Un Castillo de Cristal

UN CASTILLO DE CRISTAL

Absurdo es suponer que el paraíso

Es sólo la igualdad, las buenas leyes.

El sueño se hace a mano y sin permiso

Arando el porvenir con viejos bueyes.

Silvio Rodríguez (Llover sobre mojado)

Un castillo es un edificio fortificado que, dependiendo del diseño y de los materiales empleados para su construcción, puede afrontar con cierta garantía los combates que se pueden librar ante sus muros y por los avatares del tiempo. Sirva este símil para comprender lo que les falta a las fuerzas independentistas de Cataluña cuando se enfrentan al poder del Estado burgués español: Que no tienen los mimbres necesarios para conquistar su independencia, pues todo se apuesta a la aplicación de las normas democráticas burguesas, es decir, al voto,  pensando que la simple acción de depositar una papeleta en una urna se va a convertir en el magnífico ariete que va abrir las puertas de la libertad que les priva el Estado de la Monarquía borbónica. Y ello, lógicamente, no es suficiente cuando hablamos de lucha de clases.

Para adoptar una dirección correcta en cualquier posición política hay que tener en cuenta, al menos, tres aspectos: a) la principal, adoptar con decisión una posición de clase clara, b) analizar con detenimiento nuestras propias fuerzas con el objeto de tensarlas y fortalecerlas, y c) analizar concienzudamente las fuerzas del contrario para intervenir sobre ellas con la intención de desorganizarlas y debilitarlas.

Sin tener en cuenta estos tres aspectos no se debería iniciar una lucha si el propósito es ganarla, pues ésta más bien descansa en una posición voluntarista y subjetivista de la realidad, lo que es contrario al materialismo dialéctico que debe prevalecer en la dirección de nuestra actuación. Ello viene al caso por la posición que determinadas organizaciones comunistas han adoptado ante la lucha por la autodeterminación de Cataluña, poniendo toda la carne en el asador por el derecho que tienen las masas populares catalanas a decidir si independizarse del Estado español como medio para construir un nuevo Estado, lo que puede contribuir –argumentan- a profundizar en la crisis política del Estado español.

A medida que pasaban los días se ha asumido el relato de las fuerzas independentistas, que se puede resumir en que la mayoría de la población catalana es partidaria de la secesión del Estado español. Pero esto se muestra muy cuestionable, pues existe otra parte al menos tan importante de electores, desde el punto de vista cuantitativo, contraria a la independencia. Lo que narra ese relato es únicamente cuál es la opción de los electores para determinar la fuerza y el derecho de una u otra opción. Nada más que eso, no nos llevemos a engaños. El relato no hace referencia a la fuerza política con que se cuenta para la lucha, es decir, de las opciones que se enfrentan en una batalla por conquistar la hegemonía política, pero estas se miden por otros parámetros (la capacidad para imponer política e ideológicamente las razones del cambio político, es más profunda que la que electoralmente aparece), donde el aspecto electoral es lo secundario. De esto último no se hace mención en ningún momento durante el relato, se habla exclusivamente de que son más numerosos y de que tienen el derecho democrático a la autodeterminación, olvidando que el derecho se mide por la fuerza real que se tiene para conquistar esos pretendidos derechos. Todo se ha apostado al voto, llegándose a  decir que la autodeterminación depende de los votos, cuando el más torpe de los mortales sabe que hasta la subida del salario en una empresa depende de la fuerza colectiva de los obreros ante su patrón.

Hemos dicho que la posición política de clase es clave para conseguir el objetivo y encarrilar la marcha de la lucha, siendo de sobra conocido que la dirección de la lucha por la independencia de Cataluña la detenta la pequeña y media burguesía catalanas, y que, al no estar compartida con el proletariado, se desarrolla por los derroteros que marca la posición burguesa. La pequeña y mediana burguesía no rebasará nunca sus márgenes, porque sus intereses económicos y posición política no se lo permiten, y menos aún cuando no siente el aliento en el cogote del proletariado revolucionario. Incluso así es timorata, vacilante y traidora, llegado el momento en donde se tenga que decidir entre capitalismo o socialismo. El PDeCAT y ERC no se enfrentarán al Estado burgués con decisión si tienen que decidir entre este o un Estado proletario, más bien tenderá a negociar las mejoras que le pueda ofrecer el Estado español y conseguir su beneplácito. Con estos mimbres no se puede hacer la canasta que pretenden, mucho menos derribar los muros que han ido construyendo conjuntamente con el resto de la burguesía del Estado español.

Y de la CUP ¿qué se puede decir? A tenor de lo visto, dos cosas a tener en cuenta: hay que reconocerle su papel decidido en la planificación y desarrollo de las movilizaciones que se han llevado a cabo, lo que constituye un gran acierto, pero ello no puede nublar lo que se ha puesto de manifiesto con claridad, su posición voluntarista por la creencia ciega de que la independencia de Cataluña se puede conseguir por medios democráticos, lo que responde más a su carácter de pequeña burguesía radicalizada que a una ingenuidad, que el Estado, es decir, la parte de la burguesía imperialista, se va a quedar de brazos cruzados contemplando cómo se cuentan los votos sin hacer nada para evitar la independencia de Cataluña.

La CUP tiene que comprender que el capitalismo no es sólo su forma política, Monárquica o Republicana, por muy democrática que aparenta ser; sino sobre todo, un modo de producción basado en relaciones sociales de producción en donde impera la propiedad privada capitalista y la explotación del trabajo asalariado que hay que destruir para poder sustituirlo por unas relaciones que concuerden con la propiedad social de los medios de producción y la apropiación social de la Naturaleza. Y todo ello bajo la dirección del proletariado revolucionario.

La destrucción del poder social de la burguesía no es obra de la evolución democrática de las relaciones económicas y políticas burguesas a través de la intervención pública de la sociedad, sino de la organización política y militar del proletariado revolucionario que asume el poder por la asunción y desarrollo de la guerra popular. Sin ello es imposible la derrota de la burguesía y, por tanto, es tiempo que se pierde en las luchas que no tengan dicho objetivo, permitiendo el mantenimiento de los cimientos de la sociedad capitalista, dado que no crea las condiciones políticas para sustituir dicho poder social burgués por el poder social proletario de acuerdo con el porvenir de la Sociedad y la Naturaleza al servicio de los seres vivos.

Los comunistas revolucionarios tenemos que intervenir en esta lucha, pero no para apoyar la fundación de una nueva República burguesa, sino para difundir el marxismo leninismo en el fragor de la lucha y el papel histórico del proletariado en el modo de producción capitalista: destruir el capitalismo a través de la guerra popular y construir el socialismo como paso previo a la construcción de la sociedad comunista donde se extinguirán las clases sociales.

Tenemos que construir el ariete que nos permita destruir el castillo dentro del cual se parapeta la burguesía, que nos sirva para destruir las relaciones sociales de producción que esclavizan a la mayoría de la población que habita este planeta. Y ello se hace reconstituyendo el partido comunista en cada país y construyendo la internacional comunista de nuevo tipo.

  ¡Por la revolución proletaria mundial!

¡En lucha por el comunismo,

en lucha por la eliminación de las clases sociales!

 19 Octubre 2017

 

 

 

 

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