Los Pasos Perdidos

Durante el llamado procés de Cataluña han confluido dos tendencias que son necesarias analizarlas con detenimiento, pues nos dará la ocasión para deslindar en lo concreto la política oportunista de la pequeña burguesía con la que debe ser una política revolucionaria en cuanto al derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas en la actual fase imperialista del capital. Debemos analizar ambas tendencias para poner de manifiesto lo que les debe separar, a la vez de criticar lo que les une.

Por no compartir las tesis de Línea de Reconstitución sobre la autodeterminación de Cataluña hemos sido estigmatizados por dicha organización al recibir una serie de epítetos que nos califican, en el mejor de los casos, de liquidadores y revisionistas, los cuales vamos a obviar para no contaminar el debate político que tenemos sobre la mesa, centrándonos en la argumentación de por qué el proletariado revolucionario no debe apoyar la independencia de Cataluña en las actuales circunstancias históricas, lo que no quiere decir que no debe intervenir en el proceso abierto por la pequeña y mediana burguesía catalana con una política independiente y de clase.

Antes de abordar dichos argumentos, consideramos necesario aclarar una serie de aspectos relacionados con la temática que nos ocupa, aunque constituya el grueso del escrito. Puede que estemos equivocados, puesto que no nos encontramos libres de cometer errores de bulto, e incluso de recorrer caminos que nos conduzcan a metas equivocadas (posiciones  desviacionistas) pero también contemplamos la posibilidad de estar en lo cierto, máxime cuando no nos convencen los argumentos que ha desgranado LR para justificar políticamente el apoyo a la autodeterminación de una manera general, ni las posteriores críticas a nuestros argumentos en contra del apoyo de la clase obrera a la independencia de Cataluña de una manera concreta, lo que nos obliga a seguir defendiendo con argumentos nuestros puntos de vista aunque no sean del agrado de los camaradas. No hacemos sino aplicar el principio de la lucha de dos líneas que guía el desarrollo del marxismo leninismo.

Análisis exprés del procés

El procés ha tenido un largo recorrido, aproximadamente 11 años desde que empezó en el 2006, dividido en 4 etapas bien diferenciadas: la primera es la comprendida entre los años 2006 y 2012, en donde el aspecto principal a destacar es la celebración de la Diada, punto de encuentro de más de un millón de personas que se manifestaron al grito del derecho a decidir sobre la soberanía de Cataluña, en donde se da el pistoletazo de salida al movimiento popular superándose el marco parlamentario de los políticos profesionales; la segunda etapa es la comprendida entre el 2012 y el 2014, que termina con la celebración del Referéndum del 9-N, en donde se pone de manifiesto que aproximadamente la mitad de los votantes, que no del censo, defendían el derecho de autodeterminación; la tercera etapa es la comprendida entre el 9-N y el 1-O, celebración del segundo Referéndum y enfrentamiento del movimiento popular por la independencia de Cataluña con el aparato del Estado español, que con su pujanza y determinación lo pone en fuera de juego; y la cuarta etapa es la posterior al 1-O, que tuvo su cénit en la agudización de enfrentamiento del movimiento popular con el Estado y su posterior encajonamiento a los intereses electorales, que marca la iniciativa del Estado para recuperar de nuevo el control social (aplicación del artículo 155 de la Constitución).

Estos once años han puestos en evidencia dos escenarios diferenciados: el primero hasta el 1-O, en donde la claridad ante la situación guiaba el camino de las organizaciones que defienden la independencia de Cataluña, marcando el paso del enfrentamiento con el Estado español que se situaba a la defensiva con el recurso de la aplicación de la legalidad constitucional; el segundo desde el 1-O en donde la oscuridad se hizo presente en las filas independentistas, dando paso al desconcierto y la falta de determinación ante la situación que empezaba a desbordarlos, favoreciendo que el Estado tomara la iniciativa política al conseguir que la movilización popular se disolviera en el proceso electoral abierto a iniciativa del triunvirato PP-PSOE-C´s. El paso de la claridad a la oscuridad vino marcado por la bofetada que reciben las organizaciones defensoras de la independencia de las distintas instituciones burguesas que le dan la espalda de manera tajante a la independencia de Cataluña, considerada ésta parte del Estado español. La creencia de estas organizaciones de que iban a abrir una brecha y provocar una crisis en el seno de la Unión Europea porque le iban a poyar algunos Estados se esfumó en el mismo momento que pasó la marea del 1-O con la actuación torpe del aparato represivo del Estado. Lo verdaderamente incomprensible es que estuvieran esperando hasta el último momento el apoyo político sin tener en cuenta que las instituciones burguesas están para hacer realidad la tendencia general del capital en la actual fase capitalista, dominada por la concentración y centralización de los medios de producción y fuerza de trabajo, tendencia que favorece los intereses económicos y políticos del capital financiero, tanto a nivel internacional como nacional. No tener en cuenta esta tendencia y la política que se deriva de ella es la que ha golpeado con fuerza las aspiraciones democráticas de estas organizaciones y las han desarmado políticamente, pues no hay que olvidar que son ramas del árbol capitalista.

Para darle la puntilla a estas organizaciones nada peor que los resultados electorales, a los que se agarran como un clavo ardiendo para esgrimir su fuerza social, confundiendo apoyo electoral con poder político. Es notoria la intransigencia del movimiento parlamentario independentista cuando se trata de rechazar cualquier intento político que se salga de los estrechos márgenes de representación social, considerando al Parlamento como la sede del poder político. Desde el punto de vista burgués es lógico que así se represente el poder político pues detrás de la fachada del Parlamento no solo se encuentra el poder legislativo y ejecutivo sino que lo acompaña el poder jurídico y militar en que se apoya el dominio de la burguesía. Pero lo que no tiene sentido es que la dirección del movimiento que lo ha acompañado asuma esa concepción política, sabiendo muy bien sus distintos componentes que, desde la perspectiva de las masas populares en general y del proletariado en particular, no se puede considerar al sistema político burgués como legítimo, pues, si se persigue eliminar las condiciones sociales de donde emana la explotación y opresión de una clase sobre otra, lo apropiado es derribar el poder burgués, que nada tiene que ver con esa falsa medición de la correlación de fuerzas a través de los parámetros electorales y representación parlamentaria, sino con la construcción, organización y praxis de un nuevo poder que se enfrenta al viejo con  la intención de destruirlo para sustituirlo.

En la fase imperialista del capital es altamente improbable por no decir imposible (aunque hay opiniones que intentan demostrar lo contrario) que la autodeterminación de las naciones oprimidas por métodos exclusivamente democráticos no se puede dar del mismo modo que en la época concurrencial del capital, pues una fase se distingue de la otra fundamentalmente por el papel político que juega el proletariado durante el  proceso, que en la fase imperialista, la defensa y el apoyo a la autodeterminación desde los intereses del proletariado han de ir unidos ineludiblemente a la lucha contra el sistema capitalista en su conjunto. Todos sabemos que dependiendo de la época histórica el proletariado asume un papel político determinado por el desarrollo de su conciencia política alcanzada como clase social: es en el imperialismo cuando el proletariado despliega en toda su amplitud su tarea histórica de acuerdo al nivel alcanzado por el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo y a la constitución de su organización política a nivel internacional. Es entonces cuando el proceso por la autodeterminación de un país se trueca, transforma, en proceso por la toma del poder político dirigido por el proletariado como etapa específica de la revolución antiimperialista mundial en alianza con la fracción burguesa interesado en ello pero bajo su dirección: a partir del proceso de descolonización todos los intentos que se han llevado a cabo en este terreno han sido alimentados por intereses imperialistas en el contexto de una estrategia de enfrentamiento entre bloques. Pensar que la pequeña burguesía por sí sola, o en alianza con otros sectores de la burguesía nacional, pueden conseguir dicho objetivo dentro del contexto del sistema capitalista es darle pábulo a una quimera, pues la pequeña y mediana burguesía son parte integrante de la BURGUESÍA, a la que no quiere eliminar sino fortalecer en su enfrentamiento con el proletariado revolucionario. Hay que comprender que la democracia burguesa es solo una forma característica del régimen capitalista de producción teniendo de particular que proyecta ante las clases sociales, sobre todo en el proletariado, una concepción irreal de democracia participativa, neutra, en donde se dirime el enfrentamiento social por medios pacíficos en beneficio de la mayoría parlamentaria, cuando en realidad no es más que una forma específica de la dictadura de la burguesía por medio del juego de la mayoría y la minoría, sometiéndose ésta, tenga o no razones históricas para independizarse, a la estrategia política del pacto social, verdadero instrumento burgués para dirimir pacíficamente el antagonismo entre las clases.

Parlamentarismo burgués: Ley y opinión popular

La burguesía en su conjunto, en la “sociedad democrática”, somete el enfrentamiento entre las clases antagónicas a las leyes jurídicas que emana del parlamentarismo burgués, en donde lo sustancial es el juego de las mayorías y las minorías que se constituyen en el Parlamento, y su interdependencia, es decir, el mercantilismo de las decisiones políticas de los representantes de la ¨soberanía popular¨: es la forma política que tiene de legitimar la explotación asalariada. En particular, la pequeña y mediana burguesía confía en los mecanismos democráticos para conseguir sus aspiraciones en el reparto de la plusvalía creada, sin pensar que en dicha disputa choca frontalmente con la burguesía financiera que no está dispuesta a ceder lo que considera sus ¨legítimos derechos¨: apropiarse de la mayor parte de la plusvalía pues así se lo permiten sus ventajosas condiciones de producción: es efecto de una de las leyes del sistema capitalista, la productividad del trabajo, a mayor productividad del trabajo menor precio por unidad de producción y mayor masa de plusvalía creada dispuesta a ser apropiada, lo que tiende a reducir la influencia y el radio de acción de los capitales con menos capacidad productiva.

En esta eterna disputa se desenvuelve la pequeña y mediana burguesía en el imperialismo, por lo que el sistema en su conjunto le empuja, por un lado, a aferrarse al régimen de producción, como su medio de sobrevivir formando parte de la clase explotadora, pero por otro lado, tiene también que  luchar contra la parte de la clase a la que pertenece que le impide desarrollarse de forma natural dentro del férreo engranaje capitalista. Su lucha no está encaminada a torpedear el sistema de producción, pues es su sistema, el que le asegura su existencia como fracción de clase explotadora y su forma de vida diferenciada a las condiciones de vida del proletariado, sino en conseguir mejores condiciones jurídico-políticas para poder competir por un mejor reparto la plusvalía creada. Es la fracción de la clase explotadora que con el desarrollo de sus condiciones de producción su comportamiento llega al absurdo y a la esquizofrenia: no puede tirar ni hacia adelante ni hacia atrás pues hacia donde se dirija va en contra de su lógica como parte de clase explotadora que tiende a perpetuarse. Una de las tretas políticas que utiliza esta fracción de clase en el imperialismo es airear los sentimientos nacionalistas, como lo está haciendo en Cataluña, pensando en su exclusivo interés de clase. Es la manera que tiene de luchar contra la burguesía financiera sin tocar el suelo putrefacto de las relaciones capitalistas de producción, a las que condena al proletariado pues torpedea y tapona la verdadera conciencia revolucionaria: la ligada a la revolución proletaria mundial como alternativa social al sistema capitalista mundial. La pequeña burguesía todo lo quiere poner bajo el mando del sistema jurídico, todo lo quiere someter al imperio de la ley, que choca frontalmente en más de una ocasión con los intereses del capital financiero, su oponente en el reparto de la plusvalía creada. Esta es la razón última de la defensa de la autodeterminación de Cataluña. La pequeña burguesía, debido a su papel en la producción capitalista, es siempre radical en su acción, balanceándose en el columpio de las opciones de la burguesía, tiende a radicalizar la democracia o elige el camino de la reacción, apoyando las teorías fascistas de la lucha de clases, dependiendo la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado.

En el capitalismo la elaboración de la ley y la opinión popular son dos conceptos opuestos que no guardan relación entre sí, si no es para que la opinión popular de lustre y brillo a la ley, teniendo  su reflejo en el Parlamento. La opinión popular no cuenta para nada en el sistema político del capitalismo, como no sea para legitimar a la ley, elaborada a espalda y en contra de los intereses generales de la clase obrera, que es la clase que nos interesa a los comunistas. Como todos sabemos, el sistema político burgués asigna a la soberanía popular la función de elegir a los representantes parlamentarios, que son a posteriori quienes elaboran las normas por las que transita la opinión pública, que se manifiesta en los órganos de propaganda del Estado, conformando la opinión popular, es decir, el soporte ideológico para elegir a tal o cual opción política que los represente. Dicha elaboración ni siquiera sigue el curso de la opinión popular sino el de las condiciones establecidas (Rajoy lo llama el sentido común) y la tradición, que son los dos aspectos que conforman las leyes al funcionamiento de la sociedad, adecuando la opinión popular a su cumplimiento. Pero, entonces, ¿quién conforma la opinión popular? A simple vista parece un concepto neutro, pues en él caben todos los miembros de la sociedad que expresan su parecer votando, eligiendo tal o cual opción política de acuerdo a sus preferencias ideológicas. El resultado es la elección de unos representantes que se adecuan a un programa político por medio del cual se han presentado a su elección: la opinión popular es, en la práctica, la aplicación del programa político que han elegido la mayoría del censo electoral, que se concreta en un gobierno sea monocolor o multicolor. A esto se reduce la democracia parlamentaria burguesa: todos tienen el derecho a votar y solo unos cuantos tienen el deber de decidir y dirigir la sociedad de acuerdo a los normas que requiere el régimen capitalista de producción y los intereses generales de la clase dominante, la clase que detenta el poder desde las instituciones económicas y políticas de la sociedad, reforzada por el aparato judicial, militar e ideológico que le acompaña.

El revisionismo se afana en hacer creer que si las organizaciones obreras y las de la pequeña y media burguesía fueran mayoría en el Parlamento otra política sería posible, dando a entender que el Parlamento es el árbitro que pacifica las disputas de las clases sociales. Dicen, sin convicción, que una mayoría parlamentaria de izquierda pondría freno a las ambiciones y desmanes de las grandes corporaciones mediante el control social del mercado, legislando a favor del pueblo. Pero ¿qué significa para el revisionismo otra política posible? Legislar para ¨humanizar¨ la sociedad capitalista, eso sí, dejando intacto los cimientos de este régimen de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo asalariada. Ponen como medidas ejemplarizantes de esa política el reparto del excedente empresarial entre empresarios y trabajadores mediante subidas del salario y asistencia social que pondría en marcha el Estado con los recursos que recaudarían por un aumento de los impuestos a las grandes fortunas y el reparto de otra manera del excedente empresarial, gravando los grandes beneficios empresariales para emplearlo en ayudar a las pequeñas y medianas empresas. Hay que reconocer que imaginación no les falta si es para proteger el sistema de explotación y opresión del capital.

Ninguna ley electoral puede cambiar la naturaleza del Parlamento burgués, aparato al servicio político de la burguesía aunque elegida por la mayoría de la sociedad. Su naturaleza, como aparato legislador y ejecutor de los planes de la burguesía, no puede ser modificada por medidas que tiendan a equiparar la distribución de los representantes parlamentarios, ya que estos son meros funcionarios del sistema político burgués, en donde el Parlamento es solo una parte de todo el sistema. Defender lo contrario es crear falsas expectativas entre la clase obrera en que el sistema se puede cambiar desde dentro, pues va en detrimento de la creación de la conciencia de clase proletaria que debe guiar la praxis revolucionaria en la construcción de la nueva sociedad comunista. Los partidos democrático-burgueses -tanto de derecha como de izquierda- no ponen en cuestión el valor de la representación parlamentaria, sino las formas aritméticas de conseguir dicha representación, puesto que algunos de ellos consideran que es más costoso  la elección de los representantes populares  debido a que la ley electoral favorece a los grandes partidos en “beneficio de la estabilidad parlamentaria”: son los partidos más perjudicados por la ley electoral los que claman por una reforma que equipare la representación electoral con los votos conseguidos sin ninguna interferencia obstructiva, sino como consecuencia de la “capacidad de convencimiento” del electorado sin tener en cuenta el lugar geográfico en que se vote. Esta reivindicación se presenta como el medio para paliar el déficit democrático que desde el punto de vista burgués es originado por una ley electoral cerrada, aunque en realidad es más un señuelo que se airea a la masa electoral para crear falsas expectativas sobre la democracia en general, intentando aumentar la participación popular que cree que con ello se hace más eficiente la participación al eliminar el dumping electoral: un engaño más de la democracia burguesa.

¿Es esta medida significativa para valorar si la mayor o menor participación va a suponer un cambio en la correlación de fuerzas de las clases que participan en las consultas electorales? A simple vista parece que sí, si es que se analiza la participación como un valor en sí mismo, pues las oportunidades de representación se equiparan, lo que puede posibilitar un aumento en la representación de los partidos pequeños, convirtiéndolos en árbitro del sistema parlamentario, un contrapeso a la oligarquía de los grandes partidos que dominan el sistema parlamentario, pero sustancialmente nada más lejos de la realidad pues lo que logra conseguir dicha reforma es distribuir de otra manera la representación parlamentaria, sin afectar un ápice al poder de las clases representadas en el Parlamento, ya que dicha institución no puede considerarse el reflejo de los intereses de la sociedad sino lugar donde se configura política y jurídicamente la sociedad: Parlamento y Sociedad son dos realidades distintas y contrapuestas, dependiendo de la clase a la que se pertenece. 

Esto viene a cuento pues es a lo que ha quedado reducido el procés, consiguiendo la burguesía financiera situar la lucha de la pequeña y media burguesía en el mercadeo parlamentarista burgués: convocatoria de elecciones autonómicas, en donde prevalece la ley por encima de la opinión electoral al someter el movimiento independentista a la opinión electoral. Lo demás son ensoñaciones, más o menos democráticas, que no se sitúan en el terreno de la realidad social, dentro de los cauces parlamentarios. El movimiento independentista ha sido presa de esta contradicción (querer conseguir la independencia en la actual etapa imperialista del capital a través de un proceso democrático al uso) desde el mismo inicio del procés. Empezó y ha acabado del mismo modo: al  movimiento le acompaña una concepción pacífica de su actuación pues lo que se trata es de conseguir un derecho protegido por las leyes universales de las sociedades democráticas: el derecho a decidir su independencia, sin reparar en la época histórica del desarrollo capitalista dominada por, un lado, por la concentración y centralización de los medios de producción y fuerza de trabajo y, por otro lado, por la revolución proletaria mundial que se deriva de lo anterior.

Autodeterminación: ¿Sí o no, en qué condiciones?

Los camaradas de LR parten, desde nuestro punto de vista, de una premisa errónea para elaborar la posición política revolucionaria en cuanto a la independencia de Cataluña. Es evidente que se apoyan en los argumentos de Lenin en cuanto a la posición del partido socialdemócrata ruso sobre el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas para dar consistencia a su premisa, aunque sin tener en cuenta en la aplicación de esta posición al derecho de Cataluña para su independencia política un elemento de importancia capital: la posición y argumentación de Lenin no estaba elaborada para cualquier época histórica del desarrollo social como principio fundamental del m-l, sino que se encuentra circunscrita a la realidad histórica y política de principios del siglo XX, etapa en que todavía no había concluido las formaciones de los Estados nacionales como condición necesaria para el desarrollo de la producción capitalista. Hay que recordar que en dicho objetivo estaban interesados tanto la burguesía como el proletariado, en lucha común contra las fuerzas reaccionarias que sostenían políticamente la economía feudal basada en la pequeña producción individual, circunscrita a la vida local.

Es lógico que en este contexto histórico-económico se reflejaran en los programas de los partidos obreros de la época la reivindicación de la independencia nacional como forma de lucha contra las relaciones sociales feudales puesto que el proletariado no era desde el punto de vista político una clase independiente de la burguesía, esto es, no podía tener un interés que lo distinguiera políticamente en cuanto a la lucha contra las relaciones económicas feudales: tenía que seguir el curso del desarrollo histórico-natural hasta su proclamación como clase independiente políticamente, subordinado al desarrollo de las relaciones capitalistas de producción. La cuestión de la formación de los Estados burgueses,  su desarrollo y resolución de sus contradicciones internas y externas es obra de la sociedad capitalista, en donde el proletariado adopta una posición política general dependiendo del estado de desarrollo de dicha sociedad y de su propio desarrollo como clase independiente.

El proletariado apoyó el nacimiento del Estado-nación burgués, junto a la burguesía, como medio de lucha para derribar las relaciones económicas feudales, que sometían la vida social al inmovilismo y al atraso, apoyó el Estado democrático burgués en la medida que le otorgó el derecho a votar a sus representantes políticos que le negaban los estamentos políticos de la sociedad feudal, pero se distancia de la burguesía desde entonces, puesto que en la época imperialista ya no se dedica a reivindicar ninguna medida burguesa pues la burguesía ha perdido su función e influencia progresista, volviéndose reaccionaria tanto en lo económico como en lo político. Tuvo que pasar un tiempo, ligado al desarrollo de la producción capitalista, para que el proletariado elaborara una posición política propia en consonancia a sus intereses como clase explotada y oprimida por el capital. Esa posición política ya no reivindica sólo la independencia política de la nación oprimida, sino que introduce además un matiz de suma importancia: que el objetivo de la independencia nacional debe estar ligado y subordinado a la derrota de la burguesía, a la lucha por la eliminación de las relaciones capitalistas de producción. En una palabra, tiene que formar parte de la revolución proletaria mundial.

Entiéndase bien lo que decimos: para una parte de la burguesía la independencias nacional (derechos jurídicos iguales de las naciones) es una vía de lucha contra el imperialismo pero a expensa de volver atrás en el desarrollo histórico-económico, lo cual es irrealizable; pero no es tan válido para el proletariado, ya sea en su organización política nacional o internacional, pues en su distinta forma lo que aspira es a eliminar las condiciones de su explotación y la construcción de una sociedad libre de clases sociales. En esta época histórica, la época del imperialismo desarrollado, el proletariado no le da el derecho a la burguesía, a cualquier fracción burguesa, a llevar a cabo la autodeterminación, sino que reclama la revolución social, a la cual tiene que estar subordinada la independencia nacional.

Este es el meollo del debate entre comunistas sobre la autodeterminación de las naciones oprimidas, no hay que apoyar a secas la autodeterminación por ser una forma de lucha progresista en contra de la opresión en general, pues es lo que va a determinar la táctica a emplear en el transcurso de la lucha en el caso, como ocurre en Cataluña, dirigida por fracciones de la burguesía catalana frente a la fracción burguesa dominante, la financiera, fusión del capital internacional, español y catalán, que somete el devenir de la sociedad capitalista y, por ende, los intereses del conjunto de las clases,  a sus intereses como clase. Es lógico que dependiendo de la posición ideológica que se adopte sobre la autodeterminación, así se adoptará una posición política concreta en cuanto al desarrollo de la lucha con las argumentaciones correspondientes que le den consistencia y veracidad.

Quisiéramos abordar ahora el aspecto relacionado con la táctica. La LR plantea el objetivo del apoyo del SÍ-SÍ en el Referéndum motivado por la articulación de la vanguardia m-l en un premovimiento revolucionario, entendiéndolo como el desarrollo revolucionario del proletariado en la actual situación de defensiva del comunismo revolucionario. A ello debemos atenernos.

Tarea acertada que merece reconocimiento a la que los comunistas debemos dedicarle nuestros esfuerzos. Pero entendemos que debe ser con una posición correcta sobre la autodeterminación de Cataluña, lucha desplegada por la pequeña y mediana burguesía catalana para conquistar la independencia política nacional con respecto al Estado español. Para ello quiere contar con el apoyo incondicional del proletariado sin comprometerse a nada con los intereses generales de nuestra clase. Y aquí es en donde aparecen las diferencias con los camaradas de LR, pues no compartimos la posición política y los argumentos que esgrimen para apoyar la independencia de Cataluña desde el campo del comunismo revolucionario, puesto que deja a la burguesía el camino expedito para legitimar el resultado del proceso en su exclusivo beneficio, amparándose para ello en que se actúa con una posición acertada para la defensa del internacionalismo proletario de una manera concreta y no abstracta-formalista.

Entendemos que el derecho a la autodeterminación adquiere un carácter revolucionario (con el imperialismo ya pasó la época de la democracia progresista) cuando la lucha va ligada a la derrota del capital, es decir, a que la fuerza hegemónica del proceso sea el proletariado revolucionario, pues de otro modo se está haciendo un flaco favor a la revolución proletaria mundial. Con ello se está dando pábulo a parte del proletariado de que la realización de la independencia de su nación conquista su libertad (al ligar la libertad de clase a la libertad de la nación se oculta la independencias de la clase con respecto a la de la nación),  al menos para luchar contra el capital foráneo, sembrando desconfianza en el conjunto de la clase al no considerar que sus intereses son comunes al resto del proletariado sin atender a las fronteras que le impone el régimen capitalista de producción, dado que su clase es por la naturaleza del capital internacional e internacionalista la conciencia política que dirige su lucha de clase. En este sentido podríamos recurrir, como hace LR, a conclusiones definitivas con la intención de descalificar nuestra posición en el debate:

 “Desde entonces, el movimiento nacional catalán ha dado soberbios ejemplos de ese componente democrático, para sonrojo y vergüenza del revisionismo “izquierdista”, más o menos inconfesadamente luxemburguistas” pág. 3, Una mirada sobre el otoño catalán desde la crítica revolucionaria. Comité por la Reconstitución. Octubre 2017.

Pero no lo vamos a hacer ya que consideramos que este método no es propio entre comunistas, además de no llevarnos a ninguna parte; es más, creemos que enturbia sus relaciones. No lo vamos a hacer porque creemos que las cosas son más complejas de lo que a simple vista parecen. Debido a las condiciones de la producción burguesa, el sistema capitalista adquiere un carácter mundial que va anulando la pretendida libertad de las economías locales, sometiéndolas a un sistema mundial que se ha ido tejiendo conforme se va desarrollando el sistema capitalista, integrándose las economías nacionales al sistema en su conjunto, lo que hace ilusorio pensar siquiera la independencia nacional desde un punto de vista económico y político al margen del engranaje y tentáculos de dicho sistema de producción mundial. Ya ha concluido la época de pensar la independencia nacional como medio de desarrollo de un modelo propio de capitalismo nacional al margen del capitalismo mundial. El imperialismo es la época del máximo desarrollo capitalista; por lo tanto, la época de su decadencia en términos absolutos, lo que quiere decir que crea las bases de su contrario, crea las condiciones económicas para el proceso de transición a otro modo de producción antagónico; por eso las economías nacionales o forman parte de la producción mundial, como parte integrante del sistema, o empiezan a construir otro modo de producción a partir de la revolución social como parte integrante de la revolución proletaria mundial en contra del sistema capitalista en su conjunto. Las revoluciones nacionales ya no pueden tener un contenido nacional y nacionalista, aunque adopten dicha forma en un principio, sino internacional debido al carácter del desarrollo capitalista: la ley de la acumulación capitalista va unida a la concentración y centralización del capital.

