El Capital, Esquemas y Notas para su Estudio

 

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“En la ciencia no hay calzadas reales y quien aspire a remontar sus luminosas cumbres, tiene que estar dispuesto a escalar la montaña por senderos escabrosos.”

Carlos Marx, prólogo a la edición francesa, tomo 1 de El Capital, 1872

 

 

 

140 Aniversario de La Comuna de París

1871 – 2011

140 aniversario de la proclamación

de la Comuna de París

¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el irrealizable comunismo!

Carlos Marx, La guerra civil en Francia, 1871

Últimamente, las palabras “dictadura del proletariado” han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!

Federico Engels, Introducción a la guerra civil en Francia de C. Marx, 1891

 

En Memoria de la Comuna

V.I.Lenin

Han pasado cuarenta años desde la proclamación de la Comuna de París. Según la costumbre establecida, el proletariado francés honró con mítines y manifestaciones la memoria de los hombres de la revolución del 18 de marzo de 1871. A finales de mayo volverá a llevar coronas de flores a las tumbas de los communards fusilados, víctimas de la terrible “Semana de Mayo”, y ante ellas volverá a jurar que luchará sin descanso hasta el total triunfo de sus ideas, hasta dar cabal cumplimiento a la obra que ellos le legaron.

¿Por qué el proletariado, no sólo francés, sino el de todo el mundo, honra a los hombres de la Comuna de París como a sus predecesores? ¿Cuál es la herencia de la Comuna?

La Comuna surgió espontáneamente, nadie la preparó de modo consciente y sistemático. La desgraciada guerra con Alemania, las privaciones durante el sitio, la desocupación entre el proletariado y la ruina de la pequeña burguesía, la indignación de las masas contra las clases superiores y las autoridades, que habían demostrado una incapacidad absoluta, la sorda efervescencia en la clase obrera, descontenta de su situación y ansiosa de un nuevo régimen social; la composición reaccionaria de la Asamblea Nacional, que hacía temer por el destino de la República, todo ello y otras muchas causas se combinaron para impulsar a la población de París a la revolución del 18 de marzo, que puso inesperadamente el poder en manos de la Guardia Nacional, en manos de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que se había unido a ella.

Fue un acontecimiento histórico sin precedentes. Hasta entonces, el poder había estado, por regla general, en manos de los terratenientes y de los capitalistas, es decir, de sus apoderados, que constituían el llamado gobierno. Después de la revolución del 18 de marzo, cuando el gobierno del señor Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios, el pueblo quedó dueño de la situación y el poder pasó a manos del proletariado. Pero en la sociedad moderna, el proletariado, avasallado en lo económico por el capital, no puede dominar políticamente si no rompe las cadenas que lo atan al capital. De ahí que el movimiento de la Comuna debiera adquirir inevitablemente un tinte socialista, es decir, debiera tender al derrocamiento del dominio de la burguesía, de la dominación del capital, a la destrucción de las bases mismas del régimen social contemporáneo.

Al principio se trató de un movimiento muy heterogéneo y confuso. Se adhirieron a él los patriotas, con la esperanza de que la Comuna reanudaría la guerra contra los alemanes, llevándola a un venturoso desenlace. Los apoyaron asimismo los pequeños tenderos, en peligro de ruina si no se aplazaba el pago de las deudas vencidas de los alquileres (aplazamiento que les negaba el gobierno, pero que la Comuna les concedió). Por último, en un comienzo también simpatizaron en cierto grado con él los republicanos burgueses, temerosos de que la reaccionaria Asamblea Nacional (los “rurales”, los salvajes terratenientes) restablecieran la monarquía. Pero el papel fundamental en este movimiento fue desempeñado, naturalmente, por los obreros (sobre todo, los artesanos de París), entre los cuales se había realizado en los últimos años del Segundo Imperio una intensa propaganda socialista, y que inclusive muchos de ellos estaban afiliados a la Internacional.

Sólo los obreros permanecieron fieles a la Comuna hasta el fin. Los burgueses republicanos y la pequeña burguesía se apartaron bien pronto de ella: unos se asustaron por el carácter socialista revolucionario del movimiento, por su carácter proletario; otros se apartaron de ella al ver que estaba condenada a una derrota inevitable. Sólo los proletarios franceses apoyaron a su gobierno, sin temor ni desmayos, sólo ellos lucharon y murieron por él, es decir, por la emancipación de la clase obrera, por un futuro mejor para los trabajadores.

Abandonada por sus aliados de ayer y sin contar con ningún apoyo, la Comuna tenía que ser derrotada inevitablemente. Toda la burguesía de Francia, todos los terratenientes, corredores de bolsa y fabricantes, todos los grandes y pequeños ladrones, todos los explotadores, se unieron contra ella. Con la ayuda de Bismarck (que dejó en libertad a 100.000 soldados franceses prisioneros de los alemanes para aplastar al París revolucionario), esta coalición burguesa logró enfrentar con el proletariado parisiense a los campesinos ignorantes y a la pequeña burguesía de provincias, y rodear la mitad de París con un círculo de hierro (la otra mitad había sido cercada por el ejército alemán). En algunas grandes ciudades de Francia (Marsella, Lyon, Saint-Etienne, Dijon y otras) los obreros también intentaron tomar el poder, proclamar la Comuna y acudir en auxilio de París, pero estos intentos fracasaron rápidamente. Y París, que había sido la primera en enarbolar la bandera de la insurrección proletaria, quedó abandonada a sus propias fuerzas y condenada una muerte cierta.

Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas…

Pero lo que le faltó a la Comuna fue, principalmente tiempo, posibilidad de darse cuenta de la situación y emprender la realización de su programa. No había tenido tiempo de iniciar la tarea cuando el gobierno, atrincherado en Versalles y apoyado por toda la burguesía, inició las operaciones militares contra París. La Comuna tuvo que pensar ante todo en su propia defensa. Y hasta el final mismo, que sobrevino en la semana del 21 al 28 de mayo, no pudo pensar con seriedad en otra cosa.

Sin embargo, pese a esas condiciones tan desfavorables y a la brevedad de su existencia, la Comuna adoptó algunas medidas que caracterizan suficientemente su verdadero sentido y sus objetivos. La Comuna sustituyó el ejército regular, instrumento ciego en manos de las clases dominantes, y armó a todo el pueblo; proclamó la separación de la Iglesia del Estado; suprimió la subvención del culto (es decir, el sueldo que el Estado pagaba al clero) y dio un carácter estrictamente laico a la instrucción pública, con lo que asestó un fuerte golpe a los gendarmes de sotana. Poco fue lo que pudo hacer en el terreno puramente social, pero ese poco muestra con suficiente claridad su carácter de gobierno popular, de gobierno obrero: se prohibió el trabajo nocturno en las panaderías; fue abolido el sistema de multas, esa expoliación consagrada por ley de que se hacía víctima a los obreros; por último, se promulgó el famoso decreto en virtud del cual todas las fábricas y todos los talleres abandonados o paralizados por sus dueños eran entregados a las cooperativas obreras, con el fin de reanudar la producción. Y para subrayar, como si dijéramos, su carácter de gobierno auténticamente democrático y proletario, la Comuna dispuso que la remuneración de todos los funcionarios administrativos y del gobierno no fuera superior al salario normal de un obrero, ni pasara en ningún caso de los 6.000 francos al año (menos de 200 rublos mensuales).

Todas estas medidas mostraban elocuentemente que la Comuna era una amenaza mortal para el viejo mundo, basado en la opresión y la explotación. Esa era la razón de que la sociedad burguesa no pudiera dormir tranquila mientras en el ayuntamiento de París ondeara la bandera roja del proletariado. Y cuando la fuerza organizada del gobierno pudo, por fin, dominar a la fuerza mal organizada de la revolución, los generales bonapartistas, esos generales batidos por los alemanes y valientes ante sus compatriotas vencidos, esos Rénnenkampf y Meller-Zakomielski franceses, hicieron una matanza como París jamás había visto. Cerca de 30.000 parisienses fueron muertos por la soldadesca desenfrenada; unos 45.000 fueron detenidos y muchos de ellos ejecutados posteriormente; miles fueron los desterrados o condenados a trabajar forzados. En total, París perdió cerca de 100.000 de sus hijos, entre ellos a los mejores obreros de todos los oficios.

La burguesía estaba contenta. “¡Ahora se ha acabado con el socialismo para mucho tiempo!”, decía su jefe, el sanguinario enano Thiers, cuando él y sus generales ahogaron en sangre la sublevación del proletariado de París. Pero esos cuervos burgueses graznaron en vano. Después de seis años de haber sido aplastada la Comuna, cuando muchos de sus luchadores se hallaban aún en presidio o en el exilio, se iniciaba en Francia un nuevo movimiento obrero. La nueva generación socialista, enriquecida con la experiencia de sus predecesores, cuya derrota no la había desanimado en absoluto, recogió la bandera que había caído de las manos de los luchadores de la Comuna y la llevó adelante con firmeza y audacia, al grito de “¡Viva la revolución social, viva la Comuna!” Y tres o cuatro años más tarde, un nuevo partido obrero y la agitación levantada por éste en el país obligaron a las clases dominantes a poner en libertad a los communards que el gobierno aún mantenía presos.

La memoria de los luchadores de la Comuna es honrada no sólo por los obreros franceses, sino también por el proletariado de todo el mundo, pues aquella no luchó por un objetivo local o estrechamente nacional, sino por la emancipación de toda la humanidad trabajadora, de todos los humillados y ofendidos. Como combatiente de vanguardia de la revolución social, la Comuna se ha ganado la simpatía en todos los lugares donde sufre y lucha el proletariado. La epopeya de su vida y de su muerte, el ejemplo de un gobierno obrero que conquistó y retuvo en sus manos durante más de dos meses la Capital del mundo, el espectáculo de la heroica lucha del proletariado y de sus sufrimientos después de la derrota, todo esto ha levantado la moral de millones de obreros, alentado sus esperanzas y ganado sus simpatías para el socialismo. El tronar de los cañones de París ha despertado de su sueño profundo a las capas más atrasadas del proletariado y ha dado en todas partes un impulso a la propaganda socialista revolucionaria. Por eso no ha muerto la causa de la Comuna, por eso sigue viviendo hasta hoy día en cada uno de nosotros.

La causa de la Comuna es la causa de la revolución social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es inmortal.

V.I.Lenin, Rabóchaia Gazeta, núm.4-5, 15 (28) de abril de 1911.

Llamamiento de la Unión de Mujeres de Comuna de París para la formación de sindicatos de mujeres.

El Proletariado Español Ante La Revolución

EL PROLETARIADO ESPAÑOL ANTE LA REVOLUCIÓN1

Andreu Nin


I. Las causas fundamentales de la crisis española

Existe una tendencia, muy difundida, a considerar el 14 de abril de 1931, fecha de la proclamación de la República, como el coronamiento de una revolución que ha llegado a su fase definitiva. En realidad, el 14 de abril no ha sido más que una etapa (ciertamente importantísima) del proceso revolucionario que ya desde el siglo pasado se está desarrollando en nuestro país y que, empleando una frase de Karl Liebknecht, puede ser considerado como “un largo malestar”. Las etapas más importantes de este proceso han sido las guerras civiles, los alzamientos revolucionarios del siglo XIX, la aparición del movimiento nacionalista en Cataluña, la “semana trágica” de 1909, la tentativa de huelga general revolucionaria de 1911, la constitución de las Juntas de defensa, la revolución frustrada de 1917.

Las causas de ese largo malestar, de esas agitaciones y esos movimientos crónicos tiene su origen en el hecho de que España no ha realizado todavía su revolución democrático burguesa. Esta ha sido la causa fundamental de la crisis aguda del país, que no ha podido ser resuelta en el marco del régimen económico y político dominante.

España es un país eminentemente agrícola. El setenta por ciento de la población trabajadora está dedicada a las labores del campo. El peso específico de la producción agrícola es superior al de la industria en la economía española. La técnica de la explotación es extraordinariamente primitiva. La introducción de la maquinaria agrícola se efectúa con extraordinaria lentitud. El arado romano sigue dominando en la inmensa mayoría de los campos españoles. Lo que da la nota en nuestra economía agraria es la gran propiedad semifeudal, dominante sobre todo en el sur, caracterizada por la existencia de haciendas inmensas, mal cultivadas o absolutamente incultas, y de una masa campesina miserable y cruelmente explotada. Todo esto imprime un carácter de evidente atraso a la agricultura de nuestro país, atraso que determina la pauperización del campo y la disminución de la capacidad adquisitiva de la gran masa de campesinos y de jornaleros agrícolas, lo cual disminuye a su vez las posibilidades de desarrollo industrial.

He aquí unas cifras que constituirán, con una irrebatible evidencia, la ilustración más elocuente de lo que decimos. De los 50 millones de hectáreas que forman nuestro territorio, más de 31 millones están sin cultivar, y de los 5 millones de labriegos que hay en el país, 4 y 1/2 millones no poseen tierras. En Estas condiciones, no tiene nada de sorprendente que España se vea obligada a recurrir a los demás países para suplir las deficiencias de su producción. Así el año pasado nuestro país tuvo que importar alubias, por 2.500.000 pesetas; huevos, por 91.600.000; carne de cerdo, por 4.400.000; habas, por 5.200.000; legumbres, por 7.800.000; garbanzos, por 23.300.000; patatas, por 13.000.000; quesos, por 15.700.000; maíz, por 77.100.090; trigo, por 107.500.000.

Este es el resultado directo de la persistencia del latifundio en nuestro país. Se argüirá que el problema no es general, que, en algunas regiones, la propiedad está más dividida, a lo cual contestaremos que en el régimen de propiedad agraria de las regiones mencionadas subsisten numerosas reminiscencias feudales (aparcerías, rabassa morta, foros, arriendos, etc.), lo cual da al mismo un carácter regresivo.

La industria, excepción hecha de algunos islotes esparcidos aquí y allá en el mar de nuestro atraso económico, apenas ha salido del período manufacturero. El proceso de concentración ha sido lentísimo e insuficiente. Sólo en la industria metalúrgica de Vizcaya ha alcanzado una relativa madurez. En cuanto a Cataluña, la región más importante de España desde el punto de vista de la producción global, la industria textil, que es la dominante, está dividida en gran número de pequeños establecimientos mal utillados. Las mejoras introducidas últimamente en la industria del género de punto en la costa catalana no modifican sensiblemente este estado de cosas. Así, si bien la cifra de los obreros textiles es considerable (más de cien mil) no hay ni una fábrica que pueda compararse, por el número de trabajadores ocupados en la misma, a los grandes establecimientos textiles de los países capitalistas avanzados. Durante estos últimos años han surgido algunas nuevas industrias de importancia, tales como, por ejemplo, la de la seda artificial, pero la aparición de estas industrias, en las cuales, dicho sea de paso, predomina el capital extranjero, no modifica esencialmente los defectos fundamentales de la estructura económica del país.

La perturbación producida en la economía mundial por la guerra imperialista de 1914-1918 dio la posibilidad temporal a la industria española de aparecer en el mercado internacional, del cual momentáneamente habían desaparecido los países exportadores más importantes. Así, la balanza comercial, pasiva hasta 1914, es activa durante los años de la guerra. El capitalismo español hubiera podido aprovechar esta coyuntura única que se le ofrecía para renovar el utillaje de la industria y ponerse en condiciones de conservar, por lo menos una parte de los mercados conquistados. Pero el capital acumulado se empleó casi totalmente en operaciones de carácter especulativo. Se calcula que fueron destinados más de 4 mil millones de pesetas a la compra de marcos y de coronas. El resultado fue que después del armisticio, cuando los países beligerantes renovaron su actividad económica, la industria española se halló en un estado todavía peor al de antes de 1914. En los años sucesivos, a excepción de un brevísimo período de prosperidad relativa a fines de 1921, fue acentuándose la crisis, agravada además, por los progresos del movimiento obrero, que había crecido enormemente al amparo del período efímero y de florecimiento económico del país y de la ola de entusiasmo y de esperanzas que levantó la revolución rusa.

La estructura económica del país hallaba su expresión política en la monarquía, la cual se apoyaba en el caciquismo de los grandes terratenientes, en la Iglesia, que contaba (y cuenta aún) con una poderosa base económica, en un enorme aparato burocrático-policiaco-militar y en un centralismo despótico y regresivo, que ahogaba todos los focos vitales del país.

Ese régimen político-económico constituía un obstáculo insuperable al desarrollo de las fuerzas productivas del país.

La ausencia de una burguesía suficientemente fuerte para tomar la dirección del país y la descomposición general del régimen, explican el papel importante desempeñado en la vida política española por el ejército, única fuerza sólidamente organizada, centralizada y disciplinada que existía.

II. La dictadura de Primo de Rivera

El golpe de Estado de Primo de Rivera fue una tentativa de la burguesía, aliada con las fuerzas más representantivas del feudalismo español, para hacer frente a las contradicciones insolubles en que se debatía, mediante un régimen de fuerza que anulara las misérrimas conquistas democráticas y las mejoras logradas por la clase obrera.

La dictadura militar no resolvió ninguna de las contradicciones del capitalismo español. La crisis industrial, en vez de atenuarse, se agravó. Durante los seis años y medio que duró la dictadura del marqués de Estella, el paro forzoso fue un fenómeno constante en las industrias más importantes del país: la metalúrgica y la textil. Primo de Rivera, practicó una política económica que, aunque inspirada en el firme propósito de favorecer a las clases privilegiadas, estaba llena de contradicciones. Así, hemos visto sucesivamente una política de relajamiento de las barreras arancelarias para favorecer la penetración de los productos industriales extranjeros y dar satisfacción a los agrarios; una política rigurosamente proteccionista para dar gusto a la burguesía industrial y asegurarse su adhesión, vacilante en ciertos momentos, o bien una política de sostén de ciertos grupos financieros indígenas muy estrechamente ligados al capital financiero internacional, lo cual determinaba el descontento en otros sectores de la burguesía española. Esta última orientación prevaleció durante los últimos tiempos de la dictadura y explica la actitud cada vez más hostil de la burguesía industrial hacia la misma. El descontento de una gran parte del ejército, suscitado por la política de concesión de privilegios a ciertas categorías de la oficialidad en perjuicio de otras, y las ambiciones crecientes e insaciables de una colectividad parasitaria que, después de haber tomado el poder, quiso obtener de esta circunstancia el provecho máximo, hizo tambalear la base más sólida del régimen. Añadamos a esto la crisis financiera, la carestía subsiguiente de la vida, y la política descarada de latrocinio efectuada por los dictadores y subdictadores de toda laya al amparo de la realización de obras públicas, que constituyeron otras tantos Panamás y que determinaron un aumento enorme de las cargas fiscales. Todo ello agravó extraordinariamente la situación económica de la clase trabajadora y de las masas pequeño burguesas del país.

Esto tuvo consecuencias fatales para la dictadura. El encarecimiento de las subsistencias, la supresión efectiva de la jornada de ocho horas, el régimen de arbitrariedad en las fábricas y talleres, suscitó un profundo descontento entre la clase trabajadora. Y el movimiento obrero, pasivo durante varios años, adquirió un nuevo impulso. La huelga del ramo textil en Barcelona, surgida espontáneamente en junio de 1926 y la declarada contra el impuesto sobre los salarios, fueron los síntomas más elocuentes de ese despertar del movimiento obrero.

El cambio efectuado por la pequeña burguesía tuvo consecuencias no menos trascendentales.

Esa clase, que constituye en España la inmensa mayoría de la población, está incapacitada, por el papel subordinado que desempeña en la producción, para desarrollar un papel político independiente. Las masas pequeño burguesas que durante los años 1917-1920 vieron con indudable simpatía el movimiento obrero revolucionario, se sintieron dominadas por el más profundo desengaño ante el fracaso del mismo. Decepcionadas de la burguesía, decepcionadas de la clase obrera, volvieron los ojos esperanzados hacia el dictador. La actitud de la pequeña burguesía ante la dictadura de Primo de Rivera fue el apoyo directo, o por lo menos la neutralidad benévola. Pero la decepción no tardó en producirse. Agobiada por los impuestos y las dificultades económicas crecientes, poco a poco fue volviendo la espalda al dictador y evolucionando en un sentido democrático. Esta fue una de las causas esenciales del gran impulso tomado por el movimiento republicano. Perdida la fe en la eficacia de la dictadura militar, en cuya instauración Alfonso de Borbón había tomado una participación personalísima, la pequeña burguesía consideró a la monarquía como la causante de todos los males que la agobiaban y vio en la República el remedio de los mismos.

La dictadura de Primo de Rivera quedó privada de toda base social e incluso de la fuerza pretoriana que la había llevado al poder, su situación se hizo insostenible, y, como consecuencia de ello, pereció, por decirlo así, por agotamiento, cayendo, como ha dicho L. Trotski, como un fruto podrido.

III. De la Dictadura de Berenguer al último gobierno de la monarquía

Primo de Rivera fue sustituido por el gobierno del general Berenguer. Algunos elementos del campo revolucionario, que, desgraciadamente, han abandonado el método marxista del análisis de las situaciones objetivas, afirmaron que en España “no había sucedido nada”, que la situación seguía siendo la misma que antes. Esta conclusión era errónea, consecuencia lógica de una concepción absolutamente falsa que había tomado carta de naturaleza en ciertos sectores del movimiento comunista y que consistía en sostener que la dictadura militar no podría ser derrocada más que por la acción violenta de las masas trabajadoras, las cuales derribarían a su vez el régimen burgués. Como los hechos se volvían contra este esquema, no quedaba otro recurso que decir que “no había pasado nada”.

