismo”, mediante una combinación de medidas económicas (nacionalización de los monopolios), legislativas (conquista del Parlamento) y jurídicas (cambio legales en la propiedad de los medios de producción).

Este es el argumento oficial pero no el real, dado que ello depende de su posición estratégica ante el capital, es decir,  la subordinación del revisionismo al régimen burgués es el reverso de su política contrarrevolucionaria, del abandono de los principios del marxismo leninismo y de la asunción de las bases argumentarias del democratismo burgués. Para el revisionismo el socialismo no es fruto del proceso de la revolución proletaria, es decir, la toma del poder mediante la guerra popular revolucionaria, por el proletariado para destruir el viejo Estado burgués y la nueva organización política del proletariado para proseguir su camino hacia el comunismo, sino un simple proceso de cambio de formas de propiedad por medio de una política de alianza de clases antimonopolistas que asegure el tránsito pacífico mediante necesarias medidas correctoras en la economía, garantizado por el desarrollo de las fuerzas productivas, capitalistas por supuesto.

El revisionismo ataca frontalmente la ideología m-l pues de lo que se trata es de justificar su carácter y posición de clase tergiversando el m-l, teoría universal del proletariado. Tergiversa los principios en los que se asienta el socialismo científico para adaptarlos a su posición política: Recurre a la verborrea seudo revolucionaria para sustituir la toma del poder del Estado por la concepción interclasista de la mayoría parlamentaria y el frente antimonopolista con la finalidad de asegurar la “justicia social” por medio de la aplicación de políticas redistributivas; La teoría del Estado como poder de clase la sustituye por la concepción interclasista de aparato funcional que tiene por misión intervenir en la economía y en la política como instrumento regulador y redistribuidor; La teoría de la dictadura del proletariado como edificación del nuevo Estado proletario la sustituye por la concepción interclasista del cambio jurídico de la propiedad de los medios de producción; y la teoría del comunismo como organización social sin clases sociales la sustituye por la concepción economicista de la eliminación de las clases por el desarrollo progresivo de las fuerzas productivas. Funciones que garantiza el “partido” convirtiéndose éste en Estado, que en manos de una nueva élite detentará el poder del Estado en nombre del proletariado. Presentándose esto como prueba de la “eliminación” de las clases, aunque persista por un lado esa nueva clase dirigente, que son los que mandan porque son los que saben y, por otro, el resto de los trabajadores, que son los que ejecutan las directrices centrales porque son los que producen ¿Para la sociedad o para la nueva clase dirigente?

Comunismo versus capitalismo, ese es el quid de la cuestión

El revisionismo, dada su posición de clase, no concibe que la aceptación y sumisión a la democracia burguesa doblegue al proletariado al desarmarlo ideológicamente, educándolo socialmente en el respeto a las leyes burguesas y la convivencia pacífica. En este sentido no entiende que la democracia burguesa sea un medio nocivo para la libertad y organización política independiente del proletariado y su liberación como clase, un instrumento político-ideológico para ejercer el dominio de la burguesía sobre el proletariado. Hay que entender que la democracia burguesa no es ni mejor ni peor que otras formas de dominio de clase, en todo caso diferente en cuanto a su forma, atendiendo unas como otras a la existencia y reproducción del capital según las condiciones políticas concretas.

El verdadero problema no es la táctica a emplear en la lucha política, sino la estrategia a determinar frente a las condiciones de existencia de la sociedad, estando meridianamente claro que el proletariado se tiene que enfrentar a las condiciones económicas y políticas en que vive con la perspectiva de eliminar esas condiciones para liberarse como clase dependiente, creando nuevas condiciones económicas y políticas para suprimir la división en clases de la sociedad. Esta es la única salida que le queda si quiere ser realmente protagonista del proceso hacia el comunismo.

El posicionamiento ante unas elecciones generales es importante, aunque no suficiente, pues de lo que se trata es de articular una alternativa revolucionaria que sea correcta para derrotar a la burguesía, es decir, crear las condiciones ideológicas y políticas para la revolución proletaria. Ello significa, en primer lugar, construir el sujeto revolucionario que lleve a cabo el proceso de construcción de la sociedad comunista, proceso que nos sitúa hoy en una doble etapa: la etapa de la reconstitución  ideológica y política del comunismo a través del Balance del Ciclo de Octubre y la formación de la vanguardia teórica mediante la lucha de dos líneas.

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