Pero dejemos esto a un lado porque lo que se nos propone es otra tesis desde el punto de vista poli-tico: hay que apoyar a todo movimiento nacional por la independencia política porque es profunda-mente democrático. Observamos, a través de la lectura de los distintos documentos que se han ido elaborando, que se sobrevalora y sobreestima al movimiento popular independentista:

¨Por ello convocamos al proletariado y al pueblo de Cataluña a la participación, apoyamos el SI-SI y llamamos al proletariado y al pueblo del conjunto del Estado español a que respalden el resultado que salga de las urnas ese día, que previsiblemente se situará por la independencia nacional¨. Un posicionamiento por la unidad internacionalista del proletariado. pág. 1. MAI, Noviembre 2014.

¨Y decimos radical, pues entendemos, en tercer lugar, que ello abriría un posible escenario de socavamiento de la hegemonía de la reacción española, que es la que habría ¨perdido¨ Cataluña durante su gestión, y, en cuarto lugar, agudizaría probablemente las contradicciones en el seno del bloque imperialista europeo, entre, por un lado, la España irrendentista y, por otro, el resto de potencias imperialistas (Alemania, Francia, etc.) menos afectadas y más pragmáticas ante este escenario, en su afán de mantener la cuota de mercado y las posibilidades de exportación de capital y explotación de la fuerza de trabajo catalana, lo que contribuirá a una mayor paralización de la Unión Europea…” Catalunya y el internacionalismo proletario: El debate en el seno de la vanguardia marxista-leninista. pág. 21 Comité por la Reconstitución, Febrero 2016.

A este respecto, no hay que olvidar que la valoración política de cualquier movimiento popular tiene que estar sujeta al conocimiento y análisis político (estrategia y táctica) de quien o quienes lo dirige, pues de lo contrario estaríamos dando opciones a criterios espontaneístas para el análisis de la situación política que no deben primar para la vanguardia revolucionaria. Ésta se debe guiar por un análisis materialista que extraiga las enseñanzas pertinentes de la experiencia política en la que actúa directa o indirectamente. Pensar que el resultado podía haber sido otro cuando la dirección del movimiento recae y detenta la pequeña y mediana burguesía representada por PdCAT, ERC y CUP es no tener los pies en el suelo, pues se da a pensar  que la dinámica del propio movimiento puede cambiar los acontecimientos, máxime cuando el movimiento revolucionario no tenía acceso a intervenir políticamente ya que no existía como tal.

Esta sobrevaloración y sobreestimación es lo que ha actuado nublando parcialmente los ojos críticos de LR en la valoración de la lucha, pues otorga un plus de contenido al movimiento popular independentista catalán al no tener en cuenta que la movilización y el consiguiente enfrentamiento con el Estado español sólo tienen el objetivo de la independencia política de Cataluña. A nuestro entender la lucha ha estado exenta de otro contenido político que no fuera la independencia, aceptándose en todo momento la supremacía de los dictados que emanaban del Parlamento de Cataluña en lo político y la protección de la propiedad privada capitalista en el terreno de lo económico. Estamos de acuerdo en la valoración que se hace del movimiento nacional catalán en cuanto a la fortaleza política que ha ido demostrando y a su determinación democrática al enfrentarse a las fuerzas represivas del Estado, pero lo que no compartimos es la valoración de que el movimiento se inscribe en una ¨lógica objetivamente insurreccional´ en las coordenadas de una ´lucha armadas sin armas´, chafada únicamente por la concepción de la toma del poder burgués propio de la burguesía. La lógica insurreccional de la que habla  LR no creemos que esté inscrita en el campo de la dialéctica masas-Estado, sino en un nivel inferior, más bien en el campo de la dialéctica Dictadura-Democracia pues no se ha intentado llevar hasta sus últimas consecuencias las pretensiones de romper con el Estado, sino que el Estado español reconozca la independencia de Cataluña mediante los mecanismos democráticos burgueses, en donde las masas actúan de acuerdo y ciegamente a la pulsión de los intereses de quienes los dirigen erigiéndose de facto en representantes de toda la sociedad, sin distinguir clases sociales si exceptuamos a la burguesía financiera española, no la internacional que es aceptada. Se presupone que el enemigo es el poder central que impide que la Democracia, es decir, la opinión general de la nación, se realice desde el punto de vista político: la conquista de la independencia nacional de Cataluña. Esta concepción de la burguesía nacional catalana sobre el sujeto político de la independencia de Cataluña incluye al proletariado asignándole la función de actuar de ariete inconsecuente de la lucha que impulsa.

No se puede negar que la intervención en el procés le ha servido a Línea de Reconstitución para cohesionar la reconstitución de la vanguardia proletaria, que se centraba en los distintos colectivos que compartían la línea de reconstitución tal cual la definía el MAI en sus Tesis de Reconstitución del P.C. El dossier elaborado en Junio de 2016 es una prueba definitiva de esa cohesión que se hizo efectiva con una posición común, después del debate en el conjunto de los distintos colectivos con la adopción del SÍ-SÍ ante el Referéndum sobre la independencia de Cataluña que aprobó el Parlamento de Cataluña, entendida como la puesta en acción de la Línea de Reconstitución (los principios generales de la revolución proletaria a partir del Balance del Ciclo de Octubre) a la realidad concreta de Cataluña en el contexto de la lucha por la independencia nacional.

No vamos a discutir las tesis de Reconstitución ni la necesidad del Balance del Ciclo de Octubre pues las compartimos, pero sí hemos manifestado reiteradamente nuestra opinión y posición contrarias a los argumentos que defiende el Comité de Reconstitución para apoyar la independencia de Cataluña en la actual realidad histórica y situación política, lo que nos ha llevado a situarnos, según dicho Comité, en el campo del revisionismo y declararnos liquidacionistas, lo cual nos empuja a superarnos mediante la reflexión de nuestros posible errores en lugar de hundirnos en la depresión política. Lo que puede parecer un avance hoy en la reconstitución puede ser un retroceso mañana si no se corrigen los errores que se hayan podido cometer. Para nuestro entender, y a raíz de los documentos aportados para el debate que contiene el dossier, la cohesión de los distintos colectivos en una sola estructura ha estado dirigida por una serie de presupuestos que han resultado erróneos, producto de un análisis subjetivo y triunfalista que ha hecho gala el MAI en dicho debate. Ya hemos dicho que el punto de partida para apoyar la independencia de Cataluña es erróneo, pero también lo es el punto en que se apoya la línea de flotación de la defensa de la independencia de Cataluña:

1) La creencia de que en Cataluña era mayoritaria la opinión entre la población sobre la independencia, lo que hacía efectiva la proclamación y creación de la República de Cataluña mediante los mecanismos democráticos burgueses (Referéndum).

Por ello, convocamos al proletariado y al pueblo de Cataluña a la participación, apoyamos el SI-SI y llamamos al proletariado y al pueblo del conjunto del Estado español a que respalden el resultado que salga de las urnas ese día, que previsiblemente se situará por la independencia nacional”. Un posicionamiento por la unidad internacionalista del proletariado. pág.1. MAI, Noviembre 2014.

Un simple vistazo a los resultados de las distintas consultas electorales echa por tierra la apreciación con que se partía, que al día de hoy todavía no sabemos en qué elementos materiales se apoyaban para dar por cierto lo que se decía.

              2) La creencia de que la Unión Europea, al menos su parte más influyente, iba a tener una posición de apoyo a la independencia, abriendo con ello una crisis en el bloque imperialista europeo.

Y decimos radical, pues entendemos, en tercer lugar, que ello abrirá un posible escenario de socavamiento de la hegemonía de la reacción española, que es la que habría ´perdido´ Cataluña durante su  gestión, y, en cuarto lugar, agudizaría probablemente las contradicciones en el seno del bloque imperialista europeo, entre, por un lado, la España irredentista y, por otro, el resto de potencias imperialistas (Alemania, Francia, etc.) menos afectadas y más pragmáticas ante este escenario, en su afán de mantener la cuota de mercado y las posibilidades de exportación de capital y explotación de la fuerza de trabajo catalana, lo que contribuiría a una mayor paralización de la Unión Europea”. Sobre la participación de la vanguardia m-l ante el 9-N. pág.1 MAI, Octubre 2014. Dossier Catalunya y el internacionalismo proletario: El debate en el seno de la vanguardia m-l. Junio 2016.

Una simple hojeada a la hemeroteca, en donde quedan expuestas las declaraciones de las instituciones de la Unión Europea antes y después de la celebración del Referéndum del 1-O, nos podía dar una idea de la posición de conjunto de los distintos gobiernos de los países de la Unión Europea en contra de la independencia de Cataluña. Podemos comprobarlo con las reacciones de las distintos gobiernos e instituciones de la Unión Europea: de la Comisión Europea, y particularmente de su presidente Jean Claude Juncker, del presidente del presidente del Consejo de Europa, Donald Trusk, del presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, del secretario general del Consejo de Europa Tjorbjorn Jagland, del gobierno de Alemania, de la primera ministra británica, Theresa May, del ministro de Exteriores de Italia, del presidente de Francia, Macron, etc.

Epílogo

Estamos de acuerdo con la tesis de que sin Partido Comunista no hay ruptura real con el Estado, es decir, revolución posible. Pero para proclamar este principio m-l no hace falta recurrir a la crítica revolucionaria de la CUP a raíz de la lucha por la independencia de Cataluña, pues esta organización no se posiciona en el campo del m-l y, por tanto, en el de la revolución proletaria, sino en el anticapitalismo más o menos radical. Entendemos que para ese viaje no se necesita alforja. ¿Si la CUP no constituye el sujeto, ni el movimiento por la reconstitución tiene incidencia real en el movimiento para la independencia de Cataluña, para qué se apoya el SÍ-SÍ en el Referéndum? Según se dice, para que se desarrolle el Movimiento por la Reconstitución y la reconstrucción de la unidad y confianza internacionales entre los obreros españoles y catalanes. Maravilloso objetivo, pero no a cualquier precio por muy convencido que se crea estar en el camino correcto: no todo vale.

No viene de más recordar que cada fase histórica de desarrollo del capitalismo ha determinado su tendencia particular a luchar contra la opresión nacional. En la primera fase, la del desarrollo concurrencial del capital, se impone la tendencia a luchar por la independencia nacional, debido a la forma concreta de desarrollarse el capitalismo ( marcos geográficos que había creado la economía feudal) que pasa por la creación de nuevos Estados-naciones como forma de lucha de las burguesías nacionales contra la penetración del capital extranjero en su mercado interno, lo que condicionaba el desarrollo del capital nacional a los intereses del capital foráneo. En la segunda fase, la del imperialismo, se impone una tendencia distinta por la independencia nacional debido a la forma particular de desarrollarse las relaciones capitalistas de producción (economías nacionales que se integran a la cadena imperialista como un eslabón de la cadena) que pasa por la eliminación de la cadena imperialista en su conjunto, la forma capitalista mundial de producción que supedita las economías nacionales débiles a los intereses de los eslabones imperialistas dominantes. La diferencia estriba en que la primera fase del capitalismo, la tendencia a la independencia nacional, seguía el curso natural del desarrollo capitalista, mientras que en la segunda fase la tendencia a la independencia nacional tiene que estar integrada en el curso que sigue la Revolución Proletaria Mundial, es decir, transformar la lucha por la independencia nacional en lucha contra el capital,  contra el sistema mundial de explotación del capital. La lucha contra la opresión nacional en la fase imperialista del capital ha dejado de existir como lucha por la independencia nacional (derecho a existir como estado independiente), puesto que tiene que ir unida ineludiblemente a la lucha contra las condiciones capitalistas de producción, es decir, como lucha por la revolución proletaria mundial en cualquiera de sus dos formas generales: Revolución de Nueva Democracia o Revolución Socialista.

Y para terminar no queremos olvidar que la lucha de dos líneas es un camino tortuoso, el cual lo eligen los comunistas por estar convencidos que es el camino acertado, desde el punto de vista colectivo, para avanzar aprendiendo de los errores cometidos y de las aportaciones y experiencias de otros camaradas. Sería un grave error desprender la lucha de dos líneas de su carácter genuino y revolucionario y convertirla en un instrumento para cultivar el orgullo individualista y la superioridad teoricista de salón. Dejémonos de tantas descalificaciones inútiles y aprendamos a ser personas responsables con argumentos categóricos pero humildes. Otra cosa es lo que los demás hagan con ellos.

Mayo, 2018

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En Torno a la Cuestión Nacional

EN TORNO A LA CUESTIÓN NACIONAL

Un debate en el seno del movimiento comunista del Estado español

   “En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa, ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones.” 

Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914

Nos encontramos en uno de esos momentos idóneos para profundizar sobre la cuestión nacional en el Estado español. Es una problemática que está abierta desde hace mucho tiempo (unas veces con más intensidad que otras), y que nunca se ha cerrado porque no se ha resuelto teórica y políticamente desde el campo del marxismo. La cuestión nacional en el Estado español está circunscrito al derecho que tiene toda nación a independizarse si así lo considera la mayoría de su población mediante referéndum convocado para tal fin. Sin embargo este derecho universal de la sociedad capitalista choca frontalmente con la Constitución por la que se rige el Estado español al no reconocer jurídicamente tal posibilidad, lo que impide, desde el punto de vista «legal» que se celebren consultas populares para decidir la independencia respecto del Estado español.

Si alguna de las consideradas naciones históricas quiere independizarse tendrá que recurrir, si quiere seguir la vía jurídica, a modificar previamente el texto constitucional o, por el contrario, recurrir directamente a la vía política, a la movilización de masas para conseguir del Estado el reconocimiento de ese derecho burgués. Así es como se está planteada la cuestión, siendo dominante la vía que siguen los partidos burgueses que dirigen dicho proceso en Cataluña: llegar a un acuerdo constitucional con el Estado, que no está dando los resultados esperados por ahora a las fuerzas políticas independentistas, pues relegan la movilización de masas en la calle a determinadas fechas y momentos emblemáticos para no romper su control sobre el conjunto del movimiento.

Este movimiento sigue encajonado y maniatado a las estrictas directrices democrático burguesas, debido fundamentalmente a su carácter burgués que le hace no enfrentarse con decisión al Estado español. Esto es lógico desde el punto de vista político pues las distintas fracciones burguesas que dirigen el movimiento no lo repudian por ser capitalista sino por no permitirle su independencia política, su derecho a constituirse en Estado independiente que aspira a ejercer la función propia de un Estado burgués: concentrar el poder de la burguesía para explotar y oprimir al proletariado.

No obstante, la contradicción sigue su curso entre los defensores de la autodeterminación y los de la unidad de España, hasta que no se desactive, lo que puede provocar una agudización de la lucha que no desean las direcciones de ambas fuerzas en liza, pues hasta ahora evidencian que la solución la sitúan en el marco jurídico burgués, es decir: reconocimiento y ejercicio de los derechos democráticos.

El proletariado ha tenido hasta estos momentos una actuación seguidista en el seno del movimiento, dejándose llevar por las opiniones y decisiones de las distintas fracciones burguesas que tienen intereses materiales en esta pugna, aunque suponemos que habrá una parte importante que se muestre silenciosa sobre el tema, que se expresa a través de la abstención en las distintas consultas electorales que se han querido ligar indirectamente al proceso independentista. La verdad es que no se sabe hacia dónde se decantaría mayoritariamente en un referéndum convocado abiertamente y sin ningún tipo de cortapisa. Eso es una cuestión que no lo sabemos hoy en día y, por ello, no debemos especular sobre ninguna posibilidad de que se decante hacia una u otra posición presente en el tablero político. Lo que está claro es que no hay únicamente dos alternativas en pugna de acuerdo a los intereses de las dos fracciones burguesas que se enfrentan, sino tres, la de no participar, que representa, según nuestro punto de vista, la posición correcta del proletariado ante este dilema. Pero dejemos este importante asunto para más adelante, pues antes queremos debatir con otras organizaciones que se han posicionado claramente por la independencia de Cataluña, por diferentes motivos, desde el campo del marxismo.

El marxismo y el derecho de las naciones a la autodeterminación

La tendencia histórica del capitalismo sigue su curso hacia la concentración y centralización de los medios de  producción mundial para dominar socialmente la explotación de la fuerza de trabajo asalariada, que es su objetivo fundamental: esta tendencia es general, pues recorre todo el proceso del capital, aunque es en su fase imperialista cuando más lo acusa debido a la presencia dominante del capital financiero. Con este proceso se desarrollan las fuerzas productivas sociales en la dirección de aumentar la explotación del trabajo asalariado mediante una mayor productividad del trabajo social, el cual es sometido a una mayor vigilancia, control y planificación en el proceso de producción por el alto grado de mecanización a que es sometida la fuerza de trabajo. Esta tendencia, que ya percibió Marx en su estudio sobre el modo de producción capitalista, se ha verificado plenamente, abriendo el camino  para  comprender que algunas tesis que conformaban puntos de línea política correctas para una época han sido superadas para otra: entre ellas se encuentra la tesis que el marxismo-leninismo defendió sobre la cuestión nacional.

El marxismo-leninismo no tiene una opinión estática en cuanto a la posición del proletariado sobre la resolución del ejercicio de la autodeterminación de las naciones oprimidas, que no es lo mismo que decir que no tiene una posición general sobre dicho tema pues en todo momento debe estar subordinado a favorecer la realización del tipo de revolución que le es propio para su emancipación como clase explotada por el capital. La opinión concreta está determinada por las condiciones objetivas del proceso de desarrollo de la producción capitalista, puesto que hay diferencias cualitativas entre la etapa del capital concurrencial y la imperialista. 

En la primera etapa la tesis dominante, correcta, es la de que hay que apoyar el movimiento político que las distintas burguesías nacionales impulsan sobre la autodeterminación de las naciones porque era la forma histórico-natural en que el capitalismo se desarrolla: se crean nuevos mercados nacionales a la vez que se expanden fuera de esas barreras las relaciones capitalistas de producción, adquiriendo un progresivamente un carácter internacional. En este sentido, hay que recordar que el marxismo de primeros de siglo XX no apoyaba esta reivindicación burguesa por una condición democrática abstracta (democracia consecuente), es decir, por el desarrollo capitalista de la economía, sino por una condición específica, esto es, por la necesidad de que el proletariado se desarrollara como clase (condición de clase en sí) y adquiriera su carácter genuinamente revolucionario en el régimen de producción capitalista (conciencia de clase para sí), pues sin dichos atributos, uno ajeno y otro propio, no podía aspirar a derrotar a la burguesía y empezar el proceso de construir la sociedad comunista. Este aspecto es muy importante para comprender correctamente y en su profundidad las tesis de Lenin recogidas en diferentes textos[1], pues de lo contrario siempre se seguiría manteniendo la misma posición sin tener en cuenta la época histórica en que se vive -determinado como ya se sabe por el desarrollo de la realidad social-, como así está ocurriendo con la mayoría de las organizaciones que conforman el movimiento comunista internacional, con las cuales discrepamos en este tema, posicionándonos con la UOC mlm de Colombia (recomendamos la lectura de su documento Propuesta para la formulación de una línea general para la unidad del movimiento comunista internacional y en particular el apartado 3, Lucha de clases y lucha nacional del capítulo II, La revolución proletaria mundial).

El abrazo del oso

Ahora queremos concretar esa posición en Cataluña, es decir, determinar la táctica del proletariado en la situación concreta en que se desarrolla la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado en el Estado español, teniendo presente que se desarrolla en un escenario que es un eslabón de la cadena imperialista. En nuestro anterior trabajo, Independencia de Cataluña: Entre burguesías anda el juego (Diciembre 2015) dejábamos por sentado que Cataluña no se puede considerar una nación oprimida pues entendemos que la opresión debe estar vinculada fundamentalmente a una realidad económica que así lo indique, lo que no ocurre con Cataluña  pues es la Comunidad Autónoma más avanzada económicamente del Estado español, como así indican los datos económicos: la economía catalana es la primera por PIB de las CC.AA., lo que no quita que su crecimiento se haya visto deteriorado con respecto a otras Comunidades (a partir de la crisis económica del 2007, la tasa de crecimiento interanual del PIB per cápita ha sido negativa en el año 2009-2010 (-4,1%) y positiva en el año 2014-2015 (+1,2%), muy inferior a la etapa anterior a la crisis pero que pone de manifiesto una progresiva recuperación.

Sin embargo, esta cuestión se evita deliberadamente para resituarla en la esfera de lo exclusivamente político, es decir, en el ejercicio del derecho a decidir sobre si independizarse o no, formar un Estado propio, la república catalana, con un carácter genuinamente burgués, nunca puesto en entredicho por las fuerzas dirigentes del movimiento independentista. En este sentido hay que aclarar que la independencia de una nación siempre se ha considerado, como así es, una cuestión objetiva y no subjetiva, como tratan de hacernos ver los partidarios de la independencia de Cataluña. Este aspecto es importante para comprender el comportamiento de las clases en cuanto a la reivindicación del derecho a la independencia política, dado que siempre será la burguesía la interesada a enarbolar dicha reivindicación, pues el proletariado deberá estar preparando las condiciones de su propia liberación como clase, que es donde se dirime la verdadera batalla. Otra cosa muy distinta es qué posición política debe adoptar dependiendo de la etapa histórica en que se desarrolla y el nivel de conciencia revolucionaria que haya alcanzado su vanguardia.

El ejercicio de ese derecho implica una obligación que hay que cumplir, es decir, la celebración del referéndum va unido al respeto y cumplimiento del resultado, no pudiendo olvidar que la mayoría de los que quieren ejercer ese derecho son partidarios de la independencia, pero no por eso saben por qué tienen que luchar por independizarse; los proletarios tienen una opinión creada al respecto pero propia de la ideología dominante ajena a sus intereses como clase, ya que no existe el Partido Comunista que pueda orientar y dirigir su lucha para asegurar sus intereses colectivos.

Ante ello es lógico preguntarse  ¿por qué y para qué la independencia? La fracción burguesa que la impulsa y dirige recurre al argumento general de que el Estado central «roba deliberadamente a Cataluña» debido a que aporta más que recibe del Estado, empleándose para fines ajenos a las necesidades de la comunidad catalana. Se aferran a este argumento para justificar que «Cataluña» no puede hacer frente y cumplir con las necesidades de los «catalanes», siendo ello la razón que obliga a la Generalidad a tener que decretar una amplia batería de recortes sociales, que serían suprimidas si la opresión del Estado español no se las impusiera.

Hay que reconocer que es un argumento político muy hábil el que despliega la fracción burguesa  independentista para ganarse el apoyo de una parte del proletariado que trabaja en Cataluña, pues son los que sufren la explotación por parte del capital (sea catalán, sea estatal o internacional), pero falso de cabo a rabo dado que el interés de la burguesía en su conjunto es maximizar la explotación del trabajo asalariado sin tener en cuenta diferencia alguna, dándole lo mismo la nacionalidad, la raza, o la religión, pues lo único que le interesa es el trabajo excedente que aporta y del cual se apropia gratuitamente.

La pregunta anteriormente formulada  incluye la cuestión de lo que oculta quien dirige el proceso de rearme político parlamentario de la autodeterminación. Tanto una como otra fracción de la burguesía no ocultan sus objetivos, la apropiación de la plusvalía creada por el  trabajo social y que está determinado por su peso específico en el proceso de producción, lo que perjudica a los capitales de menor dimensión, pues es una ley que indica que a medida que se desarrollan, se necesita más capital en acción para su reproducción. Esta es la razón por la que la pequeña y mediana burguesía catalana, debido a su aversión a eliminar las condiciones de explotación, tienden a la independencia, ya que de ello depende su existencia como fracción de clase explotadora en feroz competencia con la gran burguesía.

Siendo partidaria de la independencia política se presenta ante el proletariado como su aliado natural frente a la extorsión a que son sometidos por el Gran Capital, manipulando las contradicciones interburguesas que subyacen en el fondo de la cuestión -reparto de la plusvalía creada- con la otra parte de la burguesía que representa a los intereses del capital financiero, al hacerla pasar como contradicción nacional -nación opresora contra nación oprimida, donde no caben las diferencias de clase-, encargándole al proletariado la tarea de ariete en dicho batalla. Esta contradicción interburguesa es la forma específica en que se manifiesta la contradicción no antagónica entre las distintas fracciones de la clase dominante debido al carácter «capitalista» del desarrollo de las relaciones de producción. El capital se desarrolla desigualmente porque está sujeto a la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia, es decir, a necesitar una mayor concentración de capital para su revalorización.

Nuestra valoración a tenor de cómo están transcurriendo los hechos es que el movimiento comunista en el Estado español está sucumbiendo ideológicamente en esta batalla política, embelesado ante las poses de la fracción “radical” de la burguesía independentista, dado que ha logrado crear confusión ideológica entre sus filas en cuanto al concepto de autodeterminación y un despiste político en  cuanto no han logrado comprender que los han metido en un callejón sin salida al no detectar la manipulación que utiliza la autodeterminación para meter de contrabando la defensa de los intereses privados como si fuera la defensa de los intereses generales de Cataluña. Lo peligroso del caso es que al tomar posición de apoyo político con la fracción burguesa independentista se está embelleciendo ideológicamente a la pequeña y mediana burguesía frente a la Gran Burguesía y a la Oligarquía Financiera, los auténticos reaccionarios a batir. Y esto es ya un problema de gran envergadura puesto que se favorece la ideología revisionista que considera como buena a la burguesía no monopolista, aliada del pueblo ante una futura revolución antimonopolista, en oposición a la revolución socialista.

Matando a un ruiseñor

En la inconsecuente tarea de defender el nacionalismo se puede caer en convertir al marxismo-leninismo en una caricatura. Esto es lo que le ha ocurrido, a nuestro entender, con Kimetz.

La defensa a ultranza de esta organización del derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas en un Estados imperialista (independencia política) está articulada con la concepción sobre la vía democrática al socialismo que se expone en su documento: Polemizando sobre la cuestión nacional, que está articulado en dos partes fundamentales.