La experiencia ha demostrado cuán profundamente errónea era esta concepción. Como decía Lenin, en realidad no hay situaciones desesperadas para la burguesía. El capitalismo es aún potente y puede echar mano todavía de infinidad de recursos. Es evidente que si el movimiento obrero no se hubiera hallado en el estado de desorganización y de desorientación ideológica en que se hallaba en el momento de la caída de Primo de Rivera, que si en aquel momento hubiera existido un gran partido comunista capaz de dirigir y encauzar la acción de las masas, la burguesía no habría tenido la posibilidad de maniobrar y la clase obrera hubiera tomado el poder. Pero faltaban esos factores, y por las circunstancias que hemos expuesto más arriba, se abrió la posibilidad de una nueva tentativa democrática.

Esta cuestión tiene una importancia excepcional porque se halla planteada en términos si no idénticos, análogos, en otros países, y principalmente en Italia. No faltan en dicho país comunistas que sostienen que esta excluida la posibilidad de un nuevo régimen de democracia burguesa en Italia. Si esto es verdad como perspectiva general en el sentido de que las formas democráticas de dominación burguesa no pueden resolver las contradicciones internas del régimen capitalista, no lo es de un modo absoluto con respecto a las perspectivas inmediatas. Que el régimen fascista de Mussolini sea reemplazado por un régimen democrático burgués o por la dictadura del proletariado, depende de la correlación de fuerzas sociales en el momento en que el fascismo se desmorone. Si en ese momento el Partido Comunista italiano no ha conquistado la hegemonía en el movimiento de las grandes masas populares del país, es evidente la posibilidad de una nueva etapa, más o menos prolongada, de régimen democrático burgués sostenido por las masas pequeño burguesas y las ilusiones democráticas del proletariado.

La experiencia española ha demostrado la posibilidad de esta variante. En el momento de la caída de Primo de Rivera las masas pequeño burguesas, llamadas a desempeñar un papel de una importancia tan extraordinaria, no podían seguir al partido revolucionario de la clase obrera, sencillamente porque este último en realidad no existía. Gracias a ello se abrieron grandes posibilidades de desarrollo a la demagogia democrática. La burguesía tuvo la posibilidad de poder maniobrar. La situación era, sin embargo, tan inconsistente que el paso directo al régimen democrático resultaba peligroso e imposible. El lector nos permitirá que citemos a este propósito un pasaje de un artículo publicado por nosotros en vísperas de la caída de la dictadura militar en una revista extranjera[1].

Decíamos así en dicho artículo:

“En el momento en que la dictadura se dispone a marcharse y a buscar un sucesor, no hay partidos ni hombres, y para gobernar (el señor Cambó lo hace observar con justicia en su libro sobre las dictaduras) “faltan partidos organizados y fuerzas disciplinadas, y, con la dictadura, los partidos o fuerzas políticas, o bien han desaparecido completamente o han quedado muy disminuidas”. La burguesía industrial, de la cual Cambó es el jefe visible, no constituye una excepción en este sentido. La Liga Regionalista, tan potente en otro tiempo, apenas existe como organización. Pero aún en el caso de que consiguiera, aprovechándose del régimen constitucional o semiconstitucional, reconstituir sus fuerzas, lo cual no está excluido, no estaría en condiciones para tomar la responsabilidad entera del poder. Geográficamente, la burguesía industrial se halla limitada al litoral (principalmente Cataluña y Vizcaya), económicamente choca con ese peso muerto formidable que es la España semifeudal de la gran propiedad agraria, de la Iglesia y de la monarquía. La confianza en esta última, entre las clases privilegiadas se ha visto seriamente quebrantada, la crisis es grave. Objetivamente, existen las premisas necesarias de una revolución. Pero en el momento actual no hay en España ninguna fuerza política organizada, ni entre la burguesía industrial ni entre la clase obrera, que sea capaz de tomar el poder en sus manos.

A nuestro juicio hay dos perspectivas políticas posibles, no diremos probables. La primera, infinitamente improbable, sería la convocatoria de unas Cortes constituyentes que elaborarían una nueva Constitución. Pero, ¿quién podría convocar estas Cortes? ¿Primo de Rivera? Sería paradójico ver a un dictador convocar un parlamento encargado de transformar las bases políticas del país. La historia no conoce ejemplos parecidos. La convocatoria de un parlamento semejante provocaría un período de fermentación popular, de agitación, de propaganda, de organización de las fuerzas substancialmente revolucionarias del país, que no podría conducir más que a una situación netamente revolucionaria cuyas consecuencias inmediatas serían el derrumbamiento de la monarquía. En España, la revolución burguesa no ha sido aún realizada y no es posible, como lo demuestra la experiencia de los demás países, más que sobre la base de la movilización y la participación de las grandes masas populares. La burguesía española no se opondría a la instauración de una república democrática que, al mismo tiempo, concediese una amplia autonomía política a Cataluña y Vizcaya, pero la burguesía tiene miedo (y hay que decirlo, fundado) a las masas. La experiencia de la revolución rusa es, en este sentido, demasiado elocuente. Una revolución se sabe cómo empieza; es más difícil decir cuál será su desenlace una vez desencadenada…

Todas estas razones nos inclinan a eliminar como muy improbable la primera perspectiva. La segunda perspectiva, la más probable a nuestro juicio, es el compromiso entre la dictadura, ciertos elementos del antiguo régimen y la burguesía industrial… compromiso que hallaría su expresión en un régimen seudoconstitucional que, actualmente, no podría ser más que transitorio, como lo es, en general, la situación. Será necesario, sin embargo, conceder cierta libertad a las organizaciones obreras, a la prensa, a la propaganda y la agitación. Esto unido a la crisis general del país, al descontento creciente de las masas, no hará más que agravar la situación. Surgirán agitaciones obreras, huelgas, la cuestión del poder se planteará de nuevo en toda su integridad”.

El lector nos perdonará la extensión del extracto que hemos reproducido. Los acontecimientos se han desarrollado en sus líneas generales en la forma prevista por nosotros. La situación creada en España a partir de la subida al poder del general Berenguer, ha correspondido fundamentalmente a nuestra previsión.

Desde la caída de Primo de Rivera al 14 de abril, España ha vivido bajo ese régimen semidictatorial, semiconstitucional, que anunciábamos en nuestro artículo como el único posible en aquella situación. Pero ese estado de cosas no podía durar. Se trataba de un aplazamiento, no de una solución. Las contradicciones que existían antes del 13 de septiembre de 1923 no sólo persistían, sino que se agravaban. Aumentó el déficit comercial, el volumen de la Deuda.

Si en el curso del año 1929 el cambio de la libra esterlina fue, por término medio, de 33,161, en 1930 fue de 41,927. En la primera mitad del año 1929 el número de quiebras fue de 40; en el mismo período del año 1930, de 48. El número de suspensiones de pagos pasó de 31 en 1929, a 55 en 1930. La renta de aduanas acusa una disminución: pesetas 2.455.100 de enero a noviembre de 1929, 2.230.300 en el mismo período del año pasado. El tonelaje de la marina mercante, era en 1929 de 1.231.912 toneladas y de

1.207.093 en 1930. La emisión de capitales fue en 1930 la mínima registrada en la última década: 969 millones, contra 2.497 millones en 1929. Finalmente, el índice de precios al por mayor pasa de 183 a 190 por lo que se refiere a las substancias alimenticias y de 179 a 181 por lo que respecta a las materias industriales.

Donde la crisis se ha dejado sentir con más intensidad ha sido en la agricultura. La cosecha de trigo fue de 36.000.000 de quintales métricos. El mercado interior necesita 37. La producción del vino, que en 1929 fue de 24.997.565, descendió el año pasado a 16.660.384. La cosecha de olivas fue el 36% de la cosecha media. Es en Andalucía donde la crisis ha alcanzado caracteres de mayor gravedad. Según los datos oficiales, había a principios de 1931 más de cien mil jornaleros agrícolas sin trabajo.

Todo esto tuvo una repercusión directa sobre la situación de las masas populares, cuyo descontento fue creciendo sin interrupción.

El problema del país no podía resolverlo ningún emplaste. Todas las tentativas, todas las maniobras realizadas por la monarquía, desde la llamada al poder de Sánchez Guerra y las negociaciones entabladas con los capitostes republicanos presos en Madrid, hasta la formación del gobierno del almirante Aznar, en el cual se concentraron las últimas reservas de la monarquía, resultaron completamente ineficaces.

IV. La caída de la monarquía

La monarquía había agotado todos sus recursos y se hallaba en un callejón sin salida. Los hombres más perspicaces del antiguo régimen dejaban al rey en la mayor soledad, abandonando a la monarquía del mismo modo que las ratas, azoradas, abandonan el buque que se va a pique.

En estas circunstancias el régimen tenía que caer, y cayó. ¿Cómo se explica que esa monarquía secular, que tantas pruebas había resistido, se desplomara sin que fuera necesaria la acción violenta de las masas? Los demócratas burgueses de todos los matices se han esforzado en presentar este hecho como un argumento irrebatible contra los que sostienen que la revolución no puede realizarse más que mediante la acción violenta. España (dicen) ha dado un ejemplo magnífico al mundo y ha pasado de un salto de su semibarbarie de ayer a la vanguardia de los países más avanzados. Hay que confesar que este argumento ha producido una gran impresión no sólo entre las masas pequeño burguesas del país, inclinadas por esencia a la candidez, sino aun entre una parte de la clase trabajadora, y, lo que es peor, de los militantes del movimiento obrero. Así, por ejemplo, hemos podido leer en Solidaridad Obrera, órgano oficial de la Confederación Nacional del Trabajo, un artículo en el que se decía: “En un régimen de libertad la revolución incruenta es aún más posible, más fácil que bajo la monarquía” (número del 23 de abril), y Pestaña, pocos días después de la proclamación de la República declaraba en una asamblea sindical, y lo ratificaba recientemente en una conferencia dada a los estudiantes de la Universidad de Barcelona, que los últimos acontecimientos habían demostrado la posibilidad de una evolución pacífica hacia el comunismo libertario.

Al observador superficial puede producirle, en efecto, una profunda impresión el hecho de que la República española se proclamara sin violencia alguna. Sin embargo, quien haya seguido de cerca el desarrollo de los acontecimientos durante estos últimos meses, no se sentirá sorprendido en lo más mínimo por este desenlace insólito. Hay que decir que los primeros sorprendidos fueron los propios republicanos, hasta tal punto que puede decirse, parodiando la frase de un famoso empresario de teatros barcelonés, que los acontecimientos del 14 de abril fueron un éxito “que sorprendió a la misma empresa”.

Digamos ante todo, que el 14 de abril transcurrió sin lucha y el cambio de régimen se ha efectuado de un modo tan incruento por la razón fundamental de que en España no ha habido revolución. En efecto, ¿qué es una revolución? “Una revolución (decíamos en nuestra obra Las dictaduras de nuestro tiempo) es un movimiento popular que destruye las bases económicas del régimen existente para asentar las de un nuevo sistema. En este sentido (que es el único exacto) puede hablarse de revolución turca y de revolución rusa, puesto que la primera ha destruido un sistema semifeudal, ha abatido el imperialismo y abierto camino a la evolución capitalista del país, y la segunda ha derribado la burguesía para edificar una sociedad basada en la propiedad colectiva de los medios de producción”. Los acontecimientos del 14 de abril no han modificado para nada la base económica del régimen y, por consiguiente, no ha habido revolución. Como para desvanecer toda duda sobre el particular, el gobierno provisional, en su primera nota oficiosa, publicada dos días después de la caída de la monarquía, proclamaba solemnemente la intangibilidad del derecho de propiedad. No podía ser de otro modo: la burguesía, e incluso una buena parte de los elementos feudales del país, representados directamente en el gobierno por los señores Alcalá Zamora y Miguel Maura, se hicieron republicanos con el fin de salvar lo que ya no era posible salvar bajo la monarquía: sus intereses económicos. De no haber adoptado esta actitud inteligente, dictada por el interés de clase, el régimen habría caído inevitablemente más tarde, pero en ese caso, hubiera sido barrido por la revolución popular, cuyas consecuencias posibles aterrorizaban a las clases privilegiadas españolas. Es indudable que el deseo de evitar esa explosión popular fue uno de los motivos más importantes que impulsaron a una gran parte de dichas clases a abandonar a la monarquía. En estas circunstancias, al régimen monárquico le estaba reservada la misma suerte que a la dictadura de Primo de Rivera: caer como un fruto podrido, sin hallar el menor sostén en el país.

El hecho de que la jornada del 14 de abril no pueda ser considerada como una revolución, no significa, ni mucho menos, que en España no haya pasado nada. La caída de la monarquía representa una etapa importantísima en la historia de la revolución española, que se halla aún relativamente lejos de su etapa final. Para nosotros, los comunistas, la cuestión de la forma de gobierno no es indiferente. La caída de la monarquía representa la desaparición de uno de los vestigios feudales más importantes. Porque aunque no fuera más que por el hecho de que gracias al cambio de régimen desaparece la cuestión previa de la forma de gobierno, que hacía que una gran parte de la clase trabajadora se desviara del terreno de la lucha de clases, habríamos de saludar con entusiasmo la jornada del 14 de abril. Como decía Kautsky, en los tiempos en que era todavía revolucionario, “la república es la forma de gobierno bajo la cual los antagonismos sociales hallan la expresión más acentuada”.

Ha pasado, pues, alguna cosa. Habría ocurrido, indudablemente, algo más sustancial si el proletariado, en vez de convertirse, como se ha convertido, en un apéndice de la izquierda burguesa, hubiera tenido una política de clase propia. ¿Qué hemos visto en realidad? Los socialistas han actuado abiertamente en coalición declarada con los republicanos. La misma política han seguido, aunque en una forma más encubierta, los anarcosindicalistas. Desde la dictadura de Primo de Rivera hasta aquí, la Confederación Nacional del Trabajo no ha tenido política propia, sino que ha subordinado enteramente su actuación a la de los partidos republicanos. Así hemos visto el hecho paradójico de que esta misma Confederación que en 1929 desautorizaba a Peiró, uno de sus militantes más destacados, por haber firmado un manifiesto, junto con elementos republicanos, en el cual se incitaba a formar el frente único de todos los “elementos liberales” para derribar la monarquía, practicaba en realidad esta política y, a pesar de su apoliticismo, se adhería al “pacto de San Sebastián”, y apoyaba directamente, en las elecciones del 12 de abril, a la izquierda republicana de Macià. Villaverde, militante de la Confederación, lo declaraba abiertamente hace poco desde la tribuna del Ateneo de Madrid.

La clase obrera, que durante la dictadura, ha visto clausurar sus organizaciones, perseguir sus militantes, amordazar su prensa, disminuir sus salarios, violar la jornada de ocho horas, confiaba en que la República abriría un período de libertad de desarrollo para sus organizaciones. Deshacerse de la monarquía, causa principal, a sus ojos, de todos los males, constituía una obsesión para el proletariado. Y como en la arena política del país no aparecían como fuerza política considerable más que los partidos republicanos, y que, por otra parte, los dirigentes de la Confederación Nacional de Trabajo, la organización revolucionaria de más prestigio en el país, apoyaban directamente la actuación de dichos partidos y renunciaban a toda política independiente, no tiene nada de particular que las masas trabajadoras se desviaran del terreno de la lucha de clases y se dejaran hipnotizar por las ilusiones democráticas.

No somos de los que se dejan descorazonar por este estado de espíritu temporal de nuestro proletariado. Estas ilusiones, psicológicamente comprensibles, no tardarán en desaparecer. Los hombres de la república serán en este sentido nuestros auxiliares más preciosos.

Pero sería funesto confiar exclusivamente en una evolución paulatina de la conciencia de las masas sin que por nuestra parte hiciéramos nada para acelerar esta evolución. La historia no espera, y sería de consecuencias fatales para el porvenir de la revolución española que en los momentos graves y decisivos que se acercan, la clase trabajadora no estuviera preparada para desempañar el papel que históricamente le está reservado.

V. El carácter de la República Española

Paciente y tenazmente hay que poner de manifiesto ante las masas trabajadoras de nuestro país el carácter de la república implantada el día 14 de abril. Antes era un parte de las clases dirigentes la que dominaba bajo la cubierta del rey, hoy será toda la burguesía la que después de haberse puesto el traje de baile de la república (según la expresión de Marx) reinará en nombre de todo el pueblo. Todo ataque a los privilegios escandalosos de la burguesía y de los terratenientes será considerado como un atentado al régimen republicano, representante, según la ficción democrática, de los intereses de todas las clases del país.

El frente único contra el comunismo, formado por todos los elementos republicanos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, es muy elocuente en este sentido. Y las persecuciones contra los comunistas, que no tienen nada que envidiar a las de los mejores tiempos de la monarquía, no son más que el preludio de la gran ofensiva que se prepara contra el proletariado revolucionario. Desde el punto de vista de los intereses de clase que representan y defienden, la actitud de los hombres de la República no puede ser más lógica. El comunismo es la única tendencia que se propone hacer la revolución, esa misma revolución que la burguesía ha querido evitar proclamando la República. Y por ello no contenta con las medidas represivas, procura desacreditar a los comunistas a los ojos de las masas populares acusándoles de convivencia con la extrema derecha reaccionaria, de la misma manera que los hombres del gobierno provisional ruso de 1917 acusaban a los bolcheviques de estar al servicio del Estado Mayor alemán.

En realidad, la proclamación de la República no ha sido más que una tentativa desesperada de la parte más clarividente de la burguesía y de los grandes terratenientes para salvar sus privilegios. En este sentido, la composición del gobierno provisional es extremadamente significativa. La presidencia y el Ministerio de la Gobernación se hallan en manos respectivamente de Alcalá Zamora y de Miguel Maura, católicos fervientes, representantes típicos del feudalismo y del unitarismo absolutista y reaccionario; la cartera de Hacienda la detenta el socialdemócrata Prieto, estrechamente ligado al capital financiero vasco; el ministro de Economía, Nicolau D’Olwer, es el representante de la banca catalana; finalmente, al frente del Ministerio del Trabajo se halla Largo Caballero, líder socialista, ex consejero de Estado bajo la dictadura, secretario de la central sindical reformista, Unión General de Trabajadores, y cuya misión en el gobierno es bien clara: ahogar el movimiento obrero, domesticarlo, para mayor provecho de la consolidación del régimen de explotación burguesa bajo la forma republicana.

El origen y la composición del gobierno provisional lanza una luz muy viva sobre el carácter de la segunda República española, a la cual se puede aplicar perfectamente el juicio que merecía a Marx la república proclamada en Francia en febrero de 1848. “La joven república [decía] consideraba que su mérito principal consistía en no asustar a nadie, al contrario, en asustarse a sí misma y defenderse con su propia debilidad, creyendo así desarmar a los enemigos”. La preocupación esencial de gobierno consiste en dejar intactas las bases en las cuales se apoyaba la monarquía y en evitar el desbordamiento de las masas populares, que tienden, naturalmente, a exigir la realización integral de la revolución democrática.

Es evidente que un gobierno parecido no puede resolver ninguno de los problemas fundamentales de la revolución democrática: el de la tierra, el de las nacionalidades, el de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el de la transformación del aparato administrativo burocrático del antiguo régimen y el de la lucha contra la reacción.

En su primera declaración, el gobierno provisional, se expresaba en términos que muestran claramente su decisión de dejar intactas las bases de la gran propiedad agraria. Sobre el particular no formula más que una afirmación bien precisa: “La propiedad privada está garantizada por la ley”, y “no podrá ser expropiada más que por razones de utilidad pública y con la indemnización correspondiente”. Como solución, la nota se limitaba a formular la promesa vaga de que “el derecho agrario debe responder a la función social de la tierra”. Es evidente (el decreto sobre la reforma agraria publicado posteriormente lo demuestra con creces) que la República no tiene la menor intención de atacar los derechos sagrados de los grandes propietarios y las supervivencias feudales, que bajo la forma de foros, aparcería, rabassa morta, arrendamientos, etc., subsisten en el país.

En la cuestión de las nacionalidades, una de las más graves de España, la actitud adoptada por el gobierno de Alcalá Zamora es no menos significativa. Es indiscutible que la proclamación de la República en Madrid, fue el acto más revolucionario realizado el 14 de abril. Un gobierno auténticamente democrático debería haber reconocido sin reservas un acto que contaba con la aquiescencia indiscutible de la mayoría aplastante del pueblo catalán. El nuevo poder central se ha levantado contra la joven República y ha dado la prueba de un espíritu chovinista, absorbente, asimilista, que no tiene nada que envidiar al del poder central monárquico desaparecido.

Por lo que se refiere a las relaciones con la Iglesia, el gobierno provisional ha proclamado su deseo de mantener un contacto amistoso con la Santa Sede, limitándose prácticamente a decretar la libertad de cultos y la secularización de los cementerios, sin decir una palabra del que constituye una de las reivindicaciones tradicionales de la democracia, la separación de la Iglesia y del Estado, ni de la confiscación de los bienes de las congregaciones religiosas, ni de la expulsión de estas últimas.

¿Y el aparato del Estado? Sigue siendo el mismo del antiguo régimen. Sus partidarios más ardientes continúan ocupando los cargos más importantes.

En fin ¿qué serias medidas ha tomado el gobierno provisional para hacer frente a los golpes probables de la reacción que conspira y puede contar, en un momento decisivo, con las fuerzas armadas del antiguo régimen, que la República no sólo ha dejado intactas, sino que las emplea para ametrallar a los obreros? No creemos sea necesario demostrar la lenidad del gobierno en este sentido; si, por espíritu de conservación y bajo el impulso de las masas, ha tomado recientemente algunas medidas represivas contra los elementos monárquicos más destacados, no es menos cierto que dejó escapar a Alfonso de Borbón, a los dirigentes de las organizaciones de asesinos fundadas por el ex-gobernador civil de Barcelona general Martínez Anido, que no toma medidas radicales contra los oficiales del ejército que realizan una propaganda monárquica abierta y conspiran contra el nuevo orden de cosas, que mantiene en pie a los somatenes a pesar del decreto de disolución y asimismo a la Guardia civil, esos verdugos de la clase obrera, profundamente odiados de las masas y que recientemente han tenido la insolencia de publicar un manifiesto amenazando con aplastar el movimiento revolucionario de la clase obrera. Nunca, ni aun en los tiempos de la monarquía, ese cuerpo armado había tenido la audacia de lanzar un reto tan descarado a la clase trabajadora.

