La Violencia Machista

Tú, que lo cuestionas todo: Las relaciones del alumno con el maestro, las relaciones del obrero con el patrón.

¿Has pensado en cuestionar también las relaciones entre hombre y mujer?”

Cartel en la Sorbona ocupada, mayo 1968

DIVISIÓN DE LA SOCIEDAD EN CLASES

Y VIOLENCIA MACHISTA

La violencia machista cabalga con ímpetu por todos los rincones del planeta, lo mismo en las grandes urbes como en los pueblos más recónditos. No es un problema achacable al atraso económico del entorno social ni a la mentalidad feudal de sus pobladores, sino más bien está determinado por unas relaciones sociales de producción, y que se propaga mediante la ideología dominante que le acompaña incubándose en la cabeza de millones de hombres sin atender a su condición social, pues la violencia machista está instalada en todas las clases sociales sin excepción, ejercitándose tanto en su seno mediante el binomio hombre/mujer (opresión de género) como fuera de su seno mediante el binomio burguesía/proletariado (explotación de clase).

La violencia machista no la podemos considerar como fruto de un comportamiento individual (que unos hombres sean más brutos que otros), aunque el agente que la realice sea individual, sino de unas condiciones materiales que tiene sus raíces en sociedades divididas en clases, en donde la mujer proletaria, en el caso del capitalismo, no es sólo explotada socialmente como los hombres proletarios, sino también oprimida individualmente por hombres de todo tipo que se apoyan en costumbres sociales que reproducen ideológicamente que la mujer es inferior al varón (debido a sus condiciones físicas) o, en el mejor de los casos, complemento de él.

Como decimos, la violencia machista no es una realidad individual y fortuita fruto de la brutalidad masculina, ni tampoco que forma parte de la genética humana, sino simplemente la manifestación de una relación de poder económico y dominio ideológico que los hombres ejercen sobre las mujeres como relación social, que en determinados casos se lleva al extremo a través de la violencia sexual o física, o ambas a la vez. Esta relación social toma cuerpo en la Historia cuando la mujer es derrotada por el hombre (en la sociedad comunitaria o matriarcado) con la imposición en la familia de la división de tareas entre los sexos, división que trasciende a las sociedades de clase.

En la sociedad burguesa la violencia ejercida contra las mujeres está inscrita en la genética de la propiedad privada, en la división en clases de la sociedad y en la división sexual del trabajo en la familia burguesa, sin que exista ninguna razón objetiva (natural o social) en la que se pueda sostener la existencia del maltrato y la doble explotación a la que está sometida la mujer proletaria que  no sea el frío cálculo egoísta del capital en la extracción de plusvalía, y el interés de los hombres (sean proletarios o burgueses) en el mantenimiento de sus privilegios y supremacía sobre las mujeres por razones objetivamente distintas.

Las relaciones sociales de producción capitalistas determinan en el seno de las unidades familiares proletarias unas condiciones de existencia basadas en la división sexual de las tareas domésticas con el objeto de reproducir lo más barato posible la fuerza de trabajo asalariada para que no se entorpezca el proceso de acumulación de capital. Es por esta razón por lo que la mujer proletaria es confinada, en una primera fase capitalista, al cuidado y mantenimiento de la familia en el hogar, y posteriormente, con el desarrollo del capitalismo, al sometimiento de la mujer a la doble jornada de trabajo, una en la unidad de trabajo produciendo plusvalía, otra en la unidad familiar realizando las tareas domésticas de manera gratuita para el capital.

Desde estos planteamientos abordamos la problemática señalada, con el convencimiento de que se separan radicalmente de los planteamientos y soluciones del reformismo político y el feminismo burgués, que sólo aportan soluciones desde el campo jurídico al concebir la violencia machista como un fenómeno individual fruto de la brutalidad animal que todavía condiciona el comportamiento social del hombre. Bajo esta concepción, la violencia machista es reprimida por medio de una batería de leyes que persiguen al infractor, al varón violento (al agente de la violencia) sin ahondar en sus causas sociales (la violencia propiamente dicha), porque de lo contrario tendrían que poner en entredicho las relaciones sociales que la producen.