La primera se vertebra en la crítica a la concepción pequeño burguesa de Euskal Herria que dominó en el seno del MLNV, de la cual Kimetz ha estado asumiendo hasta hace relativamente poco tiempo:

«nuestra organización también proclamó, hasta hace bien poco, Revolución, Socialismo, Independencia, que escenificaba las ideas nacionalistas pequeño burguesas de izquierda y proclamaba la organización de la ya mencionada revolución socialista vasca». (pág. 4)

La segunda aborda de una manera tramposa, pues no lo hace abiertamente sino escudándose en el ejercicio de la autodeterminación, cuál debe ser la vía que tiene que recorrer el proletariado para conquistar el poder político y construir el comunismo, la sociedad sin clases:

«…es al proletariado a la clase que más le incumbe la victoria de la revolución socialista vasca, la conquista de la democracia más consecuente, y es por ello por lo que impulsamos la unión, es por ello por lo que unimos la revolución socialista vasca a todas las revoluciones nacionales del Estado español, es por ello por lo que la suma dialéctica de todas las revoluciones lleva inevitablemente a una única revolución socialista, a una única pero de la mano de la fuerza de las diferentes clases populares de todos los rincones del Estado, incluida la vasca». (pág. 5)

Sobre el primer punto ya hemos dicho lo suficiente en todos los artículos que hemos elaborados sobre la cuestión nacional en Cataluña, aunque es conveniente incidir sobre ello dado el grado de diferencias que mantenemos con otros colectivos comunistas del Estado español. Como hemos dicho anteriormente el imperialismo es la fase actual de desarrollo alcanzado por el capital, pero también su fase decadente y última. Es el sistema económico que somete todas las economías nacionales a las relaciones capitalistas de producción, cambio y distribución, ocupando cada país su lugar específico en la cadena de dicho sistema. Este desarrollo alcanzado por el capital a nivel internacional crea su contrapartida, es decir, las condiciones objetivas para la revolución proletaria en todo el sistema, de tal manera que la revolución en un país ya no depende de las condiciones concretas aisladas de la cadena, sino de la combinación de las contradicciones de todo el sistema y de las condiciones subjetivas de las fuerzas revolucionarias de un Estado que se enfrenta cuerpo a cuerpo con la cadena imperialistas en ese país. Ya no cabe entender la revolución de un país aislado del conjunto del sistema.

En este sentido el imperialismo sustituye, desde el punto de vista de los intereses del proletariado, la lucha por la independencia nacional de los Estados por la lucha por la revolución proletaria mundial, haciendo estéril la etapa del desarrollo burgués como necesaria para el triunfo de la revolución proletaria que tanto  gusta defender al oportunismo. Si vemos esta cuestión desde la atalaya del imperialismo, es decir, desde el punto de vista del desarrollo alcanzado por el capital, desarrollo internacionalizado de las relaciones capitalistas de producción, la intensión de una nación a querer ser independiente sin poner en entredicho el carácter de ese Estado es profundamente reaccionario porque es pretender volver atrás en el desarrollo objetivo de la sociedad. Es éste fundamentalmente el motivo por lo que no puede tener futuro cualquier reacción política que no sea la del proletariado revolucionario, que se concreta en extirpar de la sociedad las relaciones capitalistas en cualquiera de sus variantes, sustituyéndola por relaciones de apropiación colectivas en donde no impere la propiedad privada de los medios de producción. El apoyo que el proletariado daba a la burguesía para formar Estados independientes periclitó hace ya tiempo. Ahora el proletariado se centra, a tenor del desarrollo alcanzado por el capital, en preparar las condiciones subjetivas, reconstitución ideológica y política del comunismo, y en comprender cómo afectan las contradicciones generales del sistema en las condiciones concretas de los distintos Estados. El imperialismo crea las condiciones objetivas de su tarea específica: la toma del poder político para construir el comunismo, no habiendo lugar para ninguna etapa intermedia.

Sin embargo, Kimetz no tiene en cuenta esta importante circunstancia y todavía sigue pensando como si nada hubiese cambiado, cuando sostiene que dada las características del Estado español «estado burgués, reaccionario y de carácter fascista», la revolución socialista tiene que recorrer dos etapas bien diferenciadas, aunque interconectadas: la primera etapa tiene por objetivo la destrucción del Estado reaccionario y fascista mediante el ejercicio del derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, a las cuales consideran marcos autónomos de actuación y la creación de otro de carácter democrático popular.

«nosotros no estamos en desacuerdo en que Euskal Herria sea un marco autónomo, de hecho creemos que lo es, a lo que nos oponemos es a justificar el aislacionismo nacional mediante esa tesis». (pág. 21)

La segunda etapa tiene por finalidad la destrucción del Estado burgués mediante la unidad del proletariado de todo el Estado:

«…es al proletariado a la clase que más le incumbe la victoria de la revolución socialista vasca, la conquista de la democracia más consecuente, y es por ello por lo que impulsamos la unión, es por ello por lo que unimos la revolución socialista vasca a todas las revoluciones nacionales y regionales del Estado español». (pág. 5)

y la creación del Estado-comuna de carácter socialista:

«…es por ello por lo que la suma dialéctica de todas las revoluciones lleva inevitablemente a una única revolución socialista, a una única pero de la mano de la fuerza de las diferentes clases populares de todos los rincones del Estado». (pág. 5)

Si erróneo es considerar que un Estado imperialista está constituido por diferentes naciones oprimidas, aún lo es más suponer a las diferentes naciones como marcos autónomos de actuación. Demuestra no entender el carácter histórico del desarrollo capitalista.

El desarrollo del capitalismo modifica la actividad de los capitales individuales en actividad interrelacionada como capitales sociales –con la finalidad en cualquier caso de producir plusvalía para acumularla como capital-,  dando como resultado la extensión de las relaciones  capitalistas de producción en el marco estatal, consiguiendo armonizar un mercado nacional no exento, como es lógico en el capitalismo, de un desarrollo desigual de los múltiples  capitales. Y así sienta las bases con las que acometer la internacionalización de dichas relaciones para la creación del mercado mundial, convirtiéndose el régimen de producción capitalista en un sistema global de producción capitalista que domina sobre los distintos mercados y Estados nacionales. Esta tarea la acomete el capital financiero a expensas y en contra del interés del capital no financiero, que se “rebela” contra dicho proceso de expropiación y centralización de los medios de producción en que está asentado el desarrollo del capital, parapetándose tras el “sagrado” interés nacional como forma de que se respeten sus mezquinos intereses de clase. Defender que en estos  marcos autónomos de actuación es de donde tiene que partir la revolución socialista es sustituir el marxismo por el nacionalismo más abyecto como teoría de la revolución social; es aceptar el marco geográfico-económico como marco político que marca la pequeña y mediana burguesía para defender sus intereses de clase. Para el marxismo no existe otro marco de actuación que el Estado, que es la estructura en donde se concentra la alianza de las distintas fracciones de la burguesía para el beneficio común de la clase, la defensa del sistema de explotación capitalista y su organización de opresión política e ideológica, tanto a nivel nacional como internacional, siendo por ello necesario la alianza internacional del proletariado para su destrucción, que se organiza como Partido Comunista.

Sin embargo es perfectamente razonable, en el esquema ideológico de Kimetz, la importancia que cobra la independencia  política de las naciones oprimidas de un Estado imperialista, como es el Estado español, puesto que es a través del ejercicio del derecho de autodeterminación como se realiza la revolución democrático-burguesa, es decir, la conquista de los más elementales derechos democráticos:

«…los y las leninistas vascos tenemos claro el deber de impulsar y de apoyar las movilizaciones populares y democráticas por el derecho a la libertad política de autodeterminación del pueblo vasco, contra la antidemocrática Constitución y el Poder oligárquico español». (pág. 10-11)

 Pero es de sobra conocido por todos los que nos situamos en el terreno de la teoría marxista-leninista que el imperialismo suprime las etapas intermedias al socialismo, las hace inútiles por pertenecer a una realidad histórica superada, lo que sitúa a los defensores de dicha etapa en el campo del oportunismo. Esta defensa, ya sea de una manera abierta o camuflada con verborrea revolucionaria no es más que oportunismo disfrazado de marxismo-leninismo.

Pero el documento no se queda ahí, es más osado. Va más allá al poner otra zancadilla a la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria. Kimetz sostiene que el sujeto político de la revolución democrática (antimonopolista) es la alianza de clases entre el proletariado y la pequeña y mediana burguesía, que una vez cubierta dicha etapa se escinde, quedándose el proletariado como única clase dirigente del proceso revolucionario, la conquista del socialismo. Este proceso se realiza en el terreno de la práctica política como resultado del desarrollo autoconsciente de la clase:

«…a pesar de que el nacionalismo español es infinitamente más reaccionario que el vasco, los dos dificultan, cada uno en su determinado grado, la autoconsciencia de la clase obrera y la acción revolucionaria del proletariado». (pág. 16)

Con estas afirmaciones se suprime de un plumazo el papel de la ideología marxista en la formación de la vanguardia ideológica y la reconstitución del comunismo en donde se incluye la reconstitución del partido como movimiento revolucionario, fusión de la vanguardia y sectores de las masas que han comprendido el verdadero carácter de la lucha del proletariado como lucha por el socialismo, aspectos claves para comprender científicamente la intervención del proletariado en la lucha por la destrucción del Estado burgués.

«…el carácter del proletariado es siempre internacionalista y de clase y nunca una apuesta incondicional por la independencia política de su nación oprimida. Los intereses y metas de todos y todas las trabajadoras se unen en la destrucción del carácter internacional del capital». (pág. 7)

Porque esto es otro aspecto importante, ya que para Kimetz el proceso de destrucción del Estado burgués no va unido a la construcción del Estado proletario por medio de la guerra popular, que es lo que articula la destrucción con la construcción: el principio de la negación de la negación. La guerra popular revolucionaria no juega ningún papel, pues Kimetz concibe la toma del poder como obra de un proceso evolutivo en donde se van sucediendo las cosas de manera natural, sin enfrentamiento armado de clase contra clase, destrucción del poder de clase burgués a la vez que construcción del poder de clase proletario.

 «…es al proletariado a la clase que más le incumbe la victoria de la revolución socialista vasca, la conquista de la democracia más consecuente, y es por ello por lo que impulsamos la unión, es por ello por lo que unimos la revolución socialista vasca a todas las revoluciones nacionales y regionales del Estado español, es por ello por lo que una suma dialéctica de todas las revoluciones lleva inevitablemente a una única revolución socialista»

Pescando en rio revuelto

Ahora vamos a entrar en el fondo de la posición política de los camaradas del Movimiento por la Reconstitución (MR) en cuanto a la autodeterminación de Cataluña[2]. Pretendemos establecer lucha de dos líneas con sus puntos de vista, premisas y argumentos a favor de la independencia de Cataluña desde los intereses del proletariado con respecto al Estado español. Porque debemos tener en cuenta que los actores dirigentes de la defensa del derecho de autodeterminación de Cataluña, la pequeña y mediana burguesía catalana, no ponen en cuestión ni el carácter de clase del Estado español (con el cual están de acuerdo, situando las diferencias que los alejan en el trato que reciben por parte de la gran burguesía asentada en los resortes del Estado), ni el carácter de clase burgués del futuro Estado catalán (el cual defienden con uñas y dientes), ni el carácter de clase burgués de la Unión Europea (a la cual consideran necesaria para la defensa de los intereses del capital europeo frente a los otros polos imperialistas).

Tener en cuenta este aspecto es importante para hacernos una idea de qué intereses defienden estas fracciones de clase: defensores del derecho burgués a nivel internacional y del parlamentarismo burgués a nivel nacional. Esto nos puede dar las claves para comprender por qué la clase obrera se muestra escéptica ante dicha reivindicación, pues hay que comprender que a la clase obrera no se le puede ocurrir esgrimir ese derecho sin poner en primer término el carácter de clase del resultado del proceso, del Estado a construir, pues de ello va a depender su actuación y su entrega (cuando hablamos de la clase obrera, nos estamos refiriendo a la vanguardia proletaria no a las masas hondas y profundas que hablan por boca de las distintas fracciones de clase burguesas). ¿Cómo se le va a pedir al proletariado que apoye a la pequeña y mediana burguesía si el nuevo Estado que quiere construir no va a diferir apenas del Estado al que pertenece económica y políticamente? ¿Cómo va a repercutir positivamente en su desarrollo como clase independiente si ni siquiera está constituido como clase para sí? Se esgrime que el apoyo a la independencia de Cataluña va a favorecer la reconstitución del internacionalismo proletario porque va a limar las diferencias nacionales. Pobre argumento.

Empecemos por las premisas en que se asientan los argumentos para el apoyo de los comunistas al derecho de autodeterminación de Cataluña, que entra en la categoría del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas.

Primera premisa:

«El método que el marxismo propone para lograr este grandioso objetivo, la unidad internacional de la lucha de clase del proletariado, no es otro,  como heredero consecuente de la democracia revolucionaria de la época ascensional de la burguesía, que la aplicación de la democracia hasta las últimas consecuencias. Es decir, considera que el camino hacia esa fusión internacional pasa por el desarrollo de la máxima libertad nacional, lo que políticamente se concreta como inalienable derecho a la autodeterminación de las naciones» (pág. 18).

Esta premisa no la compartimos para el capitalismo desarrollado, pues no se sale del cauce de la ideología dominante burguesa, la cual considera que el desarrollo del capital está sujeta a la  creación de los mercados nacionales, es decir, de los Estados nacionales, cuando el marxismo se sitúa en el desarrollo internacional del proletariado como condición para su unidad política, dado que lo que les une al proletariado es la defensa de los mismos intereses objetivos y subjetivos, derivados del desarrollo de las relaciones capitalistas de producción y su elevación del nivel de conciencia por la penetración y aceptación del marxismo en las filas de sus elementos más avanzados. La aceptación del internacionalismo proletario por parte del proletariado catalán y español como teoría revolucionaria común no depende de la independencia de Cataluña, ello es intranscendente para dicho objetivo, sino que se concreta en la reconstitución del partido de nuevo tipo y su implantación entre sus filas como línea de masas. El proletariado se educa políticamente y comprueba la certeza de su línea de actuación mediante la praxis revolucionaria; de otra manera es imposible pues es más fuerte la ideología burguesa que domina su actividad social.

Segunda premisa:

«Por tanto, evidentemente, entendemos, en consonancia con el marxismo, como perfectamente posible bajo el actual régimen económico capitalista  el ejercicio del derecho de autodeterminación, es decir, la realización del derecho a la separación estatal de una nación oprimida» (pág. 18)

A Cataluña no se le puede considerar una nación oprimida, sino parte integrante del Estado burgués, tanto geográfica, económica como políticamente. Así lo comprendió una parte de la burguesía catalana cuando se embarcó, a través de CiU, en la articulación de un partido liberal para todo el Estado que sirviera de bisagra entre PSOE y AP (Operación Roca, 1984) [3], una suerte de precursor de Ciudadanos. No consiguiéndolo, se disolvió tras el fracaso en las elecciones de 1986, influyendo escasamente en las decisiones importantes del Estado, como así está ocurriendo para los intereses de las pequeña y mediana burguesía catalana. En Cataluña, como en el resto de las comunidades que conforman el Estado español, existen relaciones de explotación económica de la burguesía sobre el proletariado, y relaciones de opresión política de la burguesía sobre el proletariado, derivada de las relaciones de explotación, y de la gran burguesía sobre la pequeña y media burguesía, derivada del desarrollo desigual del capital. La existencia de estas últimas relaciones de opresión no puede subordinar a las otras relaciones, hasta el extremo de someterlas a la resolución de la relación contradictoria no antagonista interburguesa. Y esto es lo que está consiguiendo la pequeña y media burguesía catalana: subordinar la contradicción antagónica capital/trabajo a la contradicción no antagónica gran burguesía/pequeña y media burguesía; subordinar la lucha de clase del proletariado a la lucha por la independencia nacional. En este sentido cabe esgrimir para defender el apoyo a la independencia nacional que el proletariado no tiene activada la contradicción capital/trabajo, esto es cierto, pero también es verdad que con el apoyo a la independencia nacional sí recibe una posición nítida de su vanguardia que le indica que tiene que apoyar la independencia de su “nación” como una de sus tareas para la reconstitución del internacionalismo proletario. La vanguardia proletaria debe tener muy claro que en el capitalismo desarrollado la cuestión nacional se somete a la cuestión de clase puesto que el capital ha agudizado de tal manera el conjunto de contradicciones sociales que la ha concentrado en la contradicción antagónica capital/trabajo, dependiendo de su resolución.

La pequeña burguesía tiene dos opciones: Tomar una posición política de apoyo a su clase natural, conservando sus contradicciones que le lleva a su pérdida progresiva de influencia social y a la dependencia económica frente al capital financiero o incorporarse, al menos con una posición neutral a la revolución proletaria. En este sentido, el objetivo del proletariado es neutralizar dicha fracción de clase en su lucha contra el capital en su conjunto.

Tercera premisa: 

«Nuestra impresión es que Convergencia i Unió (CiU), en tanto representante de esa ligazón entre la media burguesía catalana y la gran burguesía directamente vinculada con las estructuras centrales del Estado español, se estaba viendo crecientemente desbordada por el movimiento nacional de masas capitaneado por la pequeña burguesía, para incomodidad de los sectores más inmediatos al status quo (divergencias con Unió), a la par que veía peligrar la estabilidad de su suelo social, radicado en la burguesía media, en la línea de lo que señala RoB, siendo todo ello lo que está aupando a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) a la cúspide del proscenio político catalán. En este escenario, el referéndum, entre la espada del inmovilismo y la represión del Gobierno español y la pared del movimiento nacional de masas, podía ser el último clavo en el ataúd de Convergencia». (Pág. 18)

Por nuestra parte no interpretamos el cambio producido en CiU (ahora PDeCAT) hacia un mayor compromiso con la independencia de Cataluña debido al empuje del movimiento de masas, ya que este favorecía preferentemente a ERC, porque sería otorgarle a la movilización una fuerza que no tiene realmente. Las movilizaciones están sometidas a los dictados de la fracción burguesa que dirigen el proceso independentista (defensa del sistema capitalista en su vertiente democrática), o que indica que no se va a salir del marco democrático burgués. Los motivos son más profundos, teniendo mucho que ver con políticas de recortes y a una progresiva pérdida de prestigio social a los casos de corrupción que han ido saliendo a la luz pública. Hay que comprender que los partidos burgueses tienen un código distinto que los obreros, condicionando su posición y actuación al dinero que pueda recibir del Estado y de las aportaciones privadas. En este sentido, PDeCAT no tiene ninguna razón de ser si no está enquistado en los aparatos del Estado, gestionando el gobierno de la clase a la que representa, en sus distintos niveles, no conformándose con estar en la oposición, porque entonces no se puede financiar de acuerdo a las necesidades para existir como aparato al servicio de los intereses de la burguesía en general y de sus dirigentes en particular.

Cuarta premisa:

«Un referéndum, en las condiciones de la democracia burguesa, aparece en un doble aspecto contradictorio: por un lado representa la expresión directa de la voluntad de las masas respecto a un asunto concreto, en el que prima el aspecto de mandato imperativo de la soberanía popular (de ahí que un referéndum no pueda ser asimilado simple y sumariamente con el cretinismo parlamentario, como puerilmente ha hecho Reconstrucción Comunista), pero, por otro, en virtud de su encaje en los mecanismos del parlamentarismo, emplaza la ejecución de ese mandato directo a los representantes, instituidos de plenas prerrogativas».(Pág. 18-19)

La soberanía popular no es una categoría marxista; es propia de la filosofía política burguesa. Con ella la burguesía trata de ocultar la existencia de clases antagónicas y su inevitable enfrentamiento como lucha de clases, medio para resolver sus contradicciones. Por eso nos extraña que los camaradas del MR la utilice con el objeto de justificar la participación de la clase obrera en todos los referéndums que se convoquen bajo la tutela de la burguesía. El MR diferencia permanentemente una consulta electoral de la plebiscitaria debido a su carácter de mandato imperativo que tienen los referéndums, que no lo tiene ninguna consulta electoral. A nuestro entender la soberanía popular no existe en ningún caso bajo el capitalismo porque se deja a la interpretación jurídica, pues ello no consiste simplemente en votar sobre un asunto concreto y que se lleve a cabo su resultado,  en muchos casos el Estado no está obligado a cumplir con el resultado, es meramente consultivo. Pero es que además, aunque así fuese, el resultado no expresa la soberanía popular debido a que los electores-ciudadanos no son soberanos bajo el capitalismo, sino depositarios de una opinión sobre la consulta específica que se hace. Para que exista soberanía tiene que existir previamente libertad para votar, que existe, pero nada más que ello, pues conocimiento amplio de lo que se va a votar en relación a los intereses de clase a que pertenecen los electores y poder para que se ejecute el resultado (aspecto que se deja a la interpretación jurídica de la reglamentación burguesa), no. En la Constitución se relaciona la soberanía popular (poder del pueblo) con el derecho jurídico pero no con el poder político, que se otorga a los representantes de dicha soberanía, es decir, a los elegidos por medio del sufragio universal. La soberanía popular no recae en el pueblo sino en sus representantes.

Ya expresamos en anteriores artículos que los referéndums debe seguir el mismo criterio político que las elecciones dado que lo realmente importante para decidir si participar o no es el contenido de la consulta y la conveniencia política de clase, es decir, si favorece o no a los intereses de la clase obrera, que en el caso de Cataluña es así en opinión del MR porque se dirime la independencia de una nación de un estado opresor. Efectivamente el Estado español es un estado explotador y opresor pero no sobre Cataluña sino sobre la clase obrera en su conjunto, dado que no oprime a la clase dominante, a la burguesía, que ejerce su dominio a través de dicho estado sobre la clase obrera. Otra cosa muy diferente es que la fracción burguesa dominante del Estado español no quiera fraccionar al Estado en diferentes estados independientes (el Estado federal es una alternativas burguesa a la contradicción interburguesa entre la gran burguesía y la pequeña y mediana burguesía) pues debilita el poder de la burguesía en la tarea central que tiene que cumplir en la actual época del desarrollo capitalista (imperialismo): concentración y centralización de los medios de producción como medio para desarrollar las fuerzas productivas. No puede aceptar dos tendencias contradictorias: por un lado, impulsando un proceso de ruptura de las fronteras nacionales allanando el camino para la formación de bloques internacionales en donde deben regir las mismas normas económicas, jurídicas y políticas, y, por otro lado, impulsar un proceso inverso, de ruptura de los Estados nacionales, atomizando el poder de la clase y los medios de producción que obstaculizan dicho proceso. Este es el problema que tiene que afrontar la burguesía: extenderse a través de la concentración y centralización de la mano de la burguesía financiera o contraerse a través de la atomización de mano de la pequeña y mediana burguesía.

Una vez analizadas las premisas de las que se parten, vayamos a discutir las razones que se esgrimen para apoyar la independencia de Cataluña, o lo que es lo mismo, proponer el SÍ-SÍ en la consulta del referéndum sobre la autodeterminación. Creemos que los argumentos que se defienden no están bien meditados porque no se justifican desde un punto de vista marxista. Son tres fundamentalmente. Veamos:

Argumento 1:

«…que ello abriría un posible escenario de socavamiento de la hegemonía de la reacción española (…) y agudizaría probablemente las contradicciones en el seno del bloque imperialista europeo, entre por un lado, la España irrendentista y por otro, el resto de potencia imperialistas» (pág. 21)

Argumento 2:

«Por estos motivos nos inclinamos por la opción de un apoyo incondicional (estos es fundamental y lo abordaremos más abajo) al SÍ-SÍ, porque creemos que se atiene al principio internacionalista de apoyar lo que de progresivo tiene todo movimiento de liberación nacional en su faceta de lucha general contra la opresión» (pág. 21)

Argumento 3:

«Y también, y esto es lo fundamental, porque es lo que más impulsaría el desarrollo revolucionario del proletariado en el Estado español» (pág. 21)

Es verdad que la lucha por la independencia nacional tiene de positivo que es una lucha contra la opresión en general, pero hay que tener en cuenta una vez superada la primera etapa del desarrollo capitalista, si la independencia nacional no va unida a la lucha contra el imperialismo se convierte en reaccionaria pues no está dirigida a destruir y cambiar el carácter del Estado, sino a sustituir un Estado por otro del mismo carácter, es decir, a reemplazar la dirección del Estado pero no la clase que la dirige. Es importante porque de ello depende el carácter de la lucha y el apoyo social que pueda tener de las clases en lucha. Tal cual está situada la lucha por la independencia de Cataluña es una lucha por dirimir quien dirige el Estado, entendido éste como concentración de intereses de la burguesía contra el proletariado. Las distintas fracciones de la burguesía disfrazan el carácter y función del Estado y manipulan la lucha por su dirección ocultándola como un problema nacional para que el proletariado se coloque en una u otra trinchera sin atender a sus intereses como clase. No denunciar certeramente las maniobras de la distintas fracciones de la burguesía y hacer pasar por progresista la independencia nacional sin ir acompañada del carácter y posición antiimperialista es no comprender los cambios que se dan en la estructura material de la sociedad y cómo influyen en las posiciones políticas de las distintas clases ante hechos concretos de la realidad social. O, en el peor de los casos, desviarse hacia el oportunismo, que a todos nos puede ocurrir en determinadas actuaciones.

La defensa o rechazo a la intervención del proletariado en el referéndum sobre la autodeterminación de Cataluña sigue siendo todavía un asunto de la vanguardia comunista puesto que no está reconstituida la línea proletaria revolucionaria, la cual es la única que puede incidir de una manera positiva sobre la opinión y actividad de la clase obrera. Toda intervención de la clase obrera sin estar reconstituida su vanguardia es puro voluntarismo, como así lo reconoce correctamente los camaradas del MR, aunque insisten por otra parte en que se debe participar pues va a incidir positivamente en fortalecer a la vanguardia proletaria al quedar patente que el «núcleo y germen del futuro movimiento comunista de masas no puede guardar ningún tipo de cuidado y apego hacia las formas y fronteras establecidas por la opresión»

Pero además hay argumentos que nada tienen que ver, en este caso, con la vanguardia para tener que justificar la participación del proletariado en el referéndum. Se toman prestados una serie de ejemplos que demuestran, según el MR, la utilidad de la participación, muy al estilo del más rancio oportunismo. Recurriendo a la conveniencia de poner en práctica un desconocido, hasta ahora, argumento.  Nos referimos a la necesidad de recurrir a la táctica como medio para convencer a mentes ávidas de una nueva realidad que, en el fondo, no es tal, pues no es más que el reflejo ideológico de un espejismo prefabricado:

«limar los roces y las desconfianzas nacionales entre obreros en las condiciones dadas», «socavamiento de la hegemonía de la reacción española», «agudizaría probablemente las contradicciones en el bloque imperialista europeo», etc.