Todo esto demuestra de una manera indiscutible lo que hemos sostenido constantemente durante esos últimos meses: que la revolución democrático burguesa no puede ser realizada por la burguesía, que dicha revolución no puede ser obra más que del proletariado en el poder, apoyándose en las masas campesinas, las cuales representan en nuestro país el setenta por ciento de la población trabajadora. Más concretamente: la revolución democrático burguesa no podrá ser realizada en España más que mediante la instauración de la dictadura del proletariado.

VI. La Táctica de los comunistas

De aquí se deduce la táctica que debe seguir el proletariado revolucionario. La línea estratégica es clara: sólo la clase obrera puede resolver los problemas que tiene planteados la revolución española, sólo la instauración de la dictadura del proletariado puede significar el coronamiento del proceso revolucionario porque atraviesa nuestro país. Pero una cosa es la estrategia y otra la táctica. Esta debe adaptarse a las circunstancias objetivas de cada momento concreto, sin perder nunca de vista, naturalmente, el fin estratégico perseguido.

En el momento actual predominan en el proletariado y en las masas populares del país las ilusiones democráticas. Nuestra misión debe consistir en desvanecer esas ilusiones demostrando, por la crítica constante de los hechos, la imposibilidad para la burguesía de dar satisfacción a ninguna de las aspiraciones de las masas, y en impulsar esas últimas a la acción enérgica y constante para conseguir que la revolución democrática sea llevada hasta las últimas consecuencias. Nadie es tan enemigo como los comunistas de los golpes de mano, de los putchs. La revolución proletaria no se puede realizar más que apoyándola en las grandes masas del país. Y por ello nuestra misión esencial debe consistir en conquistarnos a esas masas. Cuando éstas están hipnotizadas aún por la ilusión republicana, cuando no cuentan con grandes organizaciones susceptibles de canalizar el movimiento, tales como los soviets o las Juntas Revolucionarias, cuando los sindicatos son aún relativamente débiles, cuando no existen consejos de fábrica y, sobre todo, cuando falta en España un gran partido comunista, cerebro y brazo de la revolución, hablar de la toma del poder por la clase trabajadora es pura demagogia que no puede conducir más que a las aventuras estériles y, en fin de cuentas, a la derrota sangrienta del proletariado.

Por arraigadas que estén las ilusiones democráticas, no es imposible, ni mucho menos, destruirlas. Es más, este proceso se puede realizar con relativa rapidez. En los períodos revolucionarios como el actual, la conciencia de las masas trabajadoras se desarrolla con rapidez incomprensiblemente mayor que en los períodos normales. Los acontecimientos de mayo constituyen ya en este sentido un síntoma alentador. Dichos acontecimientos, que constituyen una seria advertencia para los gobernantes, demostraron que las masas empiezan a darse cuenta de la falta de decisión revolucionaria, de la lenidad extraordinaria de los hombres de la República. Indignadas ante la benevolencia con que el gobierno permitía las procacidades de la reacción monárquica, las masas trabajadoras expresaron su descontento por un medio que, aunque primitivo, no dejó de ser eficaz: pegando fuego a los conventos. No creemos nosotros que éste sea el procedimiento más indicado, todo lo contrario. Si las masas trabajadoras hubieran contado con organizaciones políticas propias, el movimiento hubiera sido dirigido y canalizado por estas últimas. A falta de ellas, las masas expresaron su voluntad como pudieron. Y en este caso la violencia con que la indignación popular se expresa, no puede asustar más que a los elementos conservadores. Cuando esta indignación se desborda, es inútil querer canalizarla por cauces legales. Es como si se intentara reglamentar la tempestad. Y la naturaleza no puede convocar las Constituyentes antes de desencadenar la tormenta.

Exigir que se realice verdaderamente la revolución democrática debe ser hoy nuestro grito de batalla. Hay que demostrar que el problema de la tierra, problema fundamental de la revolución democrática, no puede ser resuelto con decretos y declaraciones vacuas, con la creación de comisiones cuyo fin esencial consiste en esquivar la solución revolucionaria, que la única manera de resolver dicho problema consiste en abolir el derecho de propiedad privada sobre la tierra, expropiando a los terratenientes y estableciendo el principio de que la tierra debe ser para el que la trabaja.

Con respecto a la cuestión de las nacionalidades, es preciso hacer ver a las masas que no hay más que un medio de resolverlo: reconocer el derecho indiscutible de los pueblos a disponer libremente de sus destinos, sin excluir el derecho a la separación, si ésta es la voluntad evidente de la mayoría.

Hay que saludar las medidas tomadas por el gobierno provisional, bajo la presión de las masas populares, contra los elementos reaccionarios. Pero hay que decir al mismo tiempo que esta lucha será completamente ineficaz si no se destruye la base en que se apoyaba la reacción: la Iglesia y la propiedad feudal, y si, como complemento indispensable, no se disuelve la Guardia Civil, encarnación viva de la monarquía despótica desaparecida, y se arma el pueblo.

Las masas populares se contentarán cada día menos con las frases pomposas sobre la democracia y la libertad y exigirán que éstas tengan un contenido real. La primera medida democrática debe consistir en destruir el aparato burocrático-administrativo en que se apoyaba la monarquía, instituir el verdadero sufragio universal y no la parodia del mismo que nos ha brindado recientemente el gobierno de la República con su reforma electoral. En efecto, no se puede hablar de sufragio universal cuando no se reconoce el derecho del voto a las mujeres, ni a esa juventud que un papel tan brillante ha desempañado durante esos últimos años en la lucha contra la monarquía. El verdadero sufragio universal debe consistir en conceder el derecho de voto a toda la población adulta, sin distinción de sexo, sin hacer una excepción para los soldados, a partir de los diez y ocho años.

Finalmente, la clase obrera ha de reclamar, por su parte, que sea garantizada completamente su libertad de organización y de propaganda, que se liquide esa triste herencia de la dictadura que son los Comités paritarios, que se acabe con las persecuciones de los elementos revolucionarios del proletariado.

Es en este el terreno exclusivamente, lo repetimos, en el que se podrá conquistar a las masas y llevarlas, por su propia experiencia, al terreno de la lucha directa contra la dominación burguesa.

 VII. Las lecciones de la experiencia histórica

En estas circunstancias se comprenderá cuán importante es la labor de propaganda. En esta labor, el ejemplo de las revoluciones anteriores debe ser presentado constantemente a las masas a fin que aprendan a evitar los errores cometidos por sus hermanos de clase en otros países, y cuya repetición conduciría inevitablemente al proletariado a la derrota.

La historia nos ofrece tres ejemplos característicos cuya lecciones debe aprovechar la clase obrera: la Revolución francesa de 1848, la Revolución rusa y la Revolución china.

 a) La experiencia de la revolución francesa de 1848

La revolución francesa de 1848, es una de las más aleccionadoras por los puntos de contacto que, en sus rasgos fundamentales, tiene con la española. El levantamiento de 1848 tuvo su origen inicial en una cuestión aparentemente secundaria: la reforma electoral. Pero el proletariado, que llevó la lucha a las barricadas, le dio un carácter profundamente revolucionario, obligando a la burguesía a proclamar la República y a dar a ésta un matiz, ya que no un contenido, social. En Francia, como aquí, la caída de la monarquía y la proclamación de la República suscitó inmensas ilusiones democráticas entre las masas. Lamartine decía que la revolución del 48 había puesto término al equívoco del antagonismo entre las clases, y que en lo sucesivo todos los franceses se fundirían en una gran democracia, cuyo común dominador sería la fraternidad (Fraternité). En realidad, la revolución de febrero de 1848 señaló el coronamiento de la dominación burguesa.

El gobierno provisional de 1848 tiene, por su origen y composición, muchos puntos de contacto con el gobierno provisional de la II República española. La analogía en este sentido no puede ser más sorprendente. Claro está, que nos referimos a sus características fundamentales, sin que con ello queramos decir que la coincidencia sea absoluta. Han pasado desde entonces muchos años y las circunstancias históricas no son absolutamente las mismas. En aquel entonces, por ejemplo, en Francia no había aún un gran proletariado industrial y el problema nacional, que desempeña aquí un papel tan importante, no estaba planteado en el país vecino. Esta última circunstancia ha hecho, por ejemplo, que surgieran en España dos gobiernos, el del poder central representante típico de la gran burguesía, y

el gobierno de la Generalidad de Cataluña, representante típico de la pequeña burguesía radical. Aquí, como en Francia, tienen una participación considerable en el gobierno los representantes de esa pequeña burguesía y así, si en el gobierno provisional de 1848 había socialistas a la violeta tales como Louis Blanc y Albert, hay entre los gobernantes de nuestra república, socialistas del mismo carácter, tales como Serra y Moret y Fernando de los Ríos. Para que la analogía histórica sea aún más evidente, hagamos notar que si el gobierno provisional de 1848 tenía a un poeta, Lamartine, la República actual tiene a un Ventura Gassol, del cual se puede decir, como decía Marx refiriéndose a aquél, que es la revolución misma, con sus ilusiones y sus frases. Bien es verdad que hay también en el gobierno socialistas de otro tipo, para los cuales los acontecimientos de los últimos años (la guerra, las revoluciones rusa y alemana, la experiencia de la colaboración de clases) no han pasado en vano. Esos socialistas (hemos nombrado a Prieto y Largo Caballero) no están llamados a desempeñar el papel que correspondió en el pasado a los socialistas sentimentales a lo Louis Blanc, sino el que han desempeñado los perros de presa de la burguesía, tales como Noske en Alemania.

En 1848 el proletariado, que luchó heroicamente en las barricadas, en vez de atacar de frente al régimen burgués, se convirtió en un simple apéndice de la pequeña burguesía radical. El resultado de esta política fue la sangrienta derrota del mes de junio, que cimentó la dominación burguesa, aplastó al proletariado por largos años y preparó el golpe de Estado de Napoleón III. El instrumento de esa reacción fue un general republicano, Cavaignac. Estos acontecimientos señalaron el desastre de la ideología pequeño burguesa. Es ésta una lección que la clase trabajadora de nuestro país debe tener muy en cuenta. Desgraciadamente, en estos últimos años, la clase obrera española, dirigida por los anarcosindicalistas y los socialistas, no ha tenido una política de clase independiente, y se ha limitado a hacer servilmente el juego a la izquierda radical burguesa. Si nuestro proletariado no se apresura a librarse de la influencia de esta última, y a adoptar una política propia, será aplastada irremisiblemente por la burguesía, y las jornadas apoteósicas del mes de abril serán seguidas inexorablemente, en un porvenir más o menos próximo, de unas jornadas de junio, para las cuales no faltará un Cavaignac, más o menos republicano.

Como esta cuestión tiene una importancia fundamental para el porvenir de la revolución española, pediremos perdón al lector por nuestra insistencia.

La política pequeño burguesa, por radical que aparezca exteriormente, no pude conducir más que a la derrota del proletariado. Es ésta una consecuencia directa de la situación que dicha clase ocupa en el sistema económico capitalista. Karl Marx, que ha publicado magníficos estudios sobre la Revolución francesa de 1848 y la restauración napoleónica (La lucha de clases en Francia y El XVIII Brumario de Luis Bonaparte) dice a propósito de la pequeña burguesía radical francesa: “Reclama instituciones republicanas democráticas, no para suprimir los dos extremos, el capital y el asalariado, sino para atenuar el antagonismo de los mismos y transformarlo en armonía. Sea cual sea la diversidad de los medios propuestos para conseguir este fin, y a pesar del carácter más o menos revolucionario de las ideas que se unen al mismo, el fondo sigue siendo idéntico: se trata de transformar la sociedad apoyándose en la democracia, pero sin ir más allá de los límites de la pequeña burguesía. No hay que imaginarse, dejándose llevar por una idea estrecha, que la pequeña burguesía quisiera, en principio, hacer prevalecer un interés egoísta de clase. Ella se imaginaba, por el contrario, que las condiciones particulares de su emancipación son las únicas condiciones generales susceptibles de salvar a la sociedad moderna y de evitar la lucha de clases. No hay que imaginarse tampoco que los representantes demócratas sean todos unos tenderos. Su cultura y su situación individual pueden alejarlos de éstos considerablemente. Lo que hace de ellos los representantes de los pequeños burgueses es que no pueden sobrepasarlos en la práctica y que, teóricamente, se ven empujados a los mismos problemas y a las mismas soluciones que el interés material y la situación social imponen prácticamente a los segundos. Tal es, por otra parte, la relación que existe ordinariamente entre una clase y sus representantes políticos y literarios”.

Hemos insistido particularmente sobre el papel de la pequeña burguesía radical en los grandes acontecimientos políticos, precisamente porque esta clase social desempeña un gran papel en la vida política de nuestro país. En Cataluña, muy principalmente, el gobierno de la Generalidad tiene un carácter netamente pequeño burgués. Y ya en sus primeros pasos ha puesto de manifiesto la indecisión, las vacilaciones características de esa clase social. Los hombres dirigentes de la República en Cataluña han prodigado las frases revolucionarias y demagógicas. En vísperas de las elecciones municipales de abril, los oradores de la Izquierda Republicana, capitaneada por el señor Macià, llevaban a cabo una agitación casi comunista, con lo cual, dicho sea de paso, consiguieron incluso atraerse a una gran parte de la clase trabajadora. Pero como sucede siempre con la pequeña burguesía, todo esto no ha pasado de fraseología pura, y la acción, desde el gobierno de la Generalidad, no ha correspondido ni mucho menos al tono amenazador y violento de las declaraciones públicas. Y es que, citando nuevamente unas frases lapidarias de Marx, que parecen escritas para nuestra situación: “las amenazas revolucionarias de los pequeños burgueses y de sus representantes demócratas no persiguen otro fin que intimidar a los adversarios. Y cuando han emprendido un camino sin salida y se han comprometido suficientemente para verse obligados a la ejecución de sus amenazas, recurren al equívoco, esquivan, ante todo, los medios de la realización y buscan pretexto para la derrota. La obertura brillante que anunciaba el combate se transforma en un débil murmullo, así que el combate ha de empezar, los actores acaban por no tomarse en serio ellos mismos y la intriga se acaba como un globo que una picada de aguja ha deshinchado”.

b) La experiencia de la Revolución rusa

Otra de las experiencias que el proletariado no debe olvidar es la Revolución rusa.

Entre la situación de Rusia en vísperas de la revolución y la de España hay una analogía de una evidencia sorprendente. En Rusia, como en España, la creación del Estado unificado y centralizado precedió al desarrollo del capitalismo, y la unidad obtenida fue una unidad absolutista y despótica, caracterizada por la más irritante desigualdad nacional. En Rusia, como en España, el poder había sido monopolizado por la clase de los terratenientes, y allí como aquí no se había realizado la revolución burguesa característica de los grandes países capitalistas. Finalmente, en Rusia, como aquí, la burguesía era débil, substancialmente regresiva e incapaz de resolver radicalmente los problemas fundamentales de la revolución democrática burguesa: el de la tierra, el de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, el de las nacionalidades, el de la renovación del aparato burocrático administrativo. Y, sin embargo, cuando en febrero de 1917 se derrumbó la monarquía secular de los Romanov por la acción de las masas obreras y campesinas, fue esa misma burguesía regresiva, que temía la revolución, la que tomó el poder precisamente para decapitar a esta última. En este sentido hay también una analogía fundamental con la situación española. En cambio, la diferencia esencial consiste en el hecho de que la hegemonía del movimiento la había ejercido el proletariado, el cual contaba, por otra parte, con los soviets, organismos revolucionarios insustituibles. Esto hizo que desde el primer momento se estableciera una especie de poder dual: el del gobierno provisional y el de los soviets. Como resultado de ello, nació un gobierno de coalición, del cual entraron a formar parte representantes de los partidos que en aquel entonces predominaban en los soviets: los socialistas revolucionarios y los mencheviques. Es, sobre todo, la experiencia de la política de estos partidos eminentemente pequeño burgueses, muy particularmente de la del primero, la que la clase trabajadora de nuestro país debe utilizar.

Los mencheviques y los socialistas revolucionarios creían en la posibilidad de un régimen político democrático, representante de los intereses de toda la población, que resolvería por la vía parlamentaria los problemas fundamentales que la revolución rusa tenía planteados. La experiencia demostró lo utópico de esta concepción. Un gobierno en el cual estaban representadas la gran burguesía industrial y la gran propiedad agraria, ligadas con el imperialismo de la Entente, no podía dar satisfacción a las dos aspiraciones fundamentales de las masas: la paz y la tierra. Desde el poder no se podía practicar más que una política en defensa de los intereses de las clases privilegiadas o una política netamente proletaria, la única que, por otra parte, podía llevar a cabo la revolución democrático burguesa. El gobierno de coalición servía la primera de estas políticas; sólo el derrumbamiento de dicho gobierno y la instauración de la dictadura del proletariado podía llevar a cabo la segunda. Esto es lo que se esforzaron en demostrar los bolcheviques a las masas obreras y campesinas del país, las cuales acabaron por persuadirse, en la práctica, de que la única solución viable y eficaz era la bolchevista.

Durante los ocho meses en que estuvo en el poder el gobierno provisional, no se resolvió ninguno de los problemas esenciales de la revolución democrático burguesa. La fuerza armada del nuevo régimen fue mandada contra los campesinos que habían intentado expropiar a los terratenientes. En la cuestión nacional, el gobierno provisional siguió la misma política absorbente y asimilista del zarismo. Al frente del ejército continuaron los mismos hombres de ayer, y el aparato burocrático administrativo quedó en manos de los elementos del antiguo régimen.

Los grandes partidos pequeño burgueses fueron el juguete de los grandes propietarios e industriales, y las masas, hipnotizadas antes por la propaganda demagógica de esos partidos, acabaron por volverles la espalda cuando vieron que ninguna de sus aspiraciones eran satisfechas. El resultado de la política de los socialistas revolucionarios y los mencheviques fue en Rusia la tentavia contrarrevolucionaria del general Kornilov. Esta tentativa fracasó porque esos partidos pequeño burgueses habían perdido mucho terreno entre las masas, y el partido bolchevique había conseguido ya ejercer una influencia considerable sobre las mismas. De no ser así, y de no existir por añadidura organizaciones tales como los soviets, es muy probable que Kornilov habría barrido el gobierno provisional y restablecido la autocracia. La lección es tanto más útil para España cuanto, desgraciadamente, la clase trabajadora no cuenta en la actualidad ni con organizaciones de masas tales como los soviets, ni con un potente partido comunista. Esto aumenta el peligro de un golpe de Estado reaccionario.

Es evidente, que la aparición de Kornilov y su tentativa contrarrevolucionaria no hubieran sido posibles sin la existencia de esa política de la pequeña burguesía radical, que demostró una vez más su impotencia. Los representantes de esos partidos, cuando los bolcheviques anunciaban la posibilidad del peligro contestaban: “Si viene un Cavaignac lucharemos todos juntos”. En contestación a esto, Lenin publicó un artículo magnífico, que puede ser calificado de clásico. Se titula dicho artículo “¿Cuál es el origen social de los Cavaignac?”, y sus enseñanzas son tan preciosas para la clase trabajadora en general y para el proletariado español en particular, que no vacilamos en reproducir una gran parte del mismo, seguros de que el lector nos perdonará la extensión del extracto.

“Recordemos el papel de clase de Cavaignac (decía Lenin). En febrero de 1848 es derrocada la monarquía en Francia. Los republicanos burgueses están en el poder. Como nuestros k.d., “quieren el orden”, considerando como tal la restauración y la consolidación de los instrumentos monárquicos de opresión de las masas: la policía, el ejército permanente, la burocracia privilegiada. Como nuestros k.d., quieren poner término a la revolución, odiando al proletariado revolucionario que en aquel entonces tenía aspiraciones “sociales” (esto es socialistas) muy indefinidas. Como nuestros k.d. (Cadetes), se mostraban implacablemente hostiles a la política de transportar la revolución a toda Europa, a la política de convertir a aquella en revolución proletaria internacional. Como nuestros k.d. utilizaban hábilmente el “socialismo” pequeño burgués de Louis Blanc, a quien tomaban como ministro, convirtiéndolo de jefe de los obreros socialistas, que quería ser él, en un apéndice de la burguesía.”

“Tales fueron los intereses de clase, la posición y la política de la casta dominante.”

“Otra fuerza social fundamental era la pequeña burguesía, vacilante, asustada por el espectro rojo y que se dejaba influenciar por los gritos contra los “anarquistas”. En sus aspiraciones a un socialismo soñador y verbal, la pequeña burguesía temía confiar la dirección de la revolución al proletariado revolucionario, no comprendiendo que este temor les condenaba a depositar la confianza en la burguesía. Pues en una sociedad de lucha de clases encarnizada entre la burguesía y el proletariado, sobre todo con la exacerbación inevitable de esta lucha por la revolución, no puede haber una línea “media”. La posición de clase y las aspiraciones de la pequeña burguesía consisten en substancia en querer lo imposible, en aspirar a lo imposible esto es, precisamente a esa “línea media”.”

“La tercera fuerza de clase decisiva era el proletariado, el cual aspiraba no a la “conciliación” con la burguesía, sino a la victoria sobre la misma, al desarrollo audaz de la revolución y, por añadidura, en el terreno internacional.”

“He aquí la base histórica objetiva que engendró a Cavaignac. Las vacilaciones de la pequeña burguesía la “eliminaron” del papel de participante activo, y aprovechando su temor a prestar confianza a los proletarios, el k.d. francés general Cavaignac desarmó a los obreros de París y los ametralló.”