La lucha por la igualdad hombre/mujer

El feminismo burgués ha centrado históricamente su acción en la aplicación plena de la igualdad jurídica entre los sexos, llevándola del terreno civil al laboral, como instrumento para lograr la plena igualdad entre los sexos. Junto a este objetivo considera necesario combatir, desde el punto de vista jurídico, la erradicación de la violencia de género por considerarla un drama sangrante al que se tienen que enfrentar la mayoría de las mujeres.

A partir de la década de los 70 se produce una eclosión del movimiento feminista, poniéndose de manifiesto su fuerza y su hábil forma de penetración en el movimiento obrero. La mayoría de las mujeres que han encabezado el movimiento han sido intelectuales de la pequeña burguesía que trasladaban al seno de la clase obrera una visión burguesa de la lucha por la igualdad de sexos y, posteriormente, contra la violencia de género. Los partidos reformistas de la izquierda democrática se apuntaban al carro de dicha concepción pues reforzaba y aumentaba su censo electoral entre las mujeres pertenecientes a la clase obrera, no poniéndose en entredicho las causas sociales de dicha violencia de género, lo que celebraban con entusiasmo.

Si bien es cierto que estas políticas acortan las diferencias en el terreno de la igualdad formal entre mujeres y hombres, dando un tinte progresista al Estado con la incorporación de un determinado número de mujeres de la pequeña burguesía a los parlamentos burgueses, cargos directivos empresariales, ministerios y fuerzas armadas, etc., no es menos cierto que pone de manifiesto el límite y el carácter burgués de estas políticas. Mientras estas distinguidas señoras se realizan política y profesionalmente, lo hacen a costa de la explotación de las mujeres empleadas del hogar, poniendo de manifiesto que en el capitalismo la lucha por la igualdad formal entre mujeres y hombres implica la explotación y desigualdad de unas mujeres por otras y en peores condiciones laborales que los hombres. La lucha contra la violencia machista y la igualdad entre mujeres y hombres tiene sus límites en la promulgación de leyes, que son papel mojado para la clase obrera (ya sean mujeres o hombres) en declaraciones de buenas intenciones y en la foto del día después de los asesinatos de todo el cuerpo institucional del Estado y su séquito de burócratas políticos y sindicales, verdaderos puntales y defensores del régimen, pues consciente o inconscientemente están defendiendo las políticas que generan y reproducen la violencia machista: la división en clases de la sociedad.

El debate y lucha contra la violencia machista cobra mayor o menor protagonismo dependiendo del resultado que arroje el balance de las estadísticas oficiales en la contabilidad de mujeres y niños asesinados en un periodo de tiempo determinado y su aproximación a los objetivos que marca la Ley Orgánica contra la Violencia de Género para combatirla. Objetivo que centra la polémica desatada entre el gobierno y el movimiento reformista en el número de asesinatos contabilizados por uno y otro bando, barómetro y punto de partida del movimiento feminista, que hoy lidera esta lucha, y de las organizaciones obreras que sitúan la batalla contra estos asesinatos dentro del marco institucional burgués, y que en base a esos posicionamientos sustentan sus reivindicaciones en reformas legislativas, promulgaciones de leyes y pacto nacional contra la violencia machista. A tenor de los resultados obtenidos, como es el caso que nos ocupa en estos momentos, en donde se ha incrementado el número de mujeres maltratadas y asesinadas, se contempla la adopción de nuevas medidas que endurezcan la condena a los maltratadores retirándoles la custodia compartida. Los resultados son negativos desde el punto de vista del conjunto de la población femenina, pues la mayor represión contra el agresor no repercute favorablemente sobre el conjunto, demostrándose con ello que no es un problema individual, dándose la circunstancia de que a una parte de los agresores no le importa la represión pues incluso se suicidan después de asesinar a sus parejas e incluso hijos. 