El medido recurso de echar mano a una nueva realidad que se abre para justificar una posición es muy viejo en el movimiento comunista, aunque afortunadamente no ha dejado marcado en el camino fuertes convicciones. Los principios no pueden depender de la realidad concreta, sino que son una base inalterable extraída de la realidad general que se aplica a la situación concreta con el objetivo de transformarla mediante la praxis revolucionaria.

En este sentido, la participación o no del proletariado en la autodeterminación de las naciones oprimidas, como MR pretende en el caso de Cataluña, no depende de la «correlación de fuerzas entre el movimiento burgués de la nación opresora y el movimiento proletario de la nación oprimida», sino de las tareas políticas del proletariado revolucionario en la actual fase del desarrollo capitalista, que en el imperialismo es la preparación y realización de la revolución proletaria. Esta tesis del marxismo-leninismo hay que comprenderla en toda su complejidad, pues no podemos decir una cosa y hacer la contraria a la misma vez. Hay que comprender que el imperialismo ha enviado al baúl de la historia la tesis marxista que sostenía que había que apoyar todo tipo de lucha que tuviera como objetivo la liberación de las naciones oprimidas.

Conclusiones

El programa de la línea proletaria revolucionaria no puede aceptar, en el caso del Estado español, el concepto de Estado plurinacional pues, en su caso, sería asumir como suya la concepción revisionista del Estado que considera a éste no como el aparato organizado que concentra y aplica el poder de la burguesía contra el proletariado con la finalidad de reproducir las condiciones de la producción capitalista, sino como el instrumento necesario para llevar a cabo la conciliación de clases debido a las desigualdades sociales que provoca la sociedad burguesa mediante el impulso de medidas sociales que persiga la igualdad de oportunidades y el desarrollo de una política fiscal progresiva que grave al que más gane.

La burguesía, por su necesidad de que se reproduzcan estas condiciones, base de su existencia como clase dominante, cubierta una primera etapa, va transfiriendo al Estado mecanismos para su descentralización, lo que le permite ser más versátil: concentrar y centralizar el poder de su clase de acuerdo a cada etapa de su desarrollo histórico. La actual forma política del Estado español, el Estado de las Autonomías, no es más que la concreción de las necesidades del desarrollo del capital español teniendo en cuenta su imbricación con el capital internacional; con ello la burguesía ha conseguido un desarrollo capitalista interno lo más armónico posible, al articular del desarrollo económico de las diferentes Comunidades Autónomas con la política general del Estado y una integración lo más ventajosa posible en la cadena imperialista. Cubierta esta primera etapa, distintas fracciones de la burguesía autonómicas, pugnan por superar el statu quo actual elevándose hacia una nueva realidad: El Estado federal. O eso o independencia, esa es la cuestión que se vislumbra en el meollo de la disputa.

El programa de la línea proletaria revolucionaria no le niega a la pequeña y mediana burguesía su derecho a la autodeterminación, lo que le niega es la colaboración del proletariado en su lucha contra la gran burguesía para mejorar sus condiciones de existencia a costa de supeditar sus propios intereses estratégicos (preparar y desarrollar la revolución socialista) a la construcción de un nuevo Estado burgués. Detenerse en ello es una pérdida de tiempo que la revolución proletaria no puede permitirse pues distrae la atención de la vanguardia en la preparación de dichas condiciones creando confusión ideológica entre el sector más avanzado de las masas proletarias. En el imperialismo las posiciones de clase están muy delimitadas pues obliga a las clases a definirse claramente hacia una u otra posición ante la «inminente» revolución proletaria. Y en este sentido la pequeña burguesía lo tiene muy claro cuando le tocan a su bolsillo, su lema sigue siendo: capitalismo o muerte.

NOTAS:

[1]  V.I. Lenin, Problemas de política nacional e internacionalismo proletario, Akal, 1975

[2]  Dossier, Catalunya y el internacionalismo proletario: El debate en el seno de la vanguardia marxista-leninista. Junio 2016.

[3]  https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Reformista_Democr%C3%A1tico

 

 

 

 

El Partido de Nuevo Tipo y su Proceso de Reconstitución

 



El partido de nuevo tipo

y su proceso de Reconstitución

Debatiendo con la UOC (m-l-m) de Colombia

Después de la lectura del documento elaborado por vuestra organización sobre la propuesta de formulación de una Línea general para la unidad del movimiento comunista internacional (Revista Negación de la Negación Nº5, agosto 2016), y de su posterior discusión en el seno de nuestro colectivo, hacemos una valoración general muy positiva de su contenido ideológico y de su propósito político. En concreto valoramos tanto el esfuerzo que se ha realizado en la defensa férrea del papel de guía ideológica y política de la teoría marxista en el combate que mantiene el proletariado revolucionario contra la burguesía por su derrota política, como por el esfuerzo teórico que se ha tenido que realizarpara desarrollar las tesis marxistas sobre determinados presupuestos de la línea general de la revolución proletaria en concordancia con el desarrollo material del régimen capitalista de producción en su aplicación concreta en las distintas formaciones sociales.

Esa valoración general no invalida que alberguemos determinadas discrepancias sobre algunas cuestiones que se abordan y que queremos exponer. Probablemente pueden deberse a no haber logrado comprender correctamente vuestros razonamientos en la construcción de los conceptos con los que articuláis el discurso. Sea esa u otra razón hemos considerado conveniente plantearlo abiertamente para su discusión y, en la medida de lo posible, resolver las discrepancias mediante un debate franco con el objeto de llegar a una comprensión común.

En este primer acercamiento a la discusión del contenido expuesto en el documento nos vamos a centrar en las controversias que nos suscita, no sin antes señalar, aunque sea de una manera breve, las tesis fundamentales con las que estamos de acuerdo y que se desarrollan en la propuesta. En este sentido tenemos que expresar nuestro completo acuerdo con la tesis central del documento, que dice: el desarrollo material de la producción capitalista, llegado a su fase imperialista, eleva a ley histórica la revolución proletaria mundial. De acuerdo con ello, esta ley del desarrollo histórico del capital pone en evidencia dos aspectos de singular importancia: el primero es que el proletariado se ha elevado a clase revolucionaria por excelencia, pues toma en sus manos la dirección del proceso revolucionario en correspondencia más con el grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas sociales por la internacionalización de las relaciones capitalistas de producción que con el alcanzado en el marco nacional en que se desenvuelve. Dicho en otros términos, el proletariado deja de ser clase revolucionaria en potencia para adquirir el atributo de facto, clase revolucionaria de hecho, en cualquier estado siempre y cuando se constituya en partido comunista de nuevo tipo, es decir, en movimiento revolucionario. El segundo es que las distintas revoluciones proletarias nacionales no se pueden considerar hitos históricos del proletariado sino etapas particulares del proceso general del proletariado en la construcción de la sociedad comunista, debido al carácter internacional en que se apoya el socialismo científico: la emancipación del proletariado como paso previo para la eliminación de las condiciones económicas que hacen posible la división en clases de la sociedad.

Pero como nuestra intención es profundizar en el debate ideológico como medio para lograr una mayor unidad ideológica y política en torno a las tareas de la revolución proletaria, debemos poner encima de la mesa las diferencias que apreciamos en algunos temas abordados por el documento. El aspecto principal de discrepancia es sobre la construcción del partido, que tanto vosotros como nosotros consideramos la tarea principal de los comunistas consecuentes en estos momentos, como así muy bien manifestáis en la página 66 del documento, y que nosotros consideramos además cuestión clave para la realización y correcto desarrollo de la revolución proletaria. Como decimos, ésta es la cuestión que más nos interesa del debate ahora mismo, en la actual fase de la discusión, puesto que con otros temas de calado que se desarrollan, compartimos puntos de vista, análisis y posiciones políticas.

Íntimamente relacionado con la construcción del partido existe otro aspecto de controversia y que consideramos necesario abordarlo en el debate: la determinación de la conciencia de clase y cómo se va produciendo el proceso de elevación del nivel de conciencia en el seno del proletariado y masas populares, pues es cuestión clave para la incorporación de las masas explotadas por el capital al proceso revolucionario. En el contexto de este tema también queremos abordar el papel de los sindicatos en la fase imperialista del capital.

Clase social: masas, vanguardia y partido

Pensamos que sobre la construcción del partido no se prodiga mucho el documento, tal vez porque se considera zanjado definitivamente, remontándonos al esquema general que se ha venido aplicando durante el Ciclo de Octubre. Ya en Compendio de la Línea de masas, publicado en el año 2002 y en ¡A preparar el Congreso del Partido!, elaborado en el año 2016, aparecen las concepciones sobre la construcción del partido que se recogen en el documento de referencia que analizamos. Volviendo al objeto del debate, nos vamos al lugar en donde se expone el concepto que estamos tratando: punto 4 del capítulo V, Las tareas de los comunistas.

la nueva Internacional Comunista no puede ser una federación mundial de partidos comunistas, sino un Partido mundial centralizado, en donde cada uno de sus partidos miembros sea sección nacional de la Internacional” (pág. 139).

A continuación se expone el concepto de partido revolucionario, el cual vamos por ahora a obviar con el objeto de volver más adelante, cuando abordemos las distintas características que van apareciendo:

El partido debe utilizar diversas formas de trabajo abierto según las condiciones; “Moverse como pez en el agua” implica comprender que la política de los comunistas es pública, pero el carácter de la organización es siempre clandestino” (pag.141). Partido con presencia pública y organización clandestina

La lucha de líneas es el motor del desarrollo del Partido, su fin no es otro que acerar la unidad para el combate. Esta es una de las leyes que rige la construcción del Partido y es el reflejo de la lucha de clases de la sociedad al interior del mismo; exige desarrollarla con acierto para mantener y elevar la unidad consciente de los militantes del Partido” (pág.141). Partido que promueva tanto externa como internamente la lucha de dos líneas.

Es imposible sostener la lucha política contra los explotadores sin que el Partido Comunista entero exprese su opinión acerca de todas las cuestiones políticas, y para ello debe tener su propia prensa” (pág. 144). Partido como organizador colectivo.

Características que compartimos en su totalidad pero que consideramos en estos momentos secundario, ya que lo esencial es el concepto que se tiene sobre el partido, su naturaleza, y del proceso de su formación, lógicamente influenciado por dicho concepto. La síntesis sobre la concepción del partido viene expuesta en la pág. 140 del documento de referencia, de la siguiente manera:

El Partido es el destacamento organizado, de vanguardia y el jefe político de la clase obrera”.

Debe ser un sistema único de organizaciones, dirigido por comités en todos los niveles y regido su funcionamiento por el centralismo democrático

Con la experiencia necesaria, línea correcta y autoridad para dirigir a la clase obrera y las masas populares. Su guía es el marxismo leninismo maoísmo”.

Debe llevar ideas claras sobre la lucha armada de las masas como forma superior de su lucha política, en la cual, el principio de los comunistas es claro y contundente: el Partido manda al fusil y nunca se permitirá que el fusil mande al Partido”

La disciplina en el Partido es sólo consecuencia de su férrea unidad, una disciplina rayana en lo militar pero consciente”

Es misión del Partido llevar la conciencia socialista al movimiento obrero, guiar al proletariado al frente de las masas trabajadoras, a la conquista del poder político y construir, sobre las ruinas del viejo Estado reaccionario, el nuevo Estado de Dictadura del Proletariado”

En el “Compendio de la línea de masas”, se dice lo siguiente al respecto:

En el esfuerzo por construir el Partido Comunista Revolucionario de Colombia debemos vincularnos a las masas para fundir el socialismo con su movimiento espontáneo de dirigir todas sus manifestaciones hacia el objetivo de la conquista del poder político” (1- Consideraciones generales).

En el documento sobre la preparación del Congreso, se dice:

«Reafirmamos la exhortación a todos los auténticos comunistas revolucionarios en Colombia a ponernos de cara ante un periodo de trabajo tesonero por concretar la unidad de los comunistas revolucionarios en un solo Partido. Reafirmamos nuestra confianza en que este llamado será bien recibido por nuestros camaradas de otras organizaciones y todos los revolucionarios que en Colombia luchan por su construcción».

La lectura de los textos invita a entender, así lo hacemos nosotros, que el proletariado está divido en dos partes: la parte constituida por el partido -que primeramente existe como vanguardia- y la formada por las masas. Siguiendo este hilo conductor, el partido se define como la vanguardia de la clase que tiene como objetivo dirigir a las masas; es decir, que el partido es considerado la vanguardia de la clase con respecto a las masas, sin tener en cuenta que partido y vanguardia no se pueden identificar porque son términos distintos, que hacen referencias a realidades cualitativamente distintas. Efectivamente el partido es la vanguardia de la clase, pero es otra cosa muy distinta a la vanguardia organizada. Al identificar el partido con la vanguardia organizada políticamente estamos dando por entendido que entre vanguardia y masas no hay ningún intermediario y, por lo tanto, se puede establecer una relación directa de tú a tú entre ambas partes, cuando en realidad es a través de ese intermediario como se hace posible y efectiva la articulación política entre vanguardia y masas para construir el partido. Hay que tener en cuenta que tanto la vanguardia como las masas no son totalidades homogéneas, existen distintos niveles en su interior que los diferencian como parte de la totalidad que determina relaciones políticas específicas para resolver dichas diferencias.

Así entendemos nosotros el proceso general de la formación de partido comunista de nuevo tipo:

El concepto de clase está determinado en un principio por las relaciones sociales de producción (es una totalidad abstracta). Pertenecen a una clase aquellos individuos que realizan una determinada función a tenor del lugar que ocupan en la producción. Es una determinación externa a la conciencia y voluntad de los individuos que le viene impuesta por su condición social. Pero esta determinación no abarca todavía la totalidad del concepto. Si todo concepto es expresión de una realidad material o social, fruto de relaciones objetivas, en el caso del concepto clase social, es fruto de las relaciones sociales entre distintas clases y entre los elementos que conforman las clases. En este sentido, la clase se define por su posición ante las condiciones que la determinan como clase: la pertenencia a una clase ya no es fruto de la función que realiza en la producción o en la sociedad, sino de la posición política que se adopta ante las condiciones de la producción. La clase es clase en la medida que es totalidad en acción, y la pertenencia a esa clase ya no depende de la función que realiza sino de la posición que adopta como parte de la clase. Dentro de la clase obrera existen dos esferas de conciencia: la espontánea (masas) y la revolucionaria (vanguardia), y dentro de la espontánea: la inconsciente (amplias masas) y la consciente (determinadas masas). Las amplias masas forman parte de la clase (es una condición objetiva) pero no por ello tienen conciencia de clase, ni mucho menos conciencia política (revolucionaria), ya que ella es fruto del conocimiento científico de la realidad social y de la aceptación de una teoría revolucionaria (marxismo-leninismo). La comprensión y aceptación de la propaganda revolucionaria difundida por la vanguardia sólo es posible si se tiene conciencia de clase, es decir, determinada comprensión de la realidad social pero dominada por un concepción economicista de la lucha de clases, por lo que aquella no puede ser asumida por las amplias masas si no es a través de la intermediación de una parte de la clase: los que tienen conciencia de clase.

Este es el proceso general, en donde el proletariado va elevando su nivel de conciencia hasta constituirse en partido comunista para abordar su misión histórica: la construcción de la sociedad comunista, que se tiene que adaptar a las condiciones políticas de la formación social concreta en que se va a desarrollar el proceso revolucionario. Esto es muy importante, porque de lo contrario estaremos aplicando formulaciones generales sin tener en cuenta las condiciones concretas, es decir, estaremos cayendo en el dogmatismo en lugar de aplicar la dialéctica materialista.

A tenor por lo expuesto en el documento entendemos que hay implícito en el razonamiento dos aspectos:

1) que el partido es la vanguardia, 2) que en la relación partido-masas no existen intermediaciones, considerando el proceso de formación de la vanguardia como el proceso de formación del partido, vinculándose directamente el partido a las masas a través de la ligazón de la vanguardia m-l-m con las amplias masas. Según dicha concepción ¿cuándo se podría determinar que el partido está constituido?

Cuando la vanguardia m-l-m lo esté, Y ¿cuándo lo está? Cuando conquiste la hegemonía ideológica y política en el seno de la vanguardia en general, compuesto por el conjunto de organizaciones que se enfrentan al sistema capitalista.

Los párrafos citados contribuyen a confundir dos procesos distintos aunque interrelacionados: entendemos que una cosa es el proceso de construcción de la vanguardia y otra muy distinta el proceso de construcción del partido, aunque, como venimos diciendo, un proceso incluye al otro necesariamente.

El proceso de formación de la vanguardia es necesario para la formación del partido, pero no directamente, en un principio, a través de las amplias masas, sino de determinados sectores de la clase para construir el movimiento revolucionario mediante la fusión de la teoría marxista con el movimiento de la clase como partido comunista. Es a partir de la culminación de este proceso de constitución del partido comunista revolucionario cuando se inicia el “acercamiento” del Partido como vanguardia política de la clase con las amplias masas, es decir, con el movimiento espontáneo de las masas. El Partido, así constituido, como movimiento revolucionario, que vive al margen y en unión del movimiento espontáneo de las amplias masas, existe como relación social manifestándose en la lucha de clases en tres etapas: relación entre las distintas vanguardias (la m-l y las no m-l), relación entre dicha vanguardia (en donde la m-l va conquistando su hegemonía ideológica y política) y el sector de la clase obrera que acepta los principios del socialismo científico, relación entre el Partido comunista como movimiento revolucionario y las amplias masas obreras y populares. Decimos relación social y no sólo organizativa (la supuesta dirección de la vanguardia sobre las masas, que es a la que la reduce la concepción organicista de la construcción del partido, que nada tiene que ver con la lectura que se desprende del ¿Qué hacer?). El movimiento revolucionario, fusión de la teoría con la práctica marxista, es decir, del socialismo científico con el sector del proletariado que asume la línea general de la revolución proletaria no es lo mismo, aunque así se tiende a concebirlo, que movimiento espontáneo transformado por la acción de la vanguardia mediante la difusión de los principios del socialismo científico.

Durante el proceso de construcción del partido la vanguardia m-l-m actúa en el movimiento de masas, pero no políticamente en el movimiento espontáneo de las amplias masas, sino en el seno de unas determinadas masas. Actúa, principalmente, en el movimiento de la vanguardia mediante la lucha de dos líneas entre la concepción y práctica m-l y lo no m-l para conquistar la hegemonía ideológica dentro de este movimiento como vanguardia teórica, primero, y vanguardia práctica, después. Es, en este sentido, por lo que decimos que no es la vanguardia la que actúa en el movimiento espontáneo de las amplias masas, sino el Partido una vez constituido como movimiento revolucionario (sistema de organizaciones) para atraerse al movimiento espontáneo hacia sus posiciones dado que se ha ido fraguando la vinculación con las masas a través de su concepción revolucionaria y la articulación política de los líderes naturales de dichas masas.

No es la vanguardia la que actúa en el movimiento espontáneo de masas, sino el Partido, esto es, el movimiento revolucionario de masas el que actúa sobre el movimiento espontáneo de masas atrayéndoselo a sus posiciones. Sin movimiento revolucionario, es decir, sin la fusión entre la vanguardia y el sector de la clase obrera y popular bajo su influencia, no se puede atraer el movimiento espontáneo hacia la línea política del partido revolucionario, esto es, la línea general de la revolución proletaria. El movimiento espontáneo de masas nunca puede dar el salto cualitativo de asumir y desarrollar una política revolucionaria por el simple desarrollo de la lucha reivindicativa ; todo a lo más puede aspirar es a reproducir una política tradeunionista y reformista debido a sus propias condiciones de existencia, en donde reproduce socialmente las relaciones sociales capitalistas y la ideología burguesa de concebir el mundo, y la necesaria comprensión científica de la estructura social en que se desarrolla como condición para transformar el mundo. El movimiento espontáneo de las masas tampoco puede comprender los principios del socialismo científico por la mera difusión de dicha ciencia por la acción de la vanguardia m-l., pues se hace necesario una intermediación que la haga comprensible y asimilable a través del movimiento revolucionario o Partido comunista.

La fusión entre la vanguardia y las amplias masas obreras no se hace de manera directa, por no ser comprensible intelectualmente, sino por medio de una intermediación: el movimiento revolucionario, fusión de la vanguardia y el sector más avanzado ideológicamente de las masas. A partir de que se dé esa fusión se empieza a producir una mutación efectiva, real, en el nivel de conciencia entre las amplias masas dado que se van incorporando a las tareas prácticas de la revolución proletaria a partir de distintas fases. Pero es más, para que sea efectivo ese proceso se tiene que llevar a cabo otro proceso, etapa del proceso general, que llamamos proceso de Reconstitución, etapa donde la vanguardia ajusta sus cuentas con las distintas concepciones y prácticas del revisionismo que han ido pasando como genuinamente m-l-m. Durante esta etapa el aspecto principal de la relación vanguardia m-l-m y vanguardia teórica es el aspecto vanguardia m-l-m, lo que determina que las tareas estén centradas en dicho aspecto principal, esto es, en la formación teórica ideológica de la vanguardia m-l-m, el desentrañamiento de las concepciones revisionistas que pasan por m-l-m y la crítica a dichas concepciones en el seno de la vanguardia teórica a través de la lucha de dos líneas, a la vez que se van elaborando aspectos de la línea general en concordancia con los cambios producidos en la lucha de clases motivado por el desarrollo material y político del régimen capitalista en su fase imperialista.

En la etapa de creación del movimiento revolucionario la tarea principal es elaborar la línea general en concordancia a la situación concreta en donde se despliega la lucha de clases (contradicciones generales de la lucha de clases a nivel nacional) como un aspecto concreto de la situación concreta de la cadena imperialista (contradicciones generales de la lucha de clases a un nivel mundial), a la vez que se va cimentando el movimiento práctico del sector revolucionario y se hace presente en la lucha del proletariado. Claro está, al margen y en relación con el movimiento espontáneo de las distintas clases que se enfrentan al capital.

Marxismo: ciencia, ideología y conciencia de clase

El marxismo es una ciencia, la ciencia de la revolución proletaria. Esta ciencia se apoya en la concepción dialéctica del mundo, el Materialismo Dialéctico, que concibe las cosas en continuo movimiento propulsado por sus contradicciones internas, que constituye la causa de sus cambios cualitativos. La aplicación de esta concepción al conocimiento de la sociedad nos aporta el Materialismo Histórico, que concibe las condiciones de producción la base de las formas de vida y pensar de cada sociedad concreta y la lucha de clases el motor de la Historias, los cambios de unos modos de producción a otros.

Con el análisis profundo de Marx y las aportaciones de Engels, ambos contribuyeron de una manera decisiva al conocimiento de la estructura económica del régimen capitalista de producción, así como al papel que el proletariado va a desempeñar en dicho régimen. Para ello contribuyó de manera decisiva el descubrimiento de dos aspectos: 1) que en las sociedades divididas en clases el trabajo humano tiene un doble carácter (por un lado, como trabajo concreto, productor de valores de uso; por otro lado, como trabajo abstracto, productor de valores de cambio), esencial para producir el concepto plusvalía y el desentrañamiento de que el trabajo humano en determinadas condiciones sociales constituye el contenido del valor, es decir, la fuente de donde emana la explotación del trabajo ajeno), 2) que la fuerza de trabajo asalariada también adquiere un doble carácter (por un lado, como productor dependiente del capital y creador de plusvalía para el capital; por otro lado, como creador de condiciones materiales y espirituales independiente del capital) que en determinadas condiciones ligadas al desarrollo político de la clase en consonancia al desarrollo material del capital hay un salto cualitativo para que se produzca el concepto sujeto revolucionario y el desentrañamiento de que el proletariado al constituirse como clase revolucionaria, síntesis de la conciencia y la acción de clase como praxis revolucionaria, es la condición de donde emana la transformación de la sociedad capitalista hacia el comunismo.

La correcta o incorrecta comprensión de este segundo aspecto es la que determina la delgada línea entre el m-l y otras teorías no m-l (anarquista y revisionista, fundamentalmente) sobre la construcción del partido de nuevo tipo y el modo en que establece su estrecha relación con las amplias masas obreras y populares para hacer realidad la revolución proletaria. Las distintas versiones revisionistas consideran que la clase obrera adquiere su «conciencia revolucionaria» a través del propio desenvolvimiento de la lucha de clases, ya que entienden que la conciencia revolucionaria, necesaria para participar conscientemente en el proceso revolucionario, está dado en la conciencia del obrero de por sí, puesto que es depositario de esa conciencia que en su participación directa va desvelando por su propia acción junto a otros compañeros de clase o por la propaganda y agitación de los principios generales de la teoría marxista como labor del partido constituido. Sin embargo, la realidad es otra cosa muy distinta, ya que el obrero medio sólo puede aspirar a consolidar una conciencia de clase puesto que la conciencia revolucionaria es fruto de una comprensión, asimilación y puesta en práctica de la teoría marxista, concepción revolucionaria de la lucha de clases, es decir, aportada desde fuera del movimiento espontáneo de la clase, económico, o del movimiento político reformista de una parte de la clase. La conciencia revolucionaria entre los sectores más avanzados de las masas sólo puede ser creada a partir de la teoría de vanguardia como síntesis de la vanguardia política del proletariado y parte de las masas que siguen la línea general de la revolución como movimiento revolucionario.

Para abordar este tema, la conciencia de clase y el proceso de su formación, vamos a proceder como con el primero. Empecemos por la exposición literal de las ideas que se expresan:

Así conforme disminuye progresivamente el número de magnates capitalistas que usurpan y monopolizan todos los beneficios del proceso social de producción, crece la masa de la miseria, de la esclavización asalariada, de la degeneración, de la opresión y la explotación; pero crece también la rebeldía de la clase obrera, aleccionada, unificada y organizada por el mecanismo del propio proceso capitalista de producción (pág.17).

Todas estas teorías tienen una esencia revisionista común: conciliar con el imperialismo, impedir la unión de las principales fuerzas de la sociedad contra el imperialismo, apagar el ímpetu revolucionario de las masas obreras y campesinas en los países oprimidos en fin, estropear la verdadera lucha imperialista….” (pág.31).

En tanto los países oprimidos son forzados a vivir en la dependencia y el atraso, las masas trabajadoras en la ruina y la vida miserable, el proletariado a sufrir más intensa la explotación asalariada y a caer en masa en la desgracia del desempleo, siendo todas, condiciones económicas y sociales insoportables para las fuerzas cuyo trabajo sostiene y desarrolla la sociedad, y como tal, son la base material del repudio al imperialismo y sus lacayos, del cada vez mayor odio de clase antagónico del proletariado mundial contra la burguesía mundial... (pág.32).