“La revolución se terminó con esta matanza histórica; la pequeña burguesía, numéricamente predominante. era y seguía siendo un apéndice político importante de la burguesía, y tres años más tarde se restauraba nuevamente en Francia la monarquía cesarista en una forma particularmente ignominiosa (…) No es que Tseretelli o Chernov personalmente, e incluso Kerenski, estén llamados a desempeñar el papel de Cavaignac; para esto se encontrarán otros hombres que en el momento oportuno dirán a los Louis Blanc rusos: “Marchaos”, pero los Tseretelli y los Chernov son los jefes de una política pequeño burguesa que hace posible y necesaria la aparición de los Cavaignac.”

“¡Cuándo venga el verdadero Cavaignac, estaremos con vosotros! — (¡Magnífica promesa, espléndido propósito!) Lástima únicamente que ponga de manifiesto la incomprensión de la lucha de clases, típica para la pequeña burguesía sentimental y temerosa. Pues Cavaignac no es una casualidad, su “advenimiento” no es un hecho aislado. Cavaignac es el representante de una clase (la burguesía contrarrevolucionaria), es el realizador, de su política. Y es, precisamente, esa clase, esa política la que sostenéis ya ahora, señores s.r. y mencheviques. A esa clase y a su política dais, a pesar de tener en este momento la mayoría evidente el país, el predominio en el gobierno, esto es, una base magnífica para su actuación”.

Y Lenin termina esta página insustituible con la siguiente conclusión:

“Verbalmente, Louis Blanc se hallaba lejos de Cavaignac como el cielo de la tierra. Louis Blanc había hecho asimismo infinitas veces la promesa de luchar junto con los obreros revolucionarios contra los contrarrevolucionarios burgueses. Y, al mismo tiempo, no habrá ningún historiador marxista, ningún socialista, que dude que fueron precisamente la debilidad, las vacilaciones, la confianza en la burguesía por parte de Louis Blanc las que engendraron a Cavaignac y le aseguraron el éxito”.

Nada se puede añadir a estas palabras definitivas. El lector no tiene más que aplicarlas a nuestra realidad concreta, y sacar de ello las consecuencias prácticas necesarias.

c) La experiencia de la Revolución china

La última experiencia histórica sobre la cual queremos fijar la atención del lector, aunque no sea más que someramente, es la de la Revolución china.

En dicho país, bajo el pretexto de la necesidad de la lucha contra el enemigo común, el imperialismo, el proletariado infeudó sus destinos al Kuomintang, partido eminentemente burgués. La burguesía pudo reforzar así sus posiciones y debilitar las de su enemigo de clase, lo cual le permitió aplastar la revolución popular en el momento oportuno. Durante los años de gran impulso del movimiento revolucionario (1925-1927) la burguesía nacionalista, con el fin de atraerse a las masas trabajadoras y garantizar mejor el éxito del golpe que preparaba contra las mismas, empleaba un lenguaje extremadamente demagógico, no vacilando en declarar su solidaridad completa con la revolución rusa y aun con la III Internacional. A pesar de las advertencias de algunos elementos clarividentes de la Internacional Comunista, muy principalmente de la Oposición de Izquierda acaudillada por el compañero Trotski, los comunistas chinos practicaron una política de colaboración con el Kuomintang, cuya característica esencial fue la pérdida de toda independencia política por parte del proletariado revolucionario y la subordinación del mismo a los intereses de la burguesía nacional. Los resultados de esta política no pudieron ser más funestos: el general Chang-Kai Chek, ensalzado por los propios comunistas como el caudillo de la revolución, aprovechó el momento de la entrada de las tropas del sur en Changai, para dar un golpe de Estado y emprender una represión feroz contra el proletariado. Sin embargo, esta experiencia no fue aprovechada. El partido comunista, de acuerdo con las orientaciones de la Internacional, en vez de reaccionar inmediatamente, aprovechándose del impulso que tenía el movimiento revolucionario, para crear soviets y emprender la lucha contra la burguesía, prestó su apoyo decidido a los elementos de la pequeña burguesía radical que formaban la izquierda del Kuomintang y que constituyeron un gobierno en Wuhan. Las advertencias de la Oposición Comunista de izquierda, esta vez tampoco fueron escuchadas. El resultado no se hizo esperar. Los demócratas de izquierda, acaudillados por VanTsin-Vei (grupo político cuya ideología es de una analogía sorprendente con la de nuestra extrema izquierda burguesa) no fueron más que un juguete en manos de la gran burguesía: bien pronto el ejemplo de Changai fue seguido por Wuhan, y se inició esa terrible represión contra el movimiento revolucionario chino que ha costado torrentes de sangre a los obreros y campesinos de aquel país.

De estos tres ejemplos que hemos citado, el proletariado de todos los países debe sacar las lecciones debidas. Estas experiencias demuestran que la burguesía no persigue más que un fin: consolidar, por todos los medios, su dominación de clase, que la pequeña burguesía de izquierda, a pesar de su fraseología radical, se convierte en el instrumento de los intereses de aquélla y, finalmente que el proletariado, al dejarse influenciar por la izquierda democrática, o lo que es peor, al infeudar sus destinos a la misma, se condena a la propia derrota. Las consecuencias prácticas que de ello debe sacar el proletariado son: no dejarse hipnotizar por la ficción democrática; luchar por la verdadera revolución democrática, lo cual implica la lucha contra la burguesía; sostener una política netamente proletaria, sin concomitancia alguna con la pequeña burguesía radical.

VIII. Perspectivas

¿Dónde va la República española? ¿En qué sentido se desarrollarán los acontecimientos? Lo dicho más arriba nos permite contestar a esta pregunta con una afirmación escueta: si la clase obrera no se organiza sólidamente, reforzando sus sindicatos, creando consejos de fábrica, constituyendo Juntas revolucionarias, y, sobre todo, forjando un potente partido comunista, la república se desarrollará en el sentido de la consolidación de la burguesía y de la inauguración de un período de reacción feroz. Esta reacción puede ser el resultado de un golpe de Estado militar o de la evolución de las propias formas republicanas. Si en Rusia hubo un Kornilov, y un Iriburu en la Argentina, un Ibáñez en Chile y un Carmona en Portugal, esto no significa que haya de ser precisamente un general el instrumento de la reacción burguesa en nuestro país. No olvidemos que si fue un general republicano, Cavaignac, el que en junio de 1848 ametralló a los obreros de París, en mayo de 1871 fue un hombre civil, Thiers, el que ahogó en sangre la “Commune”. Este último ejemplo es particularmente aleccionador para nosotros, por cuanto durante la campaña que precedió a la caída de la monarquía, los hombres del campo republicano, desde los de la extrema derecha a los de la extrema izquierda, nos presentaban precisamente como modelo a Thiers.

El proletariado, aliado con las grandes masas campesinas, es el único capaz de evitar la reacción, impulsando la revolución democrática hasta sus últimas consecuencias y preparando, así, el terreno para la instauración de la dictadura del proletariado.

Entre sectores considerables del movimiento obrero revolucionario (y muy particularmente entre los militantes de la Confederación Nacional del Trabajo) está muy difundida la idea de la posibilidad de un período de tres

o cuatro años de desarrollo pacífico, sin sacudidas, de la organización obrera. Esta idea es un resultado de las ilusiones democráticas a que hemos aludido repetidamente. La posibilidad de un período tal está absolutamente descartada. Los hechos de estas últimas semanas lo confirman de un modo incontestable. La crisis porque atraviesa la burguesía española no podía ser resuelta, porque sus contradicciones son irresolubles en el marco del régimen capitalista. La situación de las masas obreras y campesinas irá agravándose de día en día, y la lucha de clases tomará proporciones cada vez más vastas y caracteres más agudos. En estas condiciones es absolutamente ilusorio imaginarse que la burguesía puede permitir el desarrollo pacífico de las organizaciones obreras. El período que se abre no es, pues, un período de paz, sino de lucha encendida. Y en esta lucha estarán en juego los intereses fundamentales de la clase trabajadora y todo su porvenir. La clase obrera será derrotada si en el momento crítico no dispone de los elementos de combate necesarios: triunfará, si cuenta con estos elementos, si se desprende de todo contacto con la democracia burguesa, practica una política netamente de clase y sabe aprovechar el momento oportuno para dar el asalto al poder.

Los peligros que amenazan al proletariado español son enormes: el proceso iniciado, en vez de terminar en una revolución, puede tener como coronamiento un aborto. Todo dependerá del acierto con que la vanguardia revolucionaria actúe en los acontecimientos que se avecinan.

La burguesía republicana tiene interés en presentar la reunión de las Cortes constituyentes como la etapa final de la revolución. Es éste un error fundamental, que la burguesía tiene un interés comprensible en mantener con el fin de evitar lo que más teme y para lo cual sacrificó, en esencia, a la monarquía: la revolución. La reunión de las Cortes constituyentes no es más que una de las etapas del proceso revolucionario de nuestro país. Las Cortes darán un nuevo impulso al movimiento, y el período deberá ser aprovechado por la clase trabajadora para prepararse. Pero no hay que olvidar, que, sea como sea, disponemos de poco tiempo. En cambio, las tareas que nos incumbe realizar son inmensas. La más urgente es la de la creación del partido. Sin un partido, la clase trabajadora no podría emanciparse, y el proceso revolucionario será contenido por la reacción burguesa. Por esto el deber de todos los revolucionarios españoles sinceros debe consistir en consagrar todos sus esfuerzos a forjar ese instrumento de deliberación de que tiene necesidad indispensable el proletariado. En realidad, el partido hoy no existe. Hay una serie de grupos dispersos, sin ninguna conexión entre sí. No queremos examinar aquí las causas de este triste estado de cosas. Basta consignar que la unificación de todas las fuerzas comunistas españolas sin distinción, se impone como una necesidad urgente e indispensable.

Si conseguimos constituir este gran partido comunista que ha de ser el instrumento de liberación de la clase trabajadora, si logramos hacer comprender al proletariado sus verdaderos fines en la revolución, si sabemos organizarlo en los sindicatos, en los Comités de fábrica, en las Juntas revolucionarias, finalmente, si logramos establecer la unión entre el proletariado y los campesinos, evitaremos que la revolución sea estrangulada y que, según la frase de Marx, “los brillantes castillos de fuegos artificiales de Lamartine, se conviertan en las bombas incendiarias de Cavaignac”.

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[1] “La crise de la dictature militaire en Espagne”, en La Lutte de classes,  nº 18, París.

Escrito en:  1931.
Primera publicaciónEl proletariado español ante la revolución, Biblioteca Proletaria, Barcelona.

El Capital en comic

EL CAPITAL

Dibujos e historietas de Max y Mir sobre “El Capital”, libro primero de K. Marx

La historieta, lejos de la insignificancia de ser un arte menor, posee el impacto comunicativo de la claridad del lenguaje directo. Al interés por esta obra fundamental de Marx unimos así la oportunidad de comprender los conceptos más esenciales por parte de todos. Y cuando escribo “todos” a eso me refiero. Estos conceptos, ideas esenciales contenidas en el primer libro de la obra “El Capital”, han sido editados pensando en la conveniencia de dar a conocer las revolucionarias ideas de Marx a las personas más diversas –lo que no se conoce, o se comprende mal, suele despreciado…- Las páginas que Max y Mir han dibujado ayudan, de manera sencilla y eficaz a que intuyamos algunos de los puntos de partida del marxismo.

En Alemania, con el título “Geschichten von Doppelcharakter”, se editó también una versión de “El Capital”, con guión e historietas de K. Ploeckinger y G. Wolfram, acaeciendo posteriormente en Italia y Francia. Creemos que el trabajo que os presentamos ha mejorado sustancialmente los originales anteriores y esperamos merezca vuestra aprobación.

 

A modo de presentación


“El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética y de las luchas a partir de las cuales se han efectuado esas transformaciones es, por consiguiente, un análisis de máxima actualidad. Lo que está en juego en el desarrollo de tales luchas son precisamente las concepciones que siguen dominando masivamente al movimiento obrero de los países industrializados (concepción que, en su forma “invertida” -es decir, bajo diversas especies de “izquierdismo”- está igualmente presente en los movimientos revolucionarios de los países escasamente industrializados). Analizar lo más concretamente posible, a través de la extraordinaria experiencia de la Unión Soviética, los errores a los que conduce esa concepción constituye una “lección por la vía negativa” para que los que quieren luchar por el socialismo se desembaracen de tales concepciones.

El análisis de lo que ha ocurrido y ocurre en la Unión Soviética reviste especial importancia para los militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas. Estos, en efecto, se encuentran “paralizados” ideológicamente en su capacidad de comprender el pasado de la Unión Soviética y, por eso mismo, su presente. Una manifestación de esta “parálisis” es su recurso a las fórmulas vacías sobre el “culto a la personalidad” o a la actitud consistente en adoptar ciertas distancias con respecto a la Unión Soviética, al mismo tiempo que se multiplican las proclamas de fidelidad a la “patria del socialismo”.

Tales fórmulas y actitudes testimonian una crisis ideológica más profunda de lo que puede parecer, susceptible de ser el preludio de una reflexión que ponga finalmente en entredicho las prácticas reformistas y revisionistas. Esa reflexión debe ser alimentada precisamente por un esfuerzo de comprensión del pasado y presente de la Unión Soviética. De no ser así, estamos condenados a permanecer encerrados en esquemas que oscurecen la historia real. Es visible que los dirigentes revisionistas temen desencadenar tal tipo de reflexión. De ahí las fórmulas mágicas sobre el antisovietismo con que es acogido todo intento de reflexión crítica sobre la historia concreta de la URSS. Semejantes fórmulas no tienen más función que la de intentar prohibir a militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas plantearse cuestiones esenciales, cuestiones que permitirían a las luchas proletarias y populares desembocar en vías diferentes a la triada: reformismo electoral, luchas sindicales pretendidamente independientes de toda organización política y espontaneísmo.

Este análisis de la realidad soviética, de su pasado y de su presente, no es, evidentemente, más que uno de los elementos que pueden favorecer una clarificación ideológica y por tanto ayudar al movimiento obrero -y, más particularmente, al “marxismo” esclerotizado predominante hoy en una gran parte del mundo- a salir del círculo en que hasta hoy parece estar encerrado”.

Ch. Bettelheim

Las Luchas de Clases en la URSS

Primer Periodo (1917-1923)

 

 

 


Las Luchas de Clases en la URSS (Prefacio2)

LAS LUCHAS DE CLASES EN LA URSS
PRIMER PERIODO (1917-1923)

PREFACIO (2ª Parte)
Charles Bettelheim

 

1. EL PREDOMINIO DE LA PROBLEMÁTICA DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

Para responder a esta cuestión no hay que olvidar qué la problemática de las fuerzas productivas -uno de los aspectos de la problemática “economista”- está indisolublemente ligada de forma histórica no solamente al movimiento obrero europeo entre los años 1880 y 1914, sino también, aunque bajo una forma modificada, a la historia de la Revolución rusa (a partir de finales de los años veinte en particular), cuando se hizo el primer intento por construir el socialismo. El prestigio que este intento ha revestido para la gran mayoría de los que, con razón, ven en el capitalismo el sistema “perfecto” de la explotación del hombre por el hombre (sistema que ha producido ya dos guerras mundiales e innumerables guerras de menor envergadura) debería influenciar, en cierto modo necesariamente, a la problemática teórica ligada a esta tentativa.

Pero esta respuesta no lo es más que a medias, pues cabe aún preguntar por qué se ha anudado ese lazo histórico entre el primer intento de construcción del socialismo y las tesis centrales de la problemática que discutimos.

A este segundo aspecto del problema me limitaré, en esta introducción, a avanzar algunos elementos de respuesta. A lo largo del presente volumen (y de los sucesivos) iré desarrollando esos elementos (en la medida que lo exija el análisis de las transformaciones en la formación social soviética).

a) Cese de la lucha contra el “economismo” en el partido bolchevique

Un primer elemento de respuesta remite a la propia ideología del partido bolchevique. Esta, en efecto, y a despecho de las profundas transformaciones sufridas bajo el efecto mismo le su acción revolucionaria y de la lucha ideológica librada por Lenin contra el “economismo”, se encontraba lejos aún de haberse liberado de las concepciones “economistas” en el momento en que -con la desaparición de Lenin- el combate contra el “economismo” deja de caracterizar la lucha ideológica en el seno de este partido.

No sobra recordar que el término “economismo” fue empleado por Lenin para caracterizar críticamente una concepción del “marxismo” que trataba de reducir este último al rango de una simple “teoría económica” desde la que interpretar el conjunto de las transformaciones sociales.

Tal concepción puede revestir diversas formas; cuando no está sistematizada, su papel no puede ser más que relativamente secundario y no debe hablarse entonces más que de “tendencia hacia el economismo”.

Al definir el desarrollo de las fuerzas productivas como motor de la historia, uno de los principales efectos del “economismo” consiste en hacer aparecer la lucha política de clases como producto directo e inmediato de las contradicciones económicas Contradicciones que se supone deben “engendrar” por sí mismas las transformaciones sociales y, “llegado el momento”. las luchas revolucionarias. La clase obrera, en consecuencia, parece espontáneamente impulsada hacia la revolución (siendo innecesaria entonces la tarea de construir un partido proletario); La misma problemática tiende a negar que otras clases explotadas y oprimidas, distintas del proletariado, puedan luchar por el socialismo 1.

El “economismo” -a otro nivel analítico- viene caracterizado por el hecho de tender a identificar las fuerzas productivas con los medios materiales de producción. negando con ello el hecho de que la principal fuerza productiva está constituida por los propios productores. En consecuencia, el “economismo” atribuye un papel preeminente a la acumulación de nuevos medios de producción y a los conocimientos técnicos y no a la iniciativa de los trabajadores en la tarea de construir el socialismo.

El “economismo” puede presentar formas diversas y aun contradictorias. Según varíe la coyuntura de la lucha de clases, puede aparecer como “derechista” o “izquierdista” (en realidad es siempre “derechista-izquierdista”). En el partido bolchevique. el “economismo” ha alimentado algunas posturas de las oposiciones de 1918 y de los años 1920-1925, incluidas las oposiciones sindicales cuyo carácter derechista era particularmente visible 2.

Entre los efectos de “derecha e izquierda” del “economismo” en el seno del partido, hay que mencionar igualmente las posiciones de Bujarin, Trotski y Preobrazenski durante el “comunismo de guerra”. Estas posiciones pretendían el “paso directo al comunismo” mediante un recurso generalizado a la acción del Estado para imponer la militarización del trabajo; la disciplina jerárquica y la requisa y distribución de los productos agrícolas, acción definida como “autodisciplina proletaria”. Esta concepción partía de la identificación abstracta de1 Estado soviético con un “Estado obrero”.

Esta forma de “economismo” presupone que la dirección centralizada de la economía es la “esencia” del “comunismo”. Su carácter “derechista” reside en que somete a los trabajadores a los aparatos coercitivos, pareciendo oponerse a un “economismo de izquierda” que, al menos implícitamente, afirma que la unidad de la clase obrera y la de ésta con las otras clases trabajadoras pueden producirse “espontáneamente” a causa de la “convergencia” de intereses de todos los trabajadores. En realidad, ambas corrientes niegan el papel decisivo de la lucha ideológica y política de clases y la necesidad -para la justa conducción de esta lucha- de un partido marxista-leninista guiado por una línea política correcta. La primera concepción tiende a sustituir la dirección política e ideológica del proletariado por la coerción estatal 3; la segunda da la prioridad a la acción de las organizaciones sindicales. Corno podrá comprobarse más adelante, estas dos “interpretaciones del marxismo” llevaron a que algunos bolcheviques preconizasen, al final del “comunismo de guerra”, la “estatización de los sindicatos” y otros la “sindicalización del Estado”.

Si consideramos necesario insistir aquí tan largamente sobre el “economismo”, no es sólo porque éste haya desempeñado un papel creciente en las secciones europeas de la III Internacional, sino también porque su existencia, bajo una u otra forma, plantea continuamente nuevos problemas al movimiento obrero. Sería ilusorio creer que el marxismo y los partidos marxistas pueden desembarazarse de él “total y definitivamente”, siendo, como es, la forma que adopta la ideología burguesa en el seno del marxismo. Esta ideología está enraizada en el terreno de las relaciones sociales burguesas. que no pueden desaparecer más que con la desaparición de las clases.

La lucha contra el “economismo” forma parte necesariamente de la vida del marxismo. Más aún, es la forma principal que reviste en su seno la lucha ideológica de clase. Marx y Lenin han librado esta lucha en sus propios escritos.

La actividad de Lenin permitió que el partido bolchevique se desembarazase de las formas más simplistas del “economismo”. Sin embargo, las tendencias hacia éste continuaron siendo muy fuertes en su seno. Por ello Lenín tropezó a menudo con muchas dificultades para hacer que prevaleciese su orientación. Y la misma razón explica que el “economismo” haya marcado tan profundamente la forma en que se aplicó La NEP y explica la concepción de la colectivización y La industrialización que ha prevalecido en la Unión Soviética. Tai concepción, en efecto, confería un papel privilegiado a la acumulación y trataba la técnica como Si se encontrase “por encima” de las clases.