La retirada de la custodia compartida, la casa para las madres maltratadas, el pago de un salario social de subsistencia por un tiempo determinado (benéfico) ponen a las mujeres bajo la tutela y paternalismo del Estado burgués, el cual es parte interesada en reproducir esta violencia en el ámbito del régimen de producción capitalista. Este Estado contempla el problema desde una posición individual de la mujer maltratada, sin pertenencia de clase, como si de un ser inferior se tratara, a la que hay que proteger alejándola del maltratador, pero deja intacto las funciones sociales de las mujeres proletarias que, además de producir plusvalía en los centros de trabajo, realizan la tarea de mantenimiento de la familia (doble jornada laboral) para su óptima reproducción como fuerza de trabajo apta para la producción de plusvalía.

Que no se engañen a las mujeres maltratadas: ¡desde el Estado burgués no se puede erradicar la violencia machista ni dar respuesta a la situación de desigualdad, explotación y opresión de las mujeres! A lo máximo que se puede aspirar en este régimen es a denunciar el hecho y esperar que un tribunal impregnado de ideología machista aplique las leyes que se corresponden y se elaboran en los órganos de poder del Estado capitalista. Mientras crece el número de mujeres que se deciden a denunciar, también lo hacen los nuevos asesinatos de mujeres y de hijos, aumentando en esa proporción el bochornoso espectáculo e hipocresía de los gobiernos municipales, regionales y central para escenificar ante la prensa, con el minuto de silencio, la comedia de solidaridad con las víctimas y familiares.

La familia proletaria al servicio de la sociedad burguesa

Si bien la burguesía no ha inventado la realización de las tareas del hogar de una manera individual, en el seno de cada hogar, ni la reproducción de la especie, si los pone al servicio de su modo de producción: parir, criar hijos y tenerlos dispuestos para que un día tomen el relevo generacional en la producción, emigren o formen parte del ejército de reserva según sus necesidades. El proceso de producción capitalista tiene lugar en dos ámbitos: en las unidades de producción económica (centros de trabajo) y en las unidades de producción doméstica (hogares familiares), en donde el proceso de trabajo no atiende a la forma civil de la unión de los conyugues( matrimonios católicos, civiles, parejas de hecho de uno u otro sexo, etc.), pues, sea cual sea su forma, tiene el mismo fin: garantizar las condiciones materiales para la reproducción de la fuerza de trabajo asalariada con el menor coste social. Es en el hogar familiar donde se produce la primera discriminación laboral contra las mujeres y la inmensa mayoría de los maltratos cometidos contra ellas y su entorno más cercano.

Son la división sexual del trabajo en la familia burguesa y la forma individual en que se realizan las tareas de la producción doméstica las que determinan y asignan a las mujeres la función de las tareas domésticas en beneficio de la producción capitalista, sin la cual sería imposible la puesta en marcha de los instrumentos de trabajo y, en consecuencia, el proceso de producción de plusvalía. Dos procesos de producción aparentemente independientes uno del otro pero íntimamente relacionados, que se complementan y se alimentan mutuamente: el proceso de producción de plusvalía y acumulación de capital y el proceso de producción y reproducción de la fuerza de trabajo. Es con la incorporación de las mujeres al trabajo social como se pone de manifiesto la originaria división del trabajo entre los sexos (doble jornada), división que el régimen capitalista asimila y potencia para sus propios fines y beneficio desencadenando una cascada de problemas entre los sexos, entre ellos la violencia machista como uno de los problemas más acuciantes con el que se tiene que enfrentar la mayoría de las mujeres de la clase obrera en la familia burguesa.

Al igual que el desarrollo de la producción capitalista agudiza la contradicción originaria del capital entre el carácter social de la producción y la apropiación privada del producto, el modo de producción doméstico también pone de manifiesto la contradicción existente entre el trabajo social y el trabajo doméstico, base de la supremacía y opresión del hombre sobre la mujer en la familia, contradicción que se manifiesta en la crisis de la familia burguesa y en la necesidad objetiva, que las mujeres y hombres proletarios tienen, de romper esta relación y las correspondientes cadenas ideológicas que los unen en pos de unas nuevas relaciones sociales y afectivas-sexuales, libres e iguales.