Por el partido como parte de la nueva internacional y dirigido por ésta, para el cual los obreros inmigrantes procedentes de las naciones y países oprimidos, por su peso den el conjunto del proletariado de los países imperialistas, por su posición frente a los medios de producción, sus condiciones de vida y trabajo muy similares a los obreros de los países oprimidos, su combatividad en las filas de la vanguardia de las luchas obreras, constituyen el sector más importante de la base social del Partido…” (pág, 150).

Estamos de acuerdo que la conciencia revolucionaria está formada por la creencia y práctica del papel de la lucha de clases en el desarrollo histórico de la sociedad y el papel concreto del proletariado en la construcción de una nueva sociedad que elimine las condiciones de existencia de las clases sociales.

También estamos de acuerdo que la conciencia de clase proletaria es la pertenencia consciente a esa clase, es decir, la asunción de que tiene que asumir el papel de individuo de esa clase como clase social, actuar colectivamente como individuo de esa clase. Tanto un tipo de conciencia como otro no puede ser adquirido como resultado del proceso de la lucha espontánea, económica, de la clase obrera si no está unido necesariamente a la comprensión del papel de las clases en la lucha de clases, esto es, se asume los principios del socialismo científico.

Y esto es lo que no tiene en cuenta la UOC, a nuestro entender, por lo expresado en los párrafos que hemos reproducido textualmente. No sitúan el aspecto esencial para la formación de la conciencia de clase, estadio intermedio para la formación de la conciencia revolucionaria, en la toma de posición política, es decir, en la comprensión, asimilación y aceptación de los principios del socialismo científico, sino en el desarrollo de las condiciones materiales en que vive el ser social. Se sitúa en la condición externa (realidad material) en lugar de la condición interna: la teoría marxista y la experiencia histórica de la lucha de clases.

A nuestro entender con ello se cede a la concepción espontaneista de la formación de la conciencia de clase debido a la excesiva valoración que se otorga a la lucha economista reivindicativa, de la clase obrera, considerando a las amplias masas una cualidad que no posee de por sí, pues el ímpetu revolucionario que se observa sólo puede ser fruto de la maduración de una posición y una práctica política a partir de la asimilación de la teoría marxista. De las luchas derivada del movimiento espontáneo de las masas se puede producir un mayor o mero ímpetu de lucha (mayor o menor radicalidad) pero para que ese ímpetu se considere revolucionario se tiene que dar un proceso previo de elevación del nivel de conciencia de clase fruto del conocimiento, aceptación y práctica social de la concepción de la lucha de clases derivado del socialismo científico. El ímpetu revolucionario es consecuencia de la conciencia revolucionaria; en ningún caso derivado de las condiciones miserables de la existencia de vida de los explotados.

En la formación de la conciencia revolucionaria no tienen nada que ver las condiciones materiales de existencia del individuo o clases, puesto que ello depende de la asimilación y puesta en práctica de la teoría marxista. Por eso, tanto burgueses, proletarios o campesinos pueden adoptar individualmente una posición de clase revolucionaria sin que la extracción de clase sea determinante, dependiendo para ello sólo la voluntad y la predisposición del individuo. Otra cosa muy distinta es qué clase puede y tiene que acometer la revolución comunista. Lógicamente la burguesía no puede asumir dicha tarea por ir contra sus intereses como clase. Sólo puede acometerla la clase que no tiene nada tiene que perder por no tener ninguna propiedad social, pero que sí detenta el control de los medios de producción: la capacidad de decidir qué hacer económica y políticamente con los medios de producción social, pues lo mismo que lo pone en marcha lo deja en suspenso, sin producir.

Ahora es el momento para poder abordar el tercer tema en la construcción del partido: el concepto del sindicato obrero en la época del imperialismo.

Los sindicatos deben ir de la mano con el Partido y dirigido por él, pues son organizaciones para la lucha de resistencia, escuelas del socialismo y correas de transmisión entre la dirección del Partido y las amplias masas obreras” (pág.143).

Los comunistas deben trabajar con energía, perseverancia y firmeza para conquistar la gran mayoría de los sindicatos, y en ningún caso deben dejarse desanimar por las tendencias reaccionarias y reformistas que existen. Los comunistas deben luchar por conquistar una dirección revolucionaria en los sindicatos a través de la agitación y propaganda -principalmente entre las bases- deben elevar su conciencia de clase y, cuando sea apropiado, llamar a la acción. Los comunistas nunca deben restringir su trabajo a los límites establecidos por los sindicatos, y menos amoldar su política con el objeto de hacerla aceptable para los dirigentes sindicales oportunistas” (pág.143)

El desarrollo del capitalismo a su actual etapa imperialista ha conseguido entre otros aspectos convertir a la organización básica de la clase obrera, el sindicato (en sus inicios una organización al servicio de la lucha de resistencia de la clase obrera por mejorar sus de condiciones de existencia) en un aparato más del Estado burgués para encuadrar y disciplinar a los obreros en el cumplimiento de los planes de la economía capitalista. Tanto su funcionamiento interno (donde las bases no son más que simples afiliados-cotizantes, frente a la dirección, que son verdaderos funcionarios-gestores de dicho aparato, apoyándose en un cuerpo de asalariados-administrativos que realizan la función de controlar administrativamente el aparato sindical), como el externo (los funcionarios dirigentes se codean con la patronal y el Estado en grandes mesas de “trabajo” y caros restaurantes con el fin de regular las relaciones sociales capitalistas en el seno de las empresas. Un tipo de sindicato obrero más propio de la política reformista que de la revolucionaria como se pone de manifiesto con la evolución del desarrollo capitalismo, que ha cumplido una etapa histórica mientras no se ha configurado una etapa superior de la construcción del partido comunista de nuevo tipo. La función del sindicalismo moderno está más ligado a las funciones de los distintos aparatos del Estado burgués bajo el dominio del capital financiero: Planificar la economía a nivel mundial, en donde los obreros son una pata de las fuerzas productivas.

Tampoco se puede caer en el error muy común de la política revisionista de separar políticamente a los jefes de las bases de estos aparatos sindicales, pues tanto unos como otros defienden los mismos intereses materiales: el de la aristocracia obrera. Los jefes y sus administradores no forman una élite (los “malos”) aparte de la fracción de clase que domina la afiliación de estas estructuras (“los buenos”): élite y masas sindicales forman una unidad en la defensa del sistema capitalista, aunque con diferentes funciones; los primeros, dirigiendo la conciliación de clase mediante el pacto social; los segundos, poniendo en marcha los acuerdos alcanzados entre los trabajadores no sindicalizados, esperando conseguir alguna prebenda que le otorgue la patronal.

¿Quiere esto decir que no se debe hacer trabajo comunista en los sindicatos? No, lo que quiere decir es que el sindicato no se puede entender como una estructura obrera que puede desarrollarse como escuela de comunismo, pues ello es imposible dado la naturaleza y funciones de la estructura sindical cumple en la etapa imperialista del capital. El sindicato obrero es fruto de una etapa histórica del capital, organización propia de la formación de la clase en sí, de acuerdo a la organización política de esa etapa: el partido obrero. La etapa actual no se corresponde con dicha organización, sino con la organización del Partido comunista de nuevo tipo, es decir, del Partido como movimiento revolucionario fruto de la fusión de la vanguardia y el sector más avanzado de la clase obrera.

No decimos que no haya que ir a los sindicatos, como no decimos que no hay que ir a cualquier estructura de masas en donde están “organizados” para defender unos determinados intereses particulares. Esto no lo discutimos, lo que cuestionamos es la determinación de cuándo ir a esas estructuras de masas. Para que los comunistas deban actuar en ellos, sean del tipo que sean, deben aferrarse a construir el movimiento revolucionario, que es el que va a actuar colectivamente en dichos organismos con la intención y posibilidad de actuar en la lucha de clases como una clase revolucionaria.

Debatiendo con el MAI

Debatiendo con el MAI

 Respondiendo a la crítica, una autocrítica consecuente

Este documento es la segunda entrega de la aportación de nuestro colectivo al debate abierto con el MAI. El anterior, fue nuestro documento “La flor de Loto y la ‘vanguardia’ alicaída”, con los comentarios que hicimos al Plan de Reconstitución del Partido Comunista.

Nuestra intervención en el debate no la circunscribíamos a los puntos de vista de los  dos colectivos, sino que aspirábamos a ampliarlo, en la medida de lo posible, a otros colectivos que se posicionan en el campo del marxismo, de la revolución proletaria, que, además de autoproclamarse comunista, defienda la vía para acceder a la toma del poder e instaurar la dictadura del proletariado mediante la guerra popular revolucionaria. El debate por el cual apostamos es conseguir “sacar a flote” las distintas líneas que se manifiestan en solitario (cada colectivo expone y defiende su línea con mayor o menor profundidad, más o menos desarrollada, pero a fin de cuentas blindada ante las demás) para organizar y desarrollar la lucha de dos líneas en cuanto a la línea general y concreta de la construcción del partido comunista en el Estado español.

La respuesta del MAI en “Alrededor de la ciencia y la praxis revolucionaria” a nuestro documento no se ha limitado a criticar las posiciones que allí exponíamos, lo cual agradecemos, sino que ha ido más allá. Ha provocado en nuestro colectivo una reacción positiva, ya que se propusieron estudiar nuestros documentos publicados para criticar globalmente nuestra línea con el ánimo de señalar las desviaciones que a su entender impiden nuestro desarrollo, no sin dejar de reconocer los aspectos positivos, lo cual nos estimula para reflexionar sobre nuestras bases ideológicas y políticas, divergentes de las del MAI, como ellos han manifestado reiteradamente.

Las reglas del debate deben quedar claras para los dos colectivos: defendemos, como así también lo ha expresado el MAI, que se conozcan públicamente las distintas posiciones y argumentos de cada cual por el conjunto de la vanguardia comunista. Así mismo, defendemos un debate sin cabida para las descalificaciones, pues éstas manifiestan un claro síntoma de incapacidad,  además de ser un recurso pueril para no aportar argumentos válidos en la lucha de ideas. El debate no tiene por qué ser lineal en el tiempo, sino que puede perfectamente ser discontinuo, dependiendo de las tareas y capacidades de los distintos colectivos, que es lo que mejor se adecua a la situación actual de la construcción de la vanguardia (cada destacamento se desarrolla dependiendo de sus capacidades y en lucha con las demás a través del método de unidad-lucha-unidad).

Antes de adentramos en el debate propiamente dicho queremos aclarar que nuestra tardanza en responder a la crítica se ha debido a que ésta ha supuesto poner en tela de juicio nuestras propias bases ideológicas, “sacudiéndolas”. No en cuanto a nuestras convicciones comunistas, sino en cuanto a la concepción de la que partíamos con respecto al marxismo; aspecto importante pues determina nuestra trayectoria política, es decir, la naturaleza como colectivo comunista y el futuro político como destacamento que pretende contribuir a la construcción del partido comunista en unión a otros colectivos.

Por el contenido, que no por la forma de la crítica, se podría llegar a pensar que no sería bien recibida en un principio, aunque descartada por nosotros ya que entendemos que la finalidad de toda crítica comunista es erradicar los posiciones y comportamientos erróneos mediante la argumentación y persuasión ideológicas. Hemos intentado en todo momento alejarnos del subjetivismo para situarnos adecuadamente en un proceso de reflexión pausado y ponderado, y así ahondar en los argumentos utilizados en la crítica a los errores ideológicos y desviaciones políticas que se manifiestan en el seno de nuestro colectivo, que no aspira por ahora a otra cosa que a aprender de otros colectivos que manifiesten tener las cosas más claras que nosotros y demuestren a través de la práctica lo acertado de su línea política, como es el caso de la Línea de Reconstitución. Pensamos que ello es un elemento importante en la lucha de dos líneas: criticar los errores para corregirlos superándolos mediante una dirección centralizada.

Nos hemos tomado el tiempo necesario para ajustar cuentas con nuestro pasado. Al menos esa era la intención, nos enfrentamos con unos esquemas asentados y una práctica a cuestionar y desterrar mediante el estudio profundo de la crítica que se nos hace.

La respuesta a la crítica no será muy amplia pues no se trata de establecer un debate político que ponga en cuestión las divergencias entre los dos colectivos, sino todo lo contrario, tratamos de reflexionar sobre nuestras posiciones con el ánimo de superarlas siguiendo el hilo conductor que marca la crítica. Se trata de expresar concisamente con lo que estamos de acuerdo y por qué, criticando los errores que arrastramos para superar el presente.

Un pequeño pero necesario balance

Primera autocrítica

Antes de entrar en el meollo de la cuestión que nos ocupa, queremos hacer un pequeño balance de nuestra trayectoria anterior con la finalidad de que se comprenda en la medida de lo posible nuestra posición actual.

Nuestro colectivo es producto de su tiempo, del periodo comprendido entre la lucha organizada socialmente contra la dictadura franquista y la consolidación del Estado democrático burgués. En aquella época dominaba entre la militancia comunista la creencia de que, con una voluntad de hierro y una fe ciega en el comunismo como alternativa al capitalismo y un titánico activismo, se podía cambiar la sociedad burguesa, siempre y cuando estuviera dirigida por el marxismo-leninismo, concepción que se circunscribía a un conjunto de principios que se tenían que aplicar necesariamente para acceder al socialismo. Dichos principios eran asumidos por los militantes, como asumen los cristianos practicantes los preceptos de la Iglesia, como dogma de fe, sin entender qué hay detrás de ellos. No se entendía ni comprendía que los principios por los que se debía regir la actividad comunista constituyen la forma en que se manifiesta una realidad estudiada y comprobada científicamente, bastaba con saber que la revolución era posible porque se había hecho realidad en la URSS y en China. La cosa funcionaba de la siguiente manera: si se asumían los principios del marxismo leninismo se pertenecía al movimiento comunista; mientras que los que no lo asumían se situaban automáticamente en el campo del revisionismo y del reformismo, actuando como agentes de la burguesía en el seno de la clase obrera.

Las organizaciones comunistas de la época estaban llenas de militantes que propagaban que la clase obrera estaba explotaba por la burguesía y que el proletariado era el sujeto revolucionario, aunque pocos entendían el concepto de plusvalía, es decir, cómo se produce materialmente la explotación capitalista, ni donde residía el carácter revolucionario de la clase obrera. Una época de activismo apremiante donde lo de menos era perderse en enredos teóricos, tiempos de un desprendido voluntarismo dirigido a luchar por una revolución socialista casi al alcance de la mano.

La mayoría de los comunistas actuábamos creyendo que la militancia, es decir, la actividad política práctica, dominada por la lucha economicista, y cuya tarea primordial de captar obreros a las filas de la influencia partidista, nos hacía más fuertes, aunque la realidad nos mostrara, cada vez con mayor claridad, que no crecíamos debido fundamentalmente a nuestro escaso conocimiento de la teoría marxista. Entendíamos que los obreros adquirían la conciencia de clase por la lucha que espontáneamente desplegaban por mejorar sus condiciones de vida y de trabajo, aprendiendo sobre la marcha cuales son los mecanismos de que se dota el sistema capitalista para explotar la fuerza de trabajo asalariada y reproducirse como sistema. Al tiempo que se armaba ideológicamente como clase independiente para desplegar una fuerza que hiciera temblar al sistema capitalista por la dirección que tomaba su lucha general: la construcción de una nueva sociedad en donde no tendría cabida las clases sociales. En resumidas cuentas, así lo podemos sintetizar: partido y clase eran considerados destacamentos metafísicamente separados, casi estancos, que se desarrollaban sin ninguna relación dialéctica: el partido era el destacamento llamado a dirigir las luchas que la clase obrera abordaba.

La ruptura ideológica con este mecanismo engañoso suponía retirarse de la escena de la lucha de clases, del terreno de la práctica política como siempre lo concebíamos. Y esa actitud era considerada por algunos como un abandono, una deserción para vegetar en el campo del intelectualismo, del teoricismo. Para ajustar las cuentas con todo ese pasado, había que retirarse a los cuarteles de invierno y reflexionar sobre toda una práctica comunista que se centraba en “elevar el nivel de conciencia de las masas” a través de la lucha espontánea, de la lucha por mejorar sus condiciones de vida y trabajo de la clase y donde las distintas organizaciones actuaban al son de la música que las masas más avanzadas tocaban. El lema era “rescatemos a las masas (otra vez el dichoso concepto economicista de masa) de la influencia del revisionismo”, a la vez que se lograba aumentar la confianza de dichas masas en las acciones que los comunistas acometían por el arrojo que manifestaban en seguir los deseos de los obreros en lucha.

La idea que envolvía la ruptura ideológica con el pasado prendió en nuestras cabezas, lo que posibilitó el tránsito a una nueva fase de la militancia, donde el  futuro del comunismo se encontraba en que la teoría marxista debía ocupar su lugar en la formación de la vanguardia, usurpada por la concepción revisionista que dominaba la construcción del partido. A ello nos dedicamos por entero. Empezamos a estudiar los textos clásicos del marxismo, en donde se exponían tanto los conceptos de la teoría como la experiencia de los intentos revolucionarios por derrotar a la burguesía, con la intención de comprender qué es el marxismo: una ciencia que alumbra y dirige la lucha de clases desde los intereses y posición del proletariado. Una ciencia que da sentido a la lucha de clases del proletariado. En este sentido, la militancia no consistía, como creíamos, en luchar de una manera voluntarista según los principios del m-l, sino en organizar al proletariado a llevar a cabo su revolución según las leyes que determinan la lucha de clases bajo el dominio del régimen capitalista de producción. Para ello sería imprescindible el conocimiento de la estructura capitalista (donde reside el contenido que marca la marcha de la lucha de clases) y la formación del proletariado como clase que llevaría a cabo la revolución, el sujeto revolucionario en el capitalismo (su papel está determinado por la estructura social, por el desarrollo de la estructura capitalista y la elevación de su conciencia como clase, comprensión de su papel histórico, obra de la vanguardia comunista).

Aquí es donde entra en acción el pensamiento de Althusser, al dar sentido al vacío que provoca esa transición: el final de una etapa, en cierta manera “superada”, y el comienzo de otra que teníamos que construir con nuestros propios aunque escasos recursos. Hasta que llega el momento en que el MAI nos coloca ante una nueva tesitura sin haber superado enteramente la anterior, pues tenemos un déficit ideológico que marcará nuestra presente trayectoria de manera errática, movido por un vaivén que se desarrolla hacia lo correcto y lo erróneo, aunque siendo dominante el equívoco pues somos presa de una posición ideológica que nada tiene que ver con el m-l debido a una concepción cientifista (burguesa) del marxismo, el mismo error que comete Althusser en toda su trayectoria filosófica.

Segunda autocrítica

Estábamos acostumbrados durante mucho tiempo a concebir el marxismo como una teoría integral pero con una perspectiva más bien localista, contextualizado en lo que “dicen” los textos que escribieron sus fundadores y las aportaciones posteriores sobre algunos aspectos se incorporaron a la teoría general. Concepción de un marxismo que se centraba en el reducido espacio en que nos movíamos, limitado espacialmente al Estado español, impidiéndonos observar y analizar el mundo en su amplitud. Esta forma de concebir el marxismo ha dado alas a una concepción que podemos llamar “nacionalista” del marxismo, a costa de ir debilitando en la práctica la verdadera esencia que contiene la teoría de los fundadores es decir su carácter eminentemente internacionalista, puesto que el carácter nacional que adopta primeramente la revolución proletaria está supeditado al carácter internacionalista de su finalidad, la construcción de la sociedad comunista. Ello ha motivado, en gran medida, que tuviéramos poco en cuenta las distintas experiencias de los países en los que se desarrollaba la lucha de clases con el proletariado revolucionario a la cabeza.

Al estar desvinculado de la lucha internacional del proletariado, nuestra comprensión teórica del marxismo ha tenido un carácter dogmático, nada dialéctico, pues se ha limitado exclusivamente a la comprensión de la lectura de los textos y a la síntesis de la experiencia “más cercana”, lo que limita y lastra de manera notable la producción del conocimiento como resultado de la síntesis de los principios y la actividad revolucionaria del proletariado (al que no se le puede poner trabas artificiales que no sean las propias que le cercan: la ignorancia y la inactividad) en su lucha contra la burguesía, y la actividad política por transformar la realidad en que se mueve el pensamiento crítico, la formación del sujeto revolucionario.

Debido a que aceptamos los principios del marxismo –que se fueron fortaleciendo con el estudio sistemático de los textos teóricos fundamentales, ocupando un lugar preferente El Capital– y el convencimiento de que el comunismo representa el fin de las clases sociales, no hemos caído en la charca del revisionismo, el oportunismo o el liquidacionismo, manteniéndonos a flote para continuar la labor de la construcción del partido como la tarea fundamental del proletariado que quiere abordar la destrucción del régimen burgués y la construcción del socialismo, aún a costa de desarrollar errores que tenemos que superar por nuestros propios medios y la crítica de otras organizaciones comunistas.

Por ello saludamos agradecidos, como una bocanada de aire fresco, la crítica que nos hicieron los camaradas del MAI, dado que nos ha obligado a reflexionar sobre nuestras concepciones más profundas y arraigadas. Reconocemos la labor de los camaradas, que para señalar nuestros errores y poder rectificarlos han tenido que emplearse a fondo en su crítica al pensamiento de Althusser, al que consideran poco menos que nuestro “guía espiritual”.

En torno a Althusser

Los camaradas del MAI se detienen en su documento en la obra de Althusser para criticar certeramente sus errores con el propósito de desenmascarar su pretendida posición marxista, y así de paso torpedear las bases ideológicas en las que nos apoyábamos para que arraigara con fuerza en nuestro colectivo la concepción cientifista del marxismo. Con respecto a Althusser nos situábamos en otro extremo, en el terreno político, criticándole su adscripción al revisionismo, embelleciéndole su “aportación” ideológica al marxismo en su “esfuerzo” por delimitar y desterrar las desviaciones ideológicas que contaminaba al aspecto científico del marxismo. Sin embargo nos vamos a situar, con respecto a Althusser, en lo que consideramos más interesante o “novedoso”.

Althusser propone en última instancia en el terreno político una cosa muy sencilla aunque perfectamente disimulado en un maremágnum teoricista: la conciliación del marxismo con el revisionismo. ¿En qué consiste dicha conciliación? En que los dos polos, en apariencia, antagónicos entre el marxismo teórico y el revisionismo político, pueden convivir en “armonía” en una misma estructura partidista, siempre y cuando se respeten mutuamente, una suerte de Coexistencia pacífica dentro del PCF. La dirección revisionista libertad de movimiento a los “marxistas” teóricos para realizar su labor de “investigación científica” y “limpieza ideológica”, siempre y cuando se reconozca a la estructura revisionista como el sujeto revolucionario, es decir al partido de vanguardia. A este respecto, Althusser no rechaza, como algunos defienden, entre ellos el MAI, el concepto de sujeto revolucionario (cuando plantea que el verdadero sujeto es el proceso), sino que el proceso social capitalista determina que la clase obrera delega su protagonismo como sujeto en la estructura revisionista. No niega que la clase obrera sea el sujeto revolucionario (ya que la lucha de clases es el motor de la historia), sino que lo que niega es su independencia y ruptura con la influencia de la burguesía (la construcción de un partido genuino en consonancia a la tarea política a realizar, la construcción de una nueva sociedad). La originalidad de su propuesta política es la de ganar “poder” dentro de la estructura partidista (dirección revisionista). Es la proyección del ideal revisionista consistente en ocupar cuotas de poder ganando espacio dentro del Estado burgués, sin tener que romper con él. Es decir, el Estado evoluciona por la simple acción de quien lo dirige.

La idea del planteamiento de la cientificidad del marxismo (la práctica teórica concebida como pura labor teoricista, como actividad “científica” del núcleo marxista, totalmente ajena a la construcción del partido  de nuevo tipo -comunista-) nace de la posición conciliadora con el revisionismo, en la medida que se va ganando espacio en el terreno “teórico”, se va ganando hegemonía en el terreno político en el seno de la estructura partidista (revisionista).

A modo de autocrítica

Esto lo teníamos claro, pero sin embargo ha ido calando entre nosotros su concepción sobre el marxismo al asumir la particularidad “científica” de su marxismo que nada tiene que ver con la teoría marxista-leninista. Y ello nos lo hicieron llegar los camaradas del MAI en forma de crítica fundamentada, lo cual agradecemos.

Nuestro error básico: el cientifismo

* Consecuencia lógica de nuestra inmadurez teórica marxista. Hemos llegado a comprender, después de la crítica, que padecemos de una desviación cientifista del marxismo, la cual tenemos que tratar si es que queremos superarla. No consideramos que esta desviación sea atribuible a una debilidad ideológica, una posible duda sobre los principios generales del marxismo, ya que los asumimos y defendemos, sino más bien a nuestra inmadurez teórica, es decir, a un déficit dialéctico sobre la concepción general del marxismo que nos impedía fusionar correctamente la teoría con la práctica sobre la base de la praxis revolucionaria.

Para abordar esa desviación cientifista, vamos a exponer lo que pensamos sobre el marxismo y qué entendemos por cientifismo. Cientifismo no es negar la cientificidad del marxismo, sino pensar y afirmar que el marxismo se desarrolla teóricamente a partir de su propio cuerpo teórico, esto es, de sus conexiones conceptuales, que se va haciendo más concreto por la labor teórica (práctica teórica) sin atender necesariamente a la praxis revolucionaria, la actividad revolucionaria transformando la realidad social. El punto de partida de la teoría marxista es conocer para transformar pero transformando el objeto (unidad en lucha entre el sujeto y el objeto).

El marxismo no es sólo una ideología entendida como una interpretación del mundo (cosmovisión), sino que es ante todo una ciencia que tiene por objeto conocer cómo se dan los procesos sociales y en transformar la realidad histórica en que vivimos, la sociedad capitalista, en la dirección del comunismo y mediante la eliminación de las clases sociales de la mano del proletariado como sujeto revolucionario.

Es una ciencia porque contiene en su ser las dos características que la conforman: las bases teóricas de la que emana su actividad, la concepción materialista y dialéctica sobre la realidad y su relación con la conciencia, y el criterio de la práctica social como comprobación de la veracidad de su producción teórica. De dicha conciencia se puede extraer tres aspectos esenciales, como son:

– El desarrollo histórico se mueve por las leyes de la dialéctica aplicada a las condiciones de la producción material, concluyendo que la lucha de clases es el motor de la historia; y en concreto, el proletariado el sujeto de la transformación de la sociedad capitalista y el hacedor de la construcción de la sociedad comunista como producto genuino de su labor histórica.