Lo dicho hasta ahora no permite comprender más que parcialmente el lazo histórico existente entre el primer intento de construcción del socialismo y el “economismo”. Para comprenderlo más a fondo es preciso desarrollar otras dos series de observaciones: La primera de estas series se refiere a las bases sociales del “economismo”; la segunda a la adopción explícita de un conjunto de tesis “economistas” en el curso de la aplicación de los planes quinquenales.

b) Las bases sociales del “economismo”

Recordemos, sin entrar en un debate que no cabe aquí, que el “economismo” es un producto de la lucha de clases en el seno del marxismo. No tener esto en cuenta significa caer en el idealismo, considerar que las “ideas” se desarrollan por sí solas y ejercen una acción histórica independiente de las contradicciones sociales. Conviene recordar, en primer lugar, que en su forma original el “economismo” surgió en la II Internacional, concretamente en el partido socialdemócrata alemán. Su forma “derechista” estaba vinculada a la existencia en el seno de este partido de un poderoso aparato político y sindical integrado en los aparatos del Estado alemán, Los dirigentes de tan poderoso aparato pudieron ilusionarse con la creencia de que un crecimiento continuado de su actividad organizadora y reivindicativa llegaría a crear las condiciones para el derrocamiento del capitalismo. Y se aferraron tanto más a esta idea cuanto que así consolidaban sus posiciones en el seno del movimiento obrero alemán, sin tener que correr. aparentemente, los riesgos inherentes a una acción revolucionaria. Así pudo ir tomando consistencia paulatinamente una ideología burguesa encubierta por algunas formulaciones de apariencia “marxista”. La influencia de esta ideología en el conjunto del movimiento obrero alemán fue considerable, en la medida en que la acción del aparato. Político y sindical de que estaba dotado este movimiento y el poderío del imperialismo alemán permitieron a algunas capas de la clase obrera el mejoramiento de sus condiciones de existencia. En la Rusia zarista, a la inversa, no se daban las condiciones para el desarrollo de un movimiento obrero legal; por ello, el “economismo” de los mencheviques no encontró eco en la clase obrera rusa, con excepción de algunas categorías relativamente “privilegiadas”, como la de los ferroviarios.

En el propio partido bolchevique fueron los dirigentes sindicales los que, en diversas ocasiones, resultaron ser los principales portadores de un “economismo de derecha”. Tras la Revolución de Octubre, el desarrollo de una capa de administradores y funcionarios de la economía, del plan, de las finanzas, etc., favoreció el avance de nuevas formas de “economismo”. Como veremos, estas formas nuevas revistieron una fisonomía de derecha o de “izquierda”, Según la coyuntura de la lucha de clases y las características de las capas obreras susceptibles de proporcionarles una base social.

El “economismo” desarrollado así en el partido comunista de la Unión Soviética encontró eco, a su vez, en las secciones de la Internacional Comunista de los países en que el movimiento obrero pudo revestir formas de desarrollo análogas a las del movimiento obrero alemán antes de la primera guerra mundial.

c) La readopción explícita de tesis “economistas” durante la aplicación de los planes quinquenales

La readopción explícita de las tesis “economistas” expresada de manera particularmente sistemática en los textos anteriormente citados debe ser examinada en dos aspectos: como resultado de una profunda evolución de la sociedad rusa y del partido bolchevique y corno resultado de la nueva autoridad que adquieren esas tesis por el hecho de ser enunciadas por Stalin.

Evidentemente, el aspecto decisivo es el primero. Fueron las numerosas transformaciones de la Rusia Soviética y del partido bolchevique entre octubre de 1917 y comienzos de 1929 las que -al principio sólo implícitamente en la práctica- permitieron el afianzamiento de concepciones que identificaban la construcción del socialismo con el más rápido desarrollo de las fuerzas productivas 4, en primer lugar de la industria, aunque fuese en detrimento de la alianza de la clase obrera con el campesinado.

De hecho, las tesis “economistas”, bajo la forma en que triunfaron a partir de los finales de los años veinte, no fueron atacadas en sus fundamentos por ninguna de las diversas corrientes “oposicionales”. Lo que tales corrientes ponían en entredicho no era más que una u otra medida concreta o uno u otro conjunto de medidas concretas, políticas o administrativas, pero la orientación general que las generaba quedaba fundamentalmente incólume. Incluso las objeciones planteadas por Bujarin contra una industrialización que, a su manera de ver, era realizada con ritmos demasiado acelerados, tendían exclusivamente a poner en guardia contra los efectos económicos, a largo plazo negativos, de un esfuerzo industrial que él consideraba excesivo. Su argumentación se basaba esencialmente en la afirmación de que un menos esfuerzo inicial permitiría alcanzar antes un tipo de industrialización análogo al pretendido por los planes quinquenales. Bujarin no ponía en duda que este tipo de industrialización correspondía a las exigencias de la construcción del socialismo (aunque si rechazaba que la colectivización llevada a cabo a partir de 1929 permitiese realmente la edificación de relaciones socialistas en el campo).

Si es verdad que las concepciones “economistas” que triunfan con la aplicación de los primeros planes quinquenales corresponden a las tendencias profundas del partido bolchevique, no menos verdad es, como ya se ha indicado anteriormente, que la adopción explícita por Stalin de las tesis “economistas” anteriormente indicadas conceden a estas tesis un peso excepcional debido a la autoridad -igualmente excepcional- que se concedía a sus intervenciones. Surge aquí, en consecuencia, uno de los aspectos de lo que ha llegado a llamarse “la cuestión Stalin”.

Para abordar este tema (que no podrá ser examinado verdaderamente más que en el segundo tomo de esta obra, en relación con el análisis de conjunto del período 1924-1953), hay que recordar, ante todo, cuán diferentes eran en el seno del partido las posiciones de Lenin y Stalin ante los problemas de la lucha ideológica.

Como regla, Lenin concedió siempre una importancia prioritaria a esta lucha, no dudando nunca en ir “contra la corriente”, hasta el punto de haberse encontrado en minoría más de una vez en el seno del Comité Central (incluso en problemas esenciales). Lo cual, dicho sea de paso, indica lo erróneo que es presentar al partido bolchevique como un partido “leninista”. Más adelante tendremos ocasión de ocuparnos de nuevo de este aspecto.

Stalin concebía su papel dirigente de otra manera. En los problemas esenciales su norma fue -sobre todo hasta 1934- expresar las tendencias profundas del partido, siendo así su portavoz. A este respecto, los ataques polémicos contra Stalin atribuyéndole haber “impuesto” al partido, por su “personalidad”, concepciones extrañas al mismo no tienen fundamento. En realidad designan otra cosa: la perseverancia de Stalin y su rigor inflexible en la aplicación de medidas basadas en concepciones que eran tanto suyas como de la casi totalidad del partido, incluida la mayoría de los que se oponían a una u otra medida concreta.

Por otra parte, la transformación de este partido es constante: las fuerzas sociales que actúan masivamente en este terreno no son las mismas en 1934 o en 1952. Estos cambios, a su vez, están ligados a las transformaciones de la propia sociedad soviética.

El segundo aspecto, sin embargo, sobre el que habrá que volver, es el peso suplementario dado por Stalin a las tendencias profundas del partido, que contribuye a reforzar de forma decisiva al hacerse su portavoz. Tal es el caso en particular de las concepciones “economistas”, que prevalecen a partir de 1929.

El peso suplementario que Stalin confiere a las tesis que él apoya procede de su propia autoridad, que no está asociada ante todo -como algunos gusta imaginar- al hecho de que Stalin fuese secretario general del partido bolchevique (pues a su vez hay que explicar este hecho sin recurrir a anécdotas sobre la “personalidad” de Stalin que, aun cuando son reales, no explican nada en realidad). Su autoridad proviene de algo que la casi totalidad del partido, desde comienzos de los años treinta, consideró como un doble mérito excepcional de Stalin: no haberse desviado de la idea de construir el socialismo en la URSS y haber concebido una política que, según el partido, conduciría a ese resultado.

Cuando, tras la muerte de Lenin, los otros dirigentes bolcheviques estaban dispuestos a aceptar la continuación de la NEP -que no hubiera sido sino una evolución hacia un capitalismo privado- o a poner en marcha algunas medidas de industrialización que se negaban a inscribir en una perspectiva socialista, Stalin, actualizando una tesis leninista 5 reafirmó la posibilidad de emprender la construcción del socialismo en la URSS sin hacer depender esta tarea de la victoria de la revolución proletaria en Europa o en el resto del mundo.

Al adoptar esta posición, y al perfilar después una política conducente a extraer las consecuencias lógicas, Stalin se proponía devolver la confianza a la clase obrera soviética; asignaba al partido bolchevique otro objetivo que el de tratar de mantenerse en el poder a la espera de tiempos más favorables; contribuía así a poner en marcha un proceso de transformación de una envergadura gigantesca, proceso que debería crear las condiciones necesarias para defender la independencia de la URSS y agravar las contradicciones del campo imperialista. Lo cual permitió a la Unión Soviética aportar una contribución decisiva a la derrota del hitlerismo. La política de industrialización mantenía enhiesta la bandera de la Revolución de Octubre, la confianza de los pueblos en la victoria de sus luchas y ayudaba así, objetivamente, al éxito de la Revolución china en Asia.

Al proclamar la posibilidad de que la Unión Soviética avanzase hacia el socialismo, Salín -contrariamente a las afirmaciones de Trotski- aparecía como el continuador de Lenin, del que numerosos textos, y más particularmente los últimos, afirmaban esta posibilidad. Aquí hay que ver una de las fuentes de autoridad de Stalin, autoridad que se propagó a las tesis afirmadas por él. En realidad, la inmensa autoridad de que gozaba Stalin, sobre todo tras el triunfo de la segunda guerra mundial, no se debió sólo a la defensa de las tesis mencionadas, sino a la abnegación y al valor del pueblo soviético. El trabajo y el heroísmo de este pueblo fue lo que permitió levantar la industria de la URSS y derrotar a los ejércitos hitlerianos. Stalin, no obstante, fue el que dirigió tales esfuerzos y luchas asignándoles objetivos justos.

Cierto, la vida ha mostrado que en lo concerniente a la vía a seguir y a las medidas concretas a tomar para alcanzar el objetivo fijado, Stalin ha cometido graves errores, pero la naturaleza exacta de los mismos no era inmediatamente visible 6. Más aún: en la situación en que se encontraba la Unión Soviética a finales de los años veinte -y en la situación en que se encontraba el partido bolchevique en su conjunto- eran históricamente inevitables.

El hecho de que se cometieran tales errores (y de que entrañaran graves consecuencias políticas, principalmente en lo relativo a la ciega represión que no sólo se ensañó con los enemigos del socialismo, sino contra las masas populares y contra auténticos militantes revolucionarios, no tocando, en cambio, a auténticos enemigos) ha constituido una lección ejemplar para el proletariado mundial. Se ha puesto de manifiesto finalmente que ciertas formas de combatir al capitalismo eran ilusorias y no hacían más que reforzar a la burguesía en el seno de los aparatos políticos y económicos. Las lecciones extraídas por Lenin de la experiencia análoga -aunque limitada- del “comunismo de guerra”, se han visto de esta manera confirmadas.

Por el momento, no obstante, el hecho de que la Unión Soviética hubiera realizado en pocos años transformaciones de tal amplitud que han conducido a extirpar formas de producción pre-capitalistas y a eliminar el capitalismo privado- confirió una autoridad sin precedentes al conjunto de las tesis defendidas por el partido bolchevique y formuladas por Stalin. Tales éxitos robustecieron la “evidencia” de que estas tesis gozaban ya ante los ojos de la inmensa mayoría del movimiento revolucionario, no sólo en la Unión Soviética, sino en Europa y en otras partes.

d) El “economismo” en los movimientos obreros y comunistas de Europa

Interviene aquí otro elemento que explica el papel que, fuera de la Unión Soviética, desempeñó el “economismo” en la manera como se concebía la construcción del socialismo. Es el siguiente: el “economismo” contra el que luchó Lenin dentro del partido bolchevique, era infinitamente más actuante y vivo en las secciones europeas de la III Internacional. En Europa -y más concretamente en Europa occidental, Alemania y Francia en primer lugar- el “economismo” tenía detrás una larga historia, que se confunde en gran medida con la historia de los partidos socialdemócratas europeos, sobre todo a partir del momento en que Europa entró en su fase imperialista. No habiendo sido combatido el “economismo” en el resto de Europa con la misma intensidad con que lo fue en Rusia, es comprensible que el movimiento obrero revolucionario europeo se encontrase muy predispuesto a percibir como “evidencias” las tesis “economistas” del PCUS.

En la actualidad, la problemática “económica” de la construcción del socialismo ha quedado sensiblemente quebrantada (al menos en la forma que revistió desde finales de los años veinte) por dos razones al menos:

La primera es exterior a la URSS. Está constituida por la Revolución china. Lo sucedido en China testimonia, en efecto, que el “bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas” no es un obstáculo a la transformación socialista de las relaciones sociales y que tampoco obliga “necesariamente” a pasar por formas de acumulación primitiva, por la agravación de las desigualdades sociales, etcétera.

El ejemplo de China demuestra que no es necesario (y que, en realidad, es peligroso) pretender construir “primero” las bases materiales de la sociedad socialista, remitiendo a más tarde la transformación de las relaciones sociales, que serían así puestas en armonía con fuerzas productivas más elevadas.

Este ejemplo muestra que la transformación socialista de la superestructura debe acompañar al desarrollo de las fuerzas productivas, y que tal transformación condiciona el carácter efectivamente socialista del desarrollo económico. Muestra, igualmente, que cuando las transformaciones socialistas se llevan a cabo de esta manera, la industrialización no exige -contrariamente a lo ocurrido en la Unión Soviética- la imposición de un tributo al campesinado (imposición que constituye una seria amenaza para la alianza obrera y campesina).

La segunda razón que ha quebrantado fuertemente la problemática “economista” de la construcción del socialismo consiste en la misma desaparición de los “hechos” de los cuales extraían su “evidencia” las tesis “economistas”.

Mientras la Unión Soviética, en efecto, fue económicamente débil, disponiendo sólo de una industria mediocre, aquello que en las relaciones políticas y económicas reinantes en ese país ofrecía viva contradicción con lo que Marx, Engels y Lenin habían dicho sobre el socialismo, el “economismo” podía atribuirlo a esa debilidad económica de la URSS. Las concepciones “economistas” alimentaban la esperanza que una vez superada la debilidad económica de la URSS desaparecerían las limitaciones impuestas a la libertad de expresión de las masas populares, se reducirían las desigualdades distributivas, desaparecerían los múltiples privilegios de una minoría de cuadros y técnicos y cesaría la represión ejercida contra amplias capas de la población. De esta manera, los “rasgos” negativos de la sociedad soviética podían verse como el “precio” que era necesario pagar para construir las “bases materiales” del socialismo, como fenómenos “transitorios” que debían desaparecer por sí mismos cuando ese objetivo fuera alcanzado total o aproximadamente. Los “hechos” parecían, por tanto, “justificar” la problemática “economista” y hacer “inútil” un análisis de la realidad soviética en términos de lucha de clases susceptible de revelar el ascenso de una burguesía de Estado 7 que se instalaba en los puestos de mando y montaba los aparatos necesarios para su dominación.

En la actualidad, la situación ha cambiado totalmente. Aunque la Unión Soviética siga atravesando grandes dificultades económicas 8 -que justamente habrá que explicar-, la Unión Soviética se ha convertido desde hace ya tiempo en la segunda potencia industrial del mundo y la primera de Europa; son numerosos los dominios de la ciencia y de la técnica en los que ocupa un puesto de vanguardia. La Unión soviética se encuentra rodeada, además, de estados europeos estrechamente vinculados a ella cuyo potencial económico está lejos de ser desdeñable. Ahora bien, los fenómenos que el “economismo” pretendía explicar por el “estado atrasado de la URSS” y que debían por tanto tener un carácter “transitorio”, lejos de desaparecer, se mantienen y desarrollan. Los privilegios ayer nacientes y considerados “impuestos” por las condiciones del momento, por las exigencias de la acumulación, forman parte hoy oficialmente dl sistema de relaciones sociales en cuyo interior se pretende “construir las bases materiales del comunismo”. Ni hablar, para el PCUS, de atentar contra tal estado de cosas, sino, al contrario, de reforzarlo. Ni hablar de permitir que los trabajadores soviéticos controlen colectivamente el empleo de los medios de producción, la utilización de la producción corriente, o la actividad del PCUS y de sus miembros. Las fábricas están administradas por directores que no tienen con “sus” obreros más que relaciones de mando y que sólo responden ante sus superiores. Las empresas agrícolas tienen una gerencia de tipo similar. De manera general, los productores directos no tienen derecho a la palabra o, más bien, no se les concede más que cuando se les pide ritualmente la aprobación de decisiones o “proposiciones” elaboradas al margen suyo, en las “esferas superiores” del Estado y del partido.

Las normas de gestión de las empresas soviéticas 9 parecen cada vez más un calco de la vigente en los países capitalistas “avanzados”, siendo numerosos los “managers” soviéticos que se forman en las escuelas de gestión (los “business schools”) de los Estados Unidos y del Japón. Lo que estaba llamado a alumbrar relaciones sociales cada vez más socialistas, ha engendrado relaciones esencialmente capitalistas, hasta el punto de que bajo la cobertura de los “planes económicos” son las leyes de la acumulación capitalista -del beneficio, en consecuencia- las que determinan el empleo de los medios de producción.

Los productores continúan siendo asalariados que trabajan para la valorización de los medios de producción, los cuales funcionan como un capital colectivo administrado por una burguesía de Estado. Esta burguesía -como cualquier clase capitalista- constituye el cuerpo de los “funcionarios del capital”, según la expresión empleada por Marx para caracterizar a la clase capitalista. El partido en el poder se limita a proponer a los trabajadores soviéticos la reproducción indefinida de estas relaciones sociales. Es prácticamente, el partido de los “funcionarios del capital”, y como tal actúa tanto en el plano interno como en el internacional.

Por tanto, para el que quiera ver las cosas como son, la vida misma se ha encargado de desmentir las esperanzas relativas a la consolidación (y, con mayor razón, la extensión) de los logros de la revolución proletaria en la Unión Soviética. Actualmente hay que intentar comprender la razón de que esas esperanzas se hayan frustrado, a fin de captar en qué se ha convertido la URSS y a través de qué transformaciones. Estos son los dos objetivos perseguidos por esta obra. Y esto por varias razones.

2. NECESIDAD DE DETERMINAR LAS RELACIONES SOCIALES ACTUALMENTE DOMINANTES EN LA URSS Y LAS CONDICIONES DE SU CONSTITUCIÓN.

La primera consiste en que son muchos aún los que no quieren ver las cosas tal como son; los que siguen identificando Unión Soviética y socialismo. Esto hipoteca gravemente las luchas de la clase obrera, sobre todo en los países industrializados. Para los trabajadores de estos países, en efecto -incluso para los más combativos, incluso para los más convencidos de la necesidad de acabar con el capitalismo-, la situación de los trabajadores soviéticos no se presenta como envidiable, y existe por tanto el temor de que la alternativa al capitalismo que se les propone – a través del ejemplo de la Unión Soviética- lo sea realmente. Por eso los dirigentes de los partidos comunistas occidentales que persisten en ver en la Unión Soviética “la patria del socialismo” se esfuerzan, al mismo tiempo, en asegurar a los trabajadores de su país que el “socialismo” que ellos proponen construir será “diferente” al de la URSS. La explicación sobre el “cómo” y el “porqué” de esta diferencia son casi inexistentes (en el mejor de los casos pertenece a la pseudo “sicología de los pueblos” del género: “los franceses y los rusos son diferentes”), sin relación alguna con un análisis político. No pueden convencer, por tanto, más que a los que quieren ser convencidos. Para los otros la ecuación “URSS=socialismo” tiene un efecto negativo, de repudio 10.

La segunda razón por la cual por la cual es de mayor importancia comprender por qué la Unión Soviética se ha convertido en lo que es hoy, y encontrar la explicación al margen de lo que es tan sólo el aspecto “ruso” de la historia soviética 11, consiste en que ese “por qué” está en estrecha relación con el “marxismo oficial” de los partidos “comunistas” que identifican al socialismo con la Unión Soviética, “marxismo” gravemente lastrado con el legado “economista” de la II Internacional.

Uno de los aspectos esenciales de la lucha ideológica por el socialismo ha sido siempre la lucha contra el “economismo” (de derecha o de “izquierda”). Pues bien, precisamente al analizar las razones por las que la Unión Soviética ha llegado a lo que es hoy -un Estado capitalista de tipo particular-, se observa claramente la ayuda que el “economismo” ha aportado a las fuerzas sociales burguesas que laboraban por esta evolución, puesto que el “economismo” ha desorientado a los militantes revolucionarios y ha desarmado ideológicamente a los trabajadores soviéticos.

El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética y de las luchas a partir de las cuales se han efectuado esas transformaciones es, por consiguiente, un análisis de máxima actualidad. Lo que está en juego en el desarrollo de tales luchas son precisamente las concepciones que siguen dominando masivamente al movimiento obrero de los países industrializados (concepción que, en su forma “invertida” -es decir, bajo diversas especies de “izquierdismo”- está igualmente presente en los movimientos revolucionarios de los países escasamente industrializados). Analizar lo más concretamente posible, a través de la extraordinaria experiencia de la Unión Soviética, los errores a los que conduce esa concepción constituye una “lección por la vía negativa” para que los que quieren luchar por el socialismo se desembaracen de tales concepciones.

El análisis de lo que ha ocurrido y ocurre en la Unión Soviética reviste especial importancia para los militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas. Estos, en efecto, se encuentran “paralizados” ideológicamente en su capacidad de comprender el pasado de la Unión Soviética y, por eso mismo, su presente. Una manifestación de esta “parálisis” es su recurso a las fórmulas vacías sobre el “culto a la personalidad” o a la actitud consistente en adoptar ciertas distancias con respecto a la Unión Soviética, al mismo tiempo que se multiplican las proclamas de fidelidad a la “patria del socialismo”.

