A modo de presentación


“El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética y de las luchas a partir de las cuales se han efectuado esas transformaciones es, por consiguiente, un análisis de máxima actualidad. Lo que está en juego en el desarrollo de tales luchas son precisamente las concepciones que siguen dominando masivamente al movimiento obrero de los países industrializados (concepción que, en su forma “invertida” -es decir, bajo diversas especies de “izquierdismo”- está igualmente presente en los movimientos revolucionarios de los países escasamente industrializados). Analizar lo más concretamente posible, a través de la extraordinaria experiencia de la Unión Soviética, los errores a los que conduce esa concepción constituye una “lección por la vía negativa” para que los que quieren luchar por el socialismo se desembaracen de tales concepciones.

El análisis de lo que ha ocurrido y ocurre en la Unión Soviética reviste especial importancia para los militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas. Estos, en efecto, se encuentran “paralizados” ideológicamente en su capacidad de comprender el pasado de la Unión Soviética y, por eso mismo, su presente. Una manifestación de esta “parálisis” es su recurso a las fórmulas vacías sobre el “culto a la personalidad” o a la actitud consistente en adoptar ciertas distancias con respecto a la Unión Soviética, al mismo tiempo que se multiplican las proclamas de fidelidad a la “patria del socialismo”.

Tales fórmulas y actitudes testimonian una crisis ideológica más profunda de lo que puede parecer, susceptible de ser el preludio de una reflexión que ponga finalmente en entredicho las prácticas reformistas y revisionistas. Esa reflexión debe ser alimentada precisamente por un esfuerzo de comprensión del pasado y presente de la Unión Soviética. De no ser así, estamos condenados a permanecer encerrados en esquemas que oscurecen la historia real. Es visible que los dirigentes revisionistas temen desencadenar tal tipo de reflexión. De ahí las fórmulas mágicas sobre el antisovietismo con que es acogido todo intento de reflexión crítica sobre la historia concreta de la URSS. Semejantes fórmulas no tienen más función que la de intentar prohibir a militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas plantearse cuestiones esenciales, cuestiones que permitirían a las luchas proletarias y populares desembocar en vías diferentes a la triada: reformismo electoral, luchas sindicales pretendidamente independientes de toda organización política y espontaneísmo.

Este análisis de la realidad soviética, de su pasado y de su presente, no es, evidentemente, más que uno de los elementos que pueden favorecer una clarificación ideológica y por tanto ayudar al movimiento obrero -y, más particularmente, al “marxismo” esclerotizado predominante hoy en una gran parte del mundo- a salir del círculo en que hasta hoy parece estar encerrado”.

Ch. Bettelheim

Las Luchas de Clases en la URSS

Primer Periodo (1917-1923)

 

 

 


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Las Luchas de Clases en la URSS (Prefacio2)

LAS LUCHAS DE CLASES EN LA URSS
PRIMER PERIODO (1917-1923)

PREFACIO (2ª Parte)
Charles Bettelheim

 

1. EL PREDOMINIO DE LA PROBLEMÁTICA DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS

Para responder a esta cuestión no hay que olvidar qué la problemática de las fuerzas productivas -uno de los aspectos de la problemática “economista”- está indisolublemente ligada de forma histórica no solamente al movimiento obrero europeo entre los años 1880 y 1914, sino también, aunque bajo una forma modificada, a la historia de la Revolución rusa (a partir de finales de los años veinte en particular), cuando se hizo el primer intento por construir el socialismo. El prestigio que este intento ha revestido para la gran mayoría de los que, con razón, ven en el capitalismo el sistema “perfecto” de la explotación del hombre por el hombre (sistema que ha producido ya dos guerras mundiales e innumerables guerras de menor envergadura) debería influenciar, en cierto modo necesariamente, a la problemática teórica ligada a esta tentativa.

Pero esta respuesta no lo es más que a medias, pues cabe aún preguntar por qué se ha anudado ese lazo histórico entre el primer intento de construcción del socialismo y las tesis centrales de la problemática que discutimos.

A este segundo aspecto del problema me limitaré, en esta introducción, a avanzar algunos elementos de respuesta. A lo largo del presente volumen (y de los sucesivos) iré desarrollando esos elementos (en la medida que lo exija el análisis de las transformaciones en la formación social soviética).

a) Cese de la lucha contra el “economismo” en el partido bolchevique

Un primer elemento de respuesta remite a la propia ideología del partido bolchevique. Esta, en efecto, y a despecho de las profundas transformaciones sufridas bajo el efecto mismo le su acción revolucionaria y de la lucha ideológica librada por Lenin contra el “economismo”, se encontraba lejos aún de haberse liberado de las concepciones “economistas” en el momento en que -con la desaparición de Lenin- el combate contra el “economismo” deja de caracterizar la lucha ideológica en el seno de este partido.

No sobra recordar que el término “economismo” fue empleado por Lenin para caracterizar críticamente una concepción del “marxismo” que trataba de reducir este último al rango de una simple “teoría económica” desde la que interpretar el conjunto de las transformaciones sociales.

Tal concepción puede revestir diversas formas; cuando no está sistematizada, su papel no puede ser más que relativamente secundario y no debe hablarse entonces más que de “tendencia hacia el economismo”.

Al definir el desarrollo de las fuerzas productivas como motor de la historia, uno de los principales efectos del “economismo” consiste en hacer aparecer la lucha política de clases como producto directo e inmediato de las contradicciones económicas Contradicciones que se supone deben “engendrar” por sí mismas las transformaciones sociales y, “llegado el momento”. las luchas revolucionarias. La clase obrera, en consecuencia, parece espontáneamente impulsada hacia la revolución (siendo innecesaria entonces la tarea de construir un partido proletario); La misma problemática tiende a negar que otras clases explotadas y oprimidas, distintas del proletariado, puedan luchar por el socialismo 1.

El “economismo” -a otro nivel analítico- viene caracterizado por el hecho de tender a identificar las fuerzas productivas con los medios materiales de producción. negando con ello el hecho de que la principal fuerza productiva está constituida por los propios productores. En consecuencia, el “economismo” atribuye un papel preeminente a la acumulación de nuevos medios de producción y a los conocimientos técnicos y no a la iniciativa de los trabajadores en la tarea de construir el socialismo.

El “economismo” puede presentar formas diversas y aun contradictorias. Según varíe la coyuntura de la lucha de clases, puede aparecer como “derechista” o “izquierdista” (en realidad es siempre “derechista-izquierdista”). En el partido bolchevique. el “economismo” ha alimentado algunas posturas de las oposiciones de 1918 y de los años 1920-1925, incluidas las oposiciones sindicales cuyo carácter derechista era particularmente visible 2.

Entre los efectos de “derecha e izquierda” del “economismo” en el seno del partido, hay que mencionar igualmente las posiciones de Bujarin, Trotski y Preobrazenski durante el “comunismo de guerra”. Estas posiciones pretendían el “paso directo al comunismo” mediante un recurso generalizado a la acción del Estado para imponer la militarización del trabajo; la disciplina jerárquica y la requisa y distribución de los productos agrícolas, acción definida como “autodisciplina proletaria”. Esta concepción partía de la identificación abstracta de1 Estado soviético con un “Estado obrero”.

Esta forma de “economismo” presupone que la dirección centralizada de la economía es la “esencia” del “comunismo”. Su carácter “derechista” reside en que somete a los trabajadores a los aparatos coercitivos, pareciendo oponerse a un “economismo de izquierda” que, al menos implícitamente, afirma que la unidad de la clase obrera y la de ésta con las otras clases trabajadoras pueden producirse “espontáneamente” a causa de la “convergencia” de intereses de todos los trabajadores. En realidad, ambas corrientes niegan el papel decisivo de la lucha ideológica y política de clases y la necesidad -para la justa conducción de esta lucha- de un partido marxista-leninista guiado por una línea política correcta. La primera concepción tiende a sustituir la dirección política e ideológica del proletariado por la coerción estatal 3; la segunda da la prioridad a la acción de las organizaciones sindicales. Corno podrá comprobarse más adelante, estas dos “interpretaciones del marxismo” llevaron a que algunos bolcheviques preconizasen, al final del “comunismo de guerra”, la “estatización de los sindicatos” y otros la “sindicalización del Estado”.

Si consideramos necesario insistir aquí tan largamente sobre el “economismo”, no es sólo porque éste haya desempeñado un papel creciente en las secciones europeas de la III Internacional, sino también porque su existencia, bajo una u otra forma, plantea continuamente nuevos problemas al movimiento obrero. Sería ilusorio creer que el marxismo y los partidos marxistas pueden desembarazarse de él “total y definitivamente”, siendo, como es, la forma que adopta la ideología burguesa en el seno del marxismo. Esta ideología está enraizada en el terreno de las relaciones sociales burguesas. que no pueden desaparecer más que con la desaparición de las clases.

La lucha contra el “economismo” forma parte necesariamente de la vida del marxismo. Más aún, es la forma principal que reviste en su seno la lucha ideológica de clase. Marx y Lenin han librado esta lucha en sus propios escritos.

La actividad de Lenin permitió que el partido bolchevique se desembarazase de las formas más simplistas del “economismo”. Sin embargo, las tendencias hacia éste continuaron siendo muy fuertes en su seno. Por ello Lenín tropezó a menudo con muchas dificultades para hacer que prevaleciese su orientación. Y la misma razón explica que el “economismo” haya marcado tan profundamente la forma en que se aplicó La NEP y explica la concepción de la colectivización y La industrialización que ha prevalecido en la Unión Soviética. Tai concepción, en efecto, confería un papel privilegiado a la acumulación y trataba la técnica como Si se encontrase “por encima” de las clases.

Lo dicho hasta ahora no permite comprender más que parcialmente el lazo histórico existente entre el primer intento de construcción del socialismo y el “economismo”. Para comprenderlo más a fondo es preciso desarrollar otras dos series de observaciones: La primera de estas series se refiere a las bases sociales del “economismo”; la segunda a la adopción explícita de un conjunto de tesis “economistas” en el curso de la aplicación de los planes quinquenales.

b) Las bases sociales del “economismo”

Recordemos, sin entrar en un debate que no cabe aquí, que el “economismo” es un producto de la lucha de clases en el seno del marxismo. No tener esto en cuenta significa caer en el idealismo, considerar que las “ideas” se desarrollan por sí solas y ejercen una acción histórica independiente de las contradicciones sociales. Conviene recordar, en primer lugar, que en su forma original el “economismo” surgió en la II Internacional, concretamente en el partido socialdemócrata alemán. Su forma “derechista” estaba vinculada a la existencia en el seno de este partido de un poderoso aparato político y sindical integrado en los aparatos del Estado alemán, Los dirigentes de tan poderoso aparato pudieron ilusionarse con la creencia de que un crecimiento continuado de su actividad organizadora y reivindicativa llegaría a crear las condiciones para el derrocamiento del capitalismo. Y se aferraron tanto más a esta idea cuanto que así consolidaban sus posiciones en el seno del movimiento obrero alemán, sin tener que correr. aparentemente, los riesgos inherentes a una acción revolucionaria. Así pudo ir tomando consistencia paulatinamente una ideología burguesa encubierta por algunas formulaciones de apariencia “marxista”. La influencia de esta ideología en el conjunto del movimiento obrero alemán fue considerable, en la medida en que la acción del aparato. Político y sindical de que estaba dotado este movimiento y el poderío del imperialismo alemán permitieron a algunas capas de la clase obrera el mejoramiento de sus condiciones de existencia. En la Rusia zarista, a la inversa, no se daban las condiciones para el desarrollo de un movimiento obrero legal; por ello, el “economismo” de los mencheviques no encontró eco en la clase obrera rusa, con excepción de algunas categorías relativamente “privilegiadas”, como la de los ferroviarios.

En el propio partido bolchevique fueron los dirigentes sindicales los que, en diversas ocasiones, resultaron ser los principales portadores de un “economismo de derecha”. Tras la Revolución de Octubre, el desarrollo de una capa de administradores y funcionarios de la economía, del plan, de las finanzas, etc., favoreció el avance de nuevas formas de “economismo”. Como veremos, estas formas nuevas revistieron una fisonomía de derecha o de “izquierda”, Según la coyuntura de la lucha de clases y las características de las capas obreras susceptibles de proporcionarles una base social.