– La producción del concepto plusvalía expresa la relación básica y general entre el capital y el trabajo, lo que indica que es a esta relación a dónde hay que recurrir para entender tanto la producción capitalista como su transformación; como el núcleo económico esencial de la revolución proletaria, a partir de lo cual se puede abordar y comprender las transformaciones a realizar para conseguir dicha finalidad.

– El socialismo es una consecuencia necesaria del desarrollo de la producción capitalista, pues dicho régimen de producción no puede dar marcha atrás, ni tampoco superar sus contradicciones internas, lo que capacita al proletariado -por el lugar que ocupa y las funciones que realiza en la producción capitalista- para llevar a cabo la transformación social, siempre y cuando esté dotado con la teoría marxista y construya su organización como partido político.

Se puede decir que el marxismo es la ciencia de la revolución proletaria. Pero como toda ciencia necesita desarrollarse, sin lo cual se convertiría más en un dogma que en una guía para la acción. Su desarrollo no puede ser ajeno a la experiencia histórica y concreta del proletariado, a la lucha por transformar sus condiciones de existencia, pero tampoco sin contemplar la necesidad del proceso de teorización y sistematización que lleva aparejado esta transformación, sin lo cual la tarea es incompleta ya que no se extraen conocimientos verdaderos de la situación concreta, se corrigen los errores y se refuerzan los aciertos, a la vez que se producen nuevos conceptos, que sirven para encauzar la lucha revolucionaria del proletariado en su labor de construcción del comunismo.

Está claro que el cientifista no es el que considera al marxismo una ciencia, sino como veremos más adelante, el que lo reduce exclusivamente a una ciencia, tal cual la concibe la ideología burguesa. Por eso vamos a ahondar en esta concepción para ver si es correcta la crítica del MAI cuando sostiene que la UCCP tiene una posición cientifista del marxismo.

Lo característico de la concepción cientifista del marxismo es la consideración de que la actividad teórica y política de la lucha de clase revolucionaria constituyen compartimentos separados, los cuales actúan y se desarrollan al margen el uno del otro, en donde lo “teórico” subordina en todo momento a lo “político”, convirtiendo la acción política en un simple efecto de la actividad teórica. Es verdad, sin lugar a dudas, que la concepción cientifista del marxismo nos llevaría a esa conclusión, haciendo imposible cualquier acción revolucionaria del proletariado pues somete a éste a la actividad errante y errática de la “ciencia” en su propio devenir “teórico” como si ello fuera suficiente para producir el conocimiento de la realidad social como paso previo para su transformación a través de la lucha de clases revolucionaria. Esta concepción del marxismo tiene como condición  para reproducirse el aferramiento con todas sus fuerzas a la idea errónea de tratar el conocimiento como un producto del pensamiento desvinculado de la acción política por transformar la realidad social. Con ello pone de manifiesto que no entiende que cualquier conocimiento no puede estar separado de su transformación, que se realiza como unidad de la actividad reflexiva del pensamiento y la acción política para transformarla.

Esto es un principio general de la teoría marxista, una característica específica y esencial del marxismo en relación con otras teorías del conocimiento; por ejemplo la empirista, que considera sólo a los datos de las sensaciones como los elementos que conforman el conocimiento de la realidad, o la racionalista, que considera sólo las determinaciones del pensamiento como los arquetipos de la realidad social, que es expresión de los conceptos del pensamiento. Ahora bien, esto no quiere decir que no puede haber “conocimiento” o, mejor dicho, determinado conocimiento de la realidad social sin haber práctica revolucionaria, pues en el sentido fuerte del término, al ser el conocimiento relativo, va desarrollándose del conocimiento superficial al conocimiento racional que mediante la práctica social lo va confirmando o desmintiendo.

Pensar que no se pueda producir conocimiento de la realidad social hasta que no haya una práctica revolucionaria, una acción por transformarla, es someter el desarrollo del proceso de la producción teórica a un condicionamiento extremadamente absoluto, aunque ello no quiere decir que los conocimientos parciales que se van produciendo sean correctos por el simple hecho de ser un producto del pensamiento “científico”, pues hay que someterlo al criterio de la práctica, único “juez” de la verdad del conocimiento. En este sentido hay que distinguir entre lo científico y lo revolucionario de una teoría, pues una teoría puede ser científica y conservadora a la vez, lo que no ocurre con el marxismo puesto que es una teoría, que partiendo de una concepción del mundo, basa su origen y desarrollo del conocimiento de la realidad social según sus propias leyes, y en la concepción de que su desarrollo y desenlace es fruto de las contradicciones internas y el papel que realizan las clases sociales según la función que le determina la estructura social.

Es evidente que concebimos el marxismo como una ciencia, una ciencia como hemos detallado, y la práctica teórica o actividad teórica como elemento importante de la vanguardia comunista, tenga el nivel de desarrollo que tenga. Que la vanguardia comunista en el Estado español está en un proceso de constitución no quiere decir que no pueda tener una práctica teórica determinada, entendida como actividad por conocer la realidad en que se desarrolla, teniendo en cuenta que el nivel de conocimiento que va elaborando es relativo, es decir, tiene que estar sujeto al criterio de la práctica social.

Hay que comprender que ésta no es la única tarea que se tiene que abordar, sino que debe ir emparejada a preguntarse ¿qué es lo que se quiere conocer? y ¿cómo crear las condiciones  materiales para que la vanguardia se vaya construyendo? Entendiendo esto como lucha contra las distintas concepciones que existan como expresión de la realidad social (intereses de las distintas clases en lucha). En este terreno, la vanguardia va elaborando las condiciones ideológica-políticas en la situación concreta en que se tiene que ir desarrollando la lucha revolucionaria del proletariado para derrotar a la burguesía. Crear esas condiciones es sinónimo de ir creando la vanguardia bajo los principios marxistas leninistas, tarea previa a una segunda fase para crear las relaciones políticas con las amplias masas explotadas, y estas se vayan incorporando a las tareas de la revolución.

Para la formación de esta vanguardia es necesario no sólo tener claro los principios del m-l, principios en que se asienta la lucha revolucionaria del proletariado, sino sobre todo la comprensión científica de por qué esos principios son principios y no dogmas. Ello lo aporta la formación teórica, el aprendizaje de cómo se ha constituido el marxismo como teoría de la revolución proletaria y, lo que es más importante, el por qué esta teoría está vigente y no es obra de la voluntad ética de una vanguardia iluminada como pretenden reducirlo los “redentores” de la humanidad.

¿Dónde reside entonces nuestra desviación cientifista del marxismo? En que sustituimos la praxis revolucionaria por la práctica teórica en la producción del conocimiento de la realidad social en su transformación. Y efectivamente esto no tiene nada que ver con el materialismo histórico y dialéctico de la lucha por el comunismo, puesto que prescinde de la línea de masas revolucionaria, fusión de la vanguardia con el movimiento de masas, como base para la transformación de la realidad y prueba de la verdad (teoría marxista del conocimiento). Esta desviación es una concesión a la ideología burguesa por su influencia sobre nuestras cabezas que genera graves consecuencias para la formación ideológica de la vanguardia comunista, como se ha podido comprobar históricamente y sobre la cual debemos inmunizarnos mediante la formación teórica y la lucha de dos líneas. Debemos distinguir perfectamente la formación teórica, que es fruto del estudio y asimilación de las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución proletaria, aplicar la teoría marxista a la realidad concreta, de la producción teórica, que es fruto de la praxis revolucionaria, unidad de la teoría y la práctica en la transformación de la realidad social.

* El cientifismo desenfoca donde radica la crisis del marxismo. La concepción cientifista del marxismo impide concebir el desarrollo del marxismo a través de los Balances periódicos, como síntesis teórica de una práctica revolucionaria, es decir, orientándola como praxis revolucionaria. En lugar de concebir la praxis revolucionaria, la fusión de la teoría con la práctica del movimiento revolucionario por transformar la realidad social como fuente del conocimiento de dicha realidad en transformación, se sustituye por la práctica teórica como dicha fuente, separándose el conocimiento de lo real y de la actividad de su transformación, pues el marxismo no concibe el conocimiento aislado de su transformación, lo cual es lo que lo diferencia de otras teorías del conocimiento. ¿Cómo vamos a conocer la sociedad si no es transformándola?

Este error nos ha llevado a no entender correctamente, en toda su amplitud, la crisis del marxismo. No ha impedido que viéramos que el marxismo está en crisis, dado que no consideramos al marxismo una teoría cerrada y elaborada de una vez para siempre, pero sí que podamos profundizar en su crisis, al transitar por la senda del desarrollo interno de la teoría mediante la práctica teórica. Esta errónea concepción nos impedía comprender que la crisis del marxismo es fruto de la falta de una praxis revolucionaria (inexistencia del sujeto revolucionario), la cual persistirá mientras no esté presente en la lucha de clases. Los principios revolucionarios no son principios universales para el proletariado porque lo determine el marxismo como “ciencia”, sino porque se han ido demostrando en la práctica social como principios mediante la acción revolucionaria transformadora de la realidad social.

Pues bien, a partir de ahí, se hace comprensible que el Balance de los ciclos revolucionarios, en nuestro caso el Balance del Ciclo de Octubre, es el que nos aportará las claves, errores y aciertos de dicho periodo histórico que se podrán desechar o insertar como línea general al nuevo ciclo revolucionario, que tiene que empezar negando al anterior mediante su superación. Lo que ocurre es que el nuevo ciclo tiene dos hándicaps: De un lado la falta de una Internacional Comunista, que será la encargada de elaborar el paradigma del ciclo revolucionario a nivel general, orientadora ideológica de la reconstitución comunista, y de otro, la falta de partidos comunistas de nuevo tipo en los distintos estados, que, como en el nuestro, se hace necesaria la reconstitución de dicho partido, es decir, la formación de la vanguardia proletaria y su fusión con la parte más avanzada de la clase obrera como movimiento revolucionario hacia el comunismo.

Siguiendo este argumento, es completamente acertada la crítica que se nos hace sobre la idea que tenemos de la crisis del marxismo en el sentido de que la consideramos como ajena a dicho proceso señalado anteriormente. Nosotros la sacábamos del contexto de la derrota e inexistencia del movimiento revolucionario (praxis revolucionaria) para situarla erróneamente en el movimiento de las ideas (práctica teórica), es decir, en el estancamiento del lado “científico” del marxismo frente a su lado “ideológico”, en la fortaleza de la ideología revisionista en cuanto a que se tergiversan los principios y enseñanzas revolucionarias. Concebir la crisis del marxismo de esta manera no es sino reforzar la concepción cientifista y, por tanto, su alejamiento del aspecto determinante del marxismo: la transformación de la realidad social mediante el movimiento revolucionario. Situar la crisis del marxismo en el estancamiento de su lado teórico separado del movimiento revolucionario, esto es, de la creación del sujeto revolucionario (PC) es no posicionarse correctamente sobre dicho sujeto pues considera secundario en su proceso de reconstitución la reconstitución ideológica del comunismo, dirigiéndose hacia la construcción del partido como órgano de vanguardia separado de las masas.

* El cientifismo excluye la dialéctica marxista en el análisis de la realidad de las cosas. Concebir el materialismo separado de la dialéctica es, en definitiva, negar el materialismo dialéctico para caer en las garras del materialismo vulgar, y en el caso de la teoría del conocimiento en el cientifismo, esto es, en la concepción de que es el propio pensamiento el que produce los conceptos siguiendo la evolución pasiva de la materia sin ninguna relación con la transformación de la realidad social mediante la praxis revolucionaria. Sin embargo, la dialéctica marxista es la que concibe las cosas en su relación y, con ello, sus trasformaciones como producto de sus contradicciones internas. En este sentido, la materia existe independiente de que la conciencia la piense o no, aunque dicha conciencia no sólo es el reflejo de la materia sino el medio para transformarla; de lo contrario estaríamos considerando que el mundo sería inmutable o fruto de un evolucionismo impersonal, en donde las cosas cambian por sí mismas, sin intervención del ser humano, siendo éste un apéndice de la materia, un ser sujeto estrictamente a la evolución de la materia general, y no un sujeto social. Que se relaciona y transforma la realidad del mundo.

Del cientifismo teórico al organicismo político

El craso error de concebir el marxismo como una especie de cientifismo nos hace valedor de una concepción del partido comunista como una “organización de vanguardia” por encima de la clase. No es que nuestra noción organicista del partido haya nacido con nuestra desviación cientifista, ya la arrastrábamos de nuestra trayectoria anterior, de la época en que dominaba el economicismo deudor del Ciclo de Octubre, pero sí la ha potenciado, dado que el cientifismo mira preferentemente hacia la organización de cuadros intelectuales como el elemento “productor” de dicho partido. Para esta concepción la clase obrera es un cuerpo dividido en dos partes: por un lado está la cabeza, la estructura organizativa rectora, es decir, la organización del partido en vanguardia esclarecida que tiene por misión elaborar la línea de la revolución y dirigir al movimiento de masas; por otro lado está el tronco con sus extremidades, esto es, el movimiento de masas espontáneo que en un momento dado, determinado por las circunstancias sociales, y no como consecuencia de la elevación de su conciencia de clase en sí en conciencia para sí, sigue las directrices de la organización del partido convirtiéndose de facto en movimiento revolucionario.

Esta fórmula “tradicional” de concebir el proceso de elevación de conciencia -hasta alcanzar el salto cualitativo- es el origen de donde parte la concepción de la toma del poder político de clase mediante la insurrección. Este modo de concebir la formación del partido desprecia, o no tiene en cuenta, la intermediación en la elevación del nivel de conciencia de las masas obreras, empezando por su vanguardia teórica, como elemento determinante para transformar el movimiento espontáneo en movimiento revolucionario mediante la presencia de la teoría marxista en el ideario de la clase. En este sentido, el partido se va construyendo a medida que se va articulando la fusión entre el elemento consciente –la conciencia comunista– y las amplias masas explotadas por el capital a través de propuestas políticas, organizativas y militares que le va incorporando a su ideario a través de reivindicaciones parciales como movimiento revolucionario hasta construir una alternativa global como clase frente a la organización social de la burguesía.

Lo cualitativamente superior de la guerra popular revolucionaria frente a la concepción insurreccionista, como método para la toma del poder, es que va creando condiciones políticas a la vez que militares, organizando a las masas y adecuándose a las fases concretas de la lucha de clase. Con la GP se van abriendo espacios de poder local que van suponiendo un asentamiento de dicho poder en otras partes del país, un núcleo de influencia y apoyo sin necesidad de esperar a que actúe toda la clase a la misma vez.

Pese a lo dicho sobre la GP, aún no tenemos una opinión completa, por lo que seguimos profundizando.

A modo de conclusión

Tenemos conciencia de que siguiendo por la senda transitada hasta ahora, no podremos superar nuestro actual estado de desorientación y estancamiento en que nos encontramos, lo cual es fatal para sobrevivir políticamente. Este primer paso va en esa dirección, en lograr superar esta situación satisfactoriamente, convencidos de que lo grave no es equivocarse, sino perseverar en el error sin luchar por corregirlo de una manera abierta.

Para que ello ocurra no hay otro camino que la lucha de dos líneas, la crítica sincera y sin contemplaciones contra los errores y desviaciones, tanto en el seno de cada colectivo como en el seno de la clase, como contra los errores de otros colectivos que trabajan por  contribuir a aportar sus experiencias y quehacer. A la vez que se critican los errores, se tienen que señalar los aciertos para difundirlos en el empeño de generalizarlos; por ello aceptamos la crítica del MAI como una aportación necesaria y positiva en el camino de la Línea de Reconstitución.

Consideramos pues correcta la Línea de Reconstitución para la construcción del partido en el Estado español, ya que es necesario reconstituir la ideología comunista a través del Balance del Ciclo de Octubre como medio para desarrollar el marxismo leninismo, así como reconstituir el partido comunista a través de la hegemonía de la vanguardia m-l en lucha con otras vanguardias teóricas en el seno de la clase obrera, paso previo para iniciar el proceso de fusión de la vanguardia con las masas, es decir, crear movimiento revolucionario.

Para terminar no queremos dejar de apuntar que una tarea importante en este proceso es la formación teórica marxista como medio para detectar y corregir, en la medida de lo posible, las distintas desviaciones que puedan aflorar.

Los Derechos Humanos como Espejismo Burgués

1 Déclaration

Los Derechos Humanos como espejismo burgués 

Este trabajo tiene el propósito de hacer una crítica a las bases ideológicas y políticas de los llamados “nuevos movimientos sociales”, que están proliferando en el panorama político español e internacional, muestra del evidente desprestigio de los partidos y sindicatos que gestionan el poder político de la burguesía. Nos referimos a los distintas plataformas o Foros cívicos o ciudadanos que surgen por doquier, y según confiesan, tienen el objetivo de defender la Democracia con mayúscula frente a la tiranía y la opacidad de la “clase política” a través de una legítima oposición pacífica al poder corrupto que somete la voluntad de la “mayoría ciudadana” a los intereses de una minoría depredadora.

1)      Los nuevos cachorros de la democracia burguesa

Vamos a proceder siguiendo el método que marca la investigación científica: empezando por la manifestación del movimiento de la materia para producir mediante el pensamiento el conocimiento de la realidad o, al menos, parte de ella.

La propia crisis económica y su desarrollo, unido a la corrupción económica generalizada, actúan sobre la conciencia de la clase obrera y parte de la pequeña burguesía, explotadora o amancebada, de manera que están favoreciendo una corriente ideológica que pone en cuestión la naturaleza y el carácter de los mecanismos democráticos burgueses debido al divorcio entre su función abstracta (favorecer la libertad de los individuos a través de la participación social y la armonización de los intereses entre las distintas clases sociales mediante la redistribución de la riqueza) y su función concreta (legitimar el sometimiento de la clase obrera a los intereses de la burguesía, propietaria de los medios de producción). Esto ocurre, hasta cierto punto, puesto que esta manifestación no va más allá de la visualización de este divorcio ya que no penetra en las causas económicas que hacen “legítima” la división en clases de la sociedad, ya que desde el punto de vista legal así se recoge en el ordenamiento jurídico.

Es un hecho palpable, que las instituciones burguesas están perdiendo prestigio entre las masas trabajadoras en la medida que se hacen patentes los efectos de la crisis económica. Así mismo, la política institucional burguesa cada vez cuenta con menos apoyo entre las masas al extenderse la corrupción dentro de los partidos que apuntalan el sistema político burgués en connivencia con las empresas privadas participantes del negocio público (llamativos son, por lo publicitado, los casos Gurtel, Bárcenas, o los ERE en Andalucía) como medio de financiación y enriquecimiento de las estructuras y de dirigentes de los principales partidos del sistema.

Insistimos, ello no implica que el sistema económico y político de la burguesía esté abocado a un inminente colapso, ni que el actual ambiente de desconfianza social hacia las instituciones burguesas y sus aparatos político-burocráticos trabaje a favor de una crisis social. No pensamos que el sistema capitalista está a punto de inmolarse. Ello sólo puede ocurrir si existiera una organización política y un sistema ideológico revolucionarios estrechamente ligados a los intereses de las masas trabajadoras y enraizados los movimientos sociales y que pusiera en cuestión los cimientos de la sociedad burguesa en la dirección de destruir las relaciones sociales capitalistas.

En el Estado español, el bipartidismo PP-PSOE sobre el que descansa el ejercicio del poder político de la burguesía, se encuentra actualmente con serias trabas para cumplir con eficiencia su cometido, pues el descontento social hace mella en la confianza y legitimidad que necesitan los mecanismos democráticos burgueses para funcionar con normalidad. Gran parte del reinante estado de aceptación o pasividad de las masas se asienta en la creencia de que más pronto que tarde todo va a volver a la situación de bonanza anterior, que retornarán las vacas gordas en cuanto pase este mal sueño, sin comprender que ello no es más que el punto de partida para la próxima crisis, y que esa es la forma normal de proceder del capital.

Ciertos sectores sociales se impacientan ante el agravamiento de su situación material y plantean luchar contra los efectos de la crisis, viendo exclusivamente su problemática concreta. Esta lucha espontaneísta y parcializada, al no estar ligada a la finalidad histórica del proletariado, aísla cada lucha de las demás sometiéndolas al desgaste del propio movimiento, actuando como una losa sobre los participantes: cada movimiento aborda sus reivindicaciones sin atender a la problemática del conjunto, pensando que es un asunto de cada cual. La conciencia social influenciada por la ideología dominante tiende a luchar contra la crisis actuando sobre sus efectos, como si fuera una desgracia natural que se puede remediar con medidas que contribuyan a la salida de la crisis, recurriendo a la buena voluntad y al empeño del gobierno de turno.

Si frente a esta ideología dominante, no se posee un sistema ideológico alternativo que represente a los intereses de las masas explotadas y se sustente en una concepción materialista y dialéctica del desarrollo de la sociedad, no se puede comprender que la crisis económica capitalista existirá mientras existan las relaciones capitalistas de producción, mientras exista la producción de plusvalía y el trabajo asalariado dependiente del capital. No se puede llegar a entender que la crisis económica capitalista es, por un lado, la manifestación necesaria del funcionamiento dialéctico del capital, es decir, de la contradicción antagónica que se desarrolla en el capital entre el carácter social de la producción, expresado como desarrollo de las fuerzas productivas, y de la apropiación privada de la riqueza creada, expresada como acumulación de capital que tiende a destruir fuerzas productivas, debido al carácter privado de las relaciones capitalistas de producción. Es, por otro lado, condición necesaria del funcionamiento dialéctico del capital, esto es, la forma social concreta en que se desenvuelve esta contradicción que hemos señalado anteriormente. Por eso cada crisis económica no es un fin en sí mismo, sino una etapa en el desenvolvimiento y desarrollo general del capital (depurarse y reestructurarse sobre una nueva base), una etapa en el ciclo de existencia y reproducción del capital. Querer eliminar las crisis económicas en el capitalismo es como querer eliminar la luz en el sistema solar, es simplemente ¡Imposible!. Por contra, concebir la crisis económica desde el punto de vista de condición necesaria del funcionamiento dialéctico del capital es percibir acertadamente que el capitalismo tiene capacidad económica para superarla, lo cual implica que su destrucción no deviene por un colapso interno, de un derrumbamiento de sus propios mecanismos, sino que tiene que venir de la existencia y empuje de una fuerza externa a su estructura, de la lucha de clases que tiene que ejercer el proletariado para superar el capitalismo como organización social caduca en la actual situación histórica.

2 No hay pan

Lo mismo ocurre con la corrupción económica, ya que no puede ser comprendida por el mero hecho de existir de una manera cruda y sangrante. La corrupción económica no es un fenómeno genuino del capitalismo, puesto que también se da en otros modos de producción, como así ha ocurrido en el socialismo. La corrupción económica, esto es, recibir prebendas de particulares o apoderarse de bienes de la colectividad por los servicios prestados, no puede eliminarse o mitigarse con simples medidas jurídicas, puesto que ello depende del poder de la sociedad ejercida por una casta de dirigentes separada de todo control de las masas trabajadoras: ello está claro en el capitalismo, el poder está en manos de la burguesía por la división social de la producción y es delegado por esa clase en unos gestores para que administren la sociedad en su nombre e intereses de clase, dando la oportunidad a esos gestores para corromperse por los servicios prestados.

En el socialismo esto no está tan claro, pues aunque aparentemente el poder está en manos del proletariado, en gran medida y hasta el desarrollo pleno de las relaciones socialistas de producción, una corte de burócratas, técnicos y oportunistas son los que detentan los medios de producción, las riendas del Estado y el poder social efectivo. Si a esta casta no se le controla socialmente, es decir, no se le somete al control político de las masas, a la dirección económica de las relaciones de producción y a la dirección del proceso socialista hacia el comunismo, la corrupción estará servida.

Estos dos fenómenos sociales, crisis económica y corrupción económica generalizadas están despertando entre las masas obreras una corriente de repudio hacia los partidos parlamentarios, con más rechazo a los partidos de mayor protagonismo de gobierno pues no dan alternativa a sus reivindicaciones económicas y a su concepción democrática de participación dominada por el concepto burgués de igualdad de oportunidades. Este rechazo va tomando cuerpo mediante la articulación de un proyecto político heterogéneo que recoge estas aspiraciones preñadas de ideología burguesa, aunque formalmente equidistante de los grandes partidos y sindicatos oficiales del sistema. Y esto ocurre así por dos razones: el movimiento económico está desplazando parte de los intereses políticos hacia fuera de la estructura del sistema tradicional al no estar representados esos intereses en el momento actual. Este desplazamiento político se articula en estructuras “nuevas” desde el punto de vista organizativo pero se integra política e ideológicamente en el sistema por la influencia que ejerce sobre sus dirigentes y sus representantes de marcada ideología burguesa, su seña de identidad es el democratismo burgués y su odio hacia toda noción comunista e ideología marxista. La otra razón es la inexistencia de un movimiento comunista.

Ciertos dirigentes ligados a la intelectualidad, a la pequeña burguesía explotadora y al revisionismo patrio trabajan para articular un proyecto político que sea lo suficientemente atractivo con el que ganarse la simpatía y confianza de amplias masas “ciudadanas” con el objeto de conseguir sus votos en las próximas elecciones generales, autonómicas o locales. Se pretende construir un Frente Electoral para competir con los partidos tradicionales, a los que consideran parte del problema, no de la solución. Estos dirigentes y sus proyectos políticos y sociales no cuestionan el sistema económico y político, a lo sumo persiguen un timorato cambio de modelo productivo y de sus opacas formas de actuación institucional, que proponen erradicar por medio de una regeneración democrática, que ellos impulsarán con el apoyo de la “ciudadanía” indignada.

Los distintos representantes de estas plataformas apuestan por un programa regenerador y democrático, que ya está elaborado, simplemente basta aplicarlo: son los Derechos Humanos, preceptos universales pisoteados por los gobiernos nacionales a instancia de los organismos internacionales que actúan a las órdenes de las redes tejidas por las multinacionales. Como dicen, nacen para defender y limpiar los canales tradicionales de la vieja democracia burguesa, instituciones que consideran válidas pues representan la soberanía popular, aunque viciadas por una ley electoral arcaica que impide la igualdad de oportunidades y la ventilación de los filtros democráticos, y permitiendo así la corrupción de los partidos elegidos democráticamente.