Tales fórmulas y actitudes testimonian una crisis ideológica más profunda de lo que puede parecer, susceptible de ser el preludio de una reflexión que ponga finalmente en entredicho las prácticas reformistas y revisionistas. Esa reflexión debe ser alimentada precisamente por un esfuerzo de comprensión del pasado y presente de la Unión Soviética. De no ser así, estamos condenados a permanecer encerrados en esquemas que oscurecen la historia real. Es visible que los dirigentes revisionistas temen desencadenar tal tipo de reflexión. De ahí las fórmulas mágicas sobre el antisovietismo con que es acogido todo intento de reflexión crítica sobre la historia concreta de la URSS. Semejantes fórmulas no tienen más función que la de intentar prohibir a militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas plantearse cuestiones esenciales, cuestiones que permitirían a las luchas proletarias y populares desembocar en vías diferentes a la triada: reformismo electoral, luchas sindicales pretendidamente independientes de toda organización política y espontaneísmo.

Este análisis de la realidad soviética, de su pasado y de su presente, no es, evidentemente, más que uno de los elementos que pueden favorecer una clarificación ideológica y por tanto ayudar al movimiento obrero -y, más particularmente, al “marxismo” esclerotizado predominante hoy en una gran parte del mundo- a salir del círculo en que hasta hoy parece estar encerrado.

Pero existen, afortunadamente, otros elementos.

Uno de ellos reside en la agravación de la crisis del propio capitalismo, tanto en el plano económico (donde ha adoptado, en primer lugar, la forma de una crisis monetaria internacional de gran amplitud), como en el plano ideológico (crisis más claramente reflejada en el rechazo por importantes fracciones de la población de los países industrializados y en especial de la juventud obrera, de la mujer y del estudiantado de las formas anteriores de sujeción a las que les somete el capitalismo) y en el plano político (con el empuje de las luchas nacionales y revolucionarias de numerosos países escasamente industrializados).

Otro de los elementos de renovación de las luchas populares y de su orientación estriba en las lecciones positivas que -frente al fracaso soviético- pueden extraerse de la construcción del socialismo en China. En este país, la vida -esto es, la lucha de las masas, guiadas por un auténtico partido marxista-leninista- ha mostrado cómo era posible resolver los problemas planteados por la transformación socialista de las relaciones sociales. De esta manera, el marxismo-leninismo se ha revigorizado al haber conseguido clarificar una serie de problemas que sólo la práctica social podía resolver. Esta experiencia, según se ha señalado ya, facilita igualmente la tarea de comprender la naturaleza de las transformaciones sucedidas en la Unión Soviética.

De forma más precisa puede decirse que al rechazar la problemática “economista” es posible comprender mejor lo que hoy es la Unión Soviética como resultado de un proceso de lucha de clases, de un proceso que el partido bolchevique ha dominado mal, que incluso ha dominado cada vez peor, al no ser capaz de unificar las fuerzas populares y de encontrar en cada momento la línea correcta de demarcación entre las fuerzas susceptibles de apoyar la revolución proletaria, las inevitablemente hostiles y las que era posible neutralizar. En la lucha de clases desarrollada en Rusia y en la Unión Soviética, el proletariado ha sufrido derrotas muy graves, pero la lucha del proletariado y del campesinado prosigue y conducirá necesariamente a los trabajadores de las Repúblicas Soviéticas -a través de peripecias y de plazos sobre los cuales es inútil especular- a restaurar su poder y reemprender la construcción del socialismo.

Enero de 1974.


NOTAS

[1] Vemos que el término de “economismo” es utilizado aquí no para designar una de las formas particulares que esta concepción ha revestido (por ejemplo, la que Lenin ha combatido a principios del siglo) sino el conjunto de las formas que puede tomar.

[2] Las oposiciones sindicales reivindicaban la autonomía de las organizaciones sindicales (a las que se les supone defender los intereses fundamentales de la clase obrera) respecto al partido bolchevique. Semejante autonomía puede conducir a privilegiar las reivindicaciones económicas de la clase obrera, y por lo tanto a oponerla a las otras clases cuyo apoyo es necesario a la progresión de la revolución proletaria. Ello puede obstaculizar el papel dirigente del proletariado, el cual implica que el proletariado esté dispuesto a sacrificar algunos de sus intereses inmediatos a los de la revolución. La tendencia a privilegiar las reivindicaciones inmediatas, e incluso intereses categoriales o sectoriales, es inherente a las concepciones sindicalistas o “autogestionarias”. Esta tendencia estaba presente precisamente en el programa de la mayoría de las oposiciones de “izquierda” en el seno del partido bolchevique de 1921 a 1928.

[3] Es la que, por ejemplo, condujo a Preobrazenski a considerar que una vez “establecida” la dictadura del proletariado, el partido era inútil, pudiendo ser desempeñado su papel por el aparato del Estado. (Cf. P. Broué, Le Parti bolchevique, Editions de Minuit, París, 1963, p. 129)

[4] Esta identificación ha sido confundida a menudo con la tesis afirmada por Lenin en el seno de coyunturas bien determinadas (por ejemplo, al final del “comunismo de guerra”), según la cual en ciertos momentos, la tarea de restablecer rápidamente la producción agrícola e industrial y los intercambios entre ciudades y campo debía ser considerada como prioritaria.

[5] Esta reafirmación de la tesis leninista sobre la posibilidad de construir el socialismo en la URSS ha contribuido incontestablemente a dotar a Stalin -en el partido y fuera del partido- de un prestigio superior al de cualquier otro miembro de la dirección del partido (por razones, digamos de paso, que no siempre están ligadas a la defensa de los intereses del proletariado, como lo muestra el “apoyo” que la fracción nacionalista de la burguesía rusa representada por los Smienoviejovtsi aportó a la política preconizada por Stalin). Esta posición aparece de la manera más explícita en el artículo de Stalin, publicado en Pravda del 20 de diciembre de 1924, bajo el título: “Octubre y la teoría del camarada Trotski sobre la revolución permanente”. Stalin rompía así con la posición mucho más vacilante que unos meses atrás defendía aún, especialmente en Pravda del 30 de abril de 1924.

[6] Se trata aquí de los errores cometidos por Stalin a finales de los años veinte y durante los años treinta. Hoy puede verse que esos errores se ligan a un cierto número de posiciones políticas y teóricas generales que habían conducido a Stalin a oponerse a Lenin sobre problemas esenciales, como el de las relaciones de la República Soviética de Rusia con los pueblos no rusos (ver, por ejemplo, infra, pp. 384 ss.). El que Stalin haya mantenido sus posiciones frente a las críticas de Lenin hay que ponerlo también en relación con el lugar ocupado por Stalin en el partido bolchevique. En virtud de este lugar, de su función de Secretario General, Stalin sufría la presión del aparato del partido, así como la del aparato del Estado, y tendía, en consecuencia, a adoptar las medidas más inmediatamente “eficaces”, incluso cuando el análisis teórico podía mostrar que esa “eficacia” inmediata comportaba graves riesgos para el porvenir (como hubiera sido el caso en la hipótesis de que Lenin no hubiera logrado imponerse en lo concerniente al mantenimiento del monopolio de Estado sobre el comercio exterior, cf. infra, pp. 381 ss.).

[7] El concepto de “burguesía de Estado” (o de burguesía burocrática de Estado) no puede ser desarrollado aquí. Digamos simplemente que designa los agentes de reproducción social distintos a los productores inmediatos, que –en razón del sistema de relaciones sociales existente y de las prácticas sociales inmediatas- tienen la disposición efectiva de los medios de producción y de los productos que pertenecen formalmente al Estado. La base económica de la existencia de esta burguesía está constituida por las formas de división y de unidad del proceso de reproducción (cf. Ch. Bettelheim, Révolution culturelle et Organisation industrielle en Chine, op. Cit., p. 12); su lugar real en el proceso depende de la lucha de clases que permite (o prohíbe) a la burguesía de Estado y a sus representantes ocupar ciertas posiciones en los aparatos de Estado y, eventualmente, transformar la naturaleza de clase del Estado. Los representantes de la burguesía de Estado no son necesariamente sus “agentes conscientes”; son tales porque no pueden rebasar intelectualmente los límites que esta clase “no rebasa en la vida”, hasta el punto de que “son empujados teóricamente a los mismos problemas y a las mismas soluciones” a los que los miembros de esta clase “son impulsados prácticamente por su interés material y su situación social”. Tal es, en efecto, según la observación de Marx, “la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase que representan”. (Cf. K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte)

[8] Estas dificultades son ilustradas por la búsqueda a la que se entregan los dirigentes soviéticos para obtener de los Estados Unidos, del Japón, de Alemania Federal, etc., capitales, ayuda técnica y productos de alimentación. La política de “cooperación” con los imperialistas occidentales, preconizada por los dirigentes soviéticos, es otra forma de esta misma búsqueda. Se trata de puntos sobre los que volveremos a ocuparnos, en el tercer volumen de esta obra, del revisionismo soviético.

[9] La gestión de las empresas soviéticas reposa sobre dos principios esenciales: la dirección por un director único responsable ante instancias superiores y la “autonomía financiera” que oriente a la empresa a la búsqueda de un beneficio. Cuando estos dos principios han sido introducidos en 1918 y 1921, Lenin había subrayado que correspondían a una “retirada” provisional, impuesta por las circunstancias de la época y que su aplicación introducía relaciones capitalistas en el sector del Estado. Hablando de la “autonomía financiera” acordada a las empresas del Estado, Lenin indica que coloca a estas empresas, en gran medida, sobre “bases comerciales capitalistas” (cf. Lenin, OC, t. 42, p. 396, de la edición francesa). Desde 1965, la autonomía financiera de las empresas y la búsqueda de la rentabilidad han sido considerablemente desarrolladas.

[10] Los dirigentes soviéticos tratan, evidentemente, de preservar su política y las realidades de su país de toda crítica transformando esa ecuación y enunciándola así: antisovietismo (léase: análisis de la realidad soviética o de los efectos de la política internacional de la URSS) = anticomunismo.

[11] Estas observaciones no significan que la sociedad soviética no lleve las marcas de la sociedad zarista de la que salió. En la medida en que la obra revolucionaria no ha sido profundizada, una serie de relaciones sociales características de la antigua Rusia no ha sido destruida. De ahí las sorprendentes semejanzas entre la Rusia de hoy y la “Santa Rusia”.

Las Luchas de Clases en la URSS (Prefacio1)

LAS LUCHAS DE CLASES EN LA URSS
PRIMER PERIODO (1917-1923)

PREFACIO (1ª Parte)
Charles Bettelheim

 

 

Me parece indispensable explicar al lector la razón por la cual he escrito este libro y el modo en que lo he hecho. Tengo que indicar igualmente la relación que guarda esta obra con mis escritos anteriores.

Lo más sencillo consiste en explicar su génesis y la transformación en un proyecto más ambicioso de lo que inicialmente era un proyecto más modesto.

El punto de partida inmediato de este trabajo fue la invasión  ocupación de Checoslovaquia por el ejército soviético. Las personas que se consideran marxistas no pueden limitarse a “condenar” o “lamentar” los actos políticos; deben, también, explicarlos. Las “lamentaciones” y los “deseos” no ayudan a los pueblos más que a soportar sus desgracias, pero a descubrir las causas ni a luchar por su eliminación o contra su resurgimiento. Por el contrario, buscando las razones de lo que es realmente condenable desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores, se puede contribuir a que las fuerzas políticas evolucionen de manera que no se reproduzcan los actos “lamentables”.

En lo referente a la invasión de Checoslovaquia –y su ocupación- he creído tato más necesario no, limitarme a  “lamentar” los hechos cuanto no sólo estaba en juego el destino de un pueblo que ha sufrido ya numerosas ocupaciones, sino también el juicio que podría merecer el estado a que ha llegado la propia Unión Soviética, pues fueron las tropas de ésta –en unión de las de sus “aliados”–las que llevaron a cabo la intervención.

Creo encontrarme capacitado para tratar los problemas de las Unión Soviética, dado que llevo cerca de cuarenta años estudiando este país y considero que todo lo que le concierne reviste una importancia y un alcance mundiales. Lo he creído desde 1934, cuando empecé mi aprendizaje del ruso, y he continuado creyéndolo posteriormente: en 1936, cuando me trasladé a la Unión Soviética para estudiar su sistema de planificación; en 1939, cuando publiqué un libro sobre el tema mencionado: en 1946, cuando publiqué otro libro que trataba los problemas teóricos y prácticos de la planificación; en 1950, cuando publiqué otro sobre la economía soviética, y en los años siguientes, al visitar varias veces el país y publicar diversos trabajo sobre la planificación 1 y sobre la transición al socialismo 2.

El interés que he volcado sobre la Unión Soviética desde mediados de la década de los treinta residía fundamentalmente en la identificación de los que sucedía en este país con la primera experiencia en la edificación del socialismo. Y no es que estuviese cegado ente las dificultades y contradicciones que surgían de esta edificación (no podía estarlo, puesto que me encontraba en Moscú en 1936, en el momento de “los grandes procesos”3, y pude notar diariamente el desconcierto de los moscovitas y el miedo, tanto de la gete de la calle como de los viejos militantes del Partido bolchevique y de la Internacional, a expresar sus opiniones). Pero a pesar de ello pensaba que la Revolución de Octubre no sólo había abierto una nueva ere en la historia de la humanidad –creencia que sigo manteniendo-, sino que el desarrollo económico y social de la Unión Soviética proporcionaba una especie de “modelo” para la construcción del socialismo. Los problemas y contradicciones que acompañaban a este desarrollo, pese a su evidente gravedad, me parecían producto, ante todo, de las particulares condiciones históricas rusas, considerando que no tenían por qué reproducirse en otros casos ni impedir la progresión del país hacia el socialismo y el comunismo.

Los incontestables éxitos económicos obtenidos por la Unión Soviética –sobre todo en el terreno de la industria- a partir de los planes quinquenales, así como la victoria del Ejército rojo sobre el hitlerismo, la rápida reconstrucción económica de posguerra, el mejoramiento del nivel de vida del pueblo soviético y la ayuda del gobierno de la URSS a la China socialista, parecían confirmar mis creencias y previsiones, pese a que las desigualdades sociales desarrolladas en el curso de los primeros planes quinquenales no parecían tender hacia su desaparición, sino al contrario.

El propio XX Congreso del PCUS, aunque no proporcionaba análisis alguno sobre las dificultades y contradicciones que habían llevado a la indiscriminada y extensa represión de los años anteriores, y aunque se limitaba a sustituir este análisis por acusaciones personales contra Stalin (considerado único “responsable” de los aspectos “negativos” del pasado), parecía confirmar que, habiendo alcanzado un cierto nivel de desarrollo económico, la Unión Soviética iba a emprender el camino de una mayor democracia socialista, abriendo así posibilidades más vastas a las iniciativas de la clase obrera.

Este Congreso parecía igualmente indicar que el PCUS había conservado –o más bien recuperado- la capacidad de autocrítica indispensable para la rectificación de los errores 4.

Pero los hechos no han respondido a las esperanzas. La contradictoria realidad de la historia y de la sociedad soviéticas no han sido objeto de análisis alguno. Los aspectos de la realidad que deberían haber sido condenados y transformados no han sido explicados en función de las contradicciones internas de la Unión Soviética. Han sido presentados como “perversiones” debidas a la acción de una “personalidad” (la de Stalin). La aceptación por el PCUS de esa seudo-explicación testimonia su abandono del marxismo como instrumento de análisis. Esa aceptación le ha hecho incapaz de contribuir a transformar realmente las relaciones sociales que han dado origen  a lo que se “condenaba” verbalmente. La seudo-explicación ha cumplido así su objetivo: consolidar las relaciones de clase que concentran el poder económico y político en manos de una minoría. Y las contradicciones nacidas de estas relaciones de clases, lejos de reducirse, se profundizan.

Entre otras muchas consecuencias, esta profundización de contradicciones sociales ha determinado la creciente degradación de las condiciones de funcionamiento de la economía soviética. Y lo mismo ha ocurrido en los países ligados a la URSS, cuyos dirigentes han seguido la misma línea política.

A falta de combatir las contradicciones sociales se ha recurrido a introducir “reformas económicas” tendentes a hacer “funcionar mejor” el sistema económico, especialmente acrecentando los poderes de los directores de las fábricas y reforzando continuamente las formas y los criterios capitalistas de gestión económica.

Contrariamente a las esperanzas de los dirigentes soviéticos y de los “países hermanos”, ninguna de las dificultades con que se enfrentaban han sido realmente resueltas por las diversas reformas”. Aunque se han obtenido “éxitos” momentáneos en puntos limitados, predominan los fracasos. Cabe señalar, en particular, la creciente dependencia respecto a las técnicas extranjeras, el endeudamiento exterior igualmente creciente, la notoria reducción del índice de desarrollo de la industria y las dificultades de aprovisionamiento; se multiplican los indicios de descontento de los trabajadores respecto a su situación y a las consecuencias que tienen para ellos las “reformas económicas”.

La noticia de lo ocurrido en Polonia en diciembre de 1970 ha trascendido a todo el mundo: los obreros de las grandes ciudades del Báltico (Gdansk, Gdynia, Szcecin y Sopot) se declaran en huelga contra la política gubernamental, que entraña el alza de los precios y la reducción del nivel de vida de los trabajadores. La represión ejercida contra los obreros polacos conduce a un contraataque de éstos, que ocupan los locales del Partido y de la policía política, y constituyen un comité de huelga que crea una milicia obrera. Aunque las fuerzas de seguridad aumentan la represión, causando numerosos muertos y heridos, los trabajadores resisten, continúan la huelga y obligan al poder a   modificar la composición del equipo dirigente, a negociar con ellos y a ceder a un cierto número de reivindicaciones 5.

Los “acontecimientos” polacos representan un giro en las relaciones entre la clase obrera y el poder político en los países de la zona soviética. Se sabe que tuvieron profundo eco en la clase obrera de la URSS, y provocaron gran temor entre los dirigentes soviéticos. Temor que se ha traducido en la revisión de los planes económicos de 1971, así como en la acentuación de la represión.

La tendencia a acentuar la represión en la Unión Soviética es cada vez más nítida en los últimos años. Lo prueban la adopción de medidas policíacas y la estimación en los dos millones del número de personas internadas en los campos.

Sobre la base de la acentuación de las contradicciones internas, la política internacional de la URSS se caracteriza por la negación creciente de lo que, en el pasado, constituía los aspectos socialistas de la política exterior soviética. En lugar de la ayuda concedida ulteriormente a China y  Albania se asiste desde 1960 –en nombre de las “divergencias” ideológicas- a un intento deliberado de sabotear el desarrollo económico de esos países, en particular mediante la ruptura unilateral de los acuerdos previamente concluidos, la suspensión de los suministros necesarios a las fábricas en curso de construcción, la retirada de técnicos, etc. De esta manera, la Unión Soviética pretende, aunque sin éxito, utilizar las relaciones económicas establecidas desde antes con ambos países, para presionarlos brutalmente con el fin de someterlos a su hegemonía.

Desde el punto de vista general, la política internacional soviética aparece cada vez más como una política de gran potencia que intenta obtener para sí misma el máximo de ventajas económicas y políticas, sacando partido d las estrechas relaciones establecidas con otros países. Esta política de corte imperialista ha llevado a la URSS a colaborar y a tener contradicciones con los Estados Unidos, simultáneamente. Ambas potencias luchan entre sí en pos de la hegemonía mundial. Y son así conducidas a establecer compromisos que van en detrimento de los pueblos. Hablan de “distensión” mientras libran una carrera de armamentos que sobrepasa todos los precedentes históricos, mientras el imperialismo norteamericano prosigue de hecho la guerra contra el pueblo vietnamita.

Al situarse en el mismo terreno que los Estados Unidos, es decir, al competir con ellos por la hegemonía mundial la URSS se ha lanzado a construir una fuerza militar ofensiva sin precedentes, dotándose de gigantescos medios de intervención a escala del globo. Para lograr una fuerza militar igual e incluso superior en ciertos aspectos a la de los Estados Unidos, la Unión Soviética consagra actualmente entre un 25 y un 30 por ciento de su producto nacional bruto a gastos militares (frente al 7 u 8 por 100 de los EE.UU.. Aumenta cada año el número de sus divisiones dispuestas a la intervención en las fronteras chinas, aunque su potencial más importante se encuentra dispuesto rente a Europa occidental y aumente con igual rapidez.

Para poder contar con los instrumentos de una política exterior de tipo imperialista, los dirigentes soviéticos echan una pesada carga sobre los hombros de los pueblos de la URSS y sobre las posibilidades de desarrollo del país. Finalmente, se ven obligados a buscar ayuda técnica y financiera del imperialismo norteamericano, aun enfrentándose a él.

La constatación de esta evolución (en la que la intervención en Checoslovaquia no constituye más que uno de los momentos) me ha llevado a reexaminar también el pasado de la Unión Soviética, pues no es posible mantener que el curso seguido por este país proviene únicamente de la “responsabilidad personal” de algunos dirigentes. El acceso al poder por parte de éstos y la posibilidad de llevar a cabo la política descrita sólo pueden explicarse por la naturaleza de las relaciones sociales actualmente predominantes en la URSS; relaciones que necesariamente han ido formándose durante un largo período anterior. De aquí surge la necesidad de efectuar el análisis de esas relaciones.

El análisis que he emprendido se apoya igualmente en la experiencia adquirida por mí mediante el estudio de las transformaciones económicas y políticas en China y en Cuba.

En lo que a este último país se refiere, se trata de una experiencia práctica muy concreta, ya que he participado en numerosas ocasiones en la discusión de los problemas planteados por la planificación de su economía entre los años 1964 y 1966. Desde ese momento, y apoyado en la citada experiencia, me he inclinado a replantearme críticamente el conjunto de las concepciones relativas a las condiciones de elaboración de los planes económicos, a la significación de la planificación en la transición socialista y al alcance de la existencia de las relaciones mercantiles y monetarias en las formaciones sociales, donde la propiedad de los medios de producción por parte del Estado desempeña un papel dominante.

A fin de precisar la naturaleza de las tesis expuestas en este estudio y de permitir al lector situarlas mejor en relación con las desarrolladas en los dos libros precedentes (los cuales fueron en gran medida el fruto de mi experiencia de los problemas de Cuba), no es inútil indicar los límites de las revisiones más arriba mencionadas.

En Transition vers l´économie socialiste –libro que recoge una serie de exposiciones y textos redactados entre 1962 y 1967- yo asociaba la existencia de relaciones mercantiles y monetarias tanto en Cuba como en la Unión Soviética) con la de unidades productivas que funcionaban de forma relativamente independiente entre sí (pese a la presencia de un plan económico) y con una situación que las caracterizaba como sujetos económicos”6.

Mi análisis entonces pretendía explicar la experiencia de relaciones mercantiles y monetarias –y la de relaciones salariales- por la existencia de relaciones sociales reales e independientes de la voluntad de los hombres (relaciones que no basta, por lo tanto, declarar “abolidas” para verlas “desaparecer”. En el marco de ese análisis presentaba las relaciones mercantiles y monetarias como la manifestación de relaciones sociales profundas: aquéllas no eran más que los efectos de éstas y de sus exigencias objetivas de reproducción.

Hoy ya no considero satisfactoria la forma específica de ese análisis, propuesto en 1962 y 1967. La reflexión sobre las condiciones de la construcción del socialismo en China –y muy en particular sobre las lecciones que cabe desprender de la Revolución Cultural- me obligan a modificar muy seriamente sus términos.

La principal insuficiencia de mis textos de 1962 y 1967 reside en que lo que allí se considera como impuesto por las exigencias objetivas se refiere esencialmente al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas 7. Y aunque se menciona el concepto de “naturaleza de las fuerzas productivas”, la significación precisa de este concepto no se desarrolla en parte alguna. En consecuencia, no queda patente que el principal obstáculo a una política socialmente unificada (en la que el plan económico no puede constituir más que el medio) no se encuentra en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, sino en la naturaleza de las relaciones sociales dominantes, esto es, se encuentra, simultáneamente, en la reproducción de la división capitalista del trabajo y en las relaciones ideológicas y políticas, que, aun siendo un efecto de esta división, constituyen las condiciones sociales de esta reproducción (porque hacen “funcionar” a los individuos y a las empresas como “sujetos” que otorgan la primacía a los intereses articulares respecto a los colectivos. Estos últimos, por otra parte, pueden revestir un carácter simplemente momentáneo o ilusorio si no están identificadas con una política que tienda efectivamente a crear las condiciones para la desaparición de los intereses de clase de naturaleza antagónica.

Lo que no queda claro, por tanto, en los escritos reproducidos bajo el título de Transition vers l´économie socialiste es que el desarrollo de las fuerzas productivas no puede nunca, por sí solo, hacer desaparecer las formas capitalistas de la división del trabajo ni las demás relaciones sociales burguesas. Lo que en esos escritos no se dice es que únicamente la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado, correctamente dirigida –gracias a la experimentación científica de masas y al análisis teórico-, puede conseguir la desaparición de las relaciones económicas capitalistas al atacar la división capitalista del trabajo y, al mismo tiempo, las relaciones ideológica y políticas que permiten la reproducción de las relaciones de explotación y de opresión.

Si en 1962-1967 no enuncié las formulaciones que expongo ahora, fue porque estaba aún fuertemente influenciado por una cierta concepción del “marxismo” que ha dominado ampliamente en Europa y que consiste en una forma particular de lo que Lenin denominó “economismo”8. Las lecciones extraídas de la Revolución Cultural en China son las que me han permitido avanzar en la ruptura con el “economismo”, enlazando de nuevo, así, en el contenido revolucionario del marxismo, contenido que ha estado enmascarado, “encubierto” por los muchos años de práctica “economista” que han caracterizado al movimiento obrero europeo 9.

En Cálculo económico y formas de propiedad (texto en el cual anuncio ya la preparación de un análisis de la formación social soviética), esbozo el abandono de la problemática anterior que tendía a hacer depender la desaparición de las relaciones mercantiles y monetarias y el progreso de la planificación socialista ante todo del desarrollo de las fuerzas productivas (desarrollo concebido aún de forma “unilineal”), y no, en primer lugar, de la revolucionarización de las relaciones sociales. Repito que ha sido en el curso de estos últimos años –en parte a través de la reflexión sobre la Revolución Cultural y su significado- cuando me he visto impulsado a tener en cuenta de forma más sistemática lo que implica el rechazo de la “problemática de las fuerzas productivas”, es decir, de una concepción que subordina unilateralmente la transformación de las relaciones sociales al desarrollo de las fuerzas productivas. Es en estas condiciones como, entre 1968 y hoy, redacté una serie de artículos sobre algunos problemas del socialismo 10 y emprendí un nuevo análisis de la Unión Soviética, con objeto de delimitar mejor la especificidad del capitalismo de Estado y las relaciones y prácticas de clase hoy dominantes en ese país.

A principio de 1969 acabé la redacción de un primer texto (no publicado) que exponía los resultados de ese análisis, del cual se desprende que en la URSS existen hoy, tras la pantalla de la propiedad estatal, relaciones de explotación semejantes a las existentes en los países capitalistas, aún cuando la forma de existencia de esas relaciones, y sólo éstas, reviste un carácter particular: el carácter particular que le confiere el capitalismo de Estado no es más que “el capitalismo llevado a su límite extremo”.

No obstante, al releer dicho texto y al someterlo a crítica, he observado una carencia de trasfondo histórico. No puede comprenderse, en efecto, el presente de este país sin relacionarlo con su pasado. No basta con poner de manifiesto las relaciones y las prácticas dominantes en la actualidad. Es preciso explicar cómo han llegado a ser dominantes. La pregunta, pues, es la siguiente: ¿de qué manera y a través de qué luchas y contradicciones se ha transformado el primer país de dictadura del proletariado en un país que practica una política imperialista, que no vacila en utilizar sus fuerzas armadas para defender en otros países sus intereses de gran potencia?

El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética no es menos importante, en definitiva, que el análisis de su situación actual; puede ser una cantera irremplazable de enseñanzas y contribuir así a evitar que otras revoluciones proletarias sigan la misma senda, y en lugar de al socialismo lleguen a una forma específica de capitalismo tan opresora y agresiva como las “formas” clásicas.

Pese a las dificultades, el actual periodo exige la realización de esta tarea. Y aunque nuestro análisis no sea perfecto, sí nos ayudará a comprender un pasado que es también nuestro presente, a entender cómo una revolución proletaria puede transformase en su contrario: una contrarrevolución burguesa.

La experiencia soviética confirma que lo más difícil no es derrotar las antiguas clases dominantes, sino, ante todo, destruir las antiguas relaciones sociales –sobre las que puede reconstruirse un sistema de explotación semejante al que se ha creído liquidar definitivamente- e impedir después que estas relaciones se reconstruyan a partir de los elementos anteriores, presentes durante mucho tiempo aún en las nuevas relaciones sociales. En nuestra época, por consiguiente, resulta de importancia vital que se comprendan las razones por las cuales la primera revolución socialista victoriosa ha desembocado, finalmente, en la realidad soviética actual. Sin esta comprensión –y a pesar de las lecciones positivas e irreemplazables que pueden extraerse de los éxitos de la revolución china- son enormes, en efecto, los riesgos de que lo iniciado aquí o allá como revolución proletaria se convierta, finalmente, en algo muy diferente del socialismo.

El texto a que había llegado en 1969 me resultaba, por tanto, insuficiente. Debido a ello, antes de publicarlo –previa revisión- he creído necesario complementarlo con un análisis sobre el pasado de la Unión Soviética. Al abordar esta tarea pude constatar que era tan compleja, por lo menos, como la precedente. En primer lugar, porque cubría un periodo histórico mucho más largo y más rico en acontecimientos y en luchas; en segundo lugar, porque había que esforzarse en indagar –más allá de la historia particular de la URSS- el movimiento general de las contradicciones cuya forma de existencia era esa misma particularidad, ya que ésta, por sí sola, habría podido parecer “accidental”  o “fortuita” y no habría permitido extraer las lecciones necesarias de lo que había ocurrido en la URSS.

Mi objetivo era adquirir un conocimiento suficientemente preciso de la historia de la Unión Soviética que me capacitase para escribir algo diferente a una historia de este país: escribir un análisis de la lucha de clases en la URSS desde la Revolución de Octubre, de alcance suficientemente universal, aunque se presentase bajo los rasgos específicos de una historia contemporánea de ese país. He decidido, por tanto, analizarlos momentos decisivos por que ha pasado la formación soviética social soviética, y he intentado determinar la naturaleza de las relaciones sociales existentes y dominantes en cada uno de esos momentos. También he intentado captar la naturaleza de las fuerzas sociales que han contribuido a modificar la articulación de tales relaciones, pese a que muy frecuentemente tenían lugar luchas que perseguían transformaciones muy diferentes de las que efectivamente se han producido. El volumen que el lector tiene entre sus manos expone el comienzo de los resultados de este trabajo, que debe culminar con el análisis de la sociedad soviética actual: análisis que resultaría en parte incomprensible sin un conocimiento suficiente de las condiciones en que se ha plasmado la realidad actual.

Los análisis indicados continúan, por tanto, el trabajo de rectificación esbozado entre 1962 y 1967.

Este trabajo de rectificación y de análisis concreto de la Unión Soviética, de su presente y de su pasado, me ha conducido así a romper progresivamente con una determinada concepción petrificada y simplista del “marxismo” y a reincorporarme al que yo considero contenido revolucionario del materialismo histórico y del materialismo dialéctico 11.

El presente volumen expone sólo una parte de los resultados de mi trabajo, pero creo necesario dar desde ahora una visión general del conjunto, pues lo que está en juego sobrepasa ampliamente mi simple “itinerario personal”, de escaso interés para el lector.

Como ya recordé anteriormente, el “marxismo simplificado” del que he intentado desprenderme no me era”personal”; era el que las secciones europeas de la III Internacional, en ruptura cada vez más acentuadas con el leninismo, habían hecho prevalecer en Europa (a partir del comienzo de los años treinta, en el momento en que yo empezaba a reflexionar sobre el socialismo. Ese “marxismo simplificado” contenía, por lo demás, si no en germen al menos como una posibilidad, las premisas del revisionismo moderno, esto es, de una ideología burguesa que, como tal, contribuye a consolidar la existencia de relaciones sociales capitalistas en la Unión Soviética y fuera de ella.

Sería una pretensión ilusoria la de lanzarse analizar todos los aspectos del “marxismo petrificado”, con el cual debe romper este estudio si quiere hacer inteligible lo sucedido en la Unión Soviética (los principales de dichos aspectos se pondrán de manifiesto con la lectura del presente texto). Pero es necesario, por el contrario, la enunciación y discusión de algunas de sus tesis explícitas o implícitas a fin de comprender mejor el sentido de la rectificación que llevo a cabo en las páginas de este libro, así como el significado de los resultados que se compilarán al final de la obra.

Tres de las tesis fundamentales de ese “marxismo petrificado”, con el cual hay que romper para devolver al materialismo histórico y al materialismo dialéctico su verdadero carácter revolucionario, se refiere al fundamento de las relaciones de clase, al papel de las fuerzas productivas y a las condiciones de existencia y extinción del Estado. Me limitaré a simples anotaciones en torno a estas tres tesis y a las funciones ideológicas y políticas que, objetivamente, han desempeñado.

1. relaciones de clase y formas jurídicas de propiedad

La primera tesis con la que hay que romper es la que establece una identificación “mecanicista” entre las formas jurídicas de propiedad y las relaciones de clase (particularmente en el transcurso de la transición socialista).

Esta tesis Stalin la desarrolla explícitamente en su informe sobre el proyecto de constitución de la URSS, presentado al VII Congreso de los Soviets de la URSS el 25 de noviembre de 1936 12.

Stalin establece en dicho informe el balance de la transformación de las formas de propiedad en Rusia durante el periodo 1924-1936. Demuestra que en el curso de ese período la propiedad jurídica privada de los medios de producción y de intercambio ha sido prácticamente liquidada, habiendo sido reemplazada por otras dos formas de propiedad: la de Estado, que predomina en la industria,  transporte, comercio y banca y la cooperativa koljosiana, predominante en la agricultura. Stalin concluye su balance de la siguiente manera:

“Ya no existe clase de capitalistas en la industria, ni clase de kulaks en la agricultura. Tampoco existen negociantes y especuladores en el comercio. Todas las clases explotadoras han sido liquidadas”13.

Según este informe no quedan, pues, más que la clase obrera, la clase de los campesinos y los intelectuales, que “deben servir al pueblo dado que no existen clases explotadoras”14.

En conclusión, esta parte del informe afirma que las contradicciones económicas y políticas de clase (entre obreros, campesinos e intelectuales) se “difuminan” y “desaparecen”15.

La aceptación de esta tesis obstaculiza el análisis de las contradicciones que, de hecho, siguen manifestándose en la Unión Soviética, al hacer absurda la idea de que el proletariado pueda perder el poder en beneficio de burguesía alguna, “reconstituye” la propiedad capitalista privada. Esta tesis desarma al proletariado al persuadirle de que la lucha de clases ha finalizado.

La vida se ha encargado de mostrar (o, más bien, de recordar) que la transformación de las formas jurídicas de propiedad no basta para hacer que desaparezcan las condiciones de existencia de clases y, por tanto, de la lucha entre ellas, Marx y Lenin han insistido con frecuencia en que estas condiciones no están inscritas en las formas jurídicas de propiedad, sino en las relaciones de producción; esto es, en la forma del proceso social de apropiación, en el lugar que la forma de este proceso asigna a los agentes de la producción, o sea, en las relaciones que entre éstos se establecen en la producción social 16.

La existencia de la dictadura del proletariado y de las formas estatales o colectivas de propiedad no basta para que queden “abolidas” las relaciones de producción capitalistas y para que “desaparezcan” las clases antagonistas: burguesía y proletariado. La burguesía puede revestir formas de existencia transformadas y principalmente la de una burguesía de Estado.

El papel histórico de dictadura del proletariado no consiste solamente en transformar las formas de propiedad, sino más bien –mediante una larga y compleja lucha- en transformar el proceso social de apropiación y, con ello, en destruir las antiguas relaciones de producción, al tiempo que se construyen otras nuevas, asegurando así el paso del modo de producción capitalista al modo de producción comunista. La transición socialista se identifica con este paso. El único que posibilita la desaparición de las relaciones sociales burguesas y la de la burguesía como clase.

Nada de esto es “nuevo”. Se trata en realidad, literalmente, de un “retorno” a Marx y Lenin.

Retorno a Marx, pues para él la dictadura del proletariado es el paso transitorio necesario para llegar a la supresión de las diferencias de clase en general 17.

Y a Lenin, el cual ha recordado frecuentemente que ”durante la época de la dictadura del proletariado subsisten y subsistirán las clases”, aunque “cada una de ellas cambia de aspecto…”, de manera que sus relaciones quedan igualmente modificadas y la lucha de clases prosigue bajo “otras formas18.

En razón de que la tarea de la revolución socialista no se limita a la transformación de las relaciones jurídicas de propiedad y que lo fundamental reside en la transformación del conjunto de las relaciones sociales y por tanto de las relaciones de producción, Lenin insiste con tanta frecuencia sobre esta idea esencial: resulta relativamente “fácil empezar la revolución socialista”, pero particularmente difícil “continuarla y llevarla a término” 19.

La transición socialista, en consecuencia, se extiende necesariamente durante un largo período histórico y no puede considerarse “terminada” en unos cuantos años 20.

De toda evidencia, para comprender las transformaciones de la sociedad soviética y la posibilidad del restablecimiento de una dictadura burguesa en la URSS (sin transformar las relaciones jurídicas de propiedad), hay que abandonar las tesis de la desaparición de las clases explotadoras por el simple hecho de que existe un régimen de dictadura del proletariado (¿sobre qué clase –por otra parte- se ejercería esta dictadura?) y del predominio de las formas estatales y koljosianas de propiedad. Es preciso volver a la idea leninista de que la dictadura del proletariado es “la continuación de la lucha de clases bajo nuevas formas”.

2. primacía del desarrollo de las fuerzas productivas

Una segunda tesis –la de la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas- caracteriza la simplificación del marxismo que tiende a imponerse en las secciones europeas de la III Internacional en el transcurso de los años treinta. Esta tesis presenta al desarrollo de las fuerzas productivas como el “motor de la historia”.

Con la aceptación de esta tesis ha podido mantenerse durante algún tiempo la ilusión de poseer una “explicación” de las contradicciones que caracterizaban a la formación social soviética, explicación que no podía encontrarse en la lucha de clase dado que ésta se suponía en “vía de extinción” o incluso desaparecida junto con las clases antagonistas.

Bajo una forma muy general, la tesis que constituye a las fuerzas productivas en motor de la historia puede verse expuesta por Stalin en su texto de septiembre de 1938 titulado El materialismo dialéctico y el materialismo histórico 21.

Stalin escribe concretamente: “Primero se modifica y se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad y después, en función y de conformidad con estas modificaciones, se modifican las relaciones de producción entre los hombres” 22.

Así  formulada, la tesis staliniana no niega la lucha de clases –en la medida en que se trata de una sociedad donde se enfrentan clases antagónicas-, pero la relega a un papel secundario: la lucha de clases interviene esencialmente para destruir las relaciones de producción que obstaculicen el desarrollo de las fuerzas productivas, dando lugar entonces al nacimiento de nuevas relaciones de producción conformes a las exigencias del desarrollo de las fuerzas productivas.

En el texto anterior Stalin admite, de hecho, que las nuevas relaciones de producción pueden nacer con independencia de un proceso revolucionario. Escribe: “…Las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de producción correspondientes no pueden aparecer al margen del viejo régimen, después de su desaparición: aparecen en el seno mismo del viejo régimen…” 23.

Es verdad que pueden encontrarse textos de Marx que sugieren una problemática semejante, pero toda su obra demuestra que, para él, el motor de la historia es la lucha de clases y que, en tanto que existan las clases. Las relaciones sociales se transforman mediante los enfrentamientos de clases. Su obra muestra igualmente que las relaciones sociales sólo pueden nacer de la lucha de clases. De igual manera, Lenin jamás habría podido formular la teoría del “eslabón más débil de la cadena imperialista” (teoría que permitía comprender la posibilidad de una revolución proletaria en Rusia) si, como hacían los mencheviques, hubiera hecho hincapié, sobre todo, en el desarrollo de las fuerzas productivas (ya que desde este punto de vista la revolución proletaria sólo era posible en los países más industrializados).

La tesis de la primacía de las fuerzas productivas impide aplicar rigurosamente los conceptos del materialismo histórico y abre el camino a falsas formulaciones políticas. Stalin, en la obra antes citada, escribe: “…para no errar en política, el partido del proletariado debe inspirarse ante todo, tanto para formular un programa como para su actividad práctica, en las leyes de la producción, en las leyes del desarrollo económico de la sociedad” 24.

La concepción de las fuerzas productivas desarrolladas de esa manera suscitaba numerosas dificultades, ciertamente, en lo que se refiere a su inserción en el conjunto de las tesis del materialismo histórico, pero es un corolario necesario a la tesis sobre la desaparición de las clases explotadoras –y por tanto de las explotadas- en la URSS.

El vínculo entre ambas tesis queda de manifiesto, por ejemplo, cuando Stalin afirma: “Bajo el régimen socialista… la base de las relaciones de producción reside en la propiedad social de los medios de producción. En nuestro país no hay explotadores no explotados… Las relaciones de producción están en conformidad perfecta con el estado de las fuerzas productivas…” 25.

Una de las dificultades suscitadas por esta formulación (que establece la “conformidad perfecta” entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción) es que hace desaparecer cualquier contradicción entre los dos elementos de la base económica. Esto inducirá a Stalin en 1951 a rectificar parcialmente cuando reprocha a A. J. Notkin haber tomado al pie de la letra su formulación sobre la “perfecta conformidad”, declarando que con tal fórmula se refería únicamente al hecho de que la sociedad socialista “tiene la posibilidad de asegurar a tiempo la correspondencia entre las relaciones de producción atrasadas y las fuerzas productivas…, ya que no existen clases declinantes capaces de organizar la resistencia” 26.

Ideológica y políticamente, las dos tesis precedentes (sobre la desaparición de las clases explotadoras y explotadas en la URSS y sobre la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas) han contribuido a bloquear cualquier acción organizada del proletariado soviético con objeto de transformar las relaciones de producción, es decir, de destruir las formas existentes del proceso de apropiación –base de la reproducción de las relaciones de clase- para construir un nuevo proceso de apropiación que, excluyendo la división social entre función de dirección  función de ejecución, la separación entre trabajo manual e intelectual, las diferencias entre campo y ciudad y entre obreros y campesinos, apunte, pues, a destruir la base objetiva de la existencia de las clases. Se suponía, por una parte, en efecto, que las clases habían desaparecido. Se suponía, por otra, que las relaciones de producción estaban en perfecta conformidad con las fuerzas productivas, pensando que cualquier eventual contradicción había de desaparecer a su debido tiempo gracias a la acción de la “sociedad socialista”.

En las condiciones prescritas, el problema fundamental que el proletariado soviético parecía tener que resolver consistía en el acrecentamiento de la producción al mayor ritmo posible. Construyendo “las bases materiales del socialismo”, el proletariado se “aseguraba” de que las correspondientes relaciones de producción, así como la superestructura adecuada, se desarrollarían también. De ahí las consignas de aquella época: “la técnica decido todo” y “alcanzar a los países capitalistas más avanzados”.

Es comprensible que el partido comunista chino haya declarado a propósito de estas dos tesis, en el folleto El seudo-comunismo de Jruschov y sus lecciones para el mundo: “Stalin se había alejado de la dialéctica del marxismo-leninismo, debido a su interpretación de las leyes de la lucha de clases en la sociedad socialista” 27.