El “economismo” desarrollado así en el partido comunista de la Unión Soviética encontró eco, a su vez, en las secciones de la Internacional Comunista de los países en que el movimiento obrero pudo revestir formas de desarrollo análogas a las del movimiento obrero alemán antes de la primera guerra mundial.

c) La readopción explícita de tesis “economistas” durante la aplicación de los planes quinquenales

La readopción explícita de las tesis “economistas” expresada de manera particularmente sistemática en los textos anteriormente citados debe ser examinada en dos aspectos: como resultado de una profunda evolución de la sociedad rusa y del partido bolchevique y corno resultado de la nueva autoridad que adquieren esas tesis por el hecho de ser enunciadas por Stalin.

Evidentemente, el aspecto decisivo es el primero. Fueron las numerosas transformaciones de la Rusia Soviética y del partido bolchevique entre octubre de 1917 y comienzos de 1929 las que -al principio sólo implícitamente en la práctica- permitieron el afianzamiento de concepciones que identificaban la construcción del socialismo con el más rápido desarrollo de las fuerzas productivas 4, en primer lugar de la industria, aunque fuese en detrimento de la alianza de la clase obrera con el campesinado.

De hecho, las tesis “economistas”, bajo la forma en que triunfaron a partir de los finales de los años veinte, no fueron atacadas en sus fundamentos por ninguna de las diversas corrientes “oposicionales”. Lo que tales corrientes ponían en entredicho no era más que una u otra medida concreta o uno u otro conjunto de medidas concretas, políticas o administrativas, pero la orientación general que las generaba quedaba fundamentalmente incólume. Incluso las objeciones planteadas por Bujarin contra una industrialización que, a su manera de ver, era realizada con ritmos demasiado acelerados, tendían exclusivamente a poner en guardia contra los efectos económicos, a largo plazo negativos, de un esfuerzo industrial que él consideraba excesivo. Su argumentación se basaba esencialmente en la afirmación de que un menos esfuerzo inicial permitiría alcanzar antes un tipo de industrialización análogo al pretendido por los planes quinquenales. Bujarin no ponía en duda que este tipo de industrialización correspondía a las exigencias de la construcción del socialismo (aunque si rechazaba que la colectivización llevada a cabo a partir de 1929 permitiese realmente la edificación de relaciones socialistas en el campo).

Si es verdad que las concepciones “economistas” que triunfan con la aplicación de los primeros planes quinquenales corresponden a las tendencias profundas del partido bolchevique, no menos verdad es, como ya se ha indicado anteriormente, que la adopción explícita por Stalin de las tesis “economistas” anteriormente indicadas conceden a estas tesis un peso excepcional debido a la autoridad -igualmente excepcional- que se concedía a sus intervenciones. Surge aquí, en consecuencia, uno de los aspectos de lo que ha llegado a llamarse “la cuestión Stalin”.

Para abordar este tema (que no podrá ser examinado verdaderamente más que en el segundo tomo de esta obra, en relación con el análisis de conjunto del período 1924-1953), hay que recordar, ante todo, cuán diferentes eran en el seno del partido las posiciones de Lenin y Stalin ante los problemas de la lucha ideológica.

Como regla, Lenin concedió siempre una importancia prioritaria a esta lucha, no dudando nunca en ir “contra la corriente”, hasta el punto de haberse encontrado en minoría más de una vez en el seno del Comité Central (incluso en problemas esenciales). Lo cual, dicho sea de paso, indica lo erróneo que es presentar al partido bolchevique como un partido “leninista”. Más adelante tendremos ocasión de ocuparnos de nuevo de este aspecto.

Stalin concebía su papel dirigente de otra manera. En los problemas esenciales su norma fue -sobre todo hasta 1934- expresar las tendencias profundas del partido, siendo así su portavoz. A este respecto, los ataques polémicos contra Stalin atribuyéndole haber “impuesto” al partido, por su “personalidad”, concepciones extrañas al mismo no tienen fundamento. En realidad designan otra cosa: la perseverancia de Stalin y su rigor inflexible en la aplicación de medidas basadas en concepciones que eran tanto suyas como de la casi totalidad del partido, incluida la mayoría de los que se oponían a una u otra medida concreta.

Por otra parte, la transformación de este partido es constante: las fuerzas sociales que actúan masivamente en este terreno no son las mismas en 1934 o en 1952. Estos cambios, a su vez, están ligados a las transformaciones de la propia sociedad soviética.

El segundo aspecto, sin embargo, sobre el que habrá que volver, es el peso suplementario dado por Stalin a las tendencias profundas del partido, que contribuye a reforzar de forma decisiva al hacerse su portavoz. Tal es el caso en particular de las concepciones “economistas”, que prevalecen a partir de 1929.

El peso suplementario que Stalin confiere a las tesis que él apoya procede de su propia autoridad, que no está asociada ante todo -como algunos gusta imaginar- al hecho de que Stalin fuese secretario general del partido bolchevique (pues a su vez hay que explicar este hecho sin recurrir a anécdotas sobre la “personalidad” de Stalin que, aun cuando son reales, no explican nada en realidad). Su autoridad proviene de algo que la casi totalidad del partido, desde comienzos de los años treinta, consideró como un doble mérito excepcional de Stalin: no haberse desviado de la idea de construir el socialismo en la URSS y haber concebido una política que, según el partido, conduciría a ese resultado.

Cuando, tras la muerte de Lenin, los otros dirigentes bolcheviques estaban dispuestos a aceptar la continuación de la NEP -que no hubiera sido sino una evolución hacia un capitalismo privado- o a poner en marcha algunas medidas de industrialización que se negaban a inscribir en una perspectiva socialista, Stalin, actualizando una tesis leninista 5 reafirmó la posibilidad de emprender la construcción del socialismo en la URSS sin hacer depender esta tarea de la victoria de la revolución proletaria en Europa o en el resto del mundo.

Al adoptar esta posición, y al perfilar después una política conducente a extraer las consecuencias lógicas, Stalin se proponía devolver la confianza a la clase obrera soviética; asignaba al partido bolchevique otro objetivo que el de tratar de mantenerse en el poder a la espera de tiempos más favorables; contribuía así a poner en marcha un proceso de transformación de una envergadura gigantesca, proceso que debería crear las condiciones necesarias para defender la independencia de la URSS y agravar las contradicciones del campo imperialista. Lo cual permitió a la Unión Soviética aportar una contribución decisiva a la derrota del hitlerismo. La política de industrialización mantenía enhiesta la bandera de la Revolución de Octubre, la confianza de los pueblos en la victoria de sus luchas y ayudaba así, objetivamente, al éxito de la Revolución china en Asia.

Al proclamar la posibilidad de que la Unión Soviética avanzase hacia el socialismo, Salín -contrariamente a las afirmaciones de Trotski- aparecía como el continuador de Lenin, del que numerosos textos, y más particularmente los últimos, afirmaban esta posibilidad. Aquí hay que ver una de las fuentes de autoridad de Stalin, autoridad que se propagó a las tesis afirmadas por él. En realidad, la inmensa autoridad de que gozaba Stalin, sobre todo tras el triunfo de la segunda guerra mundial, no se debió sólo a la defensa de las tesis mencionadas, sino a la abnegación y al valor del pueblo soviético. El trabajo y el heroísmo de este pueblo fue lo que permitió levantar la industria de la URSS y derrotar a los ejércitos hitlerianos. Stalin, no obstante, fue el que dirigió tales esfuerzos y luchas asignándoles objetivos justos.

Cierto, la vida ha mostrado que en lo concerniente a la vía a seguir y a las medidas concretas a tomar para alcanzar el objetivo fijado, Stalin ha cometido graves errores, pero la naturaleza exacta de los mismos no era inmediatamente visible 6. Más aún: en la situación en que se encontraba la Unión Soviética a finales de los años veinte -y en la situación en que se encontraba el partido bolchevique en su conjunto- eran históricamente inevitables.

El hecho de que se cometieran tales errores (y de que entrañaran graves consecuencias políticas, principalmente en lo relativo a la ciega represión que no sólo se ensañó con los enemigos del socialismo, sino contra las masas populares y contra auténticos militantes revolucionarios, no tocando, en cambio, a auténticos enemigos) ha constituido una lección ejemplar para el proletariado mundial. Se ha puesto de manifiesto finalmente que ciertas formas de combatir al capitalismo eran ilusorias y no hacían más que reforzar a la burguesía en el seno de los aparatos políticos y económicos. Las lecciones extraídas por Lenin de la experiencia análoga -aunque limitada- del “comunismo de guerra”, se han visto de esta manera confirmadas.

Por el momento, no obstante, el hecho de que la Unión Soviética hubiera realizado en pocos años transformaciones de tal amplitud que han conducido a extirpar formas de producción pre-capitalistas y a eliminar el capitalismo privado- confirió una autoridad sin precedentes al conjunto de las tesis defendidas por el partido bolchevique y formuladas por Stalin. Tales éxitos robustecieron la “evidencia” de que estas tesis gozaban ya ante los ojos de la inmensa mayoría del movimiento revolucionario, no sólo en la Unión Soviética, sino en Europa y en otras partes.

d) El “economismo” en los movimientos obreros y comunistas de Europa

Interviene aquí otro elemento que explica el papel que, fuera de la Unión Soviética, desempeñó el “economismo” en la manera como se concebía la construcción del socialismo. Es el siguiente: el “economismo” contra el que luchó Lenin dentro del partido bolchevique, era infinitamente más actuante y vivo en las secciones europeas de la III Internacional. En Europa -y más concretamente en Europa occidental, Alemania y Francia en primer lugar- el “economismo” tenía detrás una larga historia, que se confunde en gran medida con la historia de los partidos socialdemócratas europeos, sobre todo a partir del momento en que Europa entró en su fase imperialista. No habiendo sido combatido el “economismo” en el resto de Europa con la misma intensidad con que lo fue en Rusia, es comprensible que el movimiento obrero revolucionario europeo se encontrase muy predispuesto a percibir como “evidencias” las tesis “economistas” del PCUS.

En la actualidad, la problemática “económica” de la construcción del socialismo ha quedado sensiblemente quebrantada (al menos en la forma que revistió desde finales de los años veinte) por dos razones al menos:

La primera es exterior a la URSS. Está constituida por la Revolución china. Lo sucedido en China testimonia, en efecto, que el “bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas” no es un obstáculo a la transformación socialista de las relaciones sociales y que tampoco obliga “necesariamente” a pasar por formas de acumulación primitiva, por la agravación de las desigualdades sociales, etcétera.

El ejemplo de China demuestra que no es necesario (y que, en realidad, es peligroso) pretender construir “primero” las bases materiales de la sociedad socialista, remitiendo a más tarde la transformación de las relaciones sociales, que serían así puestas en armonía con fuerzas productivas más elevadas.

Este ejemplo muestra que la transformación socialista de la superestructura debe acompañar al desarrollo de las fuerzas productivas, y que tal transformación condiciona el carácter efectivamente socialista del desarrollo económico. Muestra, igualmente, que cuando las transformaciones socialistas se llevan a cabo de esta manera, la industrialización no exige -contrariamente a lo ocurrido en la Unión Soviética- la imposición de un tributo al campesinado (imposición que constituye una seria amenaza para la alianza obrera y campesina).

La segunda razón que ha quebrantado fuertemente la problemática “economista” de la construcción del socialismo consiste en la misma desaparición de los “hechos” de los cuales extraían su “evidencia” las tesis “economistas”.

Mientras la Unión Soviética, en efecto, fue económicamente débil, disponiendo sólo de una industria mediocre, aquello que en las relaciones políticas y económicas reinantes en ese país ofrecía viva contradicción con lo que Marx, Engels y Lenin habían dicho sobre el socialismo, el “economismo” podía atribuirlo a esa debilidad económica de la URSS. Las concepciones “economistas” alimentaban la esperanza que una vez superada la debilidad económica de la URSS desaparecerían las limitaciones impuestas a la libertad de expresión de las masas populares, se reducirían las desigualdades distributivas, desaparecerían los múltiples privilegios de una minoría de cuadros y técnicos y cesaría la represión ejercida contra amplias capas de la población. De esta manera, los “rasgos” negativos de la sociedad soviética podían verse como el “precio” que era necesario pagar para construir las “bases materiales” del socialismo, como fenómenos “transitorios” que debían desaparecer por sí mismos cuando ese objetivo fuera alcanzado total o aproximadamente. Los “hechos” parecían, por tanto, “justificar” la problemática “economista” y hacer “inútil” un análisis de la realidad soviética en términos de lucha de clases susceptible de revelar el ascenso de una burguesía de Estado 7 que se instalaba en los puestos de mando y montaba los aparatos necesarios para su dominación.