Como podemos observar es el viejo proyecto de la burguesía progresista que se enfrenta al sistema feudal, la idealización y filantropía de la burguesía emprendedora que considera al ciudadano burgués como el centro de la acción política social y a la democracia como el instrumento para conseguir la participación ciudadana en pos de la redistribución de la riqueza, eso sí, dejando a un lado intacto, las condiciones y leyes de la producción, cambio y distribución burguesas, que como todos sabemos se rigen por la explotación del trabajo asalariado. Desde aquí, les decimos a dichas asociaciones que en esa línea, la tarea resulta harto difícil, que, puesto que no se piensa en transformar la sociedad sino en hacerla “más equitativa” dentro de los cauces capitalistas, sus propuestas pueden contar con el beneplácito y la simpatía de la burguesía emprendedora, la pequeña burguesía y la aristocracia obrera, que sus concepciones de la vida son tan mezquinas como las de la mediana y gran burguesía, por más que lleguen al auto-convencimiento de que la igualdad es posible en el capitalismo. Que incluso es posible por la buena voluntad de los gobernantes, si así se lo proponen. ¡Cuánto daño han hecho estas palabras, cuantos muertos ha causado por no tener en cuenta los fundamentos materiales de la realidad histórica y de la lucha de clases!

¡Cuán ingenuos los promotores de estas asociaciones y qué candorosa forma de concebir las relaciones sociales! Algunos de ellos viejos desertores de la lucha del proletariado por su emancipación, que se reconvierten, a la vejez, en agentes de la burguesía para dar credibilidad moral a sus pretensiones de defensa del una idealizada “democracia real” que ven amenazada por la corrupción generalizada del “capitalismo salvaje” y “especulativo”, convertido en verdadero azote de la Humanidad, mientras anhelan retornar al capitalismo “productivo” y “civilizado” del estado del bienestar, reformado sobre una base moral, todo ello sin comprender cómo opera realmente la sociedad burguesa, y por qué sus leyes se imponen inexorablemente a los personas sin que puedan sustraerse a ellas individual o colectivamente, por mucho que lo deseen.

empujemos

2) Los Derechos Humanos son un sistema moral que brota de las condiciones de producción burguesa

Pero dejemos, por ahora, esta crítica a los animadores de dichas iniciativas y centrémonos en su programa electoral. La declaración universal de los Derechos Humanos está construida sobre unos valores eternos y universales, ajenos al tiempo y al espacio que los hicieron nacer, puesto que pervivirán a todas las etapas históricas y sociales del ser humano. Está elaborado, por tanto, a modo de un pensamiento esquemático que envuelve a toda relación social, que la considera deudora de ella (al revés de como ocurre en la realidad social, es decidir, las ideas y conceptos que nos hacemos de las cosas es un  reflejo de las condiciones de producción).

Lo cierto es que se suscribió a mediados del siglo XX por la Asamblea General de la ONU, lo que nos indica que fue elaborada después de que el capitalismo se hubiese desarrollado hasta su fase imperialista y que las revoluciones socialistas de la URSS y China se hubieran realizado como forma de destruir el capitalismo. Está escrito a modo de un gran sistema moral, articulado sobre la base de un principio universal de justicia que defiende y justifica la existencia y pervivencia del capitalismo e intenta contrarrestar el empuje de las ideas comunistas que proclaman la eliminación de las clases sociales.

La Declaración de la Derechos Humanos como sistema moral y político universal descansa sobre tres principios fundamentales del pensamiento burgués: libertad, justicia y paz. Decimos burgués porque, como todos sabemos, tales principios no son inmutables e imperecederos sino que cada sociedad los adapta a sus condiciones de existencia con la finalidad de que los individuos se comporten de acuerdo al rol que realizan, ejecutando y reproduciendo sus funciones en el contexto de la clase a la que pertenece desde el punto de vista económico, es decir, que asuma su función social como lógica y legítima. A continuación veremos el contenido que le otorga la Declaración de los Derechos Humanos a los principios y derechos en correspondencia con las condiciones de producción que le preceden, por más que éstas se oculten en el juego de palabras plasmadas sobre un papel.

A la pregunta de ¿qué es una verdad eterna? la respuesta es muy concreta, por más que se complica innecesariamente de manera interesada: pues la que sirve para toda condición social e histórica, abstrayéndose y situándose por encima de las mismas.

Pertenece al mundo del pensamiento moral y del derecho que lo acompaña, los cuales conforman el mundo natural y social. Para los defensores de esta manera de razonar hay dos mundos bien separados: el lógico, situado en el pensamiento, creador de las verdades, y el sensible, situado en el exterior, lugar en donde se desenvuelves las cosas del mundo sensible.

El primero, el del pensamiento, tiene sus propios principios que aparecen como verdades eternas e imperecederas pues se rige por el criterio de la razón. A este mundo pertenece tanto la ciencia como la moral y el derecho, ya que no están sometidos al caos de la realidad sensible ni a la confusión que pueda derivar el azar. El pensamiento burgués interpreta que la realidad es una copia del concepto, al que considera superior; por eso, le da el carácter de soberanía al pensamiento sobre la realidad material, cuando se trata de lo contrario, es decir, la producción del pensamiento parte de la realidad material para determinar el contenido de su producción, determinando que es un reflejo más o menos científico de la realidad en la medida que comprenda y reproduzca en el pensamiento las condiciones y el desarrollo de la realidad a través de sus contradicciones internas. De lo contrario, la realidad sería una marioneta del pensamiento, que se acomodaría a su arbitrariedad e interés de las personas que ejercen su pensamiento.

En el sentido materialista de concebir la relación entre el ser y el pensamiento está la clave para comprender que las verdades están sujetas a la realidad y a su desarrollo histórico-natural, es decir, a la producción social y a la lucha de clases que de ello se deriva. ¿Es una verdad eterna e inmutable que la moral sobre el matrimonio sea la unión entre el hombre y la mujer? No, en todo caso se tendría que decir que es una verdad eterna para la reproducción, pero nada más, aunque ello queda obsoleto con el avance de la ciencia y su aplicación práctica, cuando descubre que la reproducción no está sujeta al estado moral del matrimonio, pues se puede procrear a través de la reproducción asistida. ¿Es otra verdad eterna e inmutable que dice que toda producción material es mercancía como sostiene el derecho laboral? No, en todo caso se tendría que decir que para que ello sea eterno se tendría que producir eternamente para el cambio, pues cuando no sea así la mercancía y, con ello el valor, dejará de existir. Existirá valor de uso, pero no valor.

Las verdades de la moral y del derecho son como todas las verdades, relativas y ajustadas al desarrollo de la realidad que le da contenido. Afirmamos que toda teoría moral es fruto de las condiciones de producción en que se desarrolla y, por tanto, no es única sino diversa, tanto como clases sociales hay presentes en la lucha entre ellas.

ONU

Los principios

La libertad

Engels, en su Anti-Dühring, señala que Hegel fue el primero que definió correctamente la libertad, al definirla como la comprensión de la necesidad. Ejercer la libertad es actuar conforme a las leyes de la naturaleza y de la sociedad de acuerdo a ciertos fines determinados. La libertad, determinada por el conocimiento de la realidad, es un producto del desarrollo histórico y, por tanto, en las sociedades divididas en clases y de la lucha entre ellas, en el sentido que no es un principio absoluto, eterno e intemporal, sino concreto, dependiendo de los intereses y finalidad de cada clase en cuanto a su lugar en la estructura social de cada época histórica. En este sentido la libertad de la burguesía no tiene nada en común con la libertad del proletariado, aunque el código civil los asimila no en cuanto a su finalidad sino en cuanto a sus distintas funciones en la relación social. Lo que se deriva de ella es otra cosa en cuanto en la libertad.

La libertad económica burguesa consiste en la libre voluntad de acuerdo a los fines de la relación capitalista: la compra y venta de la fuerza de trabajo, la compra y venta de mercancías, etc.

La libertad política burguesa es la de la libre voluntad de acuerdo a los fines de la relación burguesa: la sociedad es el conjunto de los individuos que se organizan de acuerdo a preservar el bien común: la propiedad privada capitalista como origen de la prosperidad capitalista y la voluntad popular capitalista como origen del sometimiento de la minoría a la mayoría por medio del sufragio universal.

Así pues, en el concepto burgués de libertad no tiene cabida el conocimiento de la realidad en que se debe apoyar la libertad sino en el sometimiento de la voluntad a las leyes de la sociedad que dan carta de legalidad a la voluntad de explotar y oprimir. Esto es lo que sanciona con gran pompa la Declaración de los Derechos Humanos.

 La justicia

La justicia busca que se cumpla la igualdad entre los seres humanos, que son iguales en tanto que humanos, unas voluntades que persiguen el mismo objetivo: la felicidad. La igualdad entre los seres humanos reside en la finalidad que se persigue de acuerdo a la voluntad que es soberana: ser feliz, lo cual es muy loable pero encuentra impedimentos para que se realice: por la sencilla razón que no todos pueden ser felices porque no todos son iguales. Unos son altos y otros bajos, unos jóvenes y otros viejos, unos listos y otros no tanto, unos laboriosos y otros menos, unos ricos y otros pobres, etc. La igualdad, en este sentido, es un resultado y no un presupuesto.

La justicia intenta subsanar esta desigualdad al aplicar la ley. Con ello se borra todo tipo de injusticia que pueda existir por la acción desigual de las personas ¿Pero de quién proviene la justicia? No puede ser de las personas, que son desiguales, sino de algo superior a ellas: del Estado, que aplicando la ley establece la igualdad de la desigualdad. Pero la ley no hace sino juzgar y sancionar lo que se da en la realidad social, remedia sus conflictos y establece la relación de fuerzas sobre la base de la interpretación de la ley sin juzgar la naturaleza y condiciones de la relación social, de la cual la ley es uno de sus productos. El capitalista cumple la ley pagando el valor de la fuerza de trabajo, el proletario cumple la ley trabajando las horas convenidas por convenio a pleno rendimiento. Si alguna de las dos partes no cumple lo estipulado se rompe la igualdad legal que la ley sanciona.

El revisionismo da un paso al frente reclamando la igualdad social, que repara la desigualdad a través de la redistribución de la riqueza creada pero sin eliminar la relación social. Dicen: eliminemos los privilegios de clase pero sin eliminar las clases sociales, que es lo que el proletariado persigue: eliminar la desigualdad social, es decir, la propiedad privada capitalista y el trabajo asalariado asimilado a ella.

La paz

La paz es considerada por la ONU como la categoría suprema de la Declaración de los Derechos Humanos, a la que consagra su existencia. Y es así porque interpretan que el ser humano y los distintos pueblos que conforman la sociedad humana tienden a ello por un sentido natural de supervivencia. Es paradójico que así se piense, cuando el régimen social de producción, sobre el que está edificada la estructura de las Naciones Unidas, tiende de manera “natural” hacia la guerra por la propia evolución y desarrollo del régimen capitalista de producción, adoptándola como modo de resolver los conflictos entre los distintos Estados y las distintas clases en oposición. ¿No será que su existencia se debe más a someter a los distintos polos en lucha al interés general de funcionamiento del capital como sistema dominante a nivel internacional, que a crear un clima de entendimiento que favorece los distintos intereses en disputa?

La cosa está clara pues la existencia y dominio de las relaciones capitalistas de producción conllevan, en su desarrollo, los conflictos bélicos. Es la forma que tienen los capitales, de resolver, en última instancia, sus contradicciones para frenar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia.

También queda claro cómo pretenden infundir entre las masas explotadas la creencia en el pacifismo y la mansedumbre como condición natural de existencia de cualquier tipo de sociedad, inclusive las sociedades divididas en clases, cuando lo que realmente persigue es debilitar la posición ideológica del proletariado de que la guerra contra el capitalismo y la consiguiente eliminación de las clases sociales, es la forma legítima que adquiere la contradicción cuando la lucha de clases llega a su punto álgido.

GPPindia

Los derechos

Hemos dejado atrás los principios en donde descansan los Derechos Humanos para abordar a continuación los derechos que de ellos se derivan. Estos derechos están divididos en dos clases: los individuales, los relativos a su exclusiva persona, y los sociales, los relativos a las relaciones del individuo con los demás. Tanto unos como otros están en consonancia con el régimen capitalista de producción, en su versión democrática burguesa, que es la forma considerada como la más estable y productiva para la clase dominante puesto que está regida por la paz social que establecen voluntariamente los individuos a través de las organizaciones que aceptan el marco constitucional.

Estos derechos se desgajan, como hemos apuntado, de los principios ya analizado anteriormente, fundamentos racionales y universales de la sociedad capitalista. Debemos señalar que el capitalismo como régimen de producción está interesado en mantener una fuerza de trabajo en buenas condiciones físicas, psíquicas y económicas para que rinda a satisfacción de los intereses del capital (produciendo trabajo excedente) y satisfaga sus necesidades sociales mediante la compra de las mercancías producidas por el capital (realice su función de consumidor). No es lo mismo un obrero con capacidad adquisitiva que arruinado, con un salario que apenas puede adquirir la estrictamente necesario para reproducirse. No es lo mismo un obrero sano, con vivienda, tiempo libre y formado, que una fuerza de trabajo malnutrida y con poca resistencia física o con problemas psiquicos para trabajar a pleno rendimiento.

Pero esto entra en contradicción con las reglas que establece la acumulación de capital, que tiende a empobrecer la vida de la clase obrera por la necesidad del aumento de la cuota de plusvalía, con lo que disminuye el salario individual y social. En esta tendencia se mueve el precio de la fuerza de trabajo que negocian la patronal y los sindicatos para imponérselas de manera generalizada a los trabajadores (salario base, convenios, etc.) Las condiciones generales ideales se truecan en su contrario, condiciones deplorables, por el carácter capitalista de la producción que es lo que en última instancia determina la marcha de las condiciones de la producción.

Veamos detalladamente estos derechos…

Derechos individuales:

El derecho a la vida.

¿Cómo la vida va a ser un derecho si es la forma de existencia de la materia? (su movimiento). ¡valiente tontería! De una tautología se quiere derivar una verdad absoluta. Ello se puede considerar un derecho. Si se está pensando en los no nacidos, es decir, el derecho de estos por nacer sin interferencia de nadie: condena explícita al aborto. De otra manera es una tautología porque la vida consiste inevitablemente en vivirla, en el caso del ser humano, en desarrollar las condiciones físicas y psíquicas de que se compone la vida hasta que cesa. Sin reproducción de la fuerza de trabajo no hay producción y, por tanto, explotación, es decir, la forma económica típica de las sociedades divididas en clases.

Para la burguesía el derecho a la vida transmite el derecho a ejercerla en libertad ¿De qué libertad se habla? Se es libre cuanto se actúa de acuerdo a ley. Según esta concepción, el criterio de la libertad lo establece la ley (más concretamente el consenso social que es la que le da legitimidad a la ley) y como la ley es ciega, también lo es la libertad. Para el materialismo dialéctico la ley no tiene nada que ver con la libertad, que está relacionada con la necesidad, pues son dos cosas, incluso opuestas: la ley pertenece a la esfera del comportamiento social a priori, determinado por la legalidad, y la libertad pertenece a la esfera del comportamiento social a posteriori, determinado por el conocimiento de la realidad, es decir, por el conocimiento de la materia y la actividad del ser humano por comprenderla y transformarla.

Para la burguesía el derecho a la vida implica el derecho a casarse y fundar una familia, es decir, al núcleo burgués de reproducción de la fuerza de trabajo. Sin la familia burguesa sería imposible la reproducción burguesa, como hemos dicho anteriormente.

justicia

El derecho a la propiedad

Este derecho es el central de la Declaración, pues de ello se deriva la organización de la sociedad y el papel de los individuos en ella. La Declaración no es rigurosa con los conceptos que emplean, pues lo que trata es de ocultar su contenido real sustituyéndolo por generalidades que no aclaran nada o que se sitúan en la idea vulgar que se tienen de ellos.

Tal como está recogido este derecho es otra tautología, puesto que la propiedad conseguida mediante el esfuerzo propio, con el propio trabajo a cada uno le pertenece. Eso lo saben hasta los niños de teta y los que así se comportan: esto es mío, luego me pertenece. Pero en realidad lo que trata de decir es que la propiedad privada capitalista es un derecho.

La propiedad hay que analizarla desde dos puntos de vista: desde lo jurídico y desde lo económico. Desde lo jurídico es la capacidad para disponer sobre una cosa para su uso y consumo personal. Desde lo económico es la capacidad para disponer de una cosa para su uso y consumo económico. Esta última capacidad de disponer de la cosa viene determinada por la relación social de que pueda ser usada a través de la compra y venta de medios de producción como medio de producir riqueza: capacidad para explotar fuerza de trabajo. En la propiedad capitalista la capacidad económica es lo determinante puesto que es la que permite producir plusvalía y acumular capital para la compra de fuerza de trabajo, planificación del proceso de producción y apropiación de la plusvalía, que lo jurídico sanciona como legal. La propiedad capitalista es la capacidad para explotar fuerza de trabajo ajena, que es lo que verdaderamente está sancionado legalmente como un derecho.

El derecho a la libre circulación de personas

La libre circulación no es un derecho, sino una necesidad del régimen capitalista de producción porque promueve el desplazamiento tanto de mercancías, de capitales, como de fuerza de trabajo para satisfacer las necesidades de la producción en los centros, sectores y naciones que así lo demanden. Con respecto a la fuerza de trabajo es conocido que se promueven grandes desplazamientos a través de las migraciones, contrayéndose o dilatándose la demanda dependiendo del desarrollo de la economía.

El derecho al trabajo

Tampoco es cierto puesto que la ocupación productiva de la fuerza de trabajo es una necesidad del capital. También sabemos que es la manera como se produce la plusvalía en el capitalismo: explotando fuerza de trabajo. La ocupación de la fuerza de trabajo depende de la marcha de la economía pues debido al carácter capitalista de la producción, la ocupación está determinada por su rentabilidad en cuanto tiene que crear para su reproducción además del excedente que se apropia el capitalista gratuitamente.

 El derecho a la salud y a la educación

La educación y sanidad tampoco son un derecho sino una necesidad de la producción debido a que el proceso productivo necesita planificar las condiciones óptimas para que la fuerza de trabajo esté apta para producir más y en las mejores condiciones. Necesita una formación mínima y unas condiciones sanitarias favorables por la complejidad del proceso productivo capitalista, que no se puede parar debido a circunstancias ajenas a la producción.

cola

Derechos colectivos:

El derecho a la libertad de pensamiento

El derecho a la libertad de expresión

El derecho a la libertad de reunión y manifestación

El derecho a elegir a sus representantes

Todos los derechos colectivos están enmarcados en el desarrollo del concepto de libertad individual que hemos expuesto anteriormente, tomando cuerpo como libertades democráticas. Estos derechos tratan de regular los múltiples derechos individuales y de clases en una finalidad común: el progreso social, eufemismo que esconde su la verdadera intención, la acumulación de capital.

Estas libertades colectivas crean la sensación de democracia, proyecta sobre la conciencia social de que en realidad todos somos iguales pues tenemos la oportunidad de expresar nuestra opinión y conformar mediante el sufragio universal la dirección de la sociedad, expresión de la soberanía popular.

A través de las categorías y prácticas democráticas es cómo la burguesía va imponiendo y legitimando su poder político y su proyecto de sociedad como el de todos, ya que va dando sentido de normalidad y universalidad a las prácticas sociales, las mismas que reproducen las funciones y roles que le destina a cada clase social el régimen de producción.

El derecho a manifestación, reunión y elección están sujetas a las normas y leyes del ordenamiento jurídico que reconocen la lucha por la defensa de los intereses individuales pero para reclamar reformas o mejoras del sistema, nunca para ponerlo en cuestión y menos para sustituirlo.

A tenor de los hechos, está meridianamente claro que estos nuevos-viejos demócratas reconvertidos, radicales en cuanto a su forma pero conservadores en su contenido, no tienen otra misión que limpiar los desagües del sistema democrático burgués para darle más lustre, carta de legitimidad al sistema de producción capitalista al introducir pequeños retoques como la concepción democrático-cristiana (intercambio justo) en los procesos de producción.

no es crisis

Es una versión humanista del sistema capitalista, con sus buenos y malos, considerando las relaciones mercantiles como dependientes de la voluntad de los individuos, y de un Estado que funciona como instrumento de redistribución de la riqueza creada (revisionismo). Esta corriente tiene abonado el terreno para ganar adeptos, tanto por la parte del electorado que apoya a los partidos tradicionales de “derechas” e “izquierdas”, hastiados del comportamiento de éstos entregados al no disimulado reparto del botín que le ofrece el sistema parlamentario como pago al mantenimiento de la sociedad capitalista, como asi ocurre con algunas organizaciones marxistas que no cuentan con presencia ideológica y política en el terreno de la lucha de clases.

Resulta absurdo dedicarse a buscar atajos pensando que la revolución vendrá por sí sola, que caerá como una breva madura, cuando las masas no aguanten más su penosa situación, y no tendrán más remedio que abrazar la dirección política redentora, o bien imaginar que mediante un proceso natural de la evolución social, por la acción democrática de los “ciudadanos” se irá modulando el proceso que producirá el cambio.

Abrigar tales esperanzas no es comprender el desarrollo histórico basado en la división en clases de la sociedad, donde todas las revoluciones sociales que se han producido, se debieron, sin ninguna duda, a la acción consciente de las fuerzas que las impulsaron, incluyendo la acción armada para desplazar las antiguas fuerzas en que descansa el viejo orden nacido de las condiciones de la producción material.

El momento actual está situado en la etapa de dominio de la burguesía sobre el proletariado en todos los terrenos, debido a la marcada debilidad política de los comunistas, fruto de sus propias contradicciones internas, las cuales deben ser estudiadas con detenimiento, especialmente en lo que respecta a la influencia que el reformismo y el revisionismo ejerce sobre las masas obreras. Lo cierto es que la ideología comunista no tiene una presencia activa en la lucha de clases, sino que está reducida a núcleos dispersos que se reclaman partidarios de la revolución proletaria. Estos núcleos trabajan con grandes dificultades para asimilar en profundidad la teoría marxista y su papel en la lucha de clases desde los intereses del proletariado, haciendo labores de propaganda e intentando articular un proyecto revolucionario entre ellos. Ante tal cúmulo de tareas, la de construir un nuevo partido revolucionario puede parecer para algunos un asunto sin excesiva urgencia, motivado, entre otro, por la debilidad de las fuerzas, pero es sin embargo una necesidad objetiva, imprescindible para poder avanzar en la lucha por la revolución socialista. Hay que comprender que esta tarea no es un hecho puntual sino resultado de un proceso que debe cubrir toda una etapa histórica, la primera etapa de la lucha hacia el comunismo.

cartel chino

A DEBATE Nº 2 – El Estado Gestor, sueño eterno del revisionismo

 

El 1º de Mayo conmemora el día internacional de la lucha de la clase obrera contra el capital. Este día, como cualquier otro del año, los trabajadores debemos tener en cuenta que nuestra lucha no debe quedarse en los umbrales de la pelea contra la explotación del régimen capitalista de producción, ni de condenar a los capitalistas de ser los responsables de la penuria en que vivimos. Debería servirnos para reflexionar sobre cuáles son las razones de tan persistente situación de explotación y opresión, y pasar seguidamente a intentar vislumbrar cómo salir de esta condición y qué instrumentos debemos esgrimir para llevar a cabo la revolución que como clase necesitamos para construir una nueva sociedad sin clases sociales.

Una línea política revolucionaria no sólo debe luchar contra las condiciones de explotación capitalista, sino además sobre los sistemas ideológicos y políticos que lo apoyan de manera consciente o de modo solapado, con especial atención al revisionismo y al oportunismo que tratan de tergiversar el cuerpo teórico de dicha línea para adecuarla a los intereses estratégicos de la burguesía, desviando la lucha del proletariado hacia el terreno económico en lugar de incorporar a las masas explotadas a las tareas de la revolución, tanto en el capitalismo como en la dictadura del proletariado.

Por eso la lucha contra el revisionismo y el oportunismo, para que sea verdaderamente consecuente, debe situarse en la construcción de la línea política revolucionaria que permita transformar la crítica en lucha de clases a través de la práctica social revolucionaria. Las distintas organizaciones del Estado español que nos situamos en este terreno debemos pensar qué hacer para abordar esta tarea en el momento actual, que nosotros situamos en el fortalecimiento teórico e ideológico de la vanguardia comunista.

Dado que la revolución proletaria como construcción de la sociedad sin clases es un objetivo a nivel planetario, los comunistas de los distintos países tenemos la obligación de trabajar por construir la internacional comunista como instrumento para unificar la lucha del proletariado de todo el mundo en una misma dirección: la eliminación de toda tipo de explotación económica y opresión política e ideológica.

Como aportación concreta a este primero de Mayo, hemos elaboramos una crítica a las posiciones políticas del revisionismo sobre el Estado, centrada en la línea del PCPE.

A Debate 2

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Sobre La Construcción del Partido (II)

 

Ningún partido político puede conducir un gran movimiento revolucionario a la victoria si no posee una teoría revolucionaria, un conocimiento de la historia y una comprensión profunda del movimiento práctico.          

Mao Tse-tung

 

Sobre la construcción del partido (2ª parte)

3. – La construcción del partido

3.1. – El final de una etapa y el comienzo de una nueva

El revisionismo siempre se ha caracterizado por su labor de desacreditar a la teoría marxista a través de las revisiones de sus tesis fundamentales: el objetivo era crear un estado de confusión ideológica y  desconfianza política  entre la militancia comunista de que la teoría marxista sea el instrumento teórico de la revolución proletaria. Como el revisionismo es cambiante, se acomoda al desarrollo de la realidad social para hacer daño entre las masas proletarias en donde más le duele: la desconfianza en sus fuerzas para ser los constructores de la nueva sociedad, el socialismo como paso previo y necesario a la sociedad sin clases.

A ello se han dedicado con gran ahínco desde la caída del muro de Berlín. Los distintos partidos “comunistas” de aquellas sociedades y los de las sociedades burguesas que seguían las directrices del revisionismo soviético plantean claramente y sin tapujos que el capitalismo es invencible, señalando que la tarea a realizar es corregir sus excesos para democratizarlo y humanizarlo, es decir, ponerlo a disposición de “todos los ciudadanos”, de toda la “sociedad”. Se esfuerzan en realizar una labor de maquillaje de las condiciones de explotación del capital con la finalidad de ocultar el carácter privado del régimen capitalista de producción. Con ello se da rienda suelta a su afán de combatir a la teoría marxista y la lucha revolucionaria del proletariado con las mismas armas ideológicas que le ofrece la burguesía: considerar que el comunismo y la sociedad sin clases son una utopía.