En verdad tal interpretación de las leyes de la lucha de clases no pertenecía genuinamente a Stalin. En éste, como en otros problemas –por ejemplo, en lo que respecta a las relaciones entre la unidad y la lucha en el seno el partido-, Stalin se limitó a expresar sistemáticamente el punto de vista de las clases dirigentes del partido bolchevique. Pese a las apariencias, su papel ha sido esencialmente el de un engranaje que transmitía y concentraba las orientaciones que reflejaban las transformaciones en trance de producirse en la sociedad soviética y en el partido bolchevique. Este papel correspondía a que el propio partido se hacia cada vez menos capaz de ir contra la corriente, es decir, de revolucionarizar la práctica y la teoría. Incluso a veces, cuando Stalin hacía caso omiso de los temores y las reservas del Comité Central y del Buró político, tampoco puede decirse que fuese “contra la corriente” en el estricto sentido de la frase 28, limitándose a sacar las últimas consecuencias de las concepciones dominantes entre las capas dirigentes del partido. Es precisamente esta voluntad de ir hasta el fin la que coloca a Stalin aparentemente “por encima” del partido y la que hace aparecer como “suyas”concepciones que, salvo raras ocasiones 29, no le son propias, pero adquieren, gracias a su apoyo, una autoridad excepcional. Este ha sido el caso precisamente de la interpretación de las leyes de a lucha de clases en la sociedad socialista.

El hecho e que esta “interpretación” ha dominado las concepciones ideológicas y políticas de las secciones europeas de la III Internacional, contribuyendo a enmascarar la existencia de clases y de la lucha de clases en la Unión Soviética e incitando por esa razón a buscar en “otro lugar” que no fuera el de las contradicciones de clases las razones de las graves dificultades que conocía la URSS.

Se designaba este “otro lugar” mediante la tesis de la primacía de las fuerzas productivas. Por encontrarse éstas “insuficientemente desarrolladas”, la Unión Soviética se enfrentaba con enormes dificultades que le impulsaban a adoptar una serie de medidas muy apartadas de lo que el antiguo programa del partido bolchevique consideraba conforme a las exigencias de la construcción del socialismo: aumento de la diferenciación salarial, desarrollo del sistema de primas, privilegios crecientes para los técnicos, reforzamiento de la autoridad personal del director de la empresa, etc.

Para toda una generación, de la cual formo parte, las dos tesis anteriormente citadas gozaron de una especie de “evidencia” que conducía a eludir el análisis de las contradicciones y de los problemas reales. Incluso en los casos en que éstos no pasaban desapercibidos, su “solución” era remitida para más adelante: ésta debería darse con el desarrollo de las fuerzas productivas.

Para comprender la “evidencia” de que estaban investidas ambas tesis (“evidencia” aún conservada en el enfoque de los revisionistas modernos y de lo que se denomina “trotskismo”), hay que recordar que estas tesis no expresaban sólo el punto de vista personal de Stalin, sino del ala más revolucionaria del movimiento marxista europeo de aquel tiempo 30.

No está de más decir aquí algunas palabras a las posiciones de Trotski sobre estas dos tesis analizadas. Aunque sus posiciones, en efecto, son próximas a las de Stalin, conducen a Trotski a conclusiones muy diferentes.

Al igual que Stalin, Trotski admite que tras la colectivización o estatalización de los medios de producción “ya no hay clases poseedoras” 31, puesto que la “propiedad privada” está ausente. Precisando su punto de vista, Trotski añade que en la URSS no existen “clases poseedoras”, puesto que el “establecimiento de las formas socialistas de propiedad” impide a la “burocracia” disponer de “títulos” o “acciones” transmisibles por herencia 32. Ahora bien –agrega-, “en las sociedades civilizadas” es “la ley quien fija las relaciones de producción” 33, con lo cual Trotski hace aparecer las relaciones de producción como inscritas en la superestructura y no como correspondiendo a las relaciones que se establecen en el proceso social de producción  reproducción.

También puede encontrarse en Trotski –pero en forma caricatural- la fórmula staliniana de que el programa proletario “debe inspirarse ante todo en las leyes de la producción” 34. Por ejemplo, dice Trotski textualmente: “el marxismo parte del desarrollo de la técnica, como principal resorte del progreso, y construye el programa comunista fundamentado en la dinámica de las fuerzas de producción” 35.

Estas semejanzas hacen resaltar aún más las diferentes conclusiones a las que llegan Stalin y Trotski respectivamente.

Para Stalin, en efecto, el socialismo puede considerarse realizado, en lo esencial, inmediatamente después del primer plan quinquenal; Trotski no acepta tal conclusión por dos razones principales. La primera, porque no cabe imaginar, según él, un “socialismo en un solo país”; la segunda –que merece particular atención-, porque el “rendimiento del trabajo” (es decir, la fuerza productiva del trabajo) es demasiado débil en la Unión Soviética para que pueda hablarse de socialismo 36. Y aunque Trotski admite que el “contenido social” de una misma forma jurídica puede variar, esta “variación” no remite, según él, a la existencia de diferentes relaciones de producción (concepto que es prácticamente inexistente de estas formulaciones de Trotski) sino al “nivel alcanzado por el rendimiento del trabajo” 37, lo cual le lleva a afirmar que “la raíz de toda organización social se encuentra en las fuerzas productivas” 38.

Finalmente, desde el punto de vista que aquí interesa, lo que caracteriza la concepción de Trotski es que adopta la tesis de la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas hasta sus consecuencias extremas. Particularmente las dos siguientes: en primer lugar, la referencia al nivel de las fuerzas productivas permite a Trotski introducir la noción de normas burguesas de distribución” 39, impuestas a la URSS por el bajo nivel de aquellas fuerzas, y cuya existencia podría desembocar en la restauración de la propiedad privada. La idea de que la dominación burguesa pueda ser restaurada al interior de la propiedad del Estado queda así implícitamente descartada por Trotski, sin que, por otra parte, pueda proporciona argumentos justificativos de este rechazo. Y en segundo lugar, la función que asigna Trotski al desarrollo de las fuerzas productivas va tan lejos que reemplaza completamente la lucha de clases, lo cual lo lleva a escribir: “La fuerza y la estabilidad de los regímenes se definen en última instancia por el rendimiento relativo del trabajo. Una economía socializada que estuviese a punto de sobrepasar técnicamente a la del capitalismo podría encontrarse prácticamente segura de un desarrollo socialista en cierta forma automático.” 40.

Si he citado tan largamente estas formulaciones de Trotski, junto a las de Stalin, es para mostrar hasta qué punto –pese a las conclusiones tan diferentes que sacan- las dos tesis (sobre la desaparición de las clases antagonistas en la URSS y sobre la primacía de desarrollo de las fuerzas productivas) eran una especie de “lugar común” en el “marxismo europeo” de los años treinta (e incluso hasta fecha relativamente reciente), cuya aceptación tendía a obstaculizar el análisis de las transformaciones de la sociedad en términos de lucha de clases.

Más adelante intentaré explicar las razones que, a mi parecer, han permitido a estas dos tesis desempeñar su papel ideológico y político durante un periodo tan prolongado de tiempo. Pero antes de abordar este punto es preciso decir algunas palabras sobre una tercera tesis ligada a las dos precedentes.

3. La existencia del Estado y la desaparición de las clases explotadoras

Una de las dificultades que surge con la aceptación de la tesis de la desaparición de las clases explotadoras atañe a la existencia del Estado soviético no como forma transitoria en evolución hacia un no-Estado, hacia una comunidad” –según fórmula de Engels en una carta a Bebel, fórmula adoptada por Lenin-, sino como n Estado cada vez más separado de las masas, dotado de un aparato cada vez más celoso de sus “secretos”, que funciona de manera jerárquica, estando cada “escalón” sometido a un escalón “superior”.

Desde el punto de vista marxista, la forma de existencia del Estado soviético y la naturaleza de sus aparatos plantea un problema, ya que, para el materialismo histórico, tal tipo de Estado no puede existir sino sobre la base de los antagonismo de clase. El fortalecimiento de un aparato de Estado de este tipo es síntoma de la profundización de esos antagonismos, mientras que la desaparición de éstos se acompaña de la extinción del Estado en sentido estricto (en tanto que órgano de represión) cediendo el lugar a los órganos de auto-administración de las masas.

Este problema ha sido suscitado por Stalin, principalmente en su informe ante el XVIII Congreso del PCUS 41. En este informe Stalin recuerda la fórmula de Engels en el Anti-Dühring.

“Desde el momento en que no existe ninguna clase social a la que oprimir, que con la dominación de clase y la lucha por la existencia individual, motivadas por la anterior anarquía de la producción, son eliminados igualmente las colisiones y los excesos resultantes, no hay ya nada que reprimir y deja de ser necesario un poder especial de represión, un Estado” 42.

Para resolver el problema así planteado Stalin tiene que declarar que “algunas de las tesis generales del marxismo sobre el Estado no han sido elaboradas hasta el fin, son insuficientes” 43.

La insuficiencia quedaría colmada, según él, explicando la existencia del Estado y de tan amplio aparato estatal no por las relaciones sociales internas de la URSS, sino por una causa exterior: el cerco capitalista. De ahí la siguiente formulación:

“La función represiva ha dejado paso a la función protectora de la propiedad socialista contra los ladrones y despilfarradores de los bienes públicos, Se ha conservado íntegramente la función de defensa militar del país contra la agresión exterior. En consecuencia, han sido conservados el Ejército rojo y la marina militar, así como los organismos punitivos y los servicios de información necesarios para capturar y castigar a los espías, asesinos y saboteadores enviados a nuestro país por los servicios de espionaje extranjeros”44.

Hay una primera dificultad teórica, que surge de la afirmación de que sea necesario un amplio cuerpo represivo interior para enfrentarse con una amenaza exterior, máxime cuando la propia organización de las masas debería bastar para detectar a los elementos hostiles “enviados… por los servicios de espionaje extranjeros” en un país donde ninguna clase, en principio, está dispuesta a prestarles ayuda. Pero la necesidad de mantenimiento de un aparato estatal choca con una dificultad más concreta (que no ha aparecido con toda claridad hasta que se ha conocido el enorme alcance de la represión, término aún modesto para designar las detenciones, encarcelamientos y deportaciones de varios millones de personas): ¿cómo explicar la necesidad de medidas coercitivas tan numerosas si únicamente se trataba de castigar a elementos “infiltrados”, así como a ladrones y dilapidadores de los bienes comunes o aquellas personas que por “debilidad”, “orgullo” o “falta de carácter” se hubiesen dejado “atrapar en las redes del espionaje?” 45. Así planteados, este problema es de difícil respuesta. En cambio, la amplitud de la represión, sus formas y las contradicciones surgidas peden comprenderse mucho mejor si estos hechos se relacionan con una lucha de clases simultáneamente encarnizada y ciega, en lugar de relacionarlos principalmente con la actividad de los servicios de espionaje extranjeros  con la “falta de carácter” de los ciudadanos soviéticos.

Trotski, una vez que ha aceptado la tesis de la desaparición de la opresión de clase, se encuentra enfrentado al mismo problema que Stalin para explicar la existencia de un aparato de Estado. La “solución” que propone para resolver el problema es puramente económica. Tomando la fórmula de Engels más arriba citada, aísla la frase que menciona “la lucha por la existencia individual” y justifica que el Estado subsista en la URSS porque esta lucha individual no ha desaparecido. “Deberá subsistir incluso en América, sobre la base del capitalismo más avanzado” 46. Se puede añadir este detalle curioso: para Trotski, “en la medida en que la organización social se hiciese socialista deberían desaparecer los soviets…” 47 [es decir, precisamente los órganos de auto-administración de las masas, el no-Estado. C.B.]. No obstante, por poco satisfactoria que resultase la tesis que intenta explicar la forma de existencia del Estado soviético por la amenaza exterior y la “falta de carácter” de los ciudadanos de la URSS, la aceptación de las dos primeras tesis hacía prácticamente inevitable esta última.

Este examen retrospectivo que acabamos de hacer ayuda, sin duda, a comprender la casi imposibilidad en que se encontraban los que aceptaban las tesis precedentes (y hasta una época reciente era el caso –al menos en Europa- de la inmensa mayoría de los que reconocían que la Revolución de Octubre había abierto una nueva era en la historia de la humanidad) de proceder a un análisis marxista de la sociedad soviética, pues la esencia de tal análisis consiste en no ignorar las relaciones de clase y los efectos de la lucha de clases, y en reconocer, por el contrario, que se trata de unas relaciones y una lucha de decisiva importancia cuya subsistencia se prolongará hasta que no se haya edificado una sociedad sin clases esto es, una sociedad comunista.

No obstante, este recordatorio es aún insuficiente para poder responder a la siguiente cuestión: ¿Por qué la problemática “economista” (de la que forman parte las tesis que hemos evocado) ha podido desempeñar durante tanto tiempo –y continúa desempeñando- el papel ideológico que le es propio?

NOTAS

[1] Planificación y Crecimiento acelerado, (1974)

[2] En particular, La Transición a la economía socialista, (1968), y Cálculo económico y Formas de propriedad, (1970). Estos dos últimos libros llevan también la marca de dos grandes experiencias sociales y políticas. Las revoluciones china y cubana, con las que he estado en relación sostenida a partir de 1958 y 1960, respectivamente. Han sido marcados también por la renovación del pensamiento marxista en Francia. Renovación que ha estado ligada especialmente a la difusión cada vez más amplia del pensamiento de Mao Tsé-tung y ha sido marcada por la ruptura que L. Althusser y los que han trabajado con él han realizado mediante una lectura “economista” de El Capital de Marx.

[3] Se trataba, entonces, del proceso que tenía como principales acusados a Zinoviev y Kámenev. Cada día, muy temprano, los moscovitas hacían cola ante los quioscos para estar seguros de poder comprar su diario con la actas de los procesos.

[4] Tal era, igualmente, en 1956, la opinión del partido comunista chino, opinión expresada en dos artículos titulados “A propósito de la experiencia histórica del dictadura del proletariado”. Estos artículos, publcados el 5 de abril y el 29 de diciembre de 1956 por el Renmin Ribao, son generalmente atribuidos a Mao Tsé-tung.

[5] Se dispone de relatos detallados de lo sucedido en los puertos polacos y de la discusiones que han seguido a los enfrentamientos armados de diciembre de 1970 (cf., por ejemplo, Gierek face aux grevistes de Szzecin SELIO, Paris 1971).

[6] Ch. Bettelheim, la Transición a la economía socialista, op. Cit., p. 30, 70 y 175

[7] Ibid., p.45 a 77 y mas especialmente p. 48

[8] El problema del “economismo” es vuelto a tratar más adelante (cf. infra, p. 25)

[9] Cf. Ch. Bettelheim, Revolución Cultural y organización industrial en China, (1973)

[10] Cf. Paul M. Sweez y Ch. Bettelheim, Algunos problemas actuales del socialismo, (1972)

[11] “Reincorporarse” al contenido revolucionario del marxismo no es, evidentemente, “reencontrar” las tesis que Marx y Engels habrían formulado hace un siglo, aproximadamente, antes de las lecciones que las luchas de clases desarrolladas desde entonces permiten extraer hoy. “Reincorporarse” es eliminar las concepciones cuyo contenido es erróneo (aunque hayan podido parecer verdaderas en una cierta época) y que son un obstáculo al desarrollo de la teoría marxista, a su enriquecimiento a partir del análisis concreto de las luchas de clases y de sus efectos. Como escribía Lenin, hablando de la actitud de los marxistas revolucionarios hacia la teoría de Marx: “Nosotros no consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible; estamos convencidos, por el contrario, que ha puesto simplemente la piedra angular de la ciencia que los socialistas deben llevar más lejos en todas las direcciones si no quieren dejarse distanciar por la vida”. (Cf. Lenin, Nuestro programa. En adelante, y salvo indicación contraria, todas las citas de Lenin están tomadas de la versión española de sus Obras)

[12] Cf. J. Stalin, Les questions du leninisme, Editions Norman Béthune, Paris, 1969, tomo 2, p. 748.

[13] Ibid., p.752

[14] Ibid., p.755

[15] Ibid.

[16] “Las clases son grandes grupos de personas que se diferencian unas de otras por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se hallan con respecto a los medios de producción (relaciones que, en gran parte, son establecidas y fijadas por leyes), por su papel en la organización social del trabajo y, en consecuencia, por el modo y la proporción en que obtienen la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo del otro en virtud de los diferentes lugares que uno y otro ocupan en una estructura determinada de la economía social.” (Cf. Lenin, Una gran iniciativa, OC, t.28, p. 425) Se observará que Lenin indica que el lugar de las diferentes clases sociales puede ser “fijado por leyes”, pero se trata justamente de una posibilidad. La existencia de una “relación jurídica” con los medios de producción no entra en la definición misma de las clases.

[17] Ver la primera formulación de esta idea en la carta de Marx a Wydemeyer del 5 de marzo de 1852.

[18] Cf. Lenin, La economía y la política en la época de la dictadura del proletariado, 7 de noviembre de 1919, OC, t. 30, pp. 108.109.

[19] Lenin,OC, t. 31, p. 59

[20] La presión que la ideología burguesa ejerce sobre el marxismo (y que se manifiesta por lucha entre las dos vías, burguesa y proletaria, en el seno del marxismo mismo) ha determinado en más de una ocasión la tendencia a reducir las relaciones de producción a simples relaciones jurídicas. Así ha ocurrido en la Rusia soviética durante a guerra civil, con la ilusión de que la extensión de las nacionalidades y la prohibición del comercio privado (el cual era sustituido por medidas de requisa y de distribución que no pasaban por el mercado) equivalía a la “instauración” de relaciones comunistas, y de ahí la apelación incorrecta de “comunismo de guerra”, a la cual hay que recurrir para designar este periodo. Como Lenin lo ha reconocido, las ilusiones que tomaron cuerpo entonces han conducido a una derrota más grave que ninguna de las que no habían infringido Koltchak, Dénikin o Pilsudki…” (Lenin, OC, t. 33, p. 52)

[21] Cf. Stalin, Cuestiones del leninismo, op., cit., p. 785 ss.

[22] Ibid., p 808-809

[23] Ibid. p. 817. Si la tesis de la “aparición” de fuerzas productivas socialistas (y de las correspondientes relaciones sociales) en el seno mismo de modo de producción capitalista está en contradicción con las enseñanzas del materialismo histórico, no deja de aludir, sin embargo, al hecho de que “las nuevas condiciones materiales de la producción y las relaciones de comunicación de la sociedad sin clases (están ya) escondidas en las entrañas de la sociedad tal como ella es…” (Cf. K. Marx, Fondements de la critique de l´économie politique, t. 1, editions Anthropos, Paris, 1967 p. 77) Marx apunta aquí al hecho de que el capitalismo rompe los particularismos locales, desarrolla condiciones de comparación y de relaciones “universales” (Ibid., pp. 98-99 y p. 78 del texto alemán).

[24] Ibid., p 808.

[25] Ibid., p 815.

[26] Cf. J. Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la URSS, 1951

[27] El falso comunismo de Jruchov,  Renmin Ribao y revista Hongqi, Pekin (14 de julio de 1964).

[28] “Ir contra la corriente” es, para un militante de un partido revolucionario, cualesquiera que sean sus responsabilidades, esforzarse –cuando está en minoría- por persuadir de la justeza de su punto de vista a los que no están de acuerdo con él. Por el contrario, hacer “pasar en la práctica” sus propias concepciones, modificando las relaciones de fuerza en el interior del partido por compromisos que oscurecen los diferentes puntos de vista o utilizando la autoridad de que dispone para hacer presión sobre algunos, modificar la composición de las instancias dirigentes, etc., no es realmente ir contra la corriente son combatir a nivel de la organización para imponer su opinión (que, por otra parte, puede ser justa).

[29] Los raros casos en que Stalin no ha tenido en cuenta lo que eran las concepciones dominantes en el partido han tenido una importancia histórica inmensa. En el próximo volumen examinaremos las razones, pero en esos casos el recurso a la persuación no ha sido más que un elemento menor de su acción.

[30] Ha habido teóricos que se consideraban marxistas e incluso pequeñas organizaciones, sobre todo en Alemania, que en un momento o en otro han expresado su desacuerdo con las conclusiones políticas de estas tesis y con algunas de sus premisas ideológicas, pero estos teóricos o estos movimientos (que pertenecían al “izquierdismo” de la época) han permanecido marginales, porque sobre las cuestiones teóricas más fundamentales no se pusieron jamás sobre otro terreno que el de aquellos a quienes criticaban: ese terreno común era el del “economismo”.

[31] Cf. “La revolution trahie”, en De la Revolution, Editions de Minuit, Paris, 1963

[32] Ibid., p. 603

[33] Ibid., p. 602

[34] Cf. supra, p17.

[35] La revolution trahie, op. Cit., p. 473

[36] Cf. por ejemplo, ibid., p. 474

[37] CF. ibid., pp. 483 y 485.

[38] Ibid.

[39] Por ejemplo ibid., p. 599. Se saben en la Crítica del programa de Gotha, Marx habla del “límite burgués” que afeca a a la distribución de los productos durante “la primera fase de la sociedad comunista”, pero este “límite”  no se refiere al nivel de las fuerzas productivas sino a “la subordinación de los individuos a la división del trabajo” y a las relaciones sociales correspondientes que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas (Cf. K. Marx y F. Engels, Crítica del programa de Gotha y  de Erfurt).

[40] Ibid., p. 475

[41] Informe presentado el 10 de marzo de 1939. Cf. Cuestiones del leninismo, op. Cit., p. 823 ss.

[42] F. Engels, Anti-Dühring.

[43] Ibid., p. 875.

[44] Ibid., p. 881.

[45] Ibid., p. 875.

[46] Cf. De la revolución, op.cit., p. 478.

[47] Ibid., p. 485.