La lucha contra la violencia machista no es un camino de rosas

Partiendo de la premisa que la violencia machista es un fenómeno a nivel  mundial y que sus causas no pueden explicarse más que en razón de los intereses del capital y del mantenimiento de los privilegios de los hombres en el seno de la familia en la sociedad burguesa, la lucha por su erradicación forma parte de la lucha revolucionaria del proletariado, que debe incluirla en su programa. Desarrollar una lucha ideológica implacable contra el machismo y la tutela de la mujer, venga de donde venga, comenzando en el seno de la vanguardia del movimiento comunista, y que lo manifiesta en los comportamientos y relaciones políticas sin ser consciente de ello, es requisito imprescindible para ir creando una ideología feminista de acuerdo al objetivo de eliminar la división de la sociedad en clases, en donde la mujer se incorpore a la lucha por la revolución socialista formando parte, igual que el hombre, del sujeto revolucionario que construirá la nueva sociedad comunista. La lucha contra el machismo debe ir unida a la lucha por la derrota de la burguesía y la construcción de una sociedad sin clases sociales, en donde la mujer tiene que jugar un papel esencial si quiere lograr que su existencia social no se vea determinada por su condición sexual.

Las mujeres constituye el cincuenta y uno por ciento de la población mundial, pero la mayoría pertenecen al proletariado por su condición de ser explotadas por el capital, lo que les predispone, adquiriendo una concepción revolucionaria de la lucha de clases, a incorporarse a la revolución socialista puesto que de ello depende su liberación y emancipación como mujer explotada doblemente por el capital en los centros de trabajo, y por la división sexual del trabajo doméstico en las familias. Las mujeres proletarias tienen que saber que sin el concurso de ellas es imposible tanto la reproducción del capital como de la realización de la revolución socialista, por eso es necesario que se incorporen al proceso revolucionario del proletariado formando parte de las tareas por la reconstitución del partido de nuevo tipo.

La lucha contra la violencia machista implica la lucha por la destrucción del Estado burgués y la familia burguesa, núcleos básicos del régimen capitalista de producción, dos pilares fundamentales para la reproducción de las relaciones sociales de producción y de la violencia contra las mujeres. Marx y Engels dejaron establecidas las premisas fundamentales de la opresión y explotación de las mujeres, que se remonta a las sociedades de clase, después de que la mujer fuera derrotada por el hombre y relegada a las tareas del hogar y a la crianza de los hijos. La revolución de Octubre, partiendo de esas premisas, da un impulso político revolucionario a la lucha por su erradicación, integrando esta problemática a la lucha general del movimiento comunista revolucionario. Con la toma del poder político por el proletariado, el Estado obrero implanta las medidas que hicieron posible la incorporación de la mujer a la vida política, a la economía y a la cultura, haciendo efectiva la transferencia de las funciones del hogar familiar a la sociedad, liberando paulatinamente a las mujeres de esta carga y sentando las bases para romper la contradicción existente entre los sexos (trabajo asalariado/trabajo doméstico) e incorporando a las mujeres a las tareas de la construcción del socialismo. Con la derrota de la revolución socialista, y la crisis del movimiento comunista internacional, la lucha por la emancipación de las mujeres también entra en crisis, cogiendo fuerza en las filas del proletariado la concepción feminista burguesa.

Violencia revolucionaria versus violencia machista

A la violencia machista sólo se le puede vencer con la violencia revolucionaria, única vía para acabar con topo tipo de violencia. Hay que hacer un frente común entre mujeres y hombres proletarios en una sola lucha contra el capital y su Estado, que mediante el desarrollo de la Guerra Popular se derroque al sistema capitalista y se implante la Dictadura del Proletariado, único escenario posible donde se pueden poner en marcha y desarrollar las tareas necesarias (transferencia de las tareas del hogar a la sociedad) que hagan posible que las mujeres puedan incorporarse masivamente al trabajo productivo, a la vida política, al desarrollo de sus capacidades en igualdad de condiciones con los hombres para abordar las tareas de construcción de la sociedad socialista y, con ella, su propia emancipación. Mientras no se dé la simbiosis comunismo-feminismo no será posible un salto cuantitativo en el avance de la revolución social hacia el comunismo.

Noviembre 2017

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