Dichos partidos se dedican casi en exclusividad a la vía electoral y a la lucha sindical, entendiendo que es el único camino para insertarse en los aparatos del Estado una vez determinado las bondades del “Estado neutral”, santo y seña de esta corriente colaboracionista. Han pasado a comprobar los beneficios que les reporta defender al capitalismo y a sus amigos los burgueses, entregándose en cuerpo y alma a recoger las migajas que el sistema les entrega por su labor de desorganizar y desactivar cualquier lucha de la clase obrera que no pueda ser asumida y canalizada por la burguesía y su estado. Se dedican a criticar el fervor revolucionario de las masas obreras, al idealismo de la juventud y a un voluntarismo que no se corresponde con la realidad social como “se puede comprobar con el paso del tiempo y la responsabilidad que otorga la madurez”. Se dedican a desacreditar el camino revolucionario que debe recorrer la clase obrera para destruir las relaciones sociales en que se apoya el régimen capitalista de producción. Se han adaptado a la lógica capitalista, considerándola aceptable siempre y cuando se eliminen los aspectos nocivos del funcionamiento del mercado, la dictadura que impone el capital financiero, al que culpan de los excesos y males de la sociedad democrática, tótem cultural de la sociedad poscapitaliasta.

Las organizaciones oportunistas (OCE-BR, LCR, PT, ORT, PCE(m-l), MC, etc.) que en el periodo de la transición democrática se situaban fuera de las estructuras del PCE, no se sentían al margen de la ideología marxista, pero al no lograr romper con los aspectos centrales del revisionismo se convirtieron en rehenes de sus propias contradicciones, en donde dominaba la influencia de las tesis revisionistas en detrimento de una vía marxista minoritaria. Esta vía no se podía desarrollar en estas organizaciones por dos causas fundamentales: 1) no estaba en la dirección, lo que dificultaba su desarrollo dentro de la vida organizativa, máxime cuando en las organizaciones comunistas de la época que estamos describiendo dominaba una concepción burocrática, disciplinaria, del centralismo democrático, instrumento que utilizaban las distintas direcciones para imponer su método de trabajo y dirección, afín a las tesis no marxista, 2) la poca preparación teórica marxista de las organizaciones en general y de sus militantes en particular, en donde la formación se concebía como la actividad para consultar libros de los “maestros” con el objeto de extraer citas para la lucha ideológica con otras organizaciones. Esta práctica ha dado lugar a que se fortalezcan desviaciones que nos ha llevado a la actual situación, debido a la poca tradición marxista y a los intereses particulares de los distintos dirigentes que han concebido a las organizaciones como patrimonio particular.

Hemos dejado para el final el balance sobre las organizaciones que se situaban en el terreno del marxismo. Su papel fue especialmente importante en dos campos: la lucha contra el revisionismo y la crítica a la democracia burguesa. Pero no todo el monte era orégano, pues estaban impregnados de un ardor revolucionario que se alimentaba de una idea romántica e idealista sobre el socialismo y, especialmente, sobre el periodo de transición del capitalismo al socialismo, que no se correspondía con las necesidades de la revolución en aquel momento, con las tareas que demandaba la realidad social, que no eran otras que la construcción del partido, que iban por otra parte muy distinta a la que se encaminaban la actividad de dichas organizaciones: participación directa en los escenarios de la lucha política.

Aunque en dichas organizaciones no hubo olvido de la formación teórica y del desarrollo del marxismo, nunca se comprendió exactamente lo que se quería decir. Aunque se hablaba de ello nunca se impulsó decididamente como tarea necesaria para la consolidación y desarrollo de dichas organizaciones como núcleos de apoyo a la construcción del partido, pues quedaba plegada y anulada a la actividad cotidiana que se centraba en la práctica política, en el trabajo en la calle que es en donde se consideraba que estaba el enfrentamiento de clase y el lugar idóneo para el desarrollo de la influencia ideológica y la captación política de compañeros e integrarlos en el proyecto organizativo que se defendía.

En este sentido, a la vanguardia se le consideraba como los elementos más decididos en las luchas, más dispuestos al enfrentamiento político, organizando a las masas por reivindicaciones económicas con el trasfondo de la crítica política al capitalismo, al cual se le consideraba el origen de todos los males sociales pero sin conocer su funcionamiento interno, sin llegar a comprender las leyes que rigen su comportamiento objetivo. El Capital, la obra de Marx,  estaba en todas la librerías de los militantes, pero su lectura y estudio estaba destinada a un reducido círculo de “intelectuales” con capacidad para comprender lo que allí se exponía, o para aquellos que de manera individual lo abordaban a título personal con el objetivo de comprender a fondo la estructura capitalista.

La lucha contra el revisionismo se abordaba de manera mecánica porque no se llegaba a comprender que ello, sin desarrollar la teoría marxista y sin consolidar y desarrollar una alternativa revolucionaria mediante la construcción de un partido, era una tarea imposible reduciéndose a buenas intenciones revolucionarias, pero sin ningún efecto práctico para la lucha de clases desde los intereses estratégicos del proletariado.

Se luchaba internamente de manera intensiva contra el revisionismo, aunque se descuidaba la lucha contra el economicismo, que es un aspecto importante de la línea de masas de la política revisionista y la manera de adentrarse en el seno de las organizaciones revolucionarias por la puerta trasera, corroyendo su estructura ideológica si no se le combate dando un salto cualitativo en los niveles de conciencia interno y en su relación con las masas, es decir, de la comprensión de la situación política y de las tareas a impulsar en cada momento histórico. El economicismo, aún siendo dañino por sí mismo, lo es más para la disolución de la conciencia revolucionaria si va acompañada de una posición derrotista y de desconfianza en el papel de las masas en la lucha de clases, que va tomando cuerpo poco a poco en el desarrollo de una política oportunista o, en su reverso, liquidacionista.

La concepción liquidacionista se apoderó en su último periodo de las organizaciones revolucionarias de aquella época histórica, al menos de la nuestra, que se concretó en un proceso de liquidación de lo que se había conseguido, de liquidar la línea revolucionaria porque se llegó a la conclusión individual o colectiva de que el capitalismo es invencible o que el socialismo es irrealizable por “ser utópico”, aunque no se compartieran, en un principio y necesariamente, las tesis revisionistas. Es la reacción de los incrédulos y renegados que piensan que han perdido parte de su vida en una militancia que no va a ninguna parte. Con el tiempo, unos se han incorporado a las organizaciones revisionistas, sindicalistas o reformistas, y otros se ocupan de llenar su vida de una manera totalmente “apolítica”. Para nuestro balance, lo más importante no son los comportamientos individuales, sino la línea de actuación ideológica y política de la concepción burguesa del mundo contra el comunismo en general y el marxismo en particular.

3.2. – La significación teórica y política de la crisis del marxismo

Nosotros concebimos el marxismo como la teoría científica que permite producir, mediante el estudio y la práctica social, el concepto de la producción capitalista, el conocimiento de la sociedad regida por las relaciones capitalistas de producción y su transformación mediante la lucha de clases. Como ciencia, consta de un cuerpo teórico (principios y conceptos fundamentales) y de una actividad teórica (que actúa con una metodología específica) con la finalidad de transformar la realidad social.

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones: la crisis del marxismo es la crisis de su desarrollo como ciencia, tanto en el terreno teórico como en el terreno práctico. En este sentido, el marxismo no se puede concebir como algo ajeno a las leyes que rigen la naturaleza, a la dialéctica, a la lucha de los contrarios, que avanza en la medida que su lado revolucionario y científico domina a su otro lado revisionista e ideológico, influencia de la concepción metafísica y economicista propia de la burguesía. El leninismo y el maoismo son dos momentos de cambio de esta lucha que dio como resultado un desarrollo específico del marxismo. La revolución rusa y china fueron posibles por varios aspectos que se concentran en un momento dado, teniendo en la formulación teórica del momento histórico, a la vez que la condensación de las contradicciones materiales, el motor principal de la revolución que hicieron posible la heroica lucha del proletariado ruso y chino, apoyados por el campesinado pobre.

No entender, o al menos comportarse, como que el marxismo no es un cuerpo teórico estático e inmutable a los cambios, es caer preso de la posición ideológica burguesa. No entender, o al menos comportarse, como que el marxismo no está sometido al desarrollo de la evolución dialéctica del mundo, en donde es necesario e imprescindible su adecuación a la realidad social mediante el proceso de desarrollo intelectual comprobado con la práctica social, es la manera más directa de caer en el esquematismo y en el subjetivismo que rige la concepción burguesa del mundo.

Cuando el marxismo no logra desarrollarse desde el punto de vista teórico, entra en crisis política, dado que no está capacitado para realizar su labor: conocer la realidad concreta para transformarla. Repite en la realidad actual esquemas y prácticas de una época pasada que no da la posibilidad de cambiar porque no tiene su concepto: lo que tiene que cambiar y cómo cambiarla. La crisis del marxismo tiene una doble significación: la inexistencia de la práctica teórica marxista y la inexistencia de la práctica política revolucionaria.

3.3. – Los pequeños dogmas y grandes errores a combatir

Si queremos hacer balance de una etapa concluida es necesario reflexionar sobre los dogmas que han guiado la actividad de los comunistas y los errores que se han cometido. Sin ello sería completamente imposible comenzar una nueva etapa.

En primer lugar, tenemos que recurrir a describir sintéticamente el pasado para comprender con rigor la naturaleza y actuación de los comunistas. Este pasado ha estado caracterizado, desde el punto de vista político, por tres escenarios: 1) por el auge de la lucha revolucionaria para la construcción del socialismo, lo que proyectaba una corriente de simpatía entre el proletariado a nivel internacional, 2) por el auge de los movimientos estudiantiles y obreros en torno a la oposición a las guerras imperialistas, en apoyo al Mayo francés, a la guerrilla en Sudamérica y a la Revolución Cultural en China, y 3) por el auge de la lucha de las fuerzas sociales, estudiantil y obrera, en contra de la dictadura franquista, lo que estimulaba el espíritu asociativo y organizativo de la sociedad española que había sido muy reprimido por las estructuras franquistas.

La tradición marxista en el estado español ha sido nula, circunscribiéndose a la concepción y actividad del PCE y a las distintas escisiones que se han producido entre sus filas, que se han ido situando en el aspecto organizativo y político, pero son excepciones los casos que se han situado en el terreno ideológico y, mucho menos, en el teórico, por lo que ha dominado una concepción economicista del marxismo, que ha ido revisando todas sus tesis desde el punto de vista revisionista hasta dejarla en una simple teoría de análisis de la economía política pero sin ninguna significación transformadora, revolucionaria.

Está claro que hemos formado parte de este pasado, un pasado que nos ha marcado para bien y para mal, pero que necesitamos superar si es que queremos continuar. Este pasado nos ha convertido en víctimas pero, a su vez, en verdugos de una situación que hemos ido reproduciendo de manera acrítica, pensando que colaborábamos en preparar las condiciones para la revolución por el mero hecho de querer hacerlo al seguir las pautas que nos “indicaba el Marxismo”. El Marxismo, como los diez mandamientos para el cristiano, era la guía a seguir de manera mimética si queríamos llegar a buen puerto: el socialismo.

Esta “creencia” general basada en el voluntarismo “revolucionario” empieza a desmoronarse cuando se comprueba que las cosas no funcionan como se piensa, que la militancia ciega no consigue avanzar hacia la revolución porque ésta depende de otros factores que no se tienen en cuenta, como el desarrollo de la realidad material, el desarrollo de una línea política en correspondencia con el conocimiento del desarrollo de esa realidad social y el grado de vinculación que se tiene con las masas explotadas, sobre todo con su sector más avanzado políticamente.. Se reflexiona sobre le creencia y se empieza a poner en cuestión, llegando a la conclusión de que siendo necesaria para la militancia, sobre todo en una primera etapa, puede llegar a ser nociva si no se tiene en cuenta la certeza, como su contrario, motor de la militancia revolucionaria, pues la búsqueda de la verdad tiene que pasar por el filtro de la práctica social, que constituye el criterio objetivo de los conocimientos que se tiene sobre la realidad exterior.

Otro dogma que ha hecho mucho daño y que ha dominado la concepción y práctica del “marxismo” español, en donde han tenido mucho que ver las lecturas ideológicas que se han hecho y se siguen realizando de las obras de Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao, etc, que no el estudio sistemático de la teoría marxista en cuanto a sus bases teóricas y en su relación con la realidad social, es la creencia que el impulso revolucionario (la preparación y consecución de la revolución) iba de la mano de la decadencia reaccionaria (la crisis estructural del capital), cuando en realidad son cosas distintas que deben su desarrollo a sus contradicciones internas que pueden llegar a confluir, afectándose la una a la otra porque están interrelacionadas.

No menos importante ha sido la creencia, con carácter de dogma, que en el seno de la clase obrera su movimiento lo constituye todo, pensando y actuando como que toda movilización es un paso adelante, y que en la movilización está su liberación, sin tener en cuenta que la mayor parte de la movilización es espontánea, mecánica, e inducida externamente, es decir, inconsciente, no motivada por la comprensión de sus intereses estratégicos. El movimiento consciente de la clase obrera está originado, como en todas las cosas, por la lucha interna de sus polos opuestos, en donde tiene mucho que ver el desarrollo de una línea revolucionaria que se va imponiendo en su “actividad” política frente a la línea colaboracionista que actúa a su vez, como podemos comprobar en todas las manifestaciones del enfrentamiento entre las clases.

En el terreno de los errores, el más importante es la consideración de que el marxismo es una teoría acabada, haciéndose fuerte la ideologización de la teoría marxista. No se dice así explícitamente pero se le trata como así fuera cuando no se tiene la predisposición para continuar su desarrollo, ya sea por la propia incapacidad teórica de la que seguimos arrastrando, ya sea porque no se tenga en cuenta una de las leyes de la dialéctica: las cosas se desarrollan por la lucha de sus contrarios. Cuando ello no ocurre, estamos haciendo dejación de nuestra principal tarea: desarrollar la teoría marxista, esto es, utilizar los instrumentos teóricos para conocer el desarrollo de la realidad social, comprobando mediante la práctica social la veracidad de la teoría marxista y la posibilidad de la transformación revolucionaria. La lucha contra el revisionismo tiene en este aspecto su principal tarea, pues no se puede concentrar el mayor esfuerzo en la crítica ideológica a su desviacionismo y colaboracionismo. Para que sea efectiva la lucha contra el revisionismo, tiene que desarrollarse necesariamente el aspecto teórico del marxismo, tiene que retroalimentarse, pues de lo contrario va perdiendo terreno con respecto al revisionismo, frente a su contrario en su lucha contra la transformación revolucionaria de las condiciones capitalista de producción.

Otro error, no menos importante, que se profundiza en la situación política actual, es hablar de la necesidad teórica de construir el partido pero no hacer nada en la práctica para llevarlo a cabo. La construcción del partido es un largo proceso que tiene su inicio en la comprensión de su necesidad, en la comprensión teórica de la actual etapa del proceso histórico en que nos encontramos por las condiciones concretas del capitalismo en el estado español, y continúa con el esfuerzo para desarrollarlo, es decir para la elaboración de una línea política revolucionaria (que tenga en cuenta tanto la finalidad del proceso, la sociedad sin clases, como las condiciones concretas en que se desarrolla su actividad para la toma del poder político) y la formación de una sólida estructura organizativa (que permita la vinculación con las masas explotadas, con sus distintos niveles de conciencia, en la dirección de incorporarlos al proceso revolucionario, al proceso de realización de su tarea histórica). En concreto nos referimos a la pereza y desidia con que se aborda este proceso, ya que no se demuestra en la práctica una mínima preocupación y, mucho menos, predisposición para empezar a unir las fuerzas disponibles para realizar esta tarea, sin ánimo de desperdiciar ninguna que esté dispuesta a prestar su contribución por muy débil que sea su aportación. Una cosa a discutir previamente es qué requisitos ideológicos y políticos deben aceptar los distintos colectivos para formar parte del proceso de construcción del partido, porque su posterior desarrollo forma parte de los criterios que adopten los componentes del proceso.

3.4. – El desarrollo de la línea política y su vinculación con las masas

El partido no es fin en sí mismo, sino el instrumento político que empuñan las masas explotadas para su liberación del capital. Sus características vienen determinadas por la finalidad de la tarea, el carácter de clase de su acción política y el conjunto de tareas que despliega. Por eso, la construcción del partido comunista no es un acto formal, burocrático o mecánico, como entiende el revisionismo y el oportunismo, sino un proceso prolongado que se compone de varias etapas, dependiente de la realidad histórica y las situaciones sociales concretas.

El partido lo podemos definir como la estructura organizativa que se articula en torno a una línea política y unos métodos de trabajo y dirección en la perspectiva de dirigir la actividad revolucionaria hacia la creación de condiciones sociales para la toma del poder político. En todo este proceso el aspecto dominante debe ser el político, condicionando lo organizativo, que le sirve de vehículo para una mejor elaboración y aplicación de la línea política.

En este sentido, no debemos tener apego a los nombres ni a las formas particulares que en el proceso se vayan construyendo, que se tienen que poner al servicio de su desarrollo. En la actualidad no existe una estructura organizativa ni una línea política que asuma la dirección del proceso de construcción del partido, aunque existen distintos núcleos de apoyo a la teoría marxista y al comunismo que les unen sus principios ideológicos y posicionamiento político afines, pero desarticulados, sin ligazón orgánica ni planteamientos políticos colectivos, lo que hace inviable en estos momentos el elementos dinamizador del proceso de construcción del partido.

Los núcleos comunistas tenemos la tarea de desarrollar la voluntad revolucionaria en la dirección de construir el partido comunista. Para ello es preciso profundizar en el conocimiento histórico de los procesos revolucionarios, para afianzar la comprensión de la cientificidad del marxismo y el carácter  histórico del comunismo, y en el papel de las masas en la revolución, para comprender su potencialidad revolucionaria, aspectos sin los cuales es imposible la transformación revolucionaria de la sociedad.

Por línea política entendemos el conjunto de principios por los que se debe regir la actividad revolucionaria de acuerdo a su finalidad, el conocimiento a grandes rasgos de la experiencia histórica de la lucha del proletariado para conseguir su liberación social, el conocimiento concreto de la realidad concreta en que se desarrolla la lucha de clases y la táctica general y particular en su enfrentamiento de clase contra la burguesía. El proceso de elaboración de la línea política depende de muchos factores, entre ellos de la fuerza con que cuenta para abordarlo y, en particular, de la formación del núcleo dirigente de la revolución: de la vanguardia revolucionaria, que es la estructura que establece las condiciones y el grado de vinculación con las masas explotadas simpatizantes con la revolución social.

3.5. – La vanguardia y las tareas a desarrollar en el momento actual

Construir el partido es avanzar en la formación de una vanguardia revolucionaria. El revisionismo asume la tarea histórica de retrasar en la medida de sus posibilidades esta construcción a través a difundir y aplicar la política economicista en la lucha de clases que somete a los elementos más avanzados del proletariado a la consecución de “logros” y “derechos” parciales y desviando la lucha general de la clase obrera hacia el pacto social y el colaboracionismo de clase.

Por vanguardia entendemos al destacamento encargado de dirigir el proceso de construcción del partido junto con el sector de las masas que asumen su papel histórico en la lucha de clases. Esta vanguardia no se puede constituir metafísicamente, sino que tiene que partir de la comprensión de su necesidad y de la necesidad de su constitución. Los diferentes colectivos de apoyo a la revolución proletaria para convertirse en vanguardia tienen que empezar por asumir las tareas para la construcción del partido, transformando de esta manera su voluntad revolucionaria en práctica revolucionaria, convirtiéndose en revolucionarios activos.

La tarea principal, como ya lo hemos señalado, es la construcción del partido. Para ello debemos partir de las fuerzas con que contamos, que todo hay que decirlo son muy débiles. Para determinar la táctica de este proceso debemos tener en cuenta algunos aspectos importantes: 1) la meta que nos proponemos: los objetivos revolucionarios hacia dónde queremos dirigir la acción de las masas, que no son otros que las condiciones capitalistas de producción y la organización colectiva de la clase que ejerce la dominación política y la explotación económica, el estado burgués, 2) el medio por el que avanzamos: el análisis materialista y dialéctico de la situación actual, y 3) la aplicación correcta de la teoría marxista a la revolución proletaria en el estado español.

Dicho objetivo necesita de un plan divido al menos en tres etapas.

Nos vamos a centrar en la primera etapa. Esta etapa es la de reagrupación de las fuerzas marxistas: en las actuales circunstancias debemos empezar por reagrupar a los núcleos de apoyo a la revolución, tender a la cooperación y unidad de acción en la perspectiva de crear las condiciones políticas para la unificación en un proyecto común que tenga por finalidad la construcción del partido. La reagrupación debe tener como tareas inmediatas: 1) fortalecer el proceso de constitución de la vanguardia a través del estudio teórico y la lucha ideológica relacionado con los problemas que tiene que resolver la revolución, y 2) establecer vínculos políticos con los elementos más avanzados de las masas explotadas con el propósito de revolucionar la contradicción burguesía-proletariado.

La segunda etapa de elaboración de la línea política, y la tercera consolidación organizativa.

El combate con el revisionismo y el oportunismo, la formación y desarrollo de círculos de formación y experiencia marxista, la elaboración y difusión de la propaganda marxista, la formación teórica y la investigación científica, el conocimiento y difusión de las experiencias históricas del proletariado, etc. deben estar inscritos y dirigidos por estos criterios, los cuales debemos debatir en profundidad.

4. – Conclusiones

·         Los mecanismos políticos-ideológicos de la estructura democrática burguesa tienen entre sus objetivos construir una representación subjetiva, ideal, de las relaciones sociales, de manera que dificulte el cuestionamiento de las condiciones de explotación capitalista, que son invisibles por la propia estructura del funcionamiento productivo del capital. Las categorías ideológicas y políticas del sistema democrático burgués a la vez que hacen opaco el funcionamiento de la estructura capitalista, embellece sus resultados al envolverlos en una aureola de esfuerzo y participación colectiva. En este sentido, es una tarea imprescindible la crítica de manera continua, fundamentada y argumentada, al sistema de relaciones políticas e ideológicas y a las funciones del conjunto de los aparatos del estado en que se asienta la dictadura del capital como medio para legitimar las condiciones de explotación del capital.

·         Al desarrollarse la estructura de reproducción del capital a nivel internacional, se empiezan a crear las condiciones para su necesaria centralización política. Al crearse estas estructuras se potencia la intervención política de la burguesía, fortaleciendo su dominio como clase frente al proletariado al actuar con normas y directrices generales que se aplican de manera centralizada en los distintos estados nacionales. Este desarrollo de las estructuras económicas y políticas de intervención no deja al margen las formas de existencia y funciones del proletariado, que se incorpora formalmente al proceso pero como condición externa a su propio desarrollo como clase, como necesidad del desarrollo del proceso del capital: la movilidad y flexibilidad de la fuerza de trabajo es una condición de la acumulación de capital, como lo fue en su momento la concentración y adiestramiento de la fuerza de trabajo a las nuevas técnicas de la producción capitalista. Lo curioso de este proceso es que mientras que la burguesía ha fortalecido su dominio con la internacionalización del capital y la formación de bloques imperialistas, el proletariado ha retrocedido de manera manifiesta en su potencialidad como clase. Esto lo está consiguiendo la burguesía por medio de la aplicación de una política que consiste en el debilitamiento nacional de la organización política y sindical de la clase obrera. En este sentido, es imprescindible deslindar los movimientos políticos e ideológicos de la aristocracia obrera, que toma un papel predominante dentro y fuera de la clase obrera con el desarrollo del capital, así como es preciso combatir política e ideológicamente el papel reaccionario de esta fracción de clase que muestra una predisposición a la conciliación y apoyo a la política imperialista con el único propósito de defender sus intereses de clase al margen y contra los intereses económicos y políticos del conjunto de la clase obrera y del proletariado revolucionario en particular.

·         Las cosas hay que tratarlas según su naturaleza. En este sentido, el tratamiento a dar a la crisis económica capitalista depende de la naturaleza de la crisis, que es estructural, pues depende del conjunto de contradicciones sociales y de su desarrollo concreto. La alternativa a la crisis no puede ser de naturaleza económica, de aplicación de medidas económicas para corregir los desajustes estructurales, sino de naturaleza política, es decir, una alternativa a la estructura del sistema de explotación del capital. Esta alternativa política no se puede centrar en los aspectos formales de la estructura de dominación de clase del capital, en las instituciones y formas democráticas de las relaciones de dominio (reformas políticas para el control democrático del mercado), sino en la toma del poder político que es el medio para construir el socialismo. En este sentido, es necesario continuar con la crítica general y concreta al revisionismo y al oportunismo ya que son vehículos que transportan la política de la burguesía adecuada al nivel de conciencia de las masas obreras atrasada.

·         El marxismo tiene una gran tarea que realizar en las actuales circunstancias pues se le presenta un campo de actuación favorable que tiene que aprovechar. Por un lado, tiene que trabajar por crear las condiciones para la construcción del partido en cada estado, ya que es el marco político necesario en donde se tiene que realizar y desarrollar la revolución. Por otro lado, tiene que trabajar para crear las condiciones para la construcción de la internacional comunista que represente los intereses del proletariado a nivel mundial, pues el escenario internacional es el marco político en donde confluyen los intereses objetivos de los distintos estados, los intereses de las distintas clases, que por el proceso de internacionalización del capital y la formación de los bloques imperialistas se van agrupando en torno a un interés común. En este sentido, hay que tener presente las diferentes experiencias históricas de organización política del proletariado; en concreto, las que se han desarrollado en los diferentes estados en donde se han realizado las revoluciones socialistas (para aprender de sus aciertos y errores, teniendo en cuenta las condiciones históricas en que se han desarrollados para no ser trasladadas de marea mecánica a todas las situaciones y estados), como los intentos que se han realizado en el propio estado en que se ha querido construir dicha alternativa revolucionaria, para que después de un minucioso análisis aporte elementos valiosos al respecto.

·         Lo que proponemos, en definitiva, es dar un salto cualitativo en el proceso de construcción del partido, de pasar de la necesidad de organizar las condiciones políticas de la revolución proletaria a la fase de darle sentido colectivo a la militancia comunista como práctica colectiva en la dirección de contribuir a la liberación del proletariado del yugo del capital, de las relaciones que lo enajena de sus funciones sociales (producción de las condiciones materiales de la reproducción humana y construcción de una sociedad sin clases, nuevas relaciones sociales basadas en la propiedad colectiva de los medios de producción y el dominio social de la apropiación de las condiciones de su existencia, de las relaciones con la Naturaleza) para someterlo a la producción de plusvalía y consumidor de mercancías. En este sentido, es necesario replantearse el concepto actual de militancia comunista, muy supeditada en la actualidad a la particularidad de cada organización y, dentro de ella, a la de cada individuo, y al peso específico de Internet, sobre dimensionado por la cultura de la información.