En la actualidad, la situación ha cambiado totalmente. Aunque la Unión Soviética siga atravesando grandes dificultades económicas 8 -que justamente habrá que explicar-, la Unión Soviética se ha convertido desde hace ya tiempo en la segunda potencia industrial del mundo y la primera de Europa; son numerosos los dominios de la ciencia y de la técnica en los que ocupa un puesto de vanguardia. La Unión soviética se encuentra rodeada, además, de estados europeos estrechamente vinculados a ella cuyo potencial económico está lejos de ser desdeñable. Ahora bien, los fenómenos que el “economismo” pretendía explicar por el “estado atrasado de la URSS” y que debían por tanto tener un carácter “transitorio”, lejos de desaparecer, se mantienen y desarrollan. Los privilegios ayer nacientes y considerados “impuestos” por las condiciones del momento, por las exigencias de la acumulación, forman parte hoy oficialmente dl sistema de relaciones sociales en cuyo interior se pretende “construir las bases materiales del comunismo”. Ni hablar, para el PCUS, de atentar contra tal estado de cosas, sino, al contrario, de reforzarlo. Ni hablar de permitir que los trabajadores soviéticos controlen colectivamente el empleo de los medios de producción, la utilización de la producción corriente, o la actividad del PCUS y de sus miembros. Las fábricas están administradas por directores que no tienen con “sus” obreros más que relaciones de mando y que sólo responden ante sus superiores. Las empresas agrícolas tienen una gerencia de tipo similar. De manera general, los productores directos no tienen derecho a la palabra o, más bien, no se les concede más que cuando se les pide ritualmente la aprobación de decisiones o “proposiciones” elaboradas al margen suyo, en las “esferas superiores” del Estado y del partido.

Las normas de gestión de las empresas soviéticas 9 parecen cada vez más un calco de la vigente en los países capitalistas “avanzados”, siendo numerosos los “managers” soviéticos que se forman en las escuelas de gestión (los “business schools”) de los Estados Unidos y del Japón. Lo que estaba llamado a alumbrar relaciones sociales cada vez más socialistas, ha engendrado relaciones esencialmente capitalistas, hasta el punto de que bajo la cobertura de los “planes económicos” son las leyes de la acumulación capitalista -del beneficio, en consecuencia- las que determinan el empleo de los medios de producción.

Los productores continúan siendo asalariados que trabajan para la valorización de los medios de producción, los cuales funcionan como un capital colectivo administrado por una burguesía de Estado. Esta burguesía -como cualquier clase capitalista- constituye el cuerpo de los “funcionarios del capital”, según la expresión empleada por Marx para caracterizar a la clase capitalista. El partido en el poder se limita a proponer a los trabajadores soviéticos la reproducción indefinida de estas relaciones sociales. Es prácticamente, el partido de los “funcionarios del capital”, y como tal actúa tanto en el plano interno como en el internacional.

Por tanto, para el que quiera ver las cosas como son, la vida misma se ha encargado de desmentir las esperanzas relativas a la consolidación (y, con mayor razón, la extensión) de los logros de la revolución proletaria en la Unión Soviética. Actualmente hay que intentar comprender la razón de que esas esperanzas se hayan frustrado, a fin de captar en qué se ha convertido la URSS y a través de qué transformaciones. Estos son los dos objetivos perseguidos por esta obra. Y esto por varias razones.

2. NECESIDAD DE DETERMINAR LAS RELACIONES SOCIALES ACTUALMENTE DOMINANTES EN LA URSS Y LAS CONDICIONES DE SU CONSTITUCIÓN.

La primera consiste en que son muchos aún los que no quieren ver las cosas tal como son; los que siguen identificando Unión Soviética y socialismo. Esto hipoteca gravemente las luchas de la clase obrera, sobre todo en los países industrializados. Para los trabajadores de estos países, en efecto -incluso para los más combativos, incluso para los más convencidos de la necesidad de acabar con el capitalismo-, la situación de los trabajadores soviéticos no se presenta como envidiable, y existe por tanto el temor de que la alternativa al capitalismo que se les propone – a través del ejemplo de la Unión Soviética- lo sea realmente. Por eso los dirigentes de los partidos comunistas occidentales que persisten en ver en la Unión Soviética “la patria del socialismo” se esfuerzan, al mismo tiempo, en asegurar a los trabajadores de su país que el “socialismo” que ellos proponen construir será “diferente” al de la URSS. La explicación sobre el “cómo” y el “porqué” de esta diferencia son casi inexistentes (en el mejor de los casos pertenece a la pseudo “sicología de los pueblos” del género: “los franceses y los rusos son diferentes”), sin relación alguna con un análisis político. No pueden convencer, por tanto, más que a los que quieren ser convencidos. Para los otros la ecuación “URSS=socialismo” tiene un efecto negativo, de repudio 10.

La segunda razón por la cual por la cual es de mayor importancia comprender por qué la Unión Soviética se ha convertido en lo que es hoy, y encontrar la explicación al margen de lo que es tan sólo el aspecto “ruso” de la historia soviética 11, consiste en que ese “por qué” está en estrecha relación con el “marxismo oficial” de los partidos “comunistas” que identifican al socialismo con la Unión Soviética, “marxismo” gravemente lastrado con el legado “economista” de la II Internacional.

Uno de los aspectos esenciales de la lucha ideológica por el socialismo ha sido siempre la lucha contra el “economismo” (de derecha o de “izquierda”). Pues bien, precisamente al analizar las razones por las que la Unión Soviética ha llegado a lo que es hoy -un Estado capitalista de tipo particular-, se observa claramente la ayuda que el “economismo” ha aportado a las fuerzas sociales burguesas que laboraban por esta evolución, puesto que el “economismo” ha desorientado a los militantes revolucionarios y ha desarmado ideológicamente a los trabajadores soviéticos.

El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética y de las luchas a partir de las cuales se han efectuado esas transformaciones es, por consiguiente, un análisis de máxima actualidad. Lo que está en juego en el desarrollo de tales luchas son precisamente las concepciones que siguen dominando masivamente al movimiento obrero de los países industrializados (concepción que, en su forma “invertida” -es decir, bajo diversas especies de “izquierdismo”- está igualmente presente en los movimientos revolucionarios de los países escasamente industrializados). Analizar lo más concretamente posible, a través de la extraordinaria experiencia de la Unión Soviética, los errores a los que conduce esa concepción constituye una “lección por la vía negativa” para que los que quieren luchar por el socialismo se desembaracen de tales concepciones.

El análisis de lo que ha ocurrido y ocurre en la Unión Soviética reviste especial importancia para los militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas. Estos, en efecto, se encuentran “paralizados” ideológicamente en su capacidad de comprender el pasado de la Unión Soviética y, por eso mismo, su presente. Una manifestación de esta “parálisis” es su recurso a las fórmulas vacías sobre el “culto a la personalidad” o a la actitud consistente en adoptar ciertas distancias con respecto a la Unión Soviética, al mismo tiempo que se multiplican las proclamas de fidelidad a la “patria del socialismo”.

Tales fórmulas y actitudes testimonian una crisis ideológica más profunda de lo que puede parecer, susceptible de ser el preludio de una reflexión que ponga finalmente en entredicho las prácticas reformistas y revisionistas. Esa reflexión debe ser alimentada precisamente por un esfuerzo de comprensión del pasado y presente de la Unión Soviética. De no ser así, estamos condenados a permanecer encerrados en esquemas que oscurecen la historia real. Es visible que los dirigentes revisionistas temen desencadenar tal tipo de reflexión. De ahí las fórmulas mágicas sobre el antisovietismo con que es acogido todo intento de reflexión crítica sobre la historia concreta de la URSS. Semejantes fórmulas no tienen más función que la de intentar prohibir a militantes y simpatizantes de los partidos revisionistas plantearse cuestiones esenciales, cuestiones que permitirían a las luchas proletarias y populares desembocar en vías diferentes a la triada: reformismo electoral, luchas sindicales pretendidamente independientes de toda organización política y espontaneísmo.

Este análisis de la realidad soviética, de su pasado y de su presente, no es, evidentemente, más que uno de los elementos que pueden favorecer una clarificación ideológica y por tanto ayudar al movimiento obrero -y, más particularmente, al “marxismo” esclerotizado predominante hoy en una gran parte del mundo- a salir del círculo en que hasta hoy parece estar encerrado.

Pero existen, afortunadamente, otros elementos.

Uno de ellos reside en la agravación de la crisis del propio capitalismo, tanto en el plano económico (donde ha adoptado, en primer lugar, la forma de una crisis monetaria internacional de gran amplitud), como en el plano ideológico (crisis más claramente reflejada en el rechazo por importantes fracciones de la población de los países industrializados y en especial de la juventud obrera, de la mujer y del estudiantado de las formas anteriores de sujeción a las que les somete el capitalismo) y en el plano político (con el empuje de las luchas nacionales y revolucionarias de numerosos países escasamente industrializados).

Otro de los elementos de renovación de las luchas populares y de su orientación estriba en las lecciones positivas que -frente al fracaso soviético- pueden extraerse de la construcción del socialismo en China. En este país, la vida -esto es, la lucha de las masas, guiadas por un auténtico partido marxista-leninista- ha mostrado cómo era posible resolver los problemas planteados por la transformación socialista de las relaciones sociales. De esta manera, el marxismo-leninismo se ha revigorizado al haber conseguido clarificar una serie de problemas que sólo la práctica social podía resolver. Esta experiencia, según se ha señalado ya, facilita igualmente la tarea de comprender la naturaleza de las transformaciones sucedidas en la Unión Soviética.

De forma más precisa puede decirse que al rechazar la problemática “economista” es posible comprender mejor lo que hoy es la Unión Soviética como resultado de un proceso de lucha de clases, de un proceso que el partido bolchevique ha dominado mal, que incluso ha dominado cada vez peor, al no ser capaz de unificar las fuerzas populares y de encontrar en cada momento la línea correcta de demarcación entre las fuerzas susceptibles de apoyar la revolución proletaria, las inevitablemente hostiles y las que era posible neutralizar. En la lucha de clases desarrollada en Rusia y en la Unión Soviética, el proletariado ha sufrido derrotas muy graves, pero la lucha del proletariado y del campesinado prosigue y conducirá necesariamente a los trabajadores de las Repúblicas Soviéticas -a través de peripecias y de plazos sobre los cuales es inútil especular- a restaurar su poder y reemprender la construcción del socialismo.

Enero de 1974.


NOTAS

[1] Vemos que el término de “economismo” es utilizado aquí no para designar una de las formas particulares que esta concepción ha revestido (por ejemplo, la que Lenin ha combatido a principios del siglo) sino el conjunto de las formas que puede tomar.

[2] Las oposiciones sindicales reivindicaban la autonomía de las organizaciones sindicales (a las que se les supone defender los intereses fundamentales de la clase obrera) respecto al partido bolchevique. Semejante autonomía puede conducir a privilegiar las reivindicaciones económicas de la clase obrera, y por lo tanto a oponerla a las otras clases cuyo apoyo es necesario a la progresión de la revolución proletaria. Ello puede obstaculizar el papel dirigente del proletariado, el cual implica que el proletariado esté dispuesto a sacrificar algunos de sus intereses inmediatos a los de la revolución. La tendencia a privilegiar las reivindicaciones inmediatas, e incluso intereses categoriales o sectoriales, es inherente a las concepciones sindicalistas o “autogestionarias”. Esta tendencia estaba presente precisamente en el programa de la mayoría de las oposiciones de “izquierda” en el seno del partido bolchevique de 1921 a 1928.

[3] Es la que, por ejemplo, condujo a Preobrazenski a considerar que una vez “establecida” la dictadura del proletariado, el partido era inútil, pudiendo ser desempeñado su papel por el aparato del Estado. (Cf. P. Broué, Le Parti bolchevique, Editions de Minuit, París, 1963, p. 129)

[4] Esta identificación ha sido confundida a menudo con la tesis afirmada por Lenin en el seno de coyunturas bien determinadas (por ejemplo, al final del “comunismo de guerra”), según la cual en ciertos momentos, la tarea de restablecer rápidamente la producción agrícola e industrial y los intercambios entre ciudades y campo debía ser considerada como prioritaria.

[5] Esta reafirmación de la tesis leninista sobre la posibilidad de construir el socialismo en la URSS ha contribuido incontestablemente a dotar a Stalin -en el partido y fuera del partido- de un prestigio superior al de cualquier otro miembro de la dirección del partido (por razones, digamos de paso, que no siempre están ligadas a la defensa de los intereses del proletariado, como lo muestra el “apoyo” que la fracción nacionalista de la burguesía rusa representada por los Smienoviejovtsi aportó a la política preconizada por Stalin). Esta posición aparece de la manera más explícita en el artículo de Stalin, publicado en Pravda del 20 de diciembre de 1924, bajo el título: “Octubre y la teoría del camarada Trotski sobre la revolución permanente”. Stalin rompía así con la posición mucho más vacilante que unos meses atrás defendía aún, especialmente en Pravda del 30 de abril de 1924.

[6] Se trata aquí de los errores cometidos por Stalin a finales de los años veinte y durante los años treinta. Hoy puede verse que esos errores se ligan a un cierto número de posiciones políticas y teóricas generales que habían conducido a Stalin a oponerse a Lenin sobre problemas esenciales, como el de las relaciones de la República Soviética de Rusia con los pueblos no rusos (ver, por ejemplo, infra, pp. 384 ss.). El que Stalin haya mantenido sus posiciones frente a las críticas de Lenin hay que ponerlo también en relación con el lugar ocupado por Stalin en el partido bolchevique. En virtud de este lugar, de su función de Secretario General, Stalin sufría la presión del aparato del partido, así como la del aparato del Estado, y tendía, en consecuencia, a adoptar las medidas más inmediatamente “eficaces”, incluso cuando el análisis teórico podía mostrar que esa “eficacia” inmediata comportaba graves riesgos para el porvenir (como hubiera sido el caso en la hipótesis de que Lenin no hubiera logrado imponerse en lo concerniente al mantenimiento del monopolio de Estado sobre el comercio exterior, cf. infra, pp. 381 ss.).

[7] El concepto de “burguesía de Estado” (o de burguesía burocrática de Estado) no puede ser desarrollado aquí. Digamos simplemente que designa los agentes de reproducción social distintos a los productores inmediatos, que –en razón del sistema de relaciones sociales existente y de las prácticas sociales inmediatas- tienen la disposición efectiva de los medios de producción y de los productos que pertenecen formalmente al Estado. La base económica de la existencia de esta burguesía está constituida por las formas de división y de unidad del proceso de reproducción (cf. Ch. Bettelheim, Révolution culturelle et Organisation industrielle en Chine, op. Cit., p. 12); su lugar real en el proceso depende de la lucha de clases que permite (o prohíbe) a la burguesía de Estado y a sus representantes ocupar ciertas posiciones en los aparatos de Estado y, eventualmente, transformar la naturaleza de clase del Estado. Los representantes de la burguesía de Estado no son necesariamente sus “agentes conscientes”; son tales porque no pueden rebasar intelectualmente los límites que esta clase “no rebasa en la vida”, hasta el punto de que “son empujados teóricamente a los mismos problemas y a las mismas soluciones” a los que los miembros de esta clase “son impulsados prácticamente por su interés material y su situación social”. Tal es, en efecto, según la observación de Marx, “la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase que representan”. (Cf. K. Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte)

[8] Estas dificultades son ilustradas por la búsqueda a la que se entregan los dirigentes soviéticos para obtener de los Estados Unidos, del Japón, de Alemania Federal, etc., capitales, ayuda técnica y productos de alimentación. La política de “cooperación” con los imperialistas occidentales, preconizada por los dirigentes soviéticos, es otra forma de esta misma búsqueda. Se trata de puntos sobre los que volveremos a ocuparnos, en el tercer volumen de esta obra, del revisionismo soviético.

[9] La gestión de las empresas soviéticas reposa sobre dos principios esenciales: la dirección por un director único responsable ante instancias superiores y la “autonomía financiera” que oriente a la empresa a la búsqueda de un beneficio. Cuando estos dos principios han sido introducidos en 1918 y 1921, Lenin había subrayado que correspondían a una “retirada” provisional, impuesta por las circunstancias de la época y que su aplicación introducía relaciones capitalistas en el sector del Estado. Hablando de la “autonomía financiera” acordada a las empresas del Estado, Lenin indica que coloca a estas empresas, en gran medida, sobre “bases comerciales capitalistas” (cf. Lenin, OC, t. 42, p. 396, de la edición francesa). Desde 1965, la autonomía financiera de las empresas y la búsqueda de la rentabilidad han sido considerablemente desarrolladas.

[10] Los dirigentes soviéticos tratan, evidentemente, de preservar su política y las realidades de su país de toda crítica transformando esa ecuación y enunciándola así: antisovietismo (léase: análisis de la realidad soviética o de los efectos de la política internacional de la URSS) = anticomunismo.

[11] Estas observaciones no significan que la sociedad soviética no lleve las marcas de la sociedad zarista de la que salió. En la medida en que la obra revolucionaria no ha sido profundizada, una serie de relaciones sociales características de la antigua Rusia no ha sido destruida. De ahí las sorprendentes semejanzas entre la Rusia de hoy y la “Santa Rusia”.

Las Luchas de Clases en la URSS (Prefacio1)

LAS LUCHAS DE CLASES EN LA URSS
PRIMER PERIODO (1917-1923)

PREFACIO (1ª Parte)
Charles Bettelheim

 

 

Me parece indispensable explicar al lector la razón por la cual he escrito este libro y el modo en que lo he hecho. Tengo que indicar igualmente la relación que guarda esta obra con mis escritos anteriores.

Lo más sencillo consiste en explicar su génesis y la transformación en un proyecto más ambicioso de lo que inicialmente era un proyecto más modesto.

El punto de partida inmediato de este trabajo fue la invasión  ocupación de Checoslovaquia por el ejército soviético. Las personas que se consideran marxistas no pueden limitarse a “condenar” o “lamentar” los actos políticos; deben, también, explicarlos. Las “lamentaciones” y los “deseos” no ayudan a los pueblos más que a soportar sus desgracias, pero a descubrir las causas ni a luchar por su eliminación o contra su resurgimiento. Por el contrario, buscando las razones de lo que es realmente condenable desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores, se puede contribuir a que las fuerzas políticas evolucionen de manera que no se reproduzcan los actos “lamentables”.

En lo referente a la invasión de Checoslovaquia –y su ocupación- he creído tato más necesario no, limitarme a  “lamentar” los hechos cuanto no sólo estaba en juego el destino de un pueblo que ha sufrido ya numerosas ocupaciones, sino también el juicio que podría merecer el estado a que ha llegado la propia Unión Soviética, pues fueron las tropas de ésta –en unión de las de sus “aliados”–las que llevaron a cabo la intervención.

Creo encontrarme capacitado para tratar los problemas de las Unión Soviética, dado que llevo cerca de cuarenta años estudiando este país y considero que todo lo que le concierne reviste una importancia y un alcance mundiales. Lo he creído desde 1934, cuando empecé mi aprendizaje del ruso, y he continuado creyéndolo posteriormente: en 1936, cuando me trasladé a la Unión Soviética para estudiar su sistema de planificación; en 1939, cuando publiqué un libro sobre el tema mencionado: en 1946, cuando publiqué otro libro que trataba los problemas teóricos y prácticos de la planificación; en 1950, cuando publiqué otro sobre la economía soviética, y en los años siguientes, al visitar varias veces el país y publicar diversos trabajo sobre la planificación 1 y sobre la transición al socialismo 2.

El interés que he volcado sobre la Unión Soviética desde mediados de la década de los treinta residía fundamentalmente en la identificación de los que sucedía en este país con la primera experiencia en la edificación del socialismo. Y no es que estuviese cegado ente las dificultades y contradicciones que surgían de esta edificación (no podía estarlo, puesto que me encontraba en Moscú en 1936, en el momento de “los grandes procesos”3, y pude notar diariamente el desconcierto de los moscovitas y el miedo, tanto de la gete de la calle como de los viejos militantes del Partido bolchevique y de la Internacional, a expresar sus opiniones). Pero a pesar de ello pensaba que la Revolución de Octubre no sólo había abierto una nueva ere en la historia de la humanidad –creencia que sigo manteniendo-, sino que el desarrollo económico y social de la Unión Soviética proporcionaba una especie de “modelo” para la construcción del socialismo. Los problemas y contradicciones que acompañaban a este desarrollo, pese a su evidente gravedad, me parecían producto, ante todo, de las particulares condiciones históricas rusas, considerando que no tenían por qué reproducirse en otros casos ni impedir la progresión del país hacia el socialismo y el comunismo.

Los incontestables éxitos económicos obtenidos por la Unión Soviética –sobre todo en el terreno de la industria- a partir de los planes quinquenales, así como la victoria del Ejército rojo sobre el hitlerismo, la rápida reconstrucción económica de posguerra, el mejoramiento del nivel de vida del pueblo soviético y la ayuda del gobierno de la URSS a la China socialista, parecían confirmar mis creencias y previsiones, pese a que las desigualdades sociales desarrolladas en el curso de los primeros planes quinquenales no parecían tender hacia su desaparición, sino al contrario.

El propio XX Congreso del PCUS, aunque no proporcionaba análisis alguno sobre las dificultades y contradicciones que habían llevado a la indiscriminada y extensa represión de los años anteriores, y aunque se limitaba a sustituir este análisis por acusaciones personales contra Stalin (considerado único “responsable” de los aspectos “negativos” del pasado), parecía confirmar que, habiendo alcanzado un cierto nivel de desarrollo económico, la Unión Soviética iba a emprender el camino de una mayor democracia socialista, abriendo así posibilidades más vastas a las iniciativas de la clase obrera.

Este Congreso parecía igualmente indicar que el PCUS había conservado –o más bien recuperado- la capacidad de autocrítica indispensable para la rectificación de los errores 4.

Pero los hechos no han respondido a las esperanzas. La contradictoria realidad de la historia y de la sociedad soviéticas no han sido objeto de análisis alguno. Los aspectos de la realidad que deberían haber sido condenados y transformados no han sido explicados en función de las contradicciones internas de la Unión Soviética. Han sido presentados como “perversiones” debidas a la acción de una “personalidad” (la de Stalin). La aceptación por el PCUS de esa seudo-explicación testimonia su abandono del marxismo como instrumento de análisis. Esa aceptación le ha hecho incapaz de contribuir a transformar realmente las relaciones sociales que han dado origen  a lo que se “condenaba” verbalmente. La seudo-explicación ha cumplido así su objetivo: consolidar las relaciones de clase que concentran el poder económico y político en manos de una minoría. Y las contradicciones nacidas de estas relaciones de clases, lejos de reducirse, se profundizan.

Entre otras muchas consecuencias, esta profundización de contradicciones sociales ha determinado la creciente degradación de las condiciones de funcionamiento de la economía soviética. Y lo mismo ha ocurrido en los países ligados a la URSS, cuyos dirigentes han seguido la misma línea política.

A falta de combatir las contradicciones sociales se ha recurrido a introducir “reformas económicas” tendentes a hacer “funcionar mejor” el sistema económico, especialmente acrecentando los poderes de los directores de las fábricas y reforzando continuamente las formas y los criterios capitalistas de gestión económica.

Contrariamente a las esperanzas de los dirigentes soviéticos y de los “países hermanos”, ninguna de las dificultades con que se enfrentaban han sido realmente resueltas por las diversas reformas”. Aunque se han obtenido “éxitos” momentáneos en puntos limitados, predominan los fracasos. Cabe señalar, en particular, la creciente dependencia respecto a las técnicas extranjeras, el endeudamiento exterior igualmente creciente, la notoria reducción del índice de desarrollo de la industria y las dificultades de aprovisionamiento; se multiplican los indicios de descontento de los trabajadores respecto a su situación y a las consecuencias que tienen para ellos las “reformas económicas”.

La noticia de lo ocurrido en Polonia en diciembre de 1970 ha trascendido a todo el mundo: los obreros de las grandes ciudades del Báltico (Gdansk, Gdynia, Szcecin y Sopot) se declaran en huelga contra la política gubernamental, que entraña el alza de los precios y la reducción del nivel de vida de los trabajadores. La represión ejercida contra los obreros polacos conduce a un contraataque de éstos, que ocupan los locales del Partido y de la policía política, y constituyen un comité de huelga que crea una milicia obrera. Aunque las fuerzas de seguridad aumentan la represión, causando numerosos muertos y heridos, los trabajadores resisten, continúan la huelga y obligan al poder a   modificar la composición del equipo dirigente, a negociar con ellos y a ceder a un cierto número de reivindicaciones 5.

Los “acontecimientos” polacos representan un giro en las relaciones entre la clase obrera y el poder político en los países de la zona soviética. Se sabe que tuvieron profundo eco en la clase obrera de la URSS, y provocaron gran temor entre los dirigentes soviéticos. Temor que se ha traducido en la revisión de los planes económicos de 1971, así como en la acentuación de la represión.

La tendencia a acentuar la represión en la Unión Soviética es cada vez más nítida en los últimos años. Lo prueban la adopción de medidas policíacas y la estimación en los dos millones del número de personas internadas en los campos.

Sobre la base de la acentuación de las contradicciones internas, la política internacional de la URSS se caracteriza por la negación creciente de lo que, en el pasado, constituía los aspectos socialistas de la política exterior soviética. En lugar de la ayuda concedida ulteriormente a China y  Albania se asiste desde 1960 –en nombre de las “divergencias” ideológicas- a un intento deliberado de sabotear el desarrollo económico de esos países, en particular mediante la ruptura unilateral de los acuerdos previamente concluidos, la suspensión de los suministros necesarios a las fábricas en curso de construcción, la retirada de técnicos, etc. De esta manera, la Unión Soviética pretende, aunque sin éxito, utilizar las relaciones económicas establecidas desde antes con ambos países, para presionarlos brutalmente con el fin de someterlos a su hegemonía.

Desde el punto de vista general, la política internacional soviética aparece cada vez más como una política de gran potencia que intenta obtener para sí misma el máximo de ventajas económicas y políticas, sacando partido d las estrechas relaciones establecidas con otros países. Esta política de corte imperialista ha llevado a la URSS a colaborar y a tener contradicciones con los Estados Unidos, simultáneamente. Ambas potencias luchan entre sí en pos de la hegemonía mundial. Y son así conducidas a establecer compromisos que van en detrimento de los pueblos. Hablan de “distensión” mientras libran una carrera de armamentos que sobrepasa todos los precedentes históricos, mientras el imperialismo norteamericano prosigue de hecho la guerra contra el pueblo vietnamita.

Al situarse en el mismo terreno que los Estados Unidos, es decir, al competir con ellos por la hegemonía mundial la URSS se ha lanzado a construir una fuerza militar ofensiva sin precedentes, dotándose de gigantescos medios de intervención a escala del globo. Para lograr una fuerza militar igual e incluso superior en ciertos aspectos a la de los Estados Unidos, la Unión Soviética consagra actualmente entre un 25 y un 30 por ciento de su producto nacional bruto a gastos militares (frente al 7 u 8 por 100 de los EE.UU.. Aumenta cada año el número de sus divisiones dispuestas a la intervención en las fronteras chinas, aunque su potencial más importante se encuentra dispuesto rente a Europa occidental y aumente con igual rapidez.

Para poder contar con los instrumentos de una política exterior de tipo imperialista, los dirigentes soviéticos echan una pesada carga sobre los hombros de los pueblos de la URSS y sobre las posibilidades de desarrollo del país. Finalmente, se ven obligados a buscar ayuda técnica y financiera del imperialismo norteamericano, aun enfrentándose a él.

La constatación de esta evolución (en la que la intervención en Checoslovaquia no constituye más que uno de los momentos) me ha llevado a reexaminar también el pasado de la Unión Soviética, pues no es posible mantener que el curso seguido por este país proviene únicamente de la “responsabilidad personal” de algunos dirigentes. El acceso al poder por parte de éstos y la posibilidad de llevar a cabo la política descrita sólo pueden explicarse por la naturaleza de las relaciones sociales actualmente predominantes en la URSS; relaciones que necesariamente han ido formándose durante un largo período anterior. De aquí surge la necesidad de efectuar el análisis de esas relaciones.

El análisis que he emprendido se apoya igualmente en la experiencia adquirida por mí mediante el estudio de las transformaciones económicas y políticas en China y en Cuba.

En lo que a este último país se refiere, se trata de una experiencia práctica muy concreta, ya que he participado en numerosas ocasiones en la discusión de los problemas planteados por la planificación de su economía entre los años 1964 y 1966. Desde ese momento, y apoyado en la citada experiencia, me he inclinado a replantearme críticamente el conjunto de las concepciones relativas a las condiciones de elaboración de los planes económicos, a la significación de la planificación en la transición socialista y al alcance de la existencia de las relaciones mercantiles y monetarias en las formaciones sociales, donde la propiedad de los medios de producción por parte del Estado desempeña un papel dominante.

A fin de precisar la naturaleza de las tesis expuestas en este estudio y de permitir al lector situarlas mejor en relación con las desarrolladas en los dos libros precedentes (los cuales fueron en gran medida el fruto de mi experiencia de los problemas de Cuba), no es inútil indicar los límites de las revisiones más arriba mencionadas.

En Transition vers l´économie socialiste –libro que recoge una serie de exposiciones y textos redactados entre 1962 y 1967- yo asociaba la existencia de relaciones mercantiles y monetarias tanto en Cuba como en la Unión Soviética) con la de unidades productivas que funcionaban de forma relativamente independiente entre sí (pese a la presencia de un plan económico) y con una situación que las caracterizaba como sujetos económicos”6.

Mi análisis entonces pretendía explicar la experiencia de relaciones mercantiles y monetarias –y la de relaciones salariales- por la existencia de relaciones sociales reales e independientes de la voluntad de los hombres (relaciones que no basta, por lo tanto, declarar “abolidas” para verlas “desaparecer”. En el marco de ese análisis presentaba las relaciones mercantiles y monetarias como la manifestación de relaciones sociales profundas: aquéllas no eran más que los efectos de éstas y de sus exigencias objetivas de reproducción.

Hoy ya no considero satisfactoria la forma específica de ese análisis, propuesto en 1962 y 1967. La reflexión sobre las condiciones de la construcción del socialismo en China –y muy en particular sobre las lecciones que cabe desprender de la Revolución Cultural- me obligan a modificar muy seriamente sus términos.

La principal insuficiencia de mis textos de 1962 y 1967 reside en que lo que allí se considera como impuesto por las exigencias objetivas se refiere esencialmente al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas 7. Y aunque se menciona el concepto de “naturaleza de las fuerzas productivas”, la significación precisa de este concepto no se desarrolla en parte alguna. En consecuencia, no queda patente que el principal obstáculo a una política socialmente unificada (en la que el plan económico no puede constituir más que el medio) no se encuentra en el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, sino en la naturaleza de las relaciones sociales dominantes, esto es, se encuentra, simultáneamente, en la reproducción de la división capitalista del trabajo y en las relaciones ideológicas y políticas, que, aun siendo un efecto de esta división, constituyen las condiciones sociales de esta reproducción (porque hacen “funcionar” a los individuos y a las empresas como “sujetos” que otorgan la primacía a los intereses articulares respecto a los colectivos. Estos últimos, por otra parte, pueden revestir un carácter simplemente momentáneo o ilusorio si no están identificadas con una política que tienda efectivamente a crear las condiciones para la desaparición de los intereses de clase de naturaleza antagónica.

Lo que no queda claro, por tanto, en los escritos reproducidos bajo el título de Transition vers l´économie socialiste es que el desarrollo de las fuerzas productivas no puede nunca, por sí solo, hacer desaparecer las formas capitalistas de la división del trabajo ni las demás relaciones sociales burguesas. Lo que en esos escritos no se dice es que únicamente la lucha de clases bajo la dictadura del proletariado, correctamente dirigida –gracias a la experimentación científica de masas y al análisis teórico-, puede conseguir la desaparición de las relaciones económicas capitalistas al atacar la división capitalista del trabajo y, al mismo tiempo, las relaciones ideológica y políticas que permiten la reproducción de las relaciones de explotación y de opresión.

Si en 1962-1967 no enuncié las formulaciones que expongo ahora, fue porque estaba aún fuertemente influenciado por una cierta concepción del “marxismo” que ha dominado ampliamente en Europa y que consiste en una forma particular de lo que Lenin denominó “economismo”8. Las lecciones extraídas de la Revolución Cultural en China son las que me han permitido avanzar en la ruptura con el “economismo”, enlazando de nuevo, así, en el contenido revolucionario del marxismo, contenido que ha estado enmascarado, “encubierto” por los muchos años de práctica “economista” que han caracterizado al movimiento obrero europeo 9.

En Cálculo económico y formas de propiedad (texto en el cual anuncio ya la preparación de un análisis de la formación social soviética), esbozo el abandono de la problemática anterior que tendía a hacer depender la desaparición de las relaciones mercantiles y monetarias y el progreso de la planificación socialista ante todo del desarrollo de las fuerzas productivas (desarrollo concebido aún de forma “unilineal”), y no, en primer lugar, de la revolucionarización de las relaciones sociales. Repito que ha sido en el curso de estos últimos años –en parte a través de la reflexión sobre la Revolución Cultural y su significado- cuando me he visto impulsado a tener en cuenta de forma más sistemática lo que implica el rechazo de la “problemática de las fuerzas productivas”, es decir, de una concepción que subordina unilateralmente la transformación de las relaciones sociales al desarrollo de las fuerzas productivas. Es en estas condiciones como, entre 1968 y hoy, redacté una serie de artículos sobre algunos problemas del socialismo 10 y emprendí un nuevo análisis de la Unión Soviética, con objeto de delimitar mejor la especificidad del capitalismo de Estado y las relaciones y prácticas de clase hoy dominantes en ese país.

A principio de 1969 acabé la redacción de un primer texto (no publicado) que exponía los resultados de ese análisis, del cual se desprende que en la URSS existen hoy, tras la pantalla de la propiedad estatal, relaciones de explotación semejantes a las existentes en los países capitalistas, aún cuando la forma de existencia de esas relaciones, y sólo éstas, reviste un carácter particular: el carácter particular que le confiere el capitalismo de Estado no es más que “el capitalismo llevado a su límite extremo”.

No obstante, al releer dicho texto y al someterlo a crítica, he observado una carencia de trasfondo histórico. No puede comprenderse, en efecto, el presente de este país sin relacionarlo con su pasado. No basta con poner de manifiesto las relaciones y las prácticas dominantes en la actualidad. Es preciso explicar cómo han llegado a ser dominantes. La pregunta, pues, es la siguiente: ¿de qué manera y a través de qué luchas y contradicciones se ha transformado el primer país de dictadura del proletariado en un país que practica una política imperialista, que no vacila en utilizar sus fuerzas armadas para defender en otros países sus intereses de gran potencia?

El análisis de las transformaciones sufridas por la Unión Soviética no es menos importante, en definitiva, que el análisis de su situación actual; puede ser una cantera irremplazable de enseñanzas y contribuir así a evitar que otras revoluciones proletarias sigan la misma senda, y en lugar de al socialismo lleguen a una forma específica de capitalismo tan opresora y agresiva como las “formas” clásicas.

Pese a las dificultades, el actual periodo exige la realización de esta tarea. Y aunque nuestro análisis no sea perfecto, sí nos ayudará a comprender un pasado que es también nuestro presente, a entender cómo una revolución proletaria puede transformase en su contrario: una contrarrevolución burguesa.

La experiencia soviética confirma que lo más difícil no es derrotar las antiguas clases dominantes, sino, ante todo, destruir las antiguas relaciones sociales –sobre las que puede reconstruirse un sistema de explotación semejante al que se ha creído liquidar definitivamente- e impedir después que estas relaciones se reconstruyan a partir de los elementos anteriores, presentes durante mucho tiempo aún en las nuevas relaciones sociales. En nuestra época, por consiguiente, resulta de importancia vital que se comprendan las razones por las cuales la primera revolución socialista victoriosa ha desembocado, finalmente, en la realidad soviética actual. Sin esta comprensión –y a pesar de las lecciones positivas e irreemplazables que pueden extraerse de los éxitos de la revolución china- son enormes, en efecto, los riesgos de que lo iniciado aquí o allá como revolución proletaria se convierta, finalmente, en algo muy diferente del socialismo.

El texto a que había llegado en 1969 me resultaba, por tanto, insuficiente. Debido a ello, antes de publicarlo –previa revisión- he creído necesario complementarlo con un análisis sobre el pasado de la Unión Soviética. Al abordar esta tarea pude constatar que era tan compleja, por lo menos, como la precedente. En primer lugar, porque cubría un periodo histórico mucho más largo y más rico en acontecimientos y en luchas; en segundo lugar, porque había que esforzarse en indagar –más allá de la historia particular de la URSS- el movimiento general de las contradicciones cuya forma de existencia era esa misma particularidad, ya que ésta, por sí sola, habría podido parecer “accidental”  o “fortuita” y no habría permitido extraer las lecciones necesarias de lo que había ocurrido en la URSS.

Mi objetivo era adquirir un conocimiento suficientemente preciso de la historia de la Unión Soviética que me capacitase para escribir algo diferente a una historia de este país: escribir un análisis de la lucha de clases en la URSS desde la Revolución de Octubre, de alcance suficientemente universal, aunque se presentase bajo los rasgos específicos de una historia contemporánea de ese país. He decidido, por tanto, analizarlos momentos decisivos por que ha pasado la formación soviética social soviética, y he intentado determinar la naturaleza de las relaciones sociales existentes y dominantes en cada uno de esos momentos. También he intentado captar la naturaleza de las fuerzas sociales que han contribuido a modificar la articulación de tales relaciones, pese a que muy frecuentemente tenían lugar luchas que perseguían transformaciones muy diferentes de las que efectivamente se han producido. El volumen que el lector tiene entre sus manos expone el comienzo de los resultados de este trabajo, que debe culminar con el análisis de la sociedad soviética actual: análisis que resultaría en parte incomprensible sin un conocimiento suficiente de las condiciones en que se ha plasmado la realidad actual.

Los análisis indicados continúan, por tanto, el trabajo de rectificación esbozado entre 1962 y 1967.

Este trabajo de rectificación y de análisis concreto de la Unión Soviética, de su presente y de su pasado, me ha conducido así a romper progresivamente con una determinada concepción petrificada y simplista del “marxismo” y a reincorporarme al que yo considero contenido revolucionario del materialismo histórico y del materialismo dialéctico 11.

El presente volumen expone sólo una parte de los resultados de mi trabajo, pero creo necesario dar desde ahora una visión general del conjunto, pues lo que está en juego sobrepasa ampliamente mi simple “itinerario personal”, de escaso interés para el lector.

Como ya recordé anteriormente, el “marxismo simplificado” del que he intentado desprenderme no me era”personal”; era el que las secciones europeas de la III Internacional, en ruptura cada vez más acentuadas con el leninismo, habían hecho prevalecer en Europa (a partir del comienzo de los años treinta, en el momento en que yo empezaba a reflexionar sobre el socialismo. Ese “marxismo simplificado” contenía, por lo demás, si no en germen al menos como una posibilidad, las premisas del revisionismo moderno, esto es, de una ideología burguesa que, como tal, contribuye a consolidar la existencia de relaciones sociales capitalistas en la Unión Soviética y fuera de ella.

Sería una pretensión ilusoria la de lanzarse analizar todos los aspectos del “marxismo petrificado”, con el cual debe romper este estudio si quiere hacer inteligible lo sucedido en la Unión Soviética (los principales de dichos aspectos se pondrán de manifiesto con la lectura del presente texto). Pero es necesario, por el contrario, la enunciación y discusión de algunas de sus tesis explícitas o implícitas a fin de comprender mejor el sentido de la rectificación que llevo a cabo en las páginas de este libro, así como el significado de los resultados que se compilarán al final de la obra.

Tres de las tesis fundamentales de ese “marxismo petrificado”, con el cual hay que romper para devolver al materialismo histórico y al materialismo dialéctico su verdadero carácter revolucionario, se refiere al fundamento de las relaciones de clase, al papel de las fuerzas productivas y a las condiciones de existencia y extinción del Estado. Me limitaré a simples anotaciones en torno a estas tres tesis y a las funciones ideológicas y políticas que, objetivamente, han desempeñado.

1. relaciones de clase y formas jurídicas de propiedad

La primera tesis con la que hay que romper es la que establece una identificación “mecanicista” entre las formas jurídicas de propiedad y las relaciones de clase (particularmente en el transcurso de la transición socialista).

Esta tesis Stalin la desarrolla explícitamente en su informe sobre el proyecto de constitución de la URSS, presentado al VII Congreso de los Soviets de la URSS el 25 de noviembre de 1936 12.

Stalin establece en dicho informe el balance de la transformación de las formas de propiedad en Rusia durante el periodo 1924-1936. Demuestra que en el curso de ese período la propiedad jurídica privada de los medios de producción y de intercambio ha sido prácticamente liquidada, habiendo sido reemplazada por otras dos formas de propiedad: la de Estado, que predomina en la industria,  transporte, comercio y banca y la cooperativa koljosiana, predominante en la agricultura. Stalin concluye su balance de la siguiente manera:

“Ya no existe clase de capitalistas en la industria, ni clase de kulaks en la agricultura. Tampoco existen negociantes y especuladores en el comercio. Todas las clases explotadoras han sido liquidadas”13.

Según este informe no quedan, pues, más que la clase obrera, la clase de los campesinos y los intelectuales, que “deben servir al pueblo dado que no existen clases explotadoras”14.

En conclusión, esta parte del informe afirma que las contradicciones económicas y políticas de clase (entre obreros, campesinos e intelectuales) se “difuminan” y “desaparecen”15.

La aceptación de esta tesis obstaculiza el análisis de las contradicciones que, de hecho, siguen manifestándose en la Unión Soviética, al hacer absurda la idea de que el proletariado pueda perder el poder en beneficio de burguesía alguna, “reconstituye” la propiedad capitalista privada. Esta tesis desarma al proletariado al persuadirle de que la lucha de clases ha finalizado.

La vida se ha encargado de mostrar (o, más bien, de recordar) que la transformación de las formas jurídicas de propiedad no basta para hacer que desaparezcan las condiciones de existencia de clases y, por tanto, de la lucha entre ellas, Marx y Lenin han insistido con frecuencia en que estas condiciones no están inscritas en las formas jurídicas de propiedad, sino en las relaciones de producción; esto es, en la forma del proceso social de apropiación, en el lugar que la forma de este proceso asigna a los agentes de la producción, o sea, en las relaciones que entre éstos se establecen en la producción social 16.

La existencia de la dictadura del proletariado y de las formas estatales o colectivas de propiedad no basta para que queden “abolidas” las relaciones de producción capitalistas y para que “desaparezcan” las clases antagonistas: burguesía y proletariado. La burguesía puede revestir formas de existencia transformadas y principalmente la de una burguesía de Estado.

El papel histórico de dictadura del proletariado no consiste solamente en transformar las formas de propiedad, sino más bien –mediante una larga y compleja lucha- en transformar el proceso social de apropiación y, con ello, en destruir las antiguas relaciones de producción, al tiempo que se construyen otras nuevas, asegurando así el paso del modo de producción capitalista al modo de producción comunista. La transición socialista se identifica con este paso. El único que posibilita la desaparición de las relaciones sociales burguesas y la de la burguesía como clase.

Nada de esto es “nuevo”. Se trata en realidad, literalmente, de un “retorno” a Marx y Lenin.

Retorno a Marx, pues para él la dictadura del proletariado es el paso transitorio necesario para llegar a la supresión de las diferencias de clase en general 17.

Y a Lenin, el cual ha recordado frecuentemente que ”durante la época de la dictadura del proletariado subsisten y subsistirán las clases”, aunque “cada una de ellas cambia de aspecto…”, de manera que sus relaciones quedan igualmente modificadas y la lucha de clases prosigue bajo “otras formas18.

En razón de que la tarea de la revolución socialista no se limita a la transformación de las relaciones jurídicas de propiedad y que lo fundamental reside en la transformación del conjunto de las relaciones sociales y por tanto de las relaciones de producción, Lenin insiste con tanta frecuencia sobre esta idea esencial: resulta relativamente “fácil empezar la revolución socialista”, pero particularmente difícil “continuarla y llevarla a término” 19.

La transición socialista, en consecuencia, se extiende necesariamente durante un largo período histórico y no puede considerarse “terminada” en unos cuantos años 20.

De toda evidencia, para comprender las transformaciones de la sociedad soviética y la posibilidad del restablecimiento de una dictadura burguesa en la URSS (sin transformar las relaciones jurídicas de propiedad), hay que abandonar las tesis de la desaparición de las clases explotadoras por el simple hecho de que existe un régimen de dictadura del proletariado (¿sobre qué clase –por otra parte- se ejercería esta dictadura?) y del predominio de las formas estatales y koljosianas de propiedad. Es preciso volver a la idea leninista de que la dictadura del proletariado es “la continuación de la lucha de clases bajo nuevas formas”.

2. primacía del desarrollo de las fuerzas productivas

Una segunda tesis –la de la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas- caracteriza la simplificación del marxismo que tiende a imponerse en las secciones europeas de la III Internacional en el transcurso de los años treinta. Esta tesis presenta al desarrollo de las fuerzas productivas como el “motor de la historia”.

Con la aceptación de esta tesis ha podido mantenerse durante algún tiempo la ilusión de poseer una “explicación” de las contradicciones que caracterizaban a la formación social soviética, explicación que no podía encontrarse en la lucha de clase dado que ésta se suponía en “vía de extinción” o incluso desaparecida junto con las clases antagonistas.

Bajo una forma muy general, la tesis que constituye a las fuerzas productivas en motor de la historia puede verse expuesta por Stalin en su texto de septiembre de 1938 titulado El materialismo dialéctico y el materialismo histórico 21.

Stalin escribe concretamente: “Primero se modifica y se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad y después, en función y de conformidad con estas modificaciones, se modifican las relaciones de producción entre los hombres” 22.

Así  formulada, la tesis staliniana no niega la lucha de clases –en la medida en que se trata de una sociedad donde se enfrentan clases antagónicas-, pero la relega a un papel secundario: la lucha de clases interviene esencialmente para destruir las relaciones de producción que obstaculicen el desarrollo de las fuerzas productivas, dando lugar entonces al nacimiento de nuevas relaciones de producción conformes a las exigencias del desarrollo de las fuerzas productivas.

En el texto anterior Stalin admite, de hecho, que las nuevas relaciones de producción pueden nacer con independencia de un proceso revolucionario. Escribe: “…Las nuevas fuerzas productivas y las relaciones de producción correspondientes no pueden aparecer al margen del viejo régimen, después de su desaparición: aparecen en el seno mismo del viejo régimen…” 23.

Es verdad que pueden encontrarse textos de Marx que sugieren una problemática semejante, pero toda su obra demuestra que, para él, el motor de la historia es la lucha de clases y que, en tanto que existan las clases. Las relaciones sociales se transforman mediante los enfrentamientos de clases. Su obra muestra igualmente que las relaciones sociales sólo pueden nacer de la lucha de clases. De igual manera, Lenin jamás habría podido formular la teoría del “eslabón más débil de la cadena imperialista” (teoría que permitía comprender la posibilidad de una revolución proletaria en Rusia) si, como hacían los mencheviques, hubiera hecho hincapié, sobre todo, en el desarrollo de las fuerzas productivas (ya que desde este punto de vista la revolución proletaria sólo era posible en los países más industrializados).

La tesis de la primacía de las fuerzas productivas impide aplicar rigurosamente los conceptos del materialismo histórico y abre el camino a falsas formulaciones políticas. Stalin, en la obra antes citada, escribe: “…para no errar en política, el partido del proletariado debe inspirarse ante todo, tanto para formular un programa como para su actividad práctica, en las leyes de la producción, en las leyes del desarrollo económico de la sociedad” 24.

La concepción de las fuerzas productivas desarrolladas de esa manera suscitaba numerosas dificultades, ciertamente, en lo que se refiere a su inserción en el conjunto de las tesis del materialismo histórico, pero es un corolario necesario a la tesis sobre la desaparición de las clases explotadoras –y por tanto de las explotadas- en la URSS.

El vínculo entre ambas tesis queda de manifiesto, por ejemplo, cuando Stalin afirma: “Bajo el régimen socialista… la base de las relaciones de producción reside en la propiedad social de los medios de producción. En nuestro país no hay explotadores no explotados… Las relaciones de producción están en conformidad perfecta con el estado de las fuerzas productivas…” 25.

Una de las dificultades suscitadas por esta formulación (que establece la “conformidad perfecta” entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción) es que hace desaparecer cualquier contradicción entre los dos elementos de la base económica. Esto inducirá a Stalin en 1951 a rectificar parcialmente cuando reprocha a A. J. Notkin haber tomado al pie de la letra su formulación sobre la “perfecta conformidad”, declarando que con tal fórmula se refería únicamente al hecho de que la sociedad socialista “tiene la posibilidad de asegurar a tiempo la correspondencia entre las relaciones de producción atrasadas y las fuerzas productivas…, ya que no existen clases declinantes capaces de organizar la resistencia” 26.

Ideológica y políticamente, las dos tesis precedentes (sobre la desaparición de las clases explotadoras y explotadas en la URSS y sobre la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas) han contribuido a bloquear cualquier acción organizada del proletariado soviético con objeto de transformar las relaciones de producción, es decir, de destruir las formas existentes del proceso de apropiación –base de la reproducción de las relaciones de clase- para construir un nuevo proceso de apropiación que, excluyendo la división social entre función de dirección  función de ejecución, la separación entre trabajo manual e intelectual, las diferencias entre campo y ciudad y entre obreros y campesinos, apunte, pues, a destruir la base objetiva de la existencia de las clases. Se suponía, por una parte, en efecto, que las clases habían desaparecido. Se suponía, por otra, que las relaciones de producción estaban en perfecta conformidad con las fuerzas productivas, pensando que cualquier eventual contradicción había de desaparecer a su debido tiempo gracias a la acción de la “sociedad socialista”.

En las condiciones prescritas, el problema fundamental que el proletariado soviético parecía tener que resolver consistía en el acrecentamiento de la producción al mayor ritmo posible. Construyendo “las bases materiales del socialismo”, el proletariado se “aseguraba” de que las correspondientes relaciones de producción, así como la superestructura adecuada, se desarrollarían también. De ahí las consignas de aquella época: “la técnica decido todo” y “alcanzar a los países capitalistas más avanzados”.

Es comprensible que el partido comunista chino haya declarado a propósito de estas dos tesis, en el folleto El seudo-comunismo de Jruschov y sus lecciones para el mundo: “Stalin se había alejado de la dialéctica del marxismo-leninismo, debido a su interpretación de las leyes de la lucha de clases en la sociedad socialista” 27.

En verdad tal interpretación de las leyes de la lucha de clases no pertenecía genuinamente a Stalin. En éste, como en otros problemas –por ejemplo, en lo que respecta a las relaciones entre la unidad y la lucha en el seno el partido-, Stalin se limitó a expresar sistemáticamente el punto de vista de las clases dirigentes del partido bolchevique. Pese a las apariencias, su papel ha sido esencialmente el de un engranaje que transmitía y concentraba las orientaciones que reflejaban las transformaciones en trance de producirse en la sociedad soviética y en el partido bolchevique. Este papel correspondía a que el propio partido se hacia cada vez menos capaz de ir contra la corriente, es decir, de revolucionarizar la práctica y la teoría. Incluso a veces, cuando Stalin hacía caso omiso de los temores y las reservas del Comité Central y del Buró político, tampoco puede decirse que fuese “contra la corriente” en el estricto sentido de la frase 28, limitándose a sacar las últimas consecuencias de las concepciones dominantes entre las capas dirigentes del partido. Es precisamente esta voluntad de ir hasta el fin la que coloca a Stalin aparentemente “por encima” del partido y la que hace aparecer como “suyas”concepciones que, salvo raras ocasiones 29, no le son propias, pero adquieren, gracias a su apoyo, una autoridad excepcional. Este ha sido el caso precisamente de la interpretación de las leyes de a lucha de clases en la sociedad socialista.

El hecho e que esta “interpretación” ha dominado las concepciones ideológicas y políticas de las secciones europeas de la III Internacional, contribuyendo a enmascarar la existencia de clases y de la lucha de clases en la Unión Soviética e incitando por esa razón a buscar en “otro lugar” que no fuera el de las contradicciones de clases las razones de las graves dificultades que conocía la URSS.

Se designaba este “otro lugar” mediante la tesis de la primacía de las fuerzas productivas. Por encontrarse éstas “insuficientemente desarrolladas”, la Unión Soviética se enfrentaba con enormes dificultades que le impulsaban a adoptar una serie de medidas muy apartadas de lo que el antiguo programa del partido bolchevique consideraba conforme a las exigencias de la construcción del socialismo: aumento de la diferenciación salarial, desarrollo del sistema de primas, privilegios crecientes para los técnicos, reforzamiento de la autoridad personal del director de la empresa, etc.

Para toda una generación, de la cual formo parte, las dos tesis anteriormente citadas gozaron de una especie de “evidencia” que conducía a eludir el análisis de las contradicciones y de los problemas reales. Incluso en los casos en que éstos no pasaban desapercibidos, su “solución” era remitida para más adelante: ésta debería darse con el desarrollo de las fuerzas productivas.

Para comprender la “evidencia” de que estaban investidas ambas tesis (“evidencia” aún conservada en el enfoque de los revisionistas modernos y de lo que se denomina “trotskismo”), hay que recordar que estas tesis no expresaban sólo el punto de vista personal de Stalin, sino del ala más revolucionaria del movimiento marxista europeo de aquel tiempo 30.

No está de más decir aquí algunas palabras a las posiciones de Trotski sobre estas dos tesis analizadas. Aunque sus posiciones, en efecto, son próximas a las de Stalin, conducen a Trotski a conclusiones muy diferentes.

Al igual que Stalin, Trotski admite que tras la colectivización o estatalización de los medios de producción “ya no hay clases poseedoras” 31, puesto que la “propiedad privada” está ausente. Precisando su punto de vista, Trotski añade que en la URSS no existen “clases poseedoras”, puesto que el “establecimiento de las formas socialistas de propiedad” impide a la “burocracia” disponer de “títulos” o “acciones” transmisibles por herencia 32. Ahora bien –agrega-, “en las sociedades civilizadas” es “la ley quien fija las relaciones de producción” 33, con lo cual Trotski hace aparecer las relaciones de producción como inscritas en la superestructura y no como correspondiendo a las relaciones que se establecen en el proceso social de producción  reproducción.

También puede encontrarse en Trotski –pero en forma caricatural- la fórmula staliniana de que el programa proletario “debe inspirarse ante todo en las leyes de la producción” 34. Por ejemplo, dice Trotski textualmente: “el marxismo parte del desarrollo de la técnica, como principal resorte del progreso, y construye el programa comunista fundamentado en la dinámica de las fuerzas de producción” 35.

Estas semejanzas hacen resaltar aún más las diferentes conclusiones a las que llegan Stalin y Trotski respectivamente.

Para Stalin, en efecto, el socialismo puede considerarse realizado, en lo esencial, inmediatamente después del primer plan quinquenal; Trotski no acepta tal conclusión por dos razones principales. La primera, porque no cabe imaginar, según él, un “socialismo en un solo país”; la segunda –que merece particular atención-, porque el “rendimiento del trabajo” (es decir, la fuerza productiva del trabajo) es demasiado débil en la Unión Soviética para que pueda hablarse de socialismo 36. Y aunque Trotski admite que el “contenido social” de una misma forma jurídica puede variar, esta “variación” no remite, según él, a la existencia de diferentes relaciones de producción (concepto que es prácticamente inexistente de estas formulaciones de Trotski) sino al “nivel alcanzado por el rendimiento del trabajo” 37, lo cual le lleva a afirmar que “la raíz de toda organización social se encuentra en las fuerzas productivas” 38.

Finalmente, desde el punto de vista que aquí interesa, lo que caracteriza la concepción de Trotski es que adopta la tesis de la primacía del desarrollo de las fuerzas productivas hasta sus consecuencias extremas. Particularmente las dos siguientes: en primer lugar, la referencia al nivel de las fuerzas productivas permite a Trotski introducir la noción de normas burguesas de distribución” 39, impuestas a la URSS por el bajo nivel de aquellas fuerzas, y cuya existencia podría desembocar en la restauración de la propiedad privada. La idea de que la dominación burguesa pueda ser restaurada al interior de la propiedad del Estado queda así implícitamente descartada por Trotski, sin que, por otra parte, pueda proporciona argumentos justificativos de este rechazo. Y en segundo lugar, la función que asigna Trotski al desarrollo de las fuerzas productivas va tan lejos que reemplaza completamente la lucha de clases, lo cual lo lleva a escribir: “La fuerza y la estabilidad de los regímenes se definen en última instancia por el rendimiento relativo del trabajo. Una economía socializada que estuviese a punto de sobrepasar técnicamente a la del capitalismo podría encontrarse prácticamente segura de un desarrollo socialista en cierta forma automático.” 40.

Si he citado tan largamente estas formulaciones de Trotski, junto a las de Stalin, es para mostrar hasta qué punto –pese a las conclusiones tan diferentes que sacan- las dos tesis (sobre la desaparición de las clases antagonistas en la URSS y sobre la primacía de desarrollo de las fuerzas productivas) eran una especie de “lugar común” en el “marxismo europeo” de los años treinta (e incluso hasta fecha relativamente reciente), cuya aceptación tendía a obstaculizar el análisis de las transformaciones de la sociedad en términos de lucha de clases.

Más adelante intentaré explicar las razones que, a mi parecer, han permitido a estas dos tesis desempeñar su papel ideológico y político durante un periodo tan prolongado de tiempo. Pero antes de abordar este punto es preciso decir algunas palabras sobre una tercera tesis ligada a las dos precedentes.

3. La existencia del Estado y la desaparición de las clases explotadoras

Una de las dificultades que surge con la aceptación de la tesis de la desaparición de las clases explotadoras atañe a la existencia del Estado soviético no como forma transitoria en evolución hacia un no-Estado, hacia una comunidad” –según fórmula de Engels en una carta a Bebel, fórmula adoptada por Lenin-, sino como n Estado cada vez más separado de las masas, dotado de un aparato cada vez más celoso de sus “secretos”, que funciona de manera jerárquica, estando cada “escalón” sometido a un escalón “superior”.

Desde el punto de vista marxista, la forma de existencia del Estado soviético y la naturaleza de sus aparatos plantea un problema, ya que, para el materialismo histórico, tal tipo de Estado no puede existir sino sobre la base de los antagonismo de clase. El fortalecimiento de un aparato de Estado de este tipo es síntoma de la profundización de esos antagonismos, mientras que la desaparición de éstos se acompaña de la extinción del Estado en sentido estricto (en tanto que órgano de represión) cediendo el lugar a los órganos de auto-administración de las masas.

Este problema ha sido suscitado por Stalin, principalmente en su informe ante el XVIII Congreso del PCUS 41. En este informe Stalin recuerda la fórmula de Engels en el Anti-Dühring.

“Desde el momento en que no existe ninguna clase social a la que oprimir, que con la dominación de clase y la lucha por la existencia individual, motivadas por la anterior anarquía de la producción, son eliminados igualmente las colisiones y los excesos resultantes, no hay ya nada que reprimir y deja de ser necesario un poder especial de represión, un Estado” 42.

Para resolver el problema así planteado Stalin tiene que declarar que “algunas de las tesis generales del marxismo sobre el Estado no han sido elaboradas hasta el fin, son insuficientes” 43.

La insuficiencia quedaría colmada, según él, explicando la existencia del Estado y de tan amplio aparato estatal no por las relaciones sociales internas de la URSS, sino por una causa exterior: el cerco capitalista. De ahí la siguiente formulación:

“La función represiva ha dejado paso a la función protectora de la propiedad socialista contra los ladrones y despilfarradores de los bienes públicos, Se ha conservado íntegramente la función de defensa militar del país contra la agresión exterior. En consecuencia, han sido conservados el Ejército rojo y la marina militar, así como los organismos punitivos y los servicios de información necesarios para capturar y castigar a los espías, asesinos y saboteadores enviados a nuestro país por los servicios de espionaje extranjeros”44.

Hay una primera dificultad teórica, que surge de la afirmación de que sea necesario un amplio cuerpo represivo interior para enfrentarse con una amenaza exterior, máxime cuando la propia organización de las masas debería bastar para detectar a los elementos hostiles “enviados… por los servicios de espionaje extranjeros” en un país donde ninguna clase, en principio, está dispuesta a prestarles ayuda. Pero la necesidad de mantenimiento de un aparato estatal choca con una dificultad más concreta (que no ha aparecido con toda claridad hasta que se ha conocido el enorme alcance de la represión, término aún modesto para designar las detenciones, encarcelamientos y deportaciones de varios millones de personas): ¿cómo explicar la necesidad de medidas coercitivas tan numerosas si únicamente se trataba de castigar a elementos “infiltrados”, así como a ladrones y dilapidadores de los bienes comunes o aquellas personas que por “debilidad”, “orgullo” o “falta de carácter” se hubiesen dejado “atrapar en las redes del espionaje?” 45. Así planteados, este problema es de difícil respuesta. En cambio, la amplitud de la represión, sus formas y las contradicciones surgidas peden comprenderse mucho mejor si estos hechos se relacionan con una lucha de clases simultáneamente encarnizada y ciega, en lugar de relacionarlos principalmente con la actividad de los servicios de espionaje extranjeros  con la “falta de carácter” de los ciudadanos soviéticos.

Trotski, una vez que ha aceptado la tesis de la desaparición de la opresión de clase, se encuentra enfrentado al mismo problema que Stalin para explicar la existencia de un aparato de Estado. La “solución” que propone para resolver el problema es puramente económica. Tomando la fórmula de Engels más arriba citada, aísla la frase que menciona “la lucha por la existencia individual” y justifica que el Estado subsista en la URSS porque esta lucha individual no ha desaparecido. “Deberá subsistir incluso en América, sobre la base del capitalismo más avanzado” 46. Se puede añadir este detalle curioso: para Trotski, “en la medida en que la organización social se hiciese socialista deberían desaparecer los soviets…” 47 [es decir, precisamente los órganos de auto-administración de las masas, el no-Estado. C.B.]. No obstante, por poco satisfactoria que resultase la tesis que intenta explicar la forma de existencia del Estado soviético por la amenaza exterior y la “falta de carácter” de los ciudadanos de la URSS, la aceptación de las dos primeras tesis hacía prácticamente inevitable esta última.

Este examen retrospectivo que acabamos de hacer ayuda, sin duda, a comprender la casi imposibilidad en que se encontraban los que aceptaban las tesis precedentes (y hasta una época reciente era el caso –al menos en Europa- de la inmensa mayoría de los que reconocían que la Revolución de Octubre había abierto una nueva era en la historia de la humanidad) de proceder a un análisis marxista de la sociedad soviética, pues la esencia de tal análisis consiste en no ignorar las relaciones de clase y los efectos de la lucha de clases, y en reconocer, por el contrario, que se trata de unas relaciones y una lucha de decisiva importancia cuya subsistencia se prolongará hasta que no se haya edificado una sociedad sin clases esto es, una sociedad comunista.

No obstante, este recordatorio es aún insuficiente para poder responder a la siguiente cuestión: ¿Por qué la problemática “economista” (de la que forman parte las tesis que hemos evocado) ha podido desempeñar durante tanto tiempo –y continúa desempeñando- el papel ideológico que le es propio?

NOTAS

[1] Planificación y Crecimiento acelerado, (1974)

[2] En particular, La Transición a la economía socialista, (1968), y Cálculo económico y Formas de propriedad, (1970). Estos dos últimos libros llevan también la marca de dos grandes experiencias sociales y políticas. Las revoluciones china y cubana, con las que he estado en relación sostenida a partir de 1958 y 1960, respectivamente. Han sido marcados también por la renovación del pensamiento marxista en Francia. Renovación que ha estado ligada especialmente a la difusión cada vez más amplia del pensamiento de Mao Tsé-tung y ha sido marcada por la ruptura que L. Althusser y los que han trabajado con él han realizado mediante una lectura “economista” de El Capital de Marx.

[3] Se trataba, entonces, del proceso que tenía como principales acusados a Zinoviev y Kámenev. Cada día, muy temprano, los moscovitas hacían cola ante los quioscos para estar seguros de poder comprar su diario con la actas de los procesos.

[4] Tal era, igualmente, en 1956, la opinión del partido comunista chino, opinión expresada en dos artículos titulados “A propósito de la experiencia histórica del dictadura del proletariado”. Estos artículos, publcados el 5 de abril y el 29 de diciembre de 1956 por el Renmin Ribao, son generalmente atribuidos a Mao Tsé-tung.

[5] Se dispone de relatos detallados de lo sucedido en los puertos polacos y de la discusiones que han seguido a los enfrentamientos armados de diciembre de 1970 (cf., por ejemplo, Gierek face aux grevistes de Szzecin SELIO, Paris 1971).

[6] Ch. Bettelheim, la Transición a la economía socialista, op. Cit., p. 30, 70 y 175

[7] Ibid., p.45 a 77 y mas especialmente p. 48

[8] El problema del “economismo” es vuelto a tratar más adelante (cf. infra, p. 25)

[9] Cf. Ch. Bettelheim, Revolución Cultural y organización industrial en China, (1973)

[10] Cf. Paul M. Sweez y Ch. Bettelheim, Algunos problemas actuales del socialismo, (1972)

[11] “Reincorporarse” al contenido revolucionario del marxismo no es, evidentemente, “reencontrar” las tesis que Marx y Engels habrían formulado hace un siglo, aproximadamente, antes de las lecciones que las luchas de clases desarrolladas desde entonces permiten extraer hoy. “Reincorporarse” es eliminar las concepciones cuyo contenido es erróneo (aunque hayan podido parecer verdaderas en una cierta época) y que son un obstáculo al desarrollo de la teoría marxista, a su enriquecimiento a partir del análisis concreto de las luchas de clases y de sus efectos. Como escribía Lenin, hablando de la actitud de los marxistas revolucionarios hacia la teoría de Marx: “Nosotros no consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible; estamos convencidos, por el contrario, que ha puesto simplemente la piedra angular de la ciencia que los socialistas deben llevar más lejos en todas las direcciones si no quieren dejarse distanciar por la vida”. (Cf. Lenin, Nuestro programa. En adelante, y salvo indicación contraria, todas las citas de Lenin están tomadas de la versión española de sus Obras)

[12] Cf. J. Stalin, Les questions du leninisme, Editions Norman Béthune, Paris, 1969, tomo 2, p. 748.

[13] Ibid., p.752

[14] Ibid., p.755

[15] Ibid.

[16] “Las clases son grandes grupos de personas que se diferencian unas de otras por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se hallan con respecto a los medios de producción (relaciones que, en gran parte, son establecidas y fijadas por leyes), por su papel en la organización social del trabajo y, en consecuencia, por el modo y la proporción en que obtienen la parte de riqueza social de que disponen. Las clases son grupos humanos, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo del otro en virtud de los diferentes lugares que uno y otro ocupan en una estructura determinada de la economía social.” (Cf. Lenin, Una gran iniciativa, OC, t.28, p. 425) Se observará que Lenin indica que el lugar de las diferentes clases sociales puede ser “fijado por leyes”, pero se trata justamente de una posibilidad. La existencia de una “relación jurídica” con los medios de producción no entra en la definición misma de las clases.

[17] Ver la primera formulación de esta idea en la carta de Marx a Wydemeyer del 5 de marzo de 1852.

[18] Cf. Lenin, La economía y la política en la época de la dictadura del proletariado, 7 de noviembre de 1919, OC, t. 30, pp. 108.109.

[19] Lenin,OC, t. 31, p. 59

[20] La presión que la ideología burguesa ejerce sobre el marxismo (y que se manifiesta por lucha entre las dos vías, burguesa y proletaria, en el seno del marxismo mismo) ha determinado en más de una ocasión la tendencia a reducir las relaciones de producción a simples relaciones jurídicas. Así ha ocurrido en la Rusia soviética durante a guerra civil, con la ilusión de que la extensión de las nacionalidades y la prohibición del comercio privado (el cual era sustituido por medidas de requisa y de distribución que no pasaban por el mercado) equivalía a la “instauración” de relaciones comunistas, y de ahí la apelación incorrecta de “comunismo de guerra”, a la cual hay que recurrir para designar este periodo. Como Lenin lo ha reconocido, las ilusiones que tomaron cuerpo entonces han conducido a una derrota más grave que ninguna de las que no habían infringido Koltchak, Dénikin o Pilsudki…” (Lenin, OC, t. 33, p. 52)

[21] Cf. Stalin, Cuestiones del leninismo, op., cit., p. 785 ss.

[22] Ibid., p 808-809

[23] Ibid. p. 817. Si la tesis de la “aparición” de fuerzas productivas socialistas (y de las correspondientes relaciones sociales) en el seno mismo de modo de producción capitalista está en contradicción con las enseñanzas del materialismo histórico, no deja de aludir, sin embargo, al hecho de que “las nuevas condiciones materiales de la producción y las relaciones de comunicación de la sociedad sin clases (están ya) escondidas en las entrañas de la sociedad tal como ella es…” (Cf. K. Marx, Fondements de la critique de l´économie politique, t. 1, editions Anthropos, Paris, 1967 p. 77) Marx apunta aquí al hecho de que el capitalismo rompe los particularismos locales, desarrolla condiciones de comparación y de relaciones “universales” (Ibid., pp. 98-99 y p. 78 del texto alemán).

[24] Ibid., p 808.

[25] Ibid., p 815.

[26] Cf. J. Stalin, Los problemas económicos del socialismo en la URSS, 1951

[27] El falso comunismo de Jruchov,  Renmin Ribao y revista Hongqi, Pekin (14 de julio de 1964).

[28] “Ir contra la corriente” es, para un militante de un partido revolucionario, cualesquiera que sean sus responsabilidades, esforzarse –cuando está en minoría- por persuadir de la justeza de su punto de vista a los que no están de acuerdo con él. Por el contrario, hacer “pasar en la práctica” sus propias concepciones, modificando las relaciones de fuerza en el interior del partido por compromisos que oscurecen los diferentes puntos de vista o utilizando la autoridad de que dispone para hacer presión sobre algunos, modificar la composición de las instancias dirigentes, etc., no es realmente ir contra la corriente son combatir a nivel de la organización para imponer su opinión (que, por otra parte, puede ser justa).

[29] Los raros casos en que Stalin no ha tenido en cuenta lo que eran las concepciones dominantes en el partido han tenido una importancia histórica inmensa. En el próximo volumen examinaremos las razones, pero en esos casos el recurso a la persuación no ha sido más que un elemento menor de su acción.

[30] Ha habido teóricos que se consideraban marxistas e incluso pequeñas organizaciones, sobre todo en Alemania, que en un momento o en otro han expresado su desacuerdo con las conclusiones políticas de estas tesis y con algunas de sus premisas ideológicas, pero estos teóricos o estos movimientos (que pertenecían al “izquierdismo” de la época) han permanecido marginales, porque sobre las cuestiones teóricas más fundamentales no se pusieron jamás sobre otro terreno que el de aquellos a quienes criticaban: ese terreno común era el del “economismo”.

[31] Cf. “La revolution trahie”, en De la Revolution, Editions de Minuit, Paris, 1963

[32] Ibid., p. 603

[33] Ibid., p. 602

[34] Cf. supra, p17.

[35] La revolution trahie, op. Cit., p. 473

[36] Cf. por ejemplo, ibid., p. 474

[37] CF. ibid., pp. 483 y 485.

[38] Ibid.

[39] Por ejemplo ibid., p. 599. Se saben en la Crítica del programa de Gotha, Marx habla del “límite burgués” que afeca a a la distribución de los productos durante “la primera fase de la sociedad comunista”, pero este “límite”  no se refiere al nivel de las fuerzas productivas sino a “la subordinación de los individuos a la división del trabajo” y a las relaciones sociales correspondientes que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas (Cf. K. Marx y F. Engels, Crítica del programa de Gotha y  de Erfurt).

[40] Ibid., p. 475

[41] Informe presentado el 10 de marzo de 1939. Cf. Cuestiones del leninismo, op. Cit., p. 823 ss.

[42] F. Engels, Anti-Dühring.

[43] Ibid., p. 875.

[44] Ibid., p. 881.

[45] Ibid., p. 875.

[46] Cf. De la revolución, op.cit., p. 478.

[47] Ibid., p